Prevenir, restaurar y educar ambientalmente en Bogotá
Foto: Cortesía Grupo Skout Meraki

Prevenir, restaurar y educar ambientalmente en Bogotá

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Los incendios nos dejaron lecciones. Necesitamos estrategias creativas para el cuidado ambiental en las grandes ciudades y más concretamente en Bogotá.

Oscar Murillo Ramírez*

Incendios en los cerros y resiliencia comunitaria

El 26 de enero, Día Internacional de la Educación Ambiental, sorprendió a Bogotá en medio de una crisis ambiental por los incendios forestales provocados, y sus efectos sobre la calidad del aire y la estructura ecológica principal de la ciudad. La situación en la capital ha demostrado, por lo menos, tres hechos fundamentales.

Primero, la débil capacidad de los gobiernos distritales para desarrollar mecanismos efectivos de prevención de riesgos y atención de las necesidades derivadas del cambio climático. Esto a pesar del Acuerdo 790 de 2020 que estableció el cambio climático como prioridad de la gestión pública y declaró a Bogotá en situación de emergencia.

Segundo, las intenciones criminales tras los incendios forestales. Gran parte del fuego se produce por la acción humana y —si en las zonas rurales resultan de la ampliación de la frontera agrícola, la parcelación o la ganadería extensiva— en Bogotá hubo manos criminales. No es descartable que en algunas zonas de la ciudad se encuentren detrás las bandas ilegales de urbanizadores piratas, también conocidos como ‘tierreros’. Por eso es necesario proceder a investigar móviles y responsables y proceder a su judicialización.

Bogotá necesita un proceso planificado, sostenido y realista de transición para cerrar el relleno sanitario de Doña Juana y el modelo contaminante, segregador y privatizador que representa esta tecnología considerada obsoleta en varios lugares del mundo.

Pero la emergencia ambiental en Bogotá también mostró la capacidad de respuesta solidaria de la ciudadanía. Redes de cuidado comunitario que se activaron para movilizar información, recolección de residuos en espacio públicos, riego voluntario de plantas y bebederos para la fauna, donaciones para el cuerpo de bomberos y comunidades afectadas por los incendios, entre otras acciones, muestra la resiliencia comunitaria y un cambio cualitativo superior: mayor conciencia frente a los efectos del cambio climático y movilizaciones sociales con acciones concretas.

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Cambio climático y opinión pública

La ciudadanía bogotana dejó atrás las acciones individuales aisladas y la indignación a través de redes sociales. Un cambio como este muestra que la opinión pública es sensible ante los hechos y las advertencias sobre el cambio climático y, por tanto, puede modificar algunos patrones de conducta social.

La encuesta mundial anual que realiza WIN Internacional, publicada en octubre de 2023, mostró que el 86% de los encuestados en 39 países consideran que el cambio climático es una seria amenaza para la humanidad. El problema es que esta preocupación legítima se acompaña de pesimismo ante el futuro y poca capacidad de respuesta ciudadana:

  • cinco de cada diez encuestados creen que es demasiado tarde para enfrentar el cambio climático;
  • siete de cada diez creen que las empresas y Estados deben esforzarse más que los individuos para proteger el medio ambiente;
  • siete de cada diez están dispuestos a pagar productos ecológicos y adoptar prácticas de consumo responsable.

A la luz de estos indicadores globales, resulta positivo que en Bogotá se hayan desatado capacidades colectivas para enfrentar la situación. En la ciudad existen oportunidades realistas para que mediante estrategias de educación ambiental se desarrollen procesos para el cuidado ambiental, respuestas colectivas ante situaciones críticas, y estimular las potencialidades de las comunidades.

Educación ambiental en perspectiva histórica

La educación ambiental surgió en un contexto de reconocimiento frente a los riesgos del cambio climático, pero su primera mirada fue instrumental y geopolítica.

Para 1960, los estudios académicos advertían sobre posibles sequías que se producirían en el África y sus consecuentes migraciones. Para 1974 estos estudios fueron retomados por Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría. Henry Kissinger recibió informes de la CIA que advertían eventuales crisis generadas por cambios ambientales, así como nuevas oleadas de movilidad humana.

Foto: Cortesía Colectivo Somos Vichacá - Teusaquillo es una de las localidades de Bogotá con más procesos de cuidado ambiental. En esta localidad existe una red informal de iniciativas alrededor de las huertas urbanas, la jardinería, pacas digestoras silva, recuperación de plástico, entre otras.

Un cambio como este muestra que la opinión pública es sensible ante los hechos y las advertencias sobre el cambio climático y, por tanto, puede modificar algunos patrones de conducta social.

La Declaración de Estocolmo de 1972 fue el producto del primer foro mundial que abordó el ambiente como tema central y señaló la necesidad de establecer programas formales e informales de educación ambiental. Para entonces se daba prioridad a la protección, aunque el cambio climático era una realidad científica probada, sin poner en tela de juicio el modelo de desarrollo causante de los daños ambientales.

Educar ambientalmente desde la creatividad y no desde el miedo

En las últimas décadas los discursos sobre el cambio climático han centrado la narrativa en el riesgo sobre la especie humana. Esta mirada centra el abordaje del problema desde la generación del miedo colectivo a una suerte de extinción provocada por una lógica depredadora del capitalismo.

Aunque esto último es real, y las conferencias internacionales poco han avanzado en asumir responsabilidades u ofrecer respuestas efectivas, concentrarse en el miedo no permite a la sociedad encontrar salidas alternativas y mecanismos de autogestión resilientes ante cambios que son ineludibles.

La agenda que logró consolidarse gracias al movimiento mundial por el reconocimiento, reducción y redistribución del trabajo no remunerado permitió ampliar la mirada sobre el cuidado para poner la vida y sus derechos en el centro del debate.

Lo anterior implica que a las nociones tradicionales del cuidado como conjunto de acciones no remuneradas que permiten la reproducción de la vida, se fueran incorporando el ambiente y los entornos, las redes de afectos, entre otros determinantes no materiales del bienestar.

La pandemia fue un punto de inflexión, que dejó, entre otras lecciones, la fragilidad de la vida y las muertes masivas (en Colombia, más de 140 mil), la salud mental como asunto de salud pública, la constatación de habitar un sólo planeta que no tiene repuesto y exige cuidar colectivamente la “casa grande” del tráfico de especies, la deforestación y la pérdida de biodiversidad.

Entendimos que no vivimos solos. El retorno a la comunidad como origen de la vida en sociedad y potencialidad para el cuidado de la vida fue una de las lecciones que dejaron las cuarentenas por cuenta de la pandemia y un elemento que permitió el avance de la conciencia ambiental en Bogotá.

El cuidado ambiental en entornos comunitarios

Teusaquillo es una de las localidades de Bogotá que registran un mayor número de procesos alrededor del cuidado ambiental. Tiene uno de los ecobarrios de la ciudad y ha creado una red informal de iniciativas alrededor de huertas urbanas, pacas digestoras silva, jardinería, ciencia participativa, recuperación de plásticos y reciclaje, laboratorios creativos que combinan educación ambiental, arte y lutheria urbana alrededor de los residuos, y recuperación de espacios públicos.

Las condiciones territoriales que incluyen la presencia de ríos como el San Francisco (Vicachá) y Arzobispo (Neuque), conectores ecosistémicos que unen los cerros orientales y que constituyen el paso de aves migratorias, buenos indicadores de árboles por persona y un parque metropolitano con extensas coberturas vegetales, son sin lugar a dudas condiciones que han favorecido los procesos de cuidado comunitario alrededor del ambiente en esta localidad.

Pero son grupos humanos quienes se han movilizado en estos territorios, gran parte de ellos a partir de 2020, año de la pandemia, en procesos que cuestionan las prácticas de consumo y tensionan los modelos de producción, distribución, consumo, y disposición final, para crear ciclos más armónicos a partir de la gestión interdisciplinar de saberes y la defensa territorial.

Una de estas experiencias pedagógicas es la Paca Digestora Silva. Como tecnología de recuperación y aprovechamiento de residuos orgánicos en pequeña escala y en el espacio público, ha permitido constituir redes de cuidado comunitario mediante la cooperación para el pesaje de residuos orgánicos, búsqueda de material vegetal y trabajo colaborativo en la elaboración de la Paca. El efecto de esta práctica, donde la ciudadanía se hace responsable de sus residuos, es constituir una comunidad de saber hecha de aprendizajes prácticos que apropia el conocimiento ancestral y conceptos y herramientas de la ciencia moderna.

Así mismo, la manifestación de expresiones artísticas y creativas en el espacio público que generan redes de cuidado comunitario, y encuentros intergeneracionales que incluyen a las personas mayores, con discapacidad, infancias, y acuden a la comunicación digital para circular información con saldo pedagógico.

Retos para la educación ambiental en Bogotá 

Uno de los debates olvidados durante la campaña electoral pasada fueron los ambientales; de manera marginal, estuvo presente un asunto crucial para la ciudad: el futuro del relleno sanitario de Doña Juana.

Los recientes incendios en los cerros de Bogotá, la consecuente afectación de la calidad del aire y los efectos cada vez más perceptibles del cambio climático ponen de presente algunos de los retos más inmediatos para la administración distrital:

  • Cumplir los mandatos del Acuerdo 790 de 2020 en materia de ordenamiento territorial alrededor del agua, protección de la estructura ecológica principal, y promoción de la soberanía y seguridad alimentaria en una ciudad donde el hambre es una necesidad imperiosa para la ciudadanía;
  • El Plan Distrital de Desarrollo deberá incluir metas concretas en materia de prevención de riesgos y cambio climático, así como restauración frente a las afectaciones provocadas en el marco de la crisis ambiental actual y calidad del aire;
  • Bogotá necesita planes integrales que incluyan mecanismos efectivos de gobernanza para proteger los recursos ambientales estratégicos de la ciudad como los páramos de Sumapaz, Chingaza, cerros orientales y conectores ecosistémicos. Aunque los bosques urbanos fueron un anuncio al final de la pasada administración, su puesta en marcha debe incluir recursos que permitan a las comunidades la defensa y cuidado de los mismos;
  • Bogotá necesita un proceso planificado, sostenido y realista de transición para cerrar el relleno sanitario de Doña Juana y el modelo contaminante, segregador y privatizador que representa esta tecnología considerada obsoleta en varios lugares del mundo;

Entendimos que no vivimos solos. El retorno a la comunidad como origen de la vida en sociedad y potencialidad para el cuidado de la vida fue una de las lecciones que dejaron las cuarentenas por cuenta de la pandemia y un elemento que permitió el avance de la conciencia ambiental en Bogotá.

  • Reducir y superar el relleno Doña Juana puede hacerse mediante incentivos comunitarios que, a la par de la educación ambiental, permitan una transición seria y sostenible. Las experiencias comunitarias que se desarrollan actualmente en la ciudad demuestran que otorgando un saber y capacidad instalada para la autogestión comunitaria puede ser la mejor herramienta de educación ambiental. El círculo armónico de esto se completaría con incentivos tarifarios, asunto en el que viene trabajando el gobierno nacional;
  • Si los incendios son provocados por la acción humana, la prevención y restauración también pueden ser una respuesta humana colaborativa y solidaria. La educación ambiental sin participación ciudadana es insostenible y no será más allá de acciones aisladas y pasajeras que desarrolle la administración distrital;
  • La educación ambiental como política nacional está en proceso de actualización. Bogotá podría ser pionera de esto si comprende que la fuente principal de esta se encuentra en las comunidades, y que los recursos pedagógicos deben estar dirigidos a generar capacidades que permitan a colectivos humanos consolidados y emergentes ser capaces de gestionar su propio desarrollo en lo local y territorial a partir de las prácticas de cuidado comunitario que realizan.

*Este texto no sería posible sin los aprendizajes adquiridos caminando al lado de una red comunitaria de afectos que se ha tejido cuidado colectivamente el territorio de Teusaquillo. Mi gratitud, afecto y reconocimiento para el Colectivo Somos Vicachá, Grupo Scout Meraki, Latin Latas, Casa Residuo Cero, Sendero Vida de Barrio, Nuevos Espacios Artísticos, Paquerxs del Neuque, Bibian Andrea Rada Betancourt, Cristina Pinedo, Evangelina Núñez, y Consuelo Sánchez.

Lea en Razón Pública: Fuego, quemas e incendios dentro y fuera del Distrito

Acerca del autor

Óscar Murillo

Magister en Ciencias Políticas, FLACSO – Ecuador; Especialista en Pedagogía, Universidad Pedagógica Nacional; Historiador, Universidad Nacional de Colombia.

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Magister en Ciencias Políticas, FLACSO – Ecuador; Especialista en Pedagogía, Universidad Pedagógica Nacional; Historiador, Universidad Nacional de Colombia.

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