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El fútbol colombiano en fuera de lugar

Escrito por Óscar Murillo
Oscar-Murillo

Este 4 de diciembre los colombianos presenciaron el partido más tramposo del año. Este juego –Llaneros FC vs. Unión Magdalena– marca otro punto bajo en el ya deteriorado fútbol colombiano.

Oscar Murillo Ramírez*

Tiempo de reposición

Minuto 80. Diego Echeverri anotó y con la mirada en la tribuna oriental animó la afición del estadio Bello Horizonte. La fe, para entonces, no estaba perdida. Con un derechazo al ángulo Echeverri anotó el primer gol para Llaneros FC.

Minuto 94:02. Ethan González controla con el pecho y remata con derecha para el empate. Aunque el defensa central de Llaneros FC perdió la marca, no perdió la vergüenza. Dudosa, pero una jugada posible para un gol.

Minuto 94:58. Daiver Vega quien ingresó en el minuto 57 recibe el balón e ingresa al área. Podría advertirse una presencia activa de la defensa de Llaneros FC, pero no lo es. En una observación detallada se hace evidente que Duván Mosquera pretende cortar el ataque de Vega, pero se detiene y le permite el paso.

En menos de un minuto, un partido que parecía perdido fue remontado. Gana Unión Magdalena ante la mirada desconcertada de cualquiera que haya visto un partido de fútbol en su vida.

La pelota sí se mancha  

He visto situaciones insólitas y épicas, pero nunca algo tan tramposo como el partido del sábado 4 de diciembre.

Disputando un partido en el que ofició de local en Bogotá, América perdió ante Unión Magdalena. Después del empate escarlata, el equipo samario reanudó desde la mitad de la cancha y con un remate directo marcó gol.

En mi memoria quedó la imagen de Diego Barragán preparador físico en esa época discutiendo inútilmente con el juez central. Aunque insólito, el gol fue legal. El reglamento permite reanudar el juego con el cruce del balón después de la mitad de la cancha. Con ese gol América perdió a finales de los años noventa.

En marzo del año 2000 América disputó la Copa Libertadores en el estadio El Campin. Los escarlatas perdían ante Rosario Central por un penal que provocó Foad Maziri, y otra jugada que encontró mal parado a Luis Barbat. En el minuto 45, con la conducción de Frankie Oviedo en el campo, los rojos lograron el descuento.

Una vez reiniciado el juego el Flaco Oviedo tomó el control y, en menos de dos minutos, los diablos rojos lograron el empate. El Coloso de la 57 tembló aquella noche y el equipo de Jaime de la Pava logró una victoria sobre el equipo Canalla. El equipo del Gigante de Arroyito se llevó 5 goles de Bogotá. Una noche épica.

Lo que ocurrió en Villavicencio, por el contrario, quedará para la historia como una deshonra. Será el registro que prueba lo denigrada que fue la profesión del fútbol aquella tarde, lo burlada que fue la afición, y lo corrupta que puede llegar a ser la dirigencia del deporte con más seguidores en el país.

El negocio tras la pasión de multitudes

El pasado 9 de diciembre la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) presentó el primer informe mundial sobre la corrupción en el deporte. Este señala que las apuestas ilegales se estiman en 1,7 billones de dólares al año.

Aunque la corrupción en el deporte no es nueva, la UNODC explica que el aumento de la corrupción en diversas actividades deportivas se debe a:

  • deficiencia en los marcos regulatorios;
  • infiltración del crimen organizado en las organizaciones deportivas;
  • intimidación a periodistas que investigan, y
  • los cambios abruptos de la pandemia y vulnerabilidades asociadas.

Por supuesto, el fútbol es uno de los deportes más apetecidos para la mano de la corrupción.

El partido en Villavicencio refleja un fenómeno mundial con efectos negativos.  Por un lado, la pérdida progresiva del papel social del deporte y, con ello, el derrumbe de sus valores: sana competencia, vida saludable, y la tradición que supone la existencia histórica de los clubes. Por otro lado, la transformación de la figura del hincha. Lejos de ser el sujeto propio de una cultura que se mueve alrededor del fútbol, se convirtió en un cliente.

Tarjeta amarilla para el fútbol profesional colombiano

El fútbol profesional colombiano está en crisis desde hace varios años. Estos son algunos de los sucesos que lo han llevado hasta ahí:

  • Participación de Luis Bedoya expresidente de la Federación Colombiana de Fútbol en sobornos y fraude. En octubre solicitó el noveno aplazamiento de su sentencia dentro del conocido caso FIFA Gate.
  • Los directivos Ramón Jesurún, Álvaro González Álzate, Jorge Perdomo, Claudio Javier Cogollo, Alejandro Hernández, Herney Portilla Giraldo y Luis Bedoya indagados por lavado de activos, sobornos, y reventa de boletería de los partidos de la eliminatoria para el mundial de Rusia 2018.
  • Las polémicas de la asamblea de la Dimayor por el contrato de televisión internacional y los dineros que se recibirían del canal Premium Win Sports. Entramado de dudas que hicieron inviable la presidencia de Jorge Enrique Vélez en esta institución.
  • Jorge Enrique Vélez representaba a Cambio Radical en la presidencia de la Dimayor y tenía estrecha relación con Germán Vargas Lleras y, el entonces fiscal, Néstor Humberto Martínez. Esto presuntamente convenía a quienes son investigados por la reventa de la boletería en 2018.
  • La carnetización que promovió Jorge Perdomo entonces presidente de la Dimayor vinculó a 243.466 hinchas en 2017. Hinchas de todo el país pagaron 12.000 pesos de manera individual para que, en teoría, obtuvieran beneficios y se redujera la violencia en los estadios. Al final no ocurrió ni lo uno ni lo otro, y no se conoce el destino de los recursos recaudados.
  • Investigación de la Superintendencia de Industria y Comercio contra diez clubes por prácticas laborales que incluyen el veto de jugadores y eliminación de la libre competencia. En estas irregularidades aparecen los nombres de Jorge Perdomo y Jorge Enrique Vélez.
  • Las dudas que generan la participación de las casas de apuestas en el fútbol profesional colombiano. BetPlay y Wplay patrocinan la liga nacional y ocho equipos profesionales, siendo este el cuarto ingreso más importante de estos clubes. El país cuenta con 16 plataformas de apuestas autorizadas, las cuales registraron $5,4 billones en 2019. El 80% de estos ingresos son apuestas relacionadas con el fútbol.
Foto: Pixabay - Las apuestas ilegales se estiman en 1,7 billones de dólares al año.

Lejos del pitazo final  

En los tribunales y en los medios de comunicación se aspira a resolver lo que no se resolvió en el campo de juego.

La situación ha desbordado los estadios de fútbol y ahora tiene una compleja alineación que incluye amenazas de muerte a jugadores, citaciones a debate de control político del ministerio del Deporte, el de Trabajo y la Superintendencia de Industria y Comercio, apertura de investigaciones por parte de la Fiscalía General de la Nación, y la comisión disciplinaria de la Dimayor.

Aunque el partido de la final entre Cortuluá y Unión Magdalena fue suspendido, la sospecha de la impunidad está presente. Los antecedentes del fútbol profesional colombiano ya nos han demostrado que están los responsables, pero no los fallos judiciales.

El caso de Llaneros FC refleja algo previsto hace tiempo: algunos clubes de la segunda división no buscan ascender. Juegan porque son parte de un negocio que promociona y vende jugadores. La mayoría de los jugadores son jóvenes de lugares apartados del país que encuentran en el fútbol la única posibilidad de salir de la pobreza.

Prueba de lo anterior está en que Llaneros FC tenía posibilidades de ascender. Para la última fecha, de ganar y hacerlo por amplio margen, y perder Fortaleza FC -lo que efectivamente ocurrió contra Bogotá FC- tenían opciones de llegar a la primera división.

Esto lo reconoció el volante llanero, Manuel González, antes del encuentro: “(…) todos los partidos son como una final. Sabemos que nos vamos a medir con un grupo de jerarquía, como lo es Unión, pero estamos tranquilos, con fe y compromiso”.

Todo lo contrario a lo que pudimos apreciar en la cancha de Bello Horizonte. Hubo menos competencia que en un partido de exhibición, jugaron como equipo de baja categoría, e hicieron de esto una vergüenza de marca internacional para el fútbol colombiano.

Esta es una oportunidad para sentar un precedente en Colombia: sanciones disciplinarias y deportivas como ocurrió con la Juventus de Italia. De esta forma, podría recuperarse la dignidad del deporte más seguido del mundo a través de la justicia.

Además, esto otorgaría un mínimo de respeto a la afición, y consideraría a los clubes, antes que negocios privados con intereses oscuros, un patrimonio cultural que le pertenece a sus hinchadas.

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