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“Morir joven o buskar una solución”

Escrito por Óscar Murillo
Oscar-Murillo

Oscar MurilloUna reflexión sobre la cultura de la intolerancia detrás de la muerte y de la cultura de creatividad detrás de la vida del jóven graffitero [1].

Óscar Murillo Ramírez*

La “amenaza” juvenil

Diego Felipe Becerra murió el pasado 20 de agosto a manos de un agente de la policía en hechos aún por esclarecer. Más allá de lo condenable que esto resulte, el hecho mismo debe ser analizado a la luz de las nuevas percepciones sociales sobre lo juvenil, los cambios recientes de la cultura política colombiana, las expresiones culturales juveniles y las alternativas que éstas presentan para democratizar la sociedad.

Un estudio reciente de la Corporación Nuevo Arco Iris sobre la criminalidad en Bogotá pone de relieve el contraste entre la percepción ciudadana y la tasa de homicidios en la ciudad. Mientras esta había disminuido significativamente entre el 2000 (35 por cada mil habitantes) y 2010 (23 por cada mil habitantes), la percepción ciudadana sobre la inseguridad mostraba un aumento sostenido a partir de 2007. [2]

Allí mismo se sostiene que, además de factores como el desplazamiento de las denominadas “ollas” tras la eliminación del “Cartucho”, el aumento en el hurto de celulares o el descontento con la impunidad, existe la idea de que ciertas poblaciones o grupos son una fuente de inseguridad: desplazados, excombatientes, y “jóvenes utilizando (sic) cortes de pelo, atuendos y otros aditamentos –“piercings” y extensos y numerosos tatuajes en distintas partes del cuerpo– como medio para expresar su identidad con determinadas culturas” [3].

Esta percepción ciudadana tiene como contexto una situación mundial modificada a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001: la adopción de un discurso antiterrorista, una doctrina de guerra preventiva que justificó invasiones internacionales y una manera de percibir la seguridad como profundización de la “mano dura”. De este panorama resultó también una visión estigmatizadora sobre las juventudes, percibidas como amenaza y cuyas manifestaciones culturales se ven como peligros que las fuerzas del orden deben controlar. En palabras de Rossana Reguillo, estas visiones han demonizado las juventudes y buscado salidas autoritarias contra la democracia y los derechos humanos [4].

Ello explica por qué hace un par de meses hizo trámite en el Concejo de Bogotá un proyecto de acuerdo para prohibir y penalizar los graffiti, y en el Congreso de la República hubo varios proyectos para aumentar las penas de los menores de edad o reducir la edad de responsabilidad penal.

La cultura de la muerte

Diego Felipe Becerra, con tan sólo 16 años de edad, murió a manos de la policía el pasado 20 de agosto en el barrio Pontevedra en Bogotá. Los registros de las investigaciones hasta ahora no muestran una pista completamente clara de lo ocurrido. Las informaciones van desde la participación de Diego Felipe en el atraco a un bus, hasta las versiones de los familiares y amigos que lo señalan como un joven graffitero que estaba haciendo lo que muchos jóvenes de su estilo realizan sobre puentes y muros de la ciudad.

Sin embargo los medios han documentado incoherencias en los hechos. Para sólo mencionar una de ellas, Caracol Radio informó que las placas y número del bus registrados en la llamada de alerta al 123 no coinciden con la denuncia interpuesta por el conductor del vehículo. Adicionalmente, la necropsia registra que, efectivamente, Diego Felipe tenía rastros de pintura en sus manos, y peor aún, que el disparo a manos de un agente de la policía se produjo a menos de un metro y medio por la espalda.

Independientemente del resultado de las investigaciones, donde hemos oído declaraciones hasta de la fiscal Vivian Morales, lo cierto es que aún presumiendo que el robo se hubiera cometido, la acción policial fue equivocada y dejó como saldo un asesinato.

De todo ello hay que registrar un elemento adicional: la manera como un sector de la sociedad ha juzgado los hechos, lo cual es sintomático de una cultura que se vino gestando en las últimas dos décadas, ligada indisolublemente con la dinámica política del país y particularmente con el conflicto armado.

El mismo día que apareció en RCN Radio el conductor de la buseta que presuntamente había sido asaltada por Diego Felipe, las redes sociales virtuales Facebook y Twitter contenía mensajes como los siguientes: “Era un ladrón”, “la policía actúo en defensa propia”.

¿Acaso existe en Colombia la pena de muerte para cualquier delito? ¿Justifica el atraco a una buseta –cosa que aún no se demuestra– el asesinato de Diego Felipe?

Tales justificaciones sólo pueden explicarse en virtud del fenómeno que Medófilo Medina denomina la contrarrevolución cultural. Entre sus enunciados se encuentran: el fin justifica los medios, el pragmatismo amoral, el espíritu de revancha, la compatibilización de valores de muerte con valores legítimos. [5]

Estas manifestaciones de la cultura política colombiana se profundizaron tras el final del proceso de paz en el Caguán. La adopción mundial de un discurso antiterrorista como agenda de seguridad, y el desgaste de la sociedad colombiana que ha movilizado a un sector importante en el péndulo político hacia la derecha, son el telón de fondo de estas respuestas sociales ante el asesinato de Diego Felipe.

Por supuesto, no toda la sociedad ha actuado bajo los mismos códigos, no sólo porque espontáneamente en las mismas redes sociales hubo voces de inconformidad, sino porque hay un sector importante que se expresa electoral y sociopolíticamente por la búsqueda de alternativas. Que se registren asistencias masivas al documental Impunity realizado por Hollman Morris a propósito de la Ley de Justicia y Paz, así como la movilización ciudadana alrededor de Antanas Mockus y Gustavo Petro en la pasada elección presidencial, o que la favorabilidad del ex presidente Uribe registre descensos antes no vistos, muestra los rastros de un sector de la sociedad que no consiente los valores de la cultura de la muerte.

Lienzos y escrituras urbanas

Algunos sectores consideran el graffiti como vandalismo. Sin embargo, tras esa oleada de color que recorre las principales urbes del mundo hay actos comunicativos y prácticas socioculturales juveniles que la sociedad debe ser capaz de reconocer y tolerar.

Hace un par de años en El Clarín de Argentina, Claudia Kozak explicó los factores que llevan a las juventudes a realizar graffitis e intervenciones callejeras: “hay cierta tendencia de los jóvenes, y sobre todo en los últimos tiempos, a estar mucho en la calle. A pesar de la privatización de la vida y de la reclusión puertas adentro, si hay un sector de la sociedad que no puede identificarse con este encierro es la juventud” [6]. Así, la ciudad no es sólo una selva de cemento como señala una conocida canción de Rubén Blades. Allí también hay actos comunicativos y prácticas socioculturales que se están escribiendo sobre los interminables lienzos de la ciudad que son sus muros.

En el caso de Diego Felipe – presuntamente, pues todo sigue en investigación- él estaba pintando un graffiti con su firma “Tripido”. Por supuesto, este no es su nombre, pero sí es una identidad. Este tipo de intervenciones artísticas callejeras son conocidas como Tag.

Un tag es una firma que identifica a quien mediante aerosoles interviene el espacio público. Su origen remite a las calles de Nueva York cuando un repartidor de pizzas en sus labores rutinarias escribía en las paredes “Taki 183”; a partir de allí se popularizó esta forma de arte callejero, aunque el plasmar letras e imágenes en paredes sea una práctica milenaria.

Según Rossana Reguillo, el realizar tags en las ciudades remite a una práctica sociocultural juvenil mediante la cual se produce una apropiación sin fronteras reales o simbólicas de las ciudades y, sobre todo, se crea una identidad en donde “El nombre propio queda expuesto a la mirada pública y al mismo tiempo enmascarado por los trazos que solamente los familiarizados con este código pueden descifrar” [7].

Veamos un ejemplo:

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El anterior tag fue realizado por Julian Scarpetta, quien se denomina “Scar” para sus intervenciones en Bogotá y quien realiza este tipo de arte urbano hace ya una década. El tag o firma del graffitero puede ser realizado en múltiples alfabetos y formas multicolores. Así, el tag se convierte en una marca identitaria que define el ser joven y realiza una apropiación del espacio público.

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Igualmente, existen otras técnicas de intervención callejera. Una de las más conocidas es el esténcil o stencil graffiti. Recordemos nuevamente a Kozak: “El esténcil es una técnica milenaria, que además se ha utilizado en muchos contextos. Pero el esténcil en la calle ha existido, antes que en esta movida (graffiti), en la pintada política. En Europa, por ejemplo, ha sido un movimiento fuerte desde los 80.” Y define sus contenidos como “irónico-lúdico-político” [8].

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Allí la técnica básica consiste en formatear mediante dibujo a mano o digitalmente –este última es la más usada- una imagen de tal forma que se pueda extraer de ella moldes para cortar y usarlos como bases para la intervención mural.

Las imágenes pueden ser tomadas mediante fotografía o dibujos realizados especialmente para esténcil. La siguiente imagen ilustra el proceso que lleva desde tomar la fotografía hasta su realización en esténcil callejero:

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La “otra” bio-política

Aunque se resuelva en una u otra forma el caso de la muerte de Diego Felipe, el saldo que nos deja la acción no puede ser una estadística más. El acontecimiento mismo debe llamar la atención sobre la necesidad de construir una sociedad más tolerante y permisiva con las prácticas socioculturales de sus juventudes.

La experiencia de allí derivada nos invita igualmente a pensar que lo legítimo supone el respeto a la vida, el apego a la ley y el que las instituciones están para la protección ciudadana y no para la persecución contra la diversidad.

Reglamentar los graffitis o construir estereotipos de lo que debe ser la juventud es domesticar el cuerpo y la vida misma a patrones sociales profundamente autoritarios.

Con todo y que la presencia juvenil en la comisión de delitos es real y esta en ascenso, ello invita justamente a revisar las políticas existentes y los mecanismos reales de inclusión ciudadana como sujeto de derechos.

La experiencia del colectivo juvenil Expres-Arte Libre-Mente [9] en la localidad de Kennedy, ahora en extensión por toda la ciudad con campañas que promueven la cultura de la NO violencia, hace pensar que la acción política juvenil no sólo cambió de práctica sino también de formas y lugares de representación que coadyuvan a construir una sociedad más democrática, respetuosa del medio ambiente y de la diferencia.

* Historiador, Universidad Nacional de Colombia. 
http://expres-artelibre-mente.blogspot.com/
twitter1-1@oscarmur

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