
La soledad de Trump
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Trump logró destruir el orden aparente del comercio mundial. Pero no la complejidad, la interconectividad y la resiliencia en los que se fundamenta. Cualquiera que sea el nuevo orden económico global ya no tendrá a Estados Unidos como protagonista principal, y Trump habrá pasado a la historia.
Nadie había hecho tanto en tan poco tiempo ni con tanta efectividad, para destruir lo que quedaba del Imperio “americano”, como lo ha hecho Donald Trump en estos casi tres meses que lleva como presidente de Estados Unidos. Había prometido “hacer a América grande de nuevo”, cuyas iniciales en inglés, MAGA, coquetean con la magia de “maga” en el idioma castellano que él no conoce ni quiere hablar.
En lugar de hacer más grande la América “blanca” que está en el trasfondo de sus sueños de pureza étnica, la ha hecho más solitaria. Con unos pases de magia incoherentes y erráticos, Trump ha ido desanudando, uno a uno, los lazos que ataban el poder de Estados Unidos a sus aliados, amigos y enemigos en el mundo exterior y en la intimidad misma del país que llama América.
El primer nudo que desanudó, con escándalo, villanía y crueldad supremas, fue el que unía a su país con los millones de inmigrantes que estaban ocupando los empleos que los estadounidenses blancos no pueden y no quieren desempeñar y que ya no llegaban a los puertos de Nueva York o de Los Ángeles, mirando hacia la estatua de la Libertad o hacia el viejo aviso roto de Hollywood, sino cruzando el río Grande y corriendo el riesgo de morir a manos de los coyotes o de las patrullas paramilitares de Arizona y Texas.
Pero desanudar ese nudo tenía un precio muy bajo. ¿A quién le importaba la suerte de los miles de jóvenes latinoamericanos rapados, humillados, esposados, en grilletes, con la cabeza rozando el suelo que envió a las prisiones de Bukele, carcelero colonial de lo que queda del imperio? Salvo unas pocas voces valientes de abogados y activistas, casi siempre mujeres, nadie dijo nada sobre la suerte de unos jóvenes que no habían sido vencidos en juicio y cuya culpa era su piel oscura y lucir tatuajes –como lucen casi todos los muy blancos asesores y secretarios del régimen de Trump.
Pero el 2 de abril de 2025 Trump desató la tormenta de sus nuevos aranceles “justos” para una lista de 194 países, incluidas una isla en la que habitan unos cuantos pingüinos y otra en la que sobrevivían, según el último censo, cinco pescadores. Ya no era la guerra a muerte contra los inmigrantes ilegales, sino la guerra abierta a todos los países para corregir las “terribles injusticias” comerciales cometidas por todos ellos contra Estados Unidos.
Trump, que siempre se ha sentido muy orgulloso de su habilidad para timar a sus contrapartes en los negocios, había descubierto que el resto de países habían “robado”, “engañado” y “timado” a Estados Unidos en sus intercambios comerciales. Lo habían logrado gracias a las políticas de globalización y libre comercio mundial ideadas por el consenso de demócratas, republicanos y tecnócratas que había dominado la política económica mundial en los últimos 35 años. La misión de recuperar la grandeza perdida de “América” recayó sobre el único líder preparado para emprender esa empresa: Donald Trump, negociador supremo que llegaba animado por el impulso nacionalista y autárquico del mercantilismo y el metalismo europeos de los siglos XVI-XVIII.
Este soberano de 2025, que destruye su imperio ante los ojos del mundo, solo tiene en común con los soberanos de las tragedias políticas de Shakespeare la soledad total del poder. Solo que las soledades de Ricardo II, o de Ricardo III o de Macbeth nunca fueron espectáculos urdidos para la auto celebración del soberano de turno. La tragedia íntima era auténtica. La soledad absoluta. Fuera de sus mentes atribuladas no había nadie ante quien lucirse.
Trump, en cambio, sabía que actuaba para el mundo entero. Que las tablas de colores con sus dos columnas, registrando en la primera el cambio en los aranceles que “igualarían” la balanza comercial entre Estados Unidos y cada uno de esos países; y la otra, que divide en dos la primera, reafirmando la idea de la balanza comercial justa, se parecían tanto a las tablas de la Ley de Moisés, en la versión de Charlton Heston, que hasta parecían legítimas: un mandato divino que bajaba del cielo para guiar al pueblo elegido hacia la tierra prometida.
No vale la pena referirse a los asesores económicos buscando con desesperación los números mágicos que irían en las Tablas de la Ley, mientras Trump era maquillado para el acto supremo. Basta decir que alguna de las versiones del ChatGPT encontró un artículo con la fórmula salvadora y que los muchachos de Trump confundieron la proporción del arancel que “pasaba” a los precios de los importados con la que “pasaba” a los precios al por menor. La primera era igual a 0,945 y la segunda a 0,25. Eligieron la segunda, cuando era obvio que la primera era la que en verdad registraba el efecto de los aranceles sobre el precio de los importados. El error estaba bien justificado: generaba unos aranceles mucho mayores y más temibles, tal como quería el soberano.
Esto encajaba a la perfección con el verdadero objetivo de Trump: lanzar la amenaza más fuerte a un mundo que esperaba asustado cómo le iría a cada país en la repartición del castigo merecido por haber estafado durante tantos años a Estados Unidos. Los aranceles no tenían que ser el producto de la aplicación correcta de algún modelo económico: eran la encarnación numérica y simbólica de la voluntad de venganza y de justicia de un soberano indignado con el engaño sistemático del mundo entero.
Con la ingenuidad que va de la mano de una arrogancia desmedida, el secretario de Hacienda de Trump, Scott Bessent, aconsejó al mundo lo que debía hacer frente a la amenaza de su patrón: respirar profundo, aceptar con gratitud los nuevos aranceles y, sobre todo, no reaccionar pues, si lo hacían, habría un escalamiento del que no saldrían bien librados.

Un mundo interconectado y complejo
En su delirio, Trump y Bessent olvidaban que el mundo es interdependiente, interconectado y complejo; hecho de infinitas conexiones, interacciones y bucles, cuyo control escapa incluso al más poderoso de los soberanos. Tratar de romperlo y reformarlo a punta de aranceles es como tratar de modificar el funcionamiento de un reloj de alta precisión a golpes de martillo.
La cuestión fundamental es muy simple: la mayor parte de los bienes del mundo, entre ellos los que incluyen semiconductores, chips, tierras y minerales raros, y otros componentes electrónicos y computacionales, es producida con partes, componentes y bienes intermedios producidos por distintos países. La proporción de bienes producidos de manera exclusiva en el mismo país es cada vez más reducida.
Más aún: una buena parte de los bienes intermedios es producida por China, el gran enemigo tecnológico de Estados Unidos. Y aún peor: muchos son exportados a otros países y desde allí enviados a Estados Unidos. Al igual que a su odiado antecesor, Joe Biden, a Trump el tiro le ha salido por la culata. Como lo señaló The Economist en agosto de 2023: mientras más ha buscado Estados Unidos romper los vínculos que unen a sus aliados comerciales con China, más fuertes se han hecho esos vínculos comerciales.
La misma interconectividad va en sentido contrario: por ejemplo, los chips de inteligencia artificial H20 producidos por Nvidia y usados por China para producir DeepSeek, su muy exitosa alternativa de Inteligencia Artificial (IA), son producidos en Estados Unidos y fueron el resultado de la prohibición que la administración Biden hizo de la venta a China del mucho más potente chip de IA, H100. Hoy, las nuevas restricciones de Trump a las exportaciones del H20 a China han llevado a una caída del 7% en el valor de las acciones de Nvidia.
No es casual que el asalto de Trump a los acuerdos comerciales y a la globalización haya comenzado por el Acuerdo USMCAN, que unía a Estados Unidos con Canadá y México y que él mismo firmó como presidente en 2016. Por ser el tratado de integración comercial y económica más exitoso del mundo, su destrucción sugería que Trump no iba de farol cuando anunciaba una guerra comercial total.
Al mismo tiempo daba una señal alarmante de la vasta ignorancia de Trump y asesores acerca del altísimo grado de interconectividad de la estructura industrial y comercial resultante de ese tratado, que había permitido una profunda integración industrial en la que los bienes de un país se convertían en insumos para producir otros en los otros dos países, que, a su vez, se convertían en otros insumos y bienes que llevaban a la producción de más bienes en el primer país, en un proceso circular integrado. El resultado era una economía común, conectada por bienes intermedios que pasaban varias veces las fronteras de los tres países y que hacía de los bienes finales bienes multinacionales o producidos por los tres. Poner aranceles a ese tipo de bienes era encarecer sin razón los bienes producidos con la participación de los tres países y afectar por tanto el empleo y el consumo, vía precios más altos, de los trabajadores y de los consumidores de Estados Unidos.
Casi dos meses después de haber lanzado la amenaza de guerra comercial a México y Canadá, Trump confiesa que “de pronto sería bueno rebajar los aranceles” a los países que venden insumos y bienes intermedios a la industria automotriz de Estados Unidos. Lo dice como si fuera un descubrimiento genial, cuando era algo que debió haber tenido en cuenta cuando fijaba los aranceles a todos los países.
El mundo tampoco siguió el consejo de Bessent, y las bolsas de valores de todos los continentes comenzaron a caer en forma vertiginosa, destruyendo miles de millones de dólares, aumentando la incertidumbre que las Tablas de la Ley no habían terminado y confirmando los pronósticos de recesión y estanflación que antes parecían presagios de mal agüero de los opositores de Trump.
Al principio Trump jugó su carta sobradora de siempre. Dijo que las bolsas de valores y “sobre todo el mercado” lo tenía sin cuidado, que el mundo ya estaba avisado y que los países más inteligentes hacían cola ante la Casa Blanca para hablar con sus asesores de comercio internacional. A los que, como China, se atrevieron a responderle en la misma moneda, les impuso mayores aranceles, mientras jugaba al amante abandonado que espera la iniciativa de su amante para que todo vuelva a ser como antes: “los chinos quieren negociar, sólo que no saben cómo empezar”.
Ante la presión de los que perdían fortunas y pensiones en el dramático desplome de las bolsas de valores, Trump retrocedió y decretó una pausa de noventa días para los aranceles que había anunciado el 2 de abril. Sus áulicos invocaron el libro clásico del soberano, El arte de la negociación, y dijeron que Trump lo había planeado todo desde un comienzo y que ahora era el momento de aislar a China del resto del mundo y esperar su regreso de rodillas a la Casa Blanca para rendirse ante el soberano.
El pastorcito mentiroso
Pero era muy tarde para levantar la bandera de aislar a China y unir a los países del mundo en su contra. Trump, estratega supremo, olvidaba que tanto sus amenazas incumplidas como los tratados que había firmado y deshonrado recientemente le habían quitado toda credibilidad y que su súbito llamado a la unidad del mundo occidental contra el enemigo asiático resultaba tan vacío como su respeto a la democracia y a la libertad de pensamiento.
Trump olvida que él mismo ya se había encargado de aislar a Estados Unidos del mundo entero hasta el punto de que muchos de sus más fieles socios comerciales y políticos han devenido agentes libres que ahora buscan socios más creíbles en el comercio mundial –entre ellos China, el gran competidor de Estados Unidos por la supremacía económica. A la demolición de su credibilidad ha contribuido no en poca proporción su imitador más fiel, el vicepresidente J. D. Vance, que aprovechó su viaje a Europa para insultar y amenazar a sus anfitriones en un tono que ni siquiera usaron los jerarcas nazis en el punto más alto de su delirio de poder.
El Trump triunfalista de estos días celebra que su gobierno recibe US$2.000 millones diarios por cuenta de los nuevos aranceles. Olvida que el dinero que llega a las arcas del Gobierno, que ha dicho querer reducir a un mínimo, viene de los bolsillos de los importadores y consumidores estadounidenses que ahora deben pagar más por los mismos productos. Olvida, por último, que es más probable que todos sus antiguos aliados y amigos formen una gran coalición comercial con China a que regresen a buscar la protección de un soberano amenazante cuya palabra no inspira confianza.
Trump logró su objetivo de destruir el orden aparente del comercio mundial. Pero no pudo destruir la complejidad, la interconectividad y la resiliencia en los que se fundamenta. Cualquiera que sea el nuevo orden económico global ya no tendrá a Estados Unidos como protagonista principal, y Trump habrá pasado a la historia.
Acerca del autor
Boris Salazar
* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.
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