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La otra cara de la tragedia Griega

Escrito por Vladimir Rouvinski

Vladimir RouvisnkiEsta crisis es la “crónica de una muerte anunciada”: un exceso de beneficios para la población, comenzando por los trabajadores oficiales, y el sobreendeudamiento acumulado dejaron a Grecia en una de las peores situaciones de su historia.

Vladimir Rouvisnki*‏

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Hace un par de años  me buscó el padre de una de mis estudiantes de pregrado en Cali para preguntarme: ¿Cuál es la maestría más costosa de todo el país? Inicialmente creí que no había entendido bien la pregunta: pensé que su interés era saber mi opinión sobre la mejor maestría del país, no necesariamente la más costosa.

Pero resulta que el equivocado era yo. Efectivamente, me preguntaban sobre el programa más costoso. El padre de mi estudiante era empleado de una empresa municipal, y uno de los beneficios que le ofrecía su empleador era pagar la matrícula universitaria de sus hijos. 

El colapso de Grecia no es más que la crónica de una muerte anunciada

El padre por supuesto trataba de aprovechar el beneficio al máximo. No le preocupaba de dónde venían los fondos la empresa. Sencillamente estaba convencido de que ése era un derecho laboral adquirido, que por lo mismo no le podrían alterar.

Vale la pena añadir que la empresa pública en cuestión vivía de préstamo en préstamo, y que prácticamente estaba en bancarrota. Y sin embargo seguía atendiendo los “derechos adquiridos” de sus trabajadores, de manera que no alcanzaba a financiar las actividades para las cuales había sido creada.

Un Estado super- benefactor

Hasta hace muy poco tiempo, casi todo el sector público en Grecia tenía beneficios parecidos a los que tiene el padre de mi estudiante:

  • Se estima que el número de empleados públicos en ese país supera el millón de personas es decir, más del 20 por ciento de la fuerza laboral total.
  • Más de dos tercios de estos empleados tenían derecho a jubilarse mucho antes de la edad establecida por la ley.
  • Para muchos de ellos la jornada laboral concluía a la 1:00 de la tarde.
  • Los salarios y demás beneficios en algunos sectores eran exorbitantes en comparación con países en un nivel similar del desarrollo. Por ejemplo, mientras el salario promedio de quienes trabajan en el ferrocarril griego (una empresa con pérdidas anuales cercanas a los mil millones de euros) estaba entre 7.000 y 12.000 euros mensuales, en España el empleado en el ferrocarril gana en promedio alrededor de 4.500 euros mensuales.

¿Son conscientes los ciudadanos griegos de que sus beneficios laborales son excesivos? ¿Están enterados de que su bienestar depende directamente de los créditos externos? La respuesta tendría que ser un sí.

Y sin embargo una vez el gobierno anunció que tendrá que reducir los salarios y recortar los beneficios en el sector público, debido a la presión de los bancos europeos, miles de empleados hicieron uso de su derecho a la jubilación temprana, pero conservando los beneficios del régimen antiguo.

Ciudadanos griegos se congregan a las afueras del Parlamento griego en Atenas.
Foto: Wikimedia Commons

Se venía venir

Para saber quién debe asumir la responsabilidad por la gravísima crisis que vive Grecia, hay que entender las razones que la originaron.

Pare empezar, el colapso de Grecia no es más que la crónica de una muerte anunciada. Las alarmas comenzaron a sonar hace por lo menos cinco años, cuando Atenas experimentó graves problemas para cumplir con los pagos de su deuda. Pero esa era la época de la Gran Recesión internacional que comenzó en Estados Unidos, de manera que los gobiernos europeos facilitaron nuevos créditos a los griegos para ayudar a salvar los bancos alemanes y franceses.

Desde este momento, la deuda griega creció hasta alcanzar en 2015 la suma exorbitante de 324 mil millones de euros, equivalente al 175 por ciento del PIB de ese país.

Grecia es parte de Europa

Pero la historia verdadera de la crisis griega no comienza en 2010 sino tres décadas atrás, en 1981, cuando el país fue aceptado como miembro de la Unión Europea (UE).

No hacía mucho que Grecia había regresado al régimen democrático, tras la dura “Dictadura de los Coroneles” que había sido un coletazo de la Guerra Fría. Y aunque el país cumplía a duras penas con los requisitos para ingresar a la UE, varios de sus vecinos poderosos decidieron admitirlo debido, por un lado, a su legado histórico como un país “verdaderamente europeo” y, por otro lado, para fortalecer sus todavía débiles instituciones democráticas.

Por su parte los griegos esperaban mejorías en cuanto a sus ingresos y  nivel de bienestar, que la economía de su país no era capaz de garantizarles por sí sola. Sin embargo el ingreso al mercado común europeo significaba cambiar el peso de los sectores tradicionales de la económica griega, y una creciente dependencia de los créditos externos del gobierno en Atenas para satisfacer las expectativas de la gente común.

Visto de esta manera, las mejorías en la calidad de vida y la ampliación de la oferta de beneficios sociales de los últimos 30 años no reflejan cambios sustanciales en la economía griega, y por lo mismo no eran ni son  sostenibles.  Por eso, teniendo abiertas las líneas de crédito, en Grecia era muy difícil contener la presión de las  protestas populares, que casi siempre concluían con la aceptación por parte del gobierno, de gran parte de las demandas de los indignados.

Los beneficios para diversos sectores de la sociedad se financiaron básicamente a través de los créditos provenientes del exterior: en ese entonces y -aún hoy en día- el espectáculo  una Grecia en llamas no era algo aceptable para Atenas -ni para Bruselas-.

El Primer Ministro Griego Alexis Tsipras habla ante los medios de comunicación europeos.
Foto: Primer Ministro Alexis Tsipras

Qué cambió

Pero esta vez la reacción de todos los involucrados ha sido distinta. Y son varias las razones para esta diferencia:

  • En primer lugar, debido a su tamaño descomunal, la deuda acumulada por Grecia ya no podía ser ignorada.
  • Tampoco puede ser perdonada, ni siquiera parcialmente, como ocurrió alguna vez en el pasado. Y esto debido principalmente al temor de los acreedores de que el perdón y posterior concesión de nuevos créditos se convierta en un modus operandi en las relaciones entre la banca internacional y la propia Grecia (o peor, entre  los bancos y los países europeos que siguen en la “cola” de las crisis).  
  • Por otra parte los líderes de la UE tomaron nota de que la economía mundial muestra síntomas de recuperación después de la Gran Recesión de 2008, mientras que la incidencia de Grecia sobre la economía europea siguió siendo mínima.  

Maniobras de última hora

Los hechos anteriores no eran un secreto para los líderes políticos de Grecia, que optaron, como una salida temporal, por el referendo confuso del pasado domingo,  donde el 61 por ciento de la gente votó por no aceptar las exigencias de austeridad que había formulado la “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y  Fondo Monetario Internacional),  al mismo tiempo que los partidarios del “no” y del “si” afirmaban que su deseo era seguir siendo parte de Europa.  

El referendo entonces no era una parte de la solución, sino el intento de fortalecer la posición del gobierno griego en sus negociaciones con Europa- y en especial con las dos voces más poderosas: los gobiernos de Alemania y de Francia, que por sus propias razones encarnan la línea dura y la blanda, respectivamente.

De esta manera – y en otra voltereta que desconcertó a muchos- el gobierno de Grecia decidió presentar una nueva propuesta de ajuste tan severo o en algunos aspectos, más severo, que el que había sido rechazado por los votantes a instancias de ese mismo gobierno.  

La historia verdadera de la crisis griega no comienza en 2010 sino tres décadas atrás, en 1981

Y sin embargo, como era de esperarse, la propuesta de Grecia –que al lado del ajuste incluye nuevos créditos por el valor astronómico de “entre 82 mil y 86 mil millones de euros”- encuentra intensamente divididos a sus 18 socios de la Zona Euro (el sub conjunto de países de la UE que a partir de 1999 han aceptado ser parte de la unión monetaria). La desconfianza por promesas incumplidas por parte de los griegos y la inclemencia de los ajustes que este país ha realizado a lo largo de cinco años, el dilema dramático entre pagar las deudas que uno debe y asfixiar al deudor que de ese modo es todavía menos capaz de pagar, han marcado el compás turbulento de las reuniones en Bruselas y Atenas en estos últimos días.

En el momento de escribir este artículo no ha concluido la reunión decisiva entre los jefes de Estado. Pero sin duda esta crisis pone a prueba los pilares del proyecto europeo, y en especial

  • La gran dificultad de sostener una unión monetaria mientras no se unifique la política fiscal (pero esto implicaría casi renunciar a la idea misma de Estados autónomos);
  • La no menor dificultad para tomar decisiones complejas pero urgentes en una pluri-democracia con 19 socios, y
  • No menos, el ideal político de una Europa unificada y solidaria que emergió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial,  y que bien puede (¿o pudo?) ser considerada  como el experimento de integración social más exitoso del último siglo. 
                                

* Director del Centro de Investigaciones CIES y Profesor del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad Icesi en Cali, Colombia. Es egresado de la Universidad de Hiroshima. Su área de investigación son las relaciones entre Asia y América Latina.

 

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