Elecciones: la guerra como estrategia - Razón Pública
La mesa de negociación en la habana, hay una pancarta que dice diálogos de paz y al frente están sentadas 10 personas, 6 son guerrilleros y 4 son del gobierno

Elecciones: la guerra como estrategia

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La mesa de negociación en la habana, hay una pancarta que dice diálogos de paz y al frente están sentadas 10 personas, 6 son guerrilleros y 4 son del gobierno​

No es la guerra verbal de los últimos días: es la guerra real, la de muertos y heridos, la que está decidiendo estas elecciones. Los que ganan de esa guerra quieren que ella continúe. Y un acuerdo con las FARC pondría fin- por fin- al maridaje de las balas y los votos.

Boris Salazar

 

La guerra como bandera

Durante más de un siglo violencia y elecciones han ido de la mano en la sociedad colombiana. Una compleja articulación cuyos peligros ignoramos porque, después de tanto tiempo, parece ser un elemento natural y necesario de la vida política. Y en las últimas décadas esta mezcla  articulación explosiva tomó la forma de una guerra irregular de una violencia y una capacidad de destrucción del tejido social inusitadas.

El avance de las conversaciones de paz con las FARC está enfrentando esa ecuación a la prueba más dura de su larga existencia. ¿Cómo hacer política electoral sin el trasfondo usual de armas y  violencia? ¿Cómo hacerla en un periodo de transición cuando el parece en peligro, y apostarle a la guerra no asegura los votos necesarios para ganar las elecciones?  

La estrategia de guerra de Uribe y sus seguidores es mucho más que una manipulación mediática de los miedos de los colombianos: es la reivindicación de la guerra como el estado natural e ideal de la política. 

La respuesta está a la vista de todos. La inminencia de un cambio decisivo en las reglas de la política ha llevado a los defensores más duros del statu quo los que han derivado de la guerra grandes ganancias políticas y económicas durante muchos años— a elegir esa guerra como estrategia electoral.

Es una metáfora y mucho más. Ha sido convertir la lucha electoral en una confrontación marcada por la oposición amigo/enemigo en una perspectiva de vida o muerte: si no triunfa el candidato de la guerra nos espera la catástrofe, la entrega del país al castro-chavismo y el fin de la democracia que hemos mantenido durante tanto tiempo.

Y ha sido también vender la idea del regreso a un pasado feliz, lleno de seguridad, de guerra, y de lucha contra un único enemigo común, encerrado en las selvas pero con una enorme capacidad de amenaza. La estrategia de guerra de Uribe y sus seguidores es mucho más que una manipulación mediática de los miedos de los colombianos: es la reivindicación de la guerra como el estado natural e ideal de la política.


El candidato presidencial, Oscar Iván Zuluaga.
Foto: Politécnico Grancolombiano

Los que ganan con la guerra

No como simple efecto propagandístico o electoral. Es un problema de pura supervivencia para los políticos, grandes propietarios, contratistas, empresarios legales e ilegales que han extraído ganancias extraordinarias de la guerra irregular de las últimas décadas, y han logrado conservar un statu quo basado en la desigualdad, la exclusión y el miedo.

Para Uribe y compañía un mundo sin guerra, sin FARC y sin amenaza terrorista es un mundo donde no podrán hacer política con el éxito y naturalidad que los han favorecido en la última década. La amenaza terrorista que funcionó como una máquina de hacer votos sin fin quedaría sin combustible, reducida a pequeños núcleos de políticos de extrema derecha.

Lo cual no significa que el uso electoral de la amenaza terrorista ya llegó a su fin. De hecho, hoy está librando la lucha más dura por mantenerse en medio de los que sus creadores perciben como un ambiente hostil, cuando ya no controlan todos los medios de comunicación, no pueden usar los contratos estatales a su antojo, y las redes sociales  tienen la suficiente ambigüedad como para que sus posiciones sean el único juego disponible.

El video de Zuluaga

Pero la guerra es un juego duro donde no se pueden ganar todas las batallas, el enemigo no renuncia a hacer daño, y algún hecho del momento puede cambiar las que parecían claras tendencias electorales.

Más allá de la verdad que o falsedad de las acusaciones contra la campaña de Santos, de si sus asesores se quedaron con dos millones (¿por qué tan poquito?, ¿por qué no cinco ó seis ó nueve?) de los doce millones de dólares que “Comba” dice haber entregado a J. J. Rendón que fuera intermediario en una posible negociación de sometimiento a la justicia, lo crucial es que la respuesta de la campaña de Santos no se hizo esperar y el ascenso irresistible de Zuluaga en las encuestas se detuvo.

Más allá de la respuesta del hacker lo que importa es la concepción de la política de Zuluaga y la relación íntima que percibe entre los golpes de la guerra y los votos que llegarían a él o a Santos. 

El video del candidato Zuluaga hablando –como un paciente que no sabe nada sobre la enfermedad que lo aqueja y pone todas sus esperanzas en el médico brujo que va a salvarlo— con el hacker Sepúlveda, amigo de su hijo David, y de su asesor espiritual, convertido en agente de contra inteligencia, Luis Alfonso Hoyos, muestra hasta dónde la obsesión con la guerra y con los efectos electorales de “dar un golpe contra las FARC”, es decir, de eliminar a uno de sus comandantes, dominan la ideología y la visión electoral de Zuluaga, su jefe y sus manejadores.

El hacker le vende a Zuluaga la idea de que Timochenko está tuberculoso, Romaña tiene cirrosis, y Santos no está en capacidad de dar ningún golpe que lo salve de una derrota en las elecciones por venir. El candidato, con inocencia y optimismo, le pregunta si Santos todavía tiene tiempo para dar el golpe que pararía el ascenso del candidato de Uribe a la presidencia.

Más allá de la respuesta del hacker lo que importa es la concepción de la política de Zuluaga y la relación íntima que percibe entre los golpes de la guerra y los votos que llegarían a él o a Santos. Es esa íntima y perversa relación entre votos y muertos, entre votos y guerra, lo que un probable acuerdo con las FARC y un proceso de paz de largo plazo desterrarían para siempre de la política colombiana.


El Ex-presidente Álvaro Uribe.
Foto: Presidencia de la República del Ecuador

La estrategia de Santos

Pero Uribe y su candidato, con la violencia verbal de sus amenazas, no han hecho sino jugar el juego estratégico que Santos propuso desde el comienzo de su mandato. El inicio, esta vez en serio, de las conversaciones de paz entre las FARC y el gobierno cambiaron el panorama de la política nacional.

Pese a que los colombianos no perciben a las FARC como la mayor amenaza para su seguridad, ni como su problemas más apremiante, y consideran la violencia urbana, la delincuencia organizada y la situación del sistema de salud como problemas más vitales, sí comienzan a sospechar que sin las  FARC en el escenario las reglas de la política nacional no serán las mismas.

Aunque el presidente Santos ha sido un mal pedagogo y propagandista de la paz y sus virtudes, en términos estratégicos la apuesta lanzada al comienzo de su mandato cambió las expectativas sobre cómo hacer política en una Colombia con escenarios cambiantes en las regiones y en las ciudades, con participación ciudadana creciente, redefinición democrática de los territorios, renacimiento de los movimientos sociales y fin del uso de las armas como herramienta electoral y política.

Como lo ha planteado con claridad Sergio Jaramillo, el punto central de toda la política de paz es transformar a las víctimas, de personas que incluso tenían que votar por sus victimarios, o por sus representantes, en sujetos de derecho, con voz y voto, y con capacidad para participar en las decisiones fundamentales de sus territorios y de la sociedad colombiana.

Lo que realmente está en juego

Es la posibilidad de esa transformación, y el fin del maridaje perverso entre balas y votos, lo que está en juego en estas elecciones presidenciales.

Es la posibilidad de esa transformación, y el fin del maridaje perverso entre balas y votos, lo que está en juego en estas elecciones presidenciales. Así lo han visto con claridad los protagonistas decisivos. También por ese motivo los otros candidatos, no importa qué tan buenas sean sus ideas sobre la educación, los tratados de libre comercio o la administración urbana, parecen haber quedado por fuera de la contienda.

Que la campaña haya aparecido como un terrible episodio de guerra sucia y ausencia de ideas, es sólo el reflejo de las dificultades que tenemos los colombianos para jugar a la política electoral, y a la política en general, por fuera del dominio de la guerra. Después de tantas décadas bajo la hegemonía de la relación entre votos y balas,  la emergencia de la posibilidad de jugar a la política desde otras dimensiones y de pensar de nuevo los problemas básicos de la nación, no en términos de propaganda electoral, hace aun más agudo el impacto tenebroso del maridaje entre elecciones y violencia.

La sociedad colombiana apenas está aprendiendo a hablar en otro lenguaje, balbuceando las palabras que la ayudarán a encontrar los caminos hacia la igualdad, la cooperación, la justicia, la participación ciudadana. Algo que puede verse incluso en las palabras del candidato Zuluaga cuando hace la lista de cosas que se requieren para hacer la paz: educación, igualdad, salud para todos, inclusión. Son conceptos todavía muy vagos pero que reflejan lo que viene y lo que estamos dejando atrás.

 

* Profesor del Departamento de Economía de la Universidad del Valle.

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Boris Salazar
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