Elecciones: un cambio estructural pero asimétrico
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Seis tesis agudas y controversiales sobre la transición rápida que estamos viviendo y sobre lo que viene después de la era Uribe.
Humberto Molina*
El panorama político de Colombia se ha transformado de manera radical durante las últimas semanas. Aunque los cambios venían gestándose de tiempo atrás, la gran fluidez de los acontecimientos desde la caída del referendo se ha traducido en cinco fenómenos novedosos y estrechamente relacionados entre sí:
- Primero, una notable movilidad política, o sea cambios masivos en las lealtades o adscripciones partidistas del electorado;
- Segundo, una competencia electoral multipartidista, donde cada partido sin embargo sufre su propia crisis de identidad;
- Tercero, la necesidad de alianzas electorales en el muy corto plazo;
- Cuarto, la consolidación "estructural" de un multipartidismo con grandes asimetrías entre las ciudades mayores y la Colombia rural;
- Quinto, la necesidad de acuerdos interpartidistas duraderos que permitan una gobernabilidad no caudillista ni clientelista, y
- Sexto, la confusión que muestran los protagonistas sobre el futuro de la gobernabilidad en Colombia.
Cambio de lealtades
La movilidad política se traduce en la existencia de considerables segmentos de electores sin ninguna identidad partidista. En la encuesta del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Medellín menos del 15% de los interrogados votaría considerando el partido. En las encuestas de Gallup e IPSOS, que tienen cobertura nacional, alrededor del 25% se declaran independientes o no tienen ningún partido. Esto sugiere que en los centros más pequeños aún inciden las adscripciones bipartidistas más tradicionales, mientras que en las ciudades intermedias y mayores el elector está políticamente menos comprometido, y las adhesiones partidistas son más volátiles.
Pese a diferencias significativas en las metodologías y resultados de las encuestas de IPSOS, Gallup y el Centro Nacional de Consultoría (CNC) se capta en todas que el sentimiento de pertenencia o de simpatía hacia los partidos se ha ido alejando cada vez más y de manera consistente de la distribución partidista de los votos depositados el 14 de marzo[1]. Asumiendo esta distribución como una línea de base: el Polo estaría perdiendo más de la tercera parte de sus adherentes o simpatizantes; el Partido Conservador alrededor de la cuarta parte; el Partido Liberal, aun cuando parece relativamente estabilizado (pero con tendencia levemente bajista) enfrenta la mala noticia de que más de las dos terceras partes de sus adherentes o simpatizantes no parecen dispuestos a votar por su candidato.
Los dos nuevos partidos de la "U" y el Verde se comportan como netos ganadores:
- En las más recientes encuestas (abril 21, 25 y 30) el Verde tiende a triplicar sus simpatizantes con respecto a su participación en los votos válidos del 14 de marzo (pasa de 6,4 a 20% en CNC, a 16% en IPSOS y a 13,9% en Gallup) y su candidato Mockus multiplica por 1,7 los adherentes a su partido en todos los escenarios.
- El Partido de la "U" mantiene una discreta participación en cuanto a adherentes y simpatizantes (pasa de 25,2 a 27 por ciento en CNC) y en comparación con este porcentaje el candidato Santos registra mayor intención de voto que la participación de su partido en adherentes, aun cuando parece estar perdiendo dinamismo.
Inesperadamente la movilidad de la coyuntura también ha comenzado a descongelar a los antiguos uribistas. De la última encuesta de IPSOS se deduce que el 58% de quienes están dispuestos a votar habían sufragado previamente por Álvaro Uribe en el 2006; sin embargo, la sumatoria de la intención de voto por los tres candidatos del bloque uribista asciende solamente al 43%, lo cual implica que el 15% de aquellos viejos uribistas se han movido hacia nuevas opciones, casi con seguridad hacia el candidato verde.
No menos importante, la participación electoral será mayor que en las elecciones parlamentarias y los datos sugieren que podría superar la tendencia histórica, empujando hacia las urnas a jóvenes primerizos y a antiguos abstencionistas.
Multipartidismo y crisis de identidad
Por primera vez en la historia moderna de Colombia una competencia electoral se desenvuelve nítidamente en un escenario multipartidista. En efecto las elecciones presidenciales están dominadas por candidatos de dos partidos de muy reciente creación – los "verdes" y la "U"- sin que ni el Partido Liberal, ni el Partido Conservador, ni alguna hipotética coalición "frentenacionalista" entre ellos pueda desempeñar el papel protagónico. Aun cuando este escenario se venía gestando desde 2006, en aquellas elecciones los dos partidos tradicionales con sus disidencias tácticas (Cambio Radical, Alas Equipo Colombia, Dejen Jugar al Moreno…) aún representaban un poco más del 50% del electorado, mientras que de los comicios del pasado 14 de marzo emergieron solamente con el 36,5% de la votación total[2].
Dadas sin embargo la fluidez del proceso y la originalidad del escenario, la identidad política de los competidores no es clara ni siquiera para ellos mismos. Una vez descartado el referendo reeleccionista fue preciso asumir, como Mefistófeles, que en el principio no era el verbo sino la acción, de manera que los actores han venido improvisando el guión de acuerdo con las circunstancias.
El corto plazo está dominado por una tensión contradictoria entre la necesidad que tienen los partidos de diferenciarse unos de otros, por un lado y, por el otro, la conveniencia de realizar alianzas. Ganar en identidad política y acumular votantes parecen ser exigencias contradictorias. El Partido de la "U" y el Partido Conservador, cada uno por su lado y ambos en representación del uribismo, pretenden acceder a la dirección del gobierno; es extraordinariamente singular que al mismo tiempo constituyan el bloque gobiernista y reclamen ser los continuadores de su proyecto de Estado sin conformar una coalición electoral, de modo que a lo largo del proceso han venido perdiendo cohesión y sembrando confusión, sin ganar en identidad.
Alianzas electorales
Dada la exigencia constitucional de que el Presidente sea elegido por mayoría absoluta de los votos (mitad más uno) es claro que tanto Mockus como Santos necesitarían obtener el apoyo de partidos distintos del suyo propio. Estas alianzas sin embargo tienen un significado muy diferente según se trate de Santos o de Mockus:
- Los síntomas de desgaste por parte de Santos, la destorcida de Noemí Sanín y la distribución de preferencias entre candidatos de los distintos partidos uribistas plantean, más pronto que tarde, una inevitable coalición para hacer factible su victoria, tal como lo ha sugerido directamente el presidente Uribe[3].
- Por esta misma razón para Mockus las alianzas son convenientes pero en ningún escenario resultan suficientes: aun si los otros candidatos de oposición le pudiesen transferir íntegramente sus electores, su victoria resultaría imposible; tendría que sumar algún sector uribista. En consecuencia, su estrategia de alianzas tendría que estar orientada fundamentalmente a generar sinergia con el fin de lograr tal impacto entre indecisos, indiferentes y nuevos votantes que se eleve la participación electoral en proporción suficiente para redefinir la composición del electorado a través de este voto adicional de opinión.
Multipartidismo: un cambio estructural y asimétrico
Más allá de las elecciones del próximo 30 de mayo o 20 de junio, está en curso la consolidación de un régimen multipartidista, lo cual implica cambios estructurales en el sistema político y plantea condiciones inéditas para ejercer el gobierno, las cuales no parecen haber sido advertidas por los propios agentes del proceso.
No hay que olvidar que la dinámica política entre 1982 (inicio del gobierno de Belisario Betancur) y 2006 (reelección de Uribe) estuvo dominada por la resistencia del bloque bipartidista a aceptar la emergencia de nuevas formaciones políticas con capacidad de traducir y representar las reivindicaciones de las zonas rezagadas, de los campesinos, indígenas y afrocolombianos que han servido de combustible al conflicto interno y que también inspiraron el programa agrario a partir del cual intentó legitimarse la guerrilla.
En suma, se bloqueó cualquier alternativa capaz de disputar los liderazgos regionales y el manejo de las administraciones municipales. Antes y después de la Constituyente, entre los acuerdos de La Uribe (1984) y la ruptura del Caguán (Enero de 2002) se consumó el exterminio de la Unión Patriótica, se hostilizó el surgimiento de la AD-M19 y se balcanizaron los dos partidos tradicionales.
A través de su conversión en federaciones de grupos locales autónomos y de las "operaciones avispa", liberalismo y conservatismo se transformaron en el más poderoso vehículo para agenciar los intereses clientelistas regionales y consumar silenciosamente alianzas entre caciques locales, terratenientes, ciertos empresarios -incluidas empresas multinacionales-, paramilitares y narco-militares[4]. Y tanto así que para las elecciones de 2002 se acreditaron 42 partidos y se inscribieron 321 minilistas al Senado, de las cuales ¡25 correspondían al Partido Conservador y 148 al Partido Liberal![5]
La balcanización clientelista y las alianzas con poderes fácticos locales (razón por la cual las AUC sólo pudieron existir como una federación de grupos paramilitares regionales) condujeron a que entre el 2002 y 2006 -como ha reiterado recientemente Pedro Medellín[6]- se modificaran las relaciones de poder en el país, debido a la presencia de la parapolítica en el Congreso y al control que estos poderes emergentes consiguieron en algunos gobiernos departamentales y municipales.
El proceso multipartidista es todavía frágil y en política ninguna situación es irreversible e inmutable. De acuerdo con los mapas de riesgo de la Misión de Observación Electoral, 420 municipios presentan riesgo político por factores de violencia (146 riesgo extremo y 83 alto), 546 por anomalías o irregularidades electorales (40 extremo y 120 alto) y en 200 se conjugan riesgos por fraude y violencia; además 35 senadores elegidos el 14 de marzo son herederos directos de congresistas que en algún momento han sido relacionados con grupos paramilitares[7]. Esto significa que persiste la fractura institucional que ha desarticulado históricamente de la dinámica de las grandes zonas urbanas en donde comienza a florecer el pluralismo, a las regiones rezagadas y la sociedad agraria tradicional sometidas a la dominación fáctica y coaligada de poderes emergentes y consuetudinarios. Y este es el problema de unidad de acción del Estado y de integración nacional que ha pretendido resolver el gobierno en estos últimos ocho años con su modelo de seguridad y régimen cívico-militar.
Mientras se incubaba el multipartidismo urbano, en muchas regiones se atropellaba y desplazaba para asegurar hegemónicamente el monopolio del poder y la riqueza. Esta es la dinámica del cambio político asimétrico. Por supuesto, la alternativa democrática consiste en garantizar la extensión a todo el territorio de la sociedad moderna, multipartidista y plural. No es tan sencillo como entusiasmar con algún sueño de prosperidad, ni tan expedito como reactivar el santanderismo y revivir al Hombre de las Leyes bajo el eslogan de una nueva legalidad democrática. Se necesita mucho más: utilizar el monopolio de las armas para garantizar el ejercicio de la justicia; para implantar instituciones pluralistas y para contener y derrotar decididamente cualquier poder fáctico. En esto consiste la modernidad del Estado social de derecho.
Coaliciones y gobernabilidad
La irrupción de Mockus y la polarización del debate alrededor de él y de Juan Manuel Santos clausura la primera fase de la campaña electoral. Teniendo como trasfondo la emergencia del multipartidismo y la derrota constitucional de Uribe, la dinámica coyuntural ha evidenciado que también es posible derrotar al Uribismo. Pero hay menos claridad sobre el desempeño que impone a los oponentes el aludido trasfondo político. En una palabra: ¿a qué y cómo juegan los apostadores?
Más allá de las decepciones anímicas de Uribe, la especificidad del momento político consiste en que el revés constitucional del reeleccionismo ha obligado, incluso a las fuerzas más belicosas del establecimiento, a buscar la continuidad de su proyecto de seguridad nacional sometiéndose a la competencia política en el terreno del "Estado social de derecho". Como ha ocurrido en situaciones análogas, la oposición evitó un cambio regresivo en el tipo de Estado, apoyada por los sectores antirreelecionistas del propio bloque dominante. Tal cosa determinó la emergencia de un uribismo sin coalición uribista y le confirió consecuencias decisivas a los resultados parlamentarios del 14 de marzo.
Una enseñanza primaria de los sistemas multipartidistas (los cuales son, con mayor frecuencia, parlamentarios) es que las coaliciones son básicas para alcanzar la victoria y formar gobierno. Es preciso entender que tales procedimientos, muy diferentes del transfugismo y las cooptaciones clientelistas, son un índice de la modernidad de un régimen político pues se basan en el consenso y el reconocimiento del competidor más bien que en el avasallamiento del adversario. El desenlace de la contienda electoral en el nuevo escenario dependerá en mucho de la capacidad de las direcciones partidistas para construir alianzas oportunamente. El desafío y la responsabilidad histórica de la oposición y del centro es demostrar que no sucumbirán a tentaciones mesiánicas premodernas. Así como ha llegado a ser factible derrotar al uribismo, es indispensable también proponer nuevos procedimientos para garantizar gobernabilidad en un régimen presidencialista donde los resultados electorales para elegir jefe de Estado pueden apartarse notablemente de la composición política del parlamento elegido con antelación.
Despiste general
Irónicamente, al derrumbarse la estrategia reeleccionista, uribistas, oposicionistas e independientes se vieron inesperadamente obligados a competir en el desconocido escenario multipartidista que emergió de la elecciones parlamentarias. Escenario novedoso y desconocido en un doble sentido: de un lado, porque los protagonistas parecen tener dificultades para situarse en la escena y descifrar la identidad de cada uno de los competidores: ¿quiénes son definitivamente antagonistas y cuáles potencialmente podrían llegar a ser aliados? Y de otro lado, porque los jugadores parecen ignorar las reglas del juego y las estrategias apropiadas para obtener ganancias políticas (y no necesariamente el premio mayor) en un sistema presidencialista que ya no es y probablemente no volverá a ser bipartidista.
Así, por ejemplo, el Partido de la "U", bajo el liderazgo de su candidato, antiguamente liberal, se esfuerza por aplicar la vieja táctica frentenacionalista[8] de las adhesiones de personajes conservadores a su campaña, mientras gran parte de los votantes de opinión lo que esperan es la máxima diferenciación posible con respecto a las prácticas políticas tradicionales. El expresidente Ernesto Samper apela al lenguaje de la reunificación liberal[9], como si las nuevas formaciones políticas donde militan antiguos liberales sólo fuesen disidencias efímeras que no vinieron para quedarse (incluido el propio Partido de la "U").
También Mockus ha intentado eludir una posición frente a las coaliciones y el problema de gobernabilidad por parte de un posible gobierno aplastantemente minoritario en el Congreso, esgrimiendo alguna ingeniosa y racionalista teoría sobre la "democracia deliberativa" que ya practicó en calidad de Alcalde, como si el gobierno de la nación fuera lo mismo que el de Bogotá y el Congreso de la República, ya conformado para los próximos cuatro años, fuese lo mismo que el Concejo de Bogotá en la era del bipartidismo en crisis.
Quizás nada resume mejor este generalizado ambiente de confusión que el desconcertante titular del El Tiempo (14 de abril) sobre una coalición que no logra coaligarse: "Uribe deja en manos de los partidos de su coalición buscar alianzas (entre sí) antes de la primera vuelta" …
Después de recordar que "la historia se da dos veces, pero una vez como tragedia y la otra como comedia",un clásico añadía que "el peso de las generaciones muertas aplasta el cerebro de los vivos".Tal parece, entonces, como si invocando los fantasmas del bipartidismo o paseando el cadáver frentenacionalista se pudieran seguir ganando batallas, como con El Cid Campeador… ¡después de muerto!
*Filósofo y economista de la Universidad Nacional. Doctor en planeación económica de la Universidad de Paris. Urbanista, asesor y consultor internacional.
Notas de pie de página
[1] Las encuestas del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Medellín (telefónica), Gallup (presencial) e IPSOS (presencial) cubren cabeceras municipales de todos los rangos de población; Datexco (telefónica) sólo se refiere a ciudades con más de 100 mil habitantes. Las del Centro Nacional de Consultoría (telefónicas) son más representativas para el universo de las cabeceras con más de 4.000 habitantes. Para formular las apreciaciones subsiguientes se construyó un pool de datos con todas las encuestas disponibles a partir de marzo de 2010 y se identificaron tendencias convergentes de acuerdo con la dinámica endógena de cada serie. En todo caso, no es un ejercicio de panel. Asumiendo como línea de base la participación de cada partido en el total de votos válidos depositados el 14 de marzo se elaboraron matrices de pago contra pérdidas y retribuciones representadas, en unos casos en intenciones de voto y, en otros, en afiliaciones partidistas; se supuso un juego cerrado con "n" participantes, precisamente para tratar de entender en qué medida la dinámica observada depende de flujos interpartidistas o, más bien, de afluencia de nuevos votantes.
[2] El Partido Conservador obtuvo el 20,64% y el Liberal el 15,84%. Si se considera que Cambio Radical, con el 7,98%, sigue siendo una disidencia liberal, la participación del antiguo bipartidismo ascendería al 44,5%.
[3] Eltiempo.com/abril 14 de 2010.
[4] El Tiempo en editorial sobre la "paraeconomía" del 12 de abril de 2010 subraya "los nexos monetarios, logísticos y políticos que sectores legales de varias regiones del país ofrecieron a las cabecillas de las autodefensas". "Empresarios, terratenientes y hasta multinacionales pagaron por protección y encargaron a las autodefensas de la macabra tarea de asesinar campesinos y líderes sindicales".
[5] Con razón el senador liberal Víctor Renán Barco solía repetir, desde mediados de la década de 1980, como una máxima de sabiduría política que "en Bogotá todos debemos parecer estadistas pero en provincia todos los políticos tenemos que ser manzanillos".
[6] En Alfredo Rangel y Pedro Medellín (2010): Política de Seguridad Democrática, Bogotá, Grupo Editorial Norma-Revista Semana, página 184.
[7] Mapas de riesgo 2010. http//www.moe.org.co.
[8] La teoría de una nueva reagrupación liberal, de carácter frentenacionalista, es explícitamente propuesta por José Salgar en artículo del 30 de abril de 2010 para Elespectador.com.
[9] Elespectador.com, 3 de abril de 2010.
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Humberto Molina
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