
Nueva Caledonia y las vidas descartables
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Este es el caso de Nueva Caledonia, un conjunto de islas entre Australia y Nueva Zelanda, que, a pesar de la distancia, es colonia francesa. Un paraíso de cerca de un cuarto de millón de habitantes en medio del océano que hoy se encuentra ad-portas de una insurrección por el choque entre los anhelos de soberanía de los nativos, y los derechos adquiridos de los habitantes de origen europeo que con el tiempo se convertirán en mayoría demográfica y electoral.
Es el relato de las soberanías traslapadas que solo pueden ser explicadas por el colonialismo. Un mundo cuyos vestigios se niegan a perecer y cuyos beneficiarios y también directos responsables son Francia, el Reino Unidos y Estados Unidos. Los únicos Estados que se atribuyen, aún hoy, soberanías que no les pertenecen y legitimidades que les son disputadas. Es la historia de decenas de islas del caribe, de las Malvinas, de la polinesia entre otros.
El caso es fascinante desde el punto de vista de la crisis de la representatividad de la política contemporánea. Un pueblo que se levanta contra el colonialismo al mejor estilo de las guerras de liberación nacional de la segunda mitad del siglo XX. Pero que lo hace a partir de una reivindicación inusual. La de no expandir la democracia al principio de un ciudadano, un voto.
El episodio, que ha provocado la visita del presidente Macron a semejante lugar tan lejano, vuelve a abrir la cicatriz que ha provocado el colonialismo en la historia del tiempo presente. Una marca que se extiende bien al pensamiento político contemporáneo y que resume de una manera extraordinaria el médico y antropólogo francés Didier Fassin en su último libro “Por una repolitización del mundo; las vidas descartables del siglo XXI”. Padecemos de instituciones que no logran instituir el mundo social ni mejorar la vida – o acaso mantenernos con vida- en un tiempo de profundo desencanto de la política.
El ejemplo clásico es Haití. Otra colonia francesa, en donde todas las fórmulas del mundo ilustrado para construir una sociedad funcional han fracasado. El ejemplo más dramático por supuesto es Gaza, otro lugar remoto al que no se debe ir y en el que los muertos se apilan por miles en calles y fosas comunes. El colonialismo tiene esa mala costumbre de regurgitar ácidamente sobre el orden internacional cada tantas década.
Para fortuna de los poderosos sus crímenes rara vez son juzgados. Así, cada vez que el colonialismo regurgita lo hace sacrificando las vidas descartables. La de los migrantes varados en las costas de Europa, las de los enfermos de VIH abandonados a su suerte en África, la de los desplazados por la contaminación ambiental de la India, la de los mendigos a los que recientemente una ley les ha prohibido mendigar Suecia. Que arda entonces Nueva Caledonia.
Acerca del autor
Jorge Mantilla
*Investigador en Conflicto y Crimen Organizado.
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