Papá, Ya soy Suficiente | COLUMNA ESPECIAL DEL DÍA | Jorge Mantilla

Papá, Ya soy Suficiente

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Me tomó más de tres décadas escribir esta carta. Aprovecho el día del padre -que se avecina o que ya pasó, qué importa- para saldar una cuenta pendiente, soltar el pasado y encarar lo que sea que venga con la tranquilidad que produce aceptar las cosas como son y no como quisiéramos que fueran. 

Dicen los expertos, que las heridas de la infancia nos marcan y determinan la estructura de nuestra personalidad. Que nos hacen como somos, a pesar de nuestros intentos por cambiar lo que somo o por parecer diferentes. Hay heridas del abandono, de la injusticia, de la humillación y del abuso. Estas heridas, dicen los expertos, condicionan la manera en cómo reaccionamos a los eventos que enfrentamos a lo largo de nuestras vidas. Cada una de estas heridas tiene su espejo que a la vez es su antípoda y su marca. Consisten en mecanismos de defensa o de navegación con los que, a pesar de no haber sanado, vamos por la vida gestionando nuestros vacíos. 

La mía es la herida de la insuficiencia, al menos así se ha sentido al largo de los años. Aún no sé cuál habrá sido la tuya, Papá. Me ha sido difícil llegar a esa conversación, no sé si lo haga. Sabes que soy una persona tímida, a veces callada. Las personas así somos torpes para expresar lo que sentimos o para pedir ayuda salvo cuando ya es demasiado tarde. Vivimos con el agua al cuello. 

 Últimamente me pregunto, más seguido que antes, que fue lo que te pudo haber pasado de niño que me ayude a entender lo que nos pasó a mi hermana y a mí de niños. Durante años te tuve más miedo que respeto. Recuerdo aún, con cada palmo de mi cuerpo, el terror que me producía escuchar la llave empalmar la cerradura, el volumen de tu voz acercándose por el pasillo, el golpe mudo. Quisiera entenderlo, pero ya no es necesario. 

Hoy sé que hiciste lo que pudiste con las herramientas que tenías a los dieciocho años. La paternidad adolescente te arrebató el sueño de ser abogado y te hizo madurar a las malas. A los golpes. Fuiste demasiadas cosas demasiado joven. Por eso, a pesar de la herida que me produjo haber crecido entre la violencia y la adicción, nunca pude odiarte. 

Es inevitable sentir culpa y vergüenza de exhibir esta herida. Cómo si la vida no fuera demasiado cruel con la gente, verdaderamente cruel, como para lamentarme de una infancia sin carencias materiales. Techo, comida, educación, vacaciones en el mar, lo tuve todo. Sin embargo, el reconocimiento que no encontré en tu figura, lo terminé buscando en lugares donde me fue imposible encontrarlo. Quise sentirme suficientemente en los aplausos ajenos, en las noches de fiesta sin fin, en las amistades de temporada. Siempre tropezando con las mismas piedras del “reino de los hambrientos”, como lo llama el budismo. 

Papá, la vida nos ha sido generosa en grandes proporciones, quizás más de lo que merecíamos. Nos permitió reencontrarnos como amigos, ver a nuestro equipo salir campeón aquella noche eterna, ir a lugares que atesoraré por siempre en mi corazón, escuchar las mismas canciones cada fin de año. Los ritos que nos hacen lo que somos.

Te perdono Papá, no tengo nada que reprocharte. Aún me es difícil llorar, pero ya me siento suficiente. No porque haya logrado lo que me propuse, o por ser la persona con la que soñaba ser hace una o dos décadas. Ya me siento suficiente, por lo contrario. Los años me enseñaron a renunciar a mis ambiciones, a desoír los cuentos que mi ego me echa sobre el mundo y sobre los demás. No puedo borrar el pasado, no puedo borrar lo que hiciste, no puedo borrar lo que hice. Todo ello me pertenece.

 Espero que vivamos el tiempo que nos queda juntos con calidez, con la ternura y el cariño que ambos merecíamos sólo por el hecho de ser niños. Mi fortuna, que la tienen pocos, es poder perdonarte en vida. Te quiero, Papá. Ya soy suficiente. 

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Jorge Mantilla

Escrito por:

Jorge Mantilla

*Investigador en Conflicto y Crimen Organizado.

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