Correlación de Fuerzas | Jorge Mantilla | Razón Pública
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Correlación de Fuerzas

Escrito por Jorge Mantilla

Hay un mantra sagrado en cualquier tertulia de izquierda que se respete: correlación de fuerzas. Consiste, desde una perspectiva ortodoxa, en una ecuación de poder en la que los avances de la clase dominante- como se ha referido el presidente a quienes marcharon ayer- se traducen en una pérdida de poder o un retroceso para los sectores progresistas. El resultado de esa correlación determina -se supone- la estrategia a seguir para alcanzar los objetivos de las clases populares.

Las marchas de ayer marcan un punto de inflexión en la correlación de fuerzas. El presidente podrá decirse las mentiras que quiera: Que fueron pocos, que marcharon los gomelos, que salieron engañados. Los videos y las imágenes son incontrovertibles. Hay una parte del país que no lo apoya.

Las manifestaciones de ayer son un segundo campanazo que cuestiona duramente la gobernabilidad del presidente en los dos años largos que le quedan en el cargo. El primer campanazo fue el hundimiento de la reforma a la salud en el legislativo. En poco tiempo, las mayorías legislativas del presidente se le fueron como agua entre las manos. Fiel a su talante, prefirió quemar las naves y recorrer el camino tortuoso de los decretos y las intervenciones a las EPS.

A pesar de que las marchas sean capitalizadas por la derecha, dejan claro que el presidente no es el dueño del poder constituyente. Puede que quienes salieron ayer a marchar sean minoría, pero son una minoría principal.

De hecho, si uno pone en perspectiva las marchas con las encuestas recientes sobre la popularidad del gobierno quizás no son tan minoría. Mucha gente, incluso de izquierda, desaprueba el desempeño de este gobierno. Lo anterior debería llevar al gobierno a reflexionar sobre su baja ejecución, sobre los escándalos de corrupción que lo rodean y, sobre todo, sobre la idea de una constituyente.

¿Si no controla el poder legislativo ni el poder constituyente con quien pretende gobernar? ¿Basta con tener un gabinete disciplinado? La respuesta es no. Mucho menos para un gobierno donde importa más la lealtad que el mérito. ¿Qué significa eso para la correlación de fuerzas?

Significa que el presidente tiene dos caminos. Ceder y buscar nuevas mayorías legislativas, o construir a su alrededor una jaula de aplausos que le confirme cada día que todo lo que hace lo hace bien. La segunda, por supuesto, es la peor opción.

Lastimosamente el presidente cayó en la tentación de responder al descontento social convocando a una manifestación a su favor. Una reacción apresurada, innecesaria, y que llevará al país a un escenario sin salida. Ver quien saca más gente a la calle. Una versión de democracia callejera que en poco o nada contribuye a que la agenda de gobierno sea una agenda posible.

Ganar las elecciones presidenciales no es un cheque en blanco para gobernar a antojo. No es apropiado ni bueno graduar a sus contradictores de paramilitares. Si es cierto, como dicen sus alfiles, que en el progresismo hay espacio para la autocrítica, esta es la hora de hacerla. Ejecutar, cumplir el plan de desarrollo, dejar el sectarismo y abrir la posibilidad, en serio, de hacer un acuerdo nacional.

El momento actual requiere de sensatez y pragmatismo.  Si lo que se quiere es implementar el plan de desarrollo y seguir avanzando en la aprobación de las reformas prometidas, el presidente debe alejarse de Twitter y de los aduladores. El tiempo se agota y hay que implementar. Ya, no mañana

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