El malestar en la academia - Razón Pública

El malestar en la academia

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Empieza un nuevo periodo académico, y con él, un nuevo ciclo de angustia para los docentes universitarios que enfrentan la crisis de legitimidad por la que atraviesa la educación superior. Este drama, al igual que una parte importante de la erosión de la academia pasa por la reducción de las matrículas -pues cada vez menos jóvenes consideran la universidad como una forma de movilidad social-, el aumento de las cargas administrativas y de docencia, y la extensión de la jornada laboral.

Aunque los académicos invierten cada vez más tiempo de su vida en su oficio, el reconocimiento social y económico que reciben a cambio es cada vez menor.  Se trata de una sobre explotación.

Esta infelicidad, que en últimas no es más que el deterioro de la salud mental de quienes se dedican a la academia debería recibir más atención por parte de los gobiernos y de la sociedad.

La depresión, la ansiedad, el estrés y el cansancio crónico están devorando a académicos de todos los campos del conocimiento en todos niveles de la escalera docente. Desde quienes combinan la docencia ocasional con otros trabajos de medio tiempo para llegar a fin de mes, hasta quienes gozan de plantas permanentes y por lo tanto de una estabilidad garantizada.

Este fenómeno que resulta cada vez más familiar para académicos de todo el mundo se está empezando a documentar tan sólo recientemente. Una publicación del año pasado en la revista Nature, señalaba cómo instituciones de primer nivel en los países desarrollados estaban empezando a recopilar datos sobre los graves problemas de salud mental que registraban algunos de sus más reconocidos investigadores.

Aunque se tiende a pensar que se trata de un problema personal que cada uno debería tratar por su cuenta, en realidad tiene que ver con cambios profundos que se vienen dando en la academia y en las universidades tras la pandemia del covid-19, muchos de cuyos impactos aún están por medirse.

Por un lado, gran parte de los esfuerzos que vienen haciendo las universidades frente a los temas de salud mental están enfocados en los estudiantes. Algo urgente y necesario dado la magnitud del problema. En una encuesta hecha por el Ministerio de Salud en octubre pasado, el 75,4% de las mujeres en el rango entre 18 y 24 años, que es la edad universitaria, consideró que padecía de algún problema de salud mental. Muy preocupante.

Ahora bien, ¿no es lógico suponer que la salud mental del docente tiene un impacto considerable sobre la salud mental y el bienestar de sus estudiantes? ¿Sobre la calidad de la educación que tanto se reitera en el discurso público?

Por otro lado, se considera que los académicos se ganan la vida fácil. Esta es la idea que tiene la mayor parte de la sociedad acerca de quienes escogen el noble y difícil oficio de la academia. Cómo si dar una hora de clase, una buena clase, no implicará horas y horas extenuantes de preparación.

La responsabilidad de esta situación por supuesto se atribuye a los académicos. Escogimos un tema que no le interesa a nadie, cobramos muy barato para los títulos que tenemos, y la mejor, “eso suena muy interesante, pero no sirve para nada”. Pero están equivocados, la educación es una actividad prioritaria para cualquier cambio social. Así fuimos a la luna, así revelamos el genoma humano, así logramos superar una pandemia. Si la ciencia es la base del progreso y del bienestar humano, si en ella están puestas nuestras esperanzas sobre reversar los devastadores impactos del cambio climático, quizás deberíamos preocuparnos por la poca valoración social que tienen quienes se dedican a ella.

Mientras tanto, quienes empiezan un nuevo periodo académico, ya han venido trabajando desde el inicio de año. Ajustando el programa cuando no se trata de uno completamente nuevo. Revisando bibliografía nueva o complementaria, y por supuesto pensando en las metodologías que más se ajusten a generaciones cada vez más complejas de estudiantes.

Pero esto será la menor de las preocupaciones. Se vienen comités institucionales, comités administrativos, procesos de evaluación y acreditación. A la par tendrán que empezar a pensar como atraer más recursos, bien sea atrayendo nuevos estudiantes, formulando proyectos de extensión o incursionando en el difícil mundo de las consultorías institucionales.

Además, se les pedirá, en la medida de lo posible, publicar columnas, participar de debates sobre los temas de su resorte, y como no, dejar el nombre de la institución muy en alto. Así, tendrán cada vez menos tiempo para sus proyectos de investigación, para meterse en la lógica de “publicar o morir”, para escribir y para investigar. Un ciclo de frustración que se renueva cada periodo académico. ¡Bienvenidos!

3 comentarios

Jorge Mantilla

Escrito por:

Jorge Mantilla

*Investigador en Conflicto y Crimen Organizado.

3 comentarios de “El malestar en la academia

  1. Es urgente revisar los procesos de contratación de la universidades publicas y privadas que se contradicen en sus promesas de formar hombres libres, demócratas y justos mientras contratan y explotan a los docentes sin piedad.

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