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La violencia en el Cauca: ¿dónde está ahora el “centro de gravedad” del conflicto?

Escrito por Jorge Mantilla
Jorge_Mantilla_Razon_Publica

Jorge_Mantilla_Razon_PublicaNi el Estado ni las FARC supieron leer el significado profundo de la beligerancia indígena, que bien podría romper el equilibrio de fuerzas.  ¿El movimiento indígena puede ser la vanguardia de un gran movimiento social?

Jorge Mantilla*

Derrota política

Los acontecimientos bélicos en el norte del Cauca representan un desafío serio y concreto para la política de seguridad del gobierno Santos: la percepción de inseguridad ha venido aumentando en los últimos sondeos de opinión.

Jorge_Mantilla_Santos_Toribio

Visita y consejo de Ministros en Toribío: derrota política amplificada por los medios de comunicación.

Foto: Ministerio de Minas.

Esto explica el estilo adoptado por el gobierno nacional para abordar esta coyuntura: basta con repasar mentalmente la sucesión de imágenes entre el consejo de ministros que sesionó con dificultad en Toribío el miércoles 11 de julio, la mesa de negociación con los indígenas instalada por el ministro del Interior el lunes 23 en Santander de Quilichao y la ausencia elocuente tanto de este último como del ministro de Defensa a la reunión acordada en Popayán el viernes pasado, 27 de julio, con la previsible reacción de los dirigentes indígenas.

Podría pues decirse que lo que ha debido ser un mensaje de autoridad, tranquilidad y ejercicio de la soberanía estatal bajo la consigna de “todo está bajo control”, constituyó de hecho una derrota política amplificada por los medios de comunicación, sumado al estancamiento que en los últimos días ha presentado la mesa de negociación.

Proyecto antagónico

El problema del Cauca está lejos de ser exclusivamente militar y constituye uno de los más grandes retos políticos de los últimos años tanto para las FARC como para el Estado: el objetivo de la guerra insurgente o contrainsurgente es ganar el corazón de la población civil, lo que podría llevar a la derrota estratégica del enemigo, es decir, la derrota política.

La beligerancia con la que el movimiento indígena — particularmente el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) y su Guardia Indígena — ha venido planteando su postura frente a la guerra y los actores armados, reafirmando sus principios ancestrales de autonomía, dignidad y respeto por la Madre Tierra, constituye un rasgo verdaderamente particular de la coyuntura que se vive en el departamento del Cauca, a diferencia de otros escenarios como el Catatumbo o Arauca, donde también convergen actores armados, recursos naturales estratégicos, precariedad socioeconómica y enclaves mineros transnacionales. Tal vez sean las movilizaciones de las últimas semanas por la solución política al conflicto en el Putumayo las que lleven a una tensión política similar.

Jorge_Mantilla_operacion_militarLa operación militar “Espada de Honor”: sin éxito mientras persista la carencia de legitimidad que afecta a las instituciones.

Foto: Arcoiris.com.co

Esta postura representa un reto para el Estado, pues pone sobre la mesa la debilidad de la apuesta contrainsurgente en el Cauca — en el marco de la estrategia militar “Espada de Honor” — debido a la carencia de legitimidad que afecta a las instituciones — tanto políticas como militares — a la hora de consolidar alguna gobernabilidad en este departamento.

En últimas, si no fuera por la miserableza de la guerra, el movimiento indígena habría salido claramente ganador, puesto que ha hecho visible la existencia de un proyecto social y político en el norte del Cauca que – más que lejano – resulta antagónico frente al proyecto de país en hombros de las élites urbanas que preconiza el gobierno central, aunque éste no lo haya querido entender así.

Y de paso, el movimiento indígena se ha sintonizado con el sentir de importantes sectores del país sobre la necesidad de una salida negociada a la guerra, lo que nutre a su proyecto de una enorme legitimidad y respeto.

¿Una fuerza de ocupación?

Sin embargo el reto para las FARC resulta mayor: su peor escenario seria que la ruptura que se viene presentado respecto de las comunidades y autoridades indígenas llegara a convertir en irreconciliables a dos proyectos políticos diferenciados, más no necesariamente antagónicos, marginando definitivamente a las guerrillas de la dinámica social en el norte del Cauca.

Aquellos dos proyectos incluso han convergido en algunos de sus objetivos estratégicos: la soberanía nacional popular, la reforma agraria estructural y la solución política al conflicto social y armado.

Jorge_Mantilla_ruptura_FarcLas FARC: su peor escenario sería que la ruptura con las comunidades y autoridades indígenas, marginándolas de la dinámica social en el norte del Cauca. 

Foto: mbsuroccidentedecolombia.org

Esto pondría a las FARC ante la imposibilidad de contar con una espacialidad, es decir, una construcción social del poder sobre los territorios,  quedando reducida a una fuerza militar de ocupación del espacio geográfico.

Desde el punto de vista puramente analítico de una guerra insurgente, no es posible sostener una ofensiva militar como la que vienen adelantando las FARC, sin una cierta base poblacional que permita articular redes logísticas y de inteligencia.  El paso de la simpatía, o al menos de la resignación, a una actitud de abierta beligerancia -como la que se ha venido registrando- puede constituir una derrota para la guerrilla y una victoria política para el Estado.

Actos como activar una moto con explosivos para matar a un policía y a dos niños, o como destruir cuarenta casas y un puesto de salud para atacar una estación de policía no pueden ser vistos ni presentados como un triunfo militar, y mucho menos como un triunfo político.  

La referencia a este tipo de hechos como “daños colaterales” por parte de las FARC tiene profundos efectos sobre la percepción que tengan los indígenas y los demás actores políticos. Es el mismo argumento de “daños colaterales” que usa Estados Unidos para justificar las víctimas civiles de los bombardeos en Viet Nam, Afganistán, Iraq y Libia – y es uno de los lenguajes más detestados por los movimientos sociales del mundo entero. 

Un ejército que pretende serlo debe caracterizarse por la profesionalización progresiva de sus métodos y de sus unidades militares: la victoria militar que representa para las FARC   la caída de un Súper Tucano —  tal vez no derribado, pero de seguro accidentado por el rigor de los combates — se ve opacada por un tatuco o cilindro–bomba que caiga en un puesto de salud.

Para las FARC es grave  que los voceros de las comunidades indígenas se refieran a los actores armados “legales e ilegales”, para nombrar a las Fuerzas Militares y  a las FARC, respectivamente. En lo fundamental, ellos no ven diferencia entre unas y otras, pero admiten que la legalidad está del lado del Estado.

No supieron leer

En últimas, la perplejidad sobre la situación del Cauca resulta de la incapacidad  del Estado y de las FARC para leerla de modo  inteligente: de esta derrota política saldrá más favorecido el bando que supere dicha incapacidad y logre una lectura de lo que en la teoría de la guerra se conoce como su “centro de gravedad”, concepto acuñado por André Glucksman en 1969. 

El centro de gravedad es el punto de inflexión cultural, económica y política donde — más que derrotar al enemigo militarmente — se lo obliga a desistir de seguir utilizando  la fuerza militar que posee, hasta llegar al punto de no retorno.

Jorge_Mantilla_reducidasLas FARC ¿Van quedando reducidas a una fuerza militar de ocupación del espacio geográfico de los indígenas?

Foto: anarkismo.net

En nuestro caso, dicho centro de gravedad del conflicto está claramente dado no tanto por la solución política, sino por la forma particular que va a tomar dicha solución política,  determinada principalmente por la relación entre lo que Clausewitz llamó la Trinidad de la Guerra: Pueblo – Estado – Fuerzas Armadas.  En el caso  de Colombia, la ecuación incluye cuatro factores y no tres: Movimiento Social – Estado – Fuerzas Armadas – FARC.

Los acontecimientos recientes del norte del Cauca marcarán una tendencia hacia el futuro, sobre todo en la evolución  de la postura frente a la guerra de un  movimiento social que ya viene adquiriendo voz y postura propias frente a la realidad del país.

Por su parte el movimiento indígena deberá fortalecer su posición tanto organizativa como políticamente: es claro que alguno de los dos actores — bien sea las FARC o el Estado — intentarán instrumentalizar un diálogo humanitario directo y de cara al país con las comunidades indígenas y sus autoridades.

Se abren nuevas perspectivas

El presidente Santos se apresuró a dar el primer tropezón en este sentido al anunciar más efectivos militares como respuesta al clamor de paz y al anunciar el bombardeo de medio billón de pesos para inversión social en un discurso pronunciado en un sitio donde, para poder llegar, los medios de comunicación tuvieron que atravesar los retenes del 6º frente de las FARC.

En medio de la espiral de violencia que sacude al Cauca, queda por ver si las FARC logran entender la diferencia entre fuerza y poder, para sentarse a  dialogar con las comunidades indígenas sobre:

a. la no utilización de armas indiscriminadas  o de poca precisión para atacar unidades militares en los cascos urbanos o cabeceras municipales;

b. el no reclutamiento de menores;

c. la no utilización de la violencia sexual como un arma política, y

d. el respeto de la autonomía, las autoridades y las organizaciones indígenas tal como lo expresa la ACIN en su carta del 15 de Julio a Timochenko, firmada en Miranda (Cauca).

 

En fin, el reto para el movimiento indígena es construir una forma de resistencia que trascienda las demandas directas de seguridad, de mejoras económicas y sociales, para poder alterar en forma sostenible las dinámicas de poder, subordinación y exclusión que han denunciado durante  más de 500 años.

Como el gobierno deterioró  de manera apresurada el diálogo con las comunidades indígenas —y siendo poco probable que retroceda en esa postura — mientras, por el contrario, comienza a denunciar infiltraciones y asonadas, solo le queda en este momento acudir a la represión y a la contención política, por lo que seguramente las judicializaciones y el ESMAD seguirán a la retirada parcial del Ejercito de estos territorios y a la suspensión de la mesa  de negociación , aumentando la tensión política y con ella la polarización nacional en torno de la paz.

* Politólogo, candidato a Magister en Estudios Políticos y miembro del Grupo de Investigación en Seguridad y Defensa (GISDE) de la Universidad Nacional de Colombia.

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