Brasil 2014: ¿Ya fracasamos otra vez? - Razón Pública
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Brasil 2014: ¿Ya fracasamos otra vez?

Escrito por Rodrigo Hurtado
Rodrigo Hurtado

Rodrigo HurtadoLa dirigencia del fútbol colombiano completa 18 años de un fracaso tras otro. Luego del novelón del Bolillo queda en el aire una pregunta: ¿Podrán los hinchas tomar el poder del deporte más popular del país?

Rodrigo Hurtado Sabogal*

Vuelve y juega

En 45 días comienza la eliminatoria a la Copa Mundo 2014. Y desde ya es posible advertir que la Selección Colombia no clasificará, pese a que en esta oportunidad Suramérica cuenta con 4 cupos y medio (el quinto se disputa con un país de Centro o Norte América) y a que el pentacampeón, Brasil, está clasificado por derecho propio.

Sería la cuarta cita mundialista a la que Colombia deja de asistir. Casi una generación completa de hinchas que no saben lo que es una selección en un Mundial… y tan cerquita. ¿Es eso grave? Puede que al lado de las inundaciones, los millones de desplazados y las masacres se trate de una preocupación baladí, pero es un síntoma elocuente de lo que somos.

Sin duda hay pocos temas a los que colombianos dediquen tanta atención como al deporte rey. En los periódicos, la televisión, la radio, las redes sociales, en las conversaciones de bus, cafetería y ascensor, sin duda se comenta más de fútbol que de los escándalos del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, las chuzaDAS o la crisis de la salud. En este país no hay un canal dedicado a los derechos humanos, pero este fin de semana Telmex lanzó Vs el primero con 24 horas de información deportiva, de las que, seguramente, 20 serán de fútbol.

Y aunque le dedicamos litros de tinta, bites de información y horas de micrófono, el fútbol colombiano es una vergüenza y una fuente permanente de frustraciones. La última, el papelón de la Federación a raíz de la renuncia de Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez. A los únicos que les pasó por la cabeza que era conveniente que continuara en el cargo fue a la mayoría de los miembros del comité ejecutivo de ese penoso ente y a la senadora que fue su madrina en su fugaz paso por la política conservadora.

Estaban en esas, cuando de pronto a un dirigente se le salió la cita más bárbara de las que se tenga noticia (“si el Bolillo le hubiera pegado a Piedad Córdoba…”) desde la muy presidencial “voy a darle en la cara, marica”, y a la selección Sub20 la eliminaran en los cuartos de final de Copa Mundo que se jugó aquí.

Y ni así. Tuvo que intervenir el presidente Santos en persona para que los directivos del fútbol colombiano cerrarán el capítulo ‘Bolillo’. Una semana después, ningún técnico serio se le ha querido medir a la tarea de llevar a Colombia al Mundial. A lo mejor saben que los directivos no quieren un técnico ganador, sino uno que obedezca y se haga el pendejo. Y ahí estamos: con el ánimo por el suelo, sin comenzar a jugar la larga eliminatoria a Brasil 2014.

El que manda, manda, aunque mande mal

Entonces se pregunta el fanático, el neófito, el indiferente aturdido por tanto ruido alrededor, ¿Quién es el que manda en el fútbol colombiano? y sobre todo ¿Por qué?

El fútbol es mucho más que la selección. Son cientos de miles de aficionados y aficionadas que pagan las boletas en los estadios, otros millones de practicantes entre juveniles, aficionados y profesionales; técnicos, preparadores físicos, médicos, patrocinadores y un largo etcétera en cuyo punto más alto están los empresarios de la Fedefútbol.

Ésta tiene dos ramas, la profesional, Dimayor, y la aficionada, Difútbol. La Federación es la dueña de la selección. La Dimayor organiza el torneo profesional y la Difútbol avala los campeonatos de las ligas en todo el país. Cualquiera que quiera jugar fútbol en Colombia –y en el mundo-, dirigirlo o sacarle lucro debe contar con estos tipos que están aupados por sus pares en todo el mundo en una organización privada llamada la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA). Escuelas de fútbol, clubes aficionados, ligas departamentales… todos a lo larga terminan obedeciendo al monopolio que regenta el suizo Sepp Blatter.

En Colombia ningún equipo profesional es de sus hinchas. Por más que usted los vea por la televisión, se ponga la camiseta, se emborrache con la bebida que producen los patrocinadores o bautice a su hijo Léider Calimenio, en esa institución por la cual usted daría la vida no cuenta sino cuando paga la boleta en el estadio. Nacional es de Ardila Lülle, el Tolima de Camargo, La Equidad de Saludcoop y el Júnior de los Char. De otros, no se tiene idea sino sospecha. Con la nueva ley del fútbol se anuncia que 14 equipos “se democratizarán”, pero en ningún caso los equipos colombianos se parecen a instituciones como Colo Colo, River Plate, Barcelona o Real Madrid, cuyas elecciones internas son verdaderas pujas por el poder.

Los clubes colombianos además son pobrísimos. El Cali es el único con estadio propio. El resto alquilan escenarios públicos como El Campín, el Atanasio Girardot o el Metropolitano. Pocos tienen una sede como la de la Equidad, y a veces divagan en busca de un campo de entrenamiento como le ha pasado a Santa Fe. Lo único que tienen son unos papeles que acreditan la propiedad sobre los derechos deportivos de sus jugadores. Así que los verdaderos dueños del balón son los cazatalentos que van por ahí buscando una aguja en un pajar. Los agentes, esos personajes grises que ni usted ni yo conocemos, son los que mandan.

Es una especie de trata de blancas tolerada por toda la sociedad. Muchachitos, la mayoría muy pobres, que desde muy temprano son negociados entre escuelas de fútbol de garaje y equipos controlados por los empresarios, como Pereira, Tuluá, Quindío y otros de media tabla para abajo, cuyo único objetivo es servirles de vitrina para venderlos lo más pronto posible a uno de los llamados ‘grandes’ (Nacional, Cali, Júnior, Once Caldas); de ahí al fútbol argentino y luego a Europa. La versión rosa de esa historia es la de Falcao García, un crack de 25 años por el cual el Atlético de Madrid acaba de pagar 40 millones de euros. La triste es la de muchos frustrados futbolistas que recalaron como coteros, taxistas o profesores de educación física.

Por eso, pese a toda su significación cultural, el fútbol no es sino un negocio privado donde la indignación pública pesa poco. Ninguno de esos dirigentes rinde cuentas y la mayoría están apoltronados en sus cargos sin que la más disparatada y ofensiva declaración ni el más estruendoso fracaso pongan en riesgo su continuidad. Toda la plata por la venta de los jugadores se queda en sus bolsillos, y no en las arcas de los clubes que otra vez están debiendo sueldos, impuestos y aportes a la seguridad social, y aún así van jugar el torneo avalados por la incompetencia cómplice del director de Coldeportes.

El Estado, convidado de piedra

No es que el Estado colombiano no tenga velas en este entierro. Para empezar es el dueño del 90 por ciento de los estadios. En el último envión, el Mundial sub20, les puso 230 mil millones para acondicionar los estadios a las exigencias de la FIFA. Desde el punto de vista económico, el Mundial fue un éxito para la FIFA y la Federación que se quedó con los 12 millones de dólares que produjo la taquilla. El Estado colombiano no recibió un peso a cambio y tuvo que exonerar de impuestos a todas las delegaciones. Y atérrense: los directivos dicen que todavía tienen deudas laborales porque la Financiera de Desarrollo Territorial S.A, FINDETER, no les ha desembolsado un crédito blando por 24 mil millones de pesos que salen de sus impuestos y los míos. Sin embargo, el Estado no interviene por el coco de la desafiliación a la FIFA. Y ya dijimos, sin FIFA no hay fútbol.

Así que los dirigentes no van a cambiar por mucha indignación que los hinchas expresen en las redes sociales. Ni siquiera van a tomar su próxima decisión midiendo el pulso de la opinión nacional. Apuesto a que a la mayoría de ellos el periódico solo les sirve para madurar los aguacates de la bandeja paisa que tanto les gusta deglutir.

La decisión pendiente

Cuando la selección fracasa es el nombre del país el que queda expuesto, no el de Bedoya, ni el de González. Los titulares dicen “humillada Colombia”, no la Federación. Ellos siempre caen parados y viaticando.

Por eso es tan importante la decisión sobre el nuevo técnico de la selección. La presión pública sobre ese cargo es comparable con la del presidente. Santos metió baza en el debate con la afirmación de que era necesario un técnico extranjero que le diera nuevos aires al fútbol nacional. Pero la nacionalidad del fulano es un detalle. Dirigir fútbol no es ciencia de cohetes y a la larga lo que importa es que tenga carácter y un proyecto a largo plazo.

Claro, hay pocos técnicos colombianos serios y que tengan una idea que trascienda a la desgastada dupla Bolillo-Maturana. Estos son los únicos que han clasificado a un mundial y de eso se han pegado hasta la náusea. Los otros colombianos con esas credenciales o ya se quemaron –Reinaldo Rueda– o están en otra cosa –Luis Fernando Suárez–. En el ámbito nacional están los nombres de Alexis García, Julio Comesaña (uruguayo de nacimiento), Edison Umaña y Juan Carlos Osorio. Cualquiera sería una apuesta incierta. Estrategas internacionales como Carlos Bianchi, Marcelo Bielsa, Gerardo Martino, Luis Scolari o José Pekerman no se van a prestar al juego de los tres chiflados que maneja la Fedefútbol ni por los dos millones de dólares que ofrecen.

Historia peluda

Así que queda el nombre de Leonel Álvarez. Ese mechudo a quien todos conocemos desde sus tiempos de corajudo volante central en la selección de los 90. El campeón de la Copa Libertadores como jugador y de una Copa Postobón como técnico. Algunos lo recordarán por su paso en el reality La Isla de los Famosos y otros por la frase célebre de un comercial: “Listo papito, si es ya, es ya”.

Leonel tiene experiencia, tiene liderazgo y seguramente conocimiento de fútbol, al cabo de 30 años de no dedicarse a otra cosa. El capital humano con el que cuenta es auspicioso: además de Falcao, están los volantes James Rodríguez y Fredy Guarín, los laterales Camilo Zuñiga y Santiago Arias… una pléyade como no se veía desde tiempos de Valderrama, Rincón y Asprilla.

Pero Leonel tiene su lunar peludo. Pocos se han atrevido a decirlo en voz alta, pero la razón por la cual no es aclamado como entrenador nacional tiene que ver con su aparente vinculación con ciertas hierbas del pantano del narcotráfico y el paramilitarismo. La historia es esta: en noviembre pasado la revista Semana publicó unas grabaciones que develaban vínculos entre jefes paramilitares como Macaco y Jorge 40 con clubes de fútbol y pases de jugadores. Una de las grabaciones, al parecer una conversación entre dos subalternas de Edward Cobo Téllez, alias Diego Vecino, destaca la presencia del técnico encargado de la selección en la fiesta de cumpleaños del jefe del Bloque Montes de María. Fue en mayo de 2005. “¡Hombre, esa farra fue grande!" dice una de las interlocutoras luego de comentar que la pachanga contó también con el espectáculo del mexicano Juan Gabriel.

¿Lo invalida a Leonel para ser técnico nacional haber asistido a una narcoparranda? Las contertulias no detallan si se quedó toda la noche, ofreció un brindis o si sabía quién era el homenajeado de quién por entonces ni la prensa ni las autoridades tenían clara su identidad y a quien solo hasta 2006 la Fiscalía le expidió una orden de captura. Seamos consecuentes: con cargos más graves al menos dos presidentes se han mantenido en el poder y a uno incluso lo premiaron con la reelección.

Por ahora, Álvarez es el escogido para dirigir los dos partidos de preparación antes del periplo en busca del mundial. Pero es urgente que se ratifique o desmientan esas acusaciones formuladas a partir de una grabación que por ahora no forma parte de ningún proceso judicial conocido. Es muy probable que futbolísticamente Leonel sea la mejor opción para encabezar el “combinado patrio”, pero la fe de los hinchas no aguanta un escándalo más.

El poder a los hinchas

O por lo menos no debería. Y eso nos remite al quid del asunto: El fútbol colombiano solo va a aprovechar su enorme potencial si cambian las personas que lo regentan. Y los dirigentes solo van a cambiar cuando los hinchas los cambien. Cuando dejen de ir a los estadios, comprarle a sus patrocinadores y seguir sus transmisiones. Cada vez que usted les da un peso (este año han recibido unos 256 mil millones del público) los está legitimando. Les está permitiendo hacer lo que se les da la gana. Salir a vociferar de Álvaro González o Luis Bedoya con la camiseta de Adidas, por la blackberry de Telefónica y con una Águila en la mano no ayuda mucho.   El fútbol colombiano urge de indignación ciudadana práctica. Este es el momento para pasar de la preocupación a la ocupación. Un proceso serio a cuatro años con Leonel o cualquier otro a la cabeza es la única forma de que los titulares no vuelvan a ser:

“Colombia fracasó otra vez”.

* Periodista y profesor universitario
twitter1-1@rodrihurt 

 

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