Israel: ¿de victoria en victoria hasta la derrota final?
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Israel: ¿de victoria en victoria hasta la derrota final?

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Balance provisional de una guerra en curso de los ganadores, los perdedores y las perspectivas de un conflicto que aún puede extenderse.

¿Guerra, o soluciones estratégicas?

En un artículo anterior argumenté que el Estado de Israel no tiene alternativa distinta de seguir de guerra en guerra porque está rodeado de actores poderosos que comparten un objetivo explícito: la desaparición del Estado judío, una idea con amplio respaldo popular en el mundo musulmán. 

Bajo esas circunstancias, no se vislumbran soluciones estratégicas, es decir, acuerdos bajo los cuales los otrora enemigos encuentren un marco de reconocimiento y cooperación vigilada donde cada uno se sienta suficientemente cómodo para adelantar su propósito nacional. 

Las partes de este conflicto son Estados, no personas, con la aclaración de que, los palestinos hoy son un pueblo en procura de un Estado.

A pesar de que cualquier Estado se auto legitima bajo una narrativa compartida, los Estados reales no son homogéneos; aunque se autodefine como un Estado judío, Israel es una democracia liberal, y por ello son públicas y se manifiestan las profundas diferencias internas sobre qué significa “suficientemente cómodo” y cuál debe ser el propósito nacional. Algunos analistas, inclusive en Razón Pública, no creen en esta diversidad; para ellos que no hay una amenaza contra la existencia de ese país y toman como narrativa única la de una ultraderecha minoritaria que pretende tomar todo el territorio bíblico. Para estos analistas ningún proyecto político en Israel está alentado por el simple propósito de vivir en paz  dentro de unas fronteras que, si bien están por definir, serían semejantes a las del armisticio de 1949. 

A diferencia de los israelíes, los palestinos en Gaza, Cisjordania, o aquellos en el Líbano que viven como apátridas desde hace 60 años, no tienen la opción de escoger entre propuestas que no sean extremas, porque Hamás, Hezbolá y otras organizaciones ejercen una represión feroz para imponer su narrativa  y educan a los niños en esa narrativa. 

Ganadores y perdedores

El balance de ganadores y perdedores en esta guerra de 16 meses debe referirse a tres tipos de actores: (1) los Estados pretendidamente existentes, o cuasi Estados; (2) los pueblos, y (3) los grupos políticos.

Egipto

Abdel Fattah el-Sisi, actual presidente de Egipto, se ha empeñado en enfrentar el islamismo radical en su país, que tiene nombre propio: los Hermanos Musulmanes, el grupo sunita hoy ilegalizado que dio origen a Hamás en Gaza y Cisjordania.

El interés del Estado egipcio es conservar la estabilidad política: una oposición abierta a Hamás sería interpretada popularmente como una traición a los palestinos, mientras que el papel de mediador le permite estar bien con Estados Unidos y al mismo tiempo evitar las protestas masivas.

Tanto a Israel como a Egipto les conviene mantener las relaciones diplomáticas. Por eso no pasaron a mayores los reclamos israelíes sobre los túneles para transportar armas desde Egipto hacia Gaza. Aunque es difícil demostrar que el contrabando fuera una política de Estado, el no enfrentarlo radicalmente era una forma de evitar la desestabilización política.

A Egipto le conviene que Israel sea quien lleve la carga de debilitar a Hamás. Así que Egipto ha ganado, como mínimo, no perdiendo.

Hamás

Algunos analistas ensalzaron la inteligencia del líder de Hamás, Yahya Sinwar, que habría tendido una trampa con el ataque del 7 de octubre de 2023, porque sabía que la reacción de Israel sería violenta e inmensamente repudiada. Le ha salido bien el respaldo espontáneo y el orquestado de la ‘opinión pública’, del mundo musulmán y de los organismos multilaterales.

Pero se necesita ser un sociópata, no gran inteligencia, para seguir la lógica terrorista. Un acto cruel premeditado reduce las opciones intermedias y debilita al centro y a la izquierda israelíes, al mismo tiempo que sustenta la retórica vengativa. Al desatar la guerra, habrá numerosas víctimas inocentes, tragedias que divulgan los medios de comunicación, refuerzan la idea natural de que los débiles tienen la razón y radicalizan el deseo de vengarse.

Y en efecto, las atrocidades del 7 de octubre pasaron a segundo plano en un par de semanas. El silencio extendido ante el secuestro de civiles como herramienta de guerra fue tan abrumador, que el censurable Donald Trump se destacó al decir que esa en efecto era una herramienta de negociación abominable.

En todo caso Sinwar se equivocó al creer que el repudio internacional detendría a Israel, como lo declaró su vocero oficial en Irán. Ni la “comunidad internacional”, ni las presiones de Biden hicieron desistir al gabinete de guerra de destrozar a Hamás en el escenario propuesto por el grupo terrorista: una red de túneles conectados con casas-de-habitación de civiles y con infraestructura de atención social, lanzamiento de cohetes desde cualquier vivienda.

Sinwar también se equivocó en su cálculo acerca de la reacción de la sociedad israelí. En sus 22 años de cárcel en Israel, por homicidio de palestinos, Sinwar aprendió hebreo, creyó entender a ese país y supuso que las protestas masivas del 2023 contra el proyecto de reforma judicial de Netanyahu y la ultraderecha debilitaría el liderazgo necesario para enfrentar una guerra larga. Pero no pasó así.

No menos importante: el ataque del 7 de octubre no impidió el reconocimiento del derecho de Israel a existir por parte de Arabia Saudita, sino que lo aplazó, como era previsible. Hoy se anuncian de nuevo los acuerdos, más todavía: ha aumentado la confianza entre Israel y sus vecinos mediante arreglos provisionales que apuntan hacia una coalición anti-Irán.

Más de 15000 combatientes y todo el liderazgo de Hamás han sido dados de baja. Aunque sus efectivos hayan sustituidos por nuevos combatientes,  estos no están entrenados, la red de túneles ha sido destruida en gran medida, así como la capacidad para fabricar cohetes o traer armas de contrabando. 

En estos días Hamás ha hecho la parodia de estar intacto, con unas milicias disfrazadas de ejército en el acto circense de devolver algunas secuestradas. La destrucción hará que los gazatíes odien más a Israel, pero no es evidente que aceptarán el liderazgo de Hamás: ¿cuántos preferirán ‘la paz doméstica’ a la imposible reivindicación de “que se vayan los israelíes”?

En fin, Hamás es uno de los grandes perdedores.

Gazatíes

Los gazatíes son y serán los grandes perdedores en la guerra, como lo han sido en las guerras anteriores: aún siendo ciertos los cálculos de Israel y algunas organizaciones especializadas respecto del bajo número de civiles muertos por combatiente dado de baja comparado con otras guerras, los números globales son devastadores, como en cualquier guerra.

Pese a la imagen difundida de Gaza como una “cárcel a cielo abierto” (ver fotografías), los gazatíes tenían mucho qué perder, y lo perdieron. Educado desde niño en un discurso de odio y violencia, y alentado al ataque del 7 de octubre con un discurso sangriento, el pueblo gazatí es el más grande perdedor. Y aquí importa notar que el desprestigio político de la Autoridad Palestina se debe en mucho a que para conseguir su estatus frente a Occidente se ha visto obligada a declarar que acepta la existencia de Israel.

Hezbolá

Hezbolá es otro gran perdedor: infraestructura de guerra destruida, desaparición completa de su liderazgo, unidad de mando en entredicho, pérdida de prestigio como “resistencia armada”, golpes en Siria antes de la caída de Bashar al Assad, caída de este gobierno, incapacidad de Irán para mantener su apoyo financiero, gritería de retaliación por los golpes israelíes que quedaron en nada, descubrimiento de túneles diseñados para una invasión masiva al norte de Israel… 

Todo lo anterior obligó a Hezbolá a un cese al fuego que es un reconocimiento de derrota, al aceptar la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad, lo que reclamó Israel desde el principio. En el mejor de los casos, su recomposición militar y política será muy lenta Israel ha suprimido este peligro inminente, que queda sustituido por un peligro incierto.

Líbano

El territorio libanés no quedó devastado como Gaza, aunque así haya quedado en algunas porciones, incluyendo el vecindario shiíta de Beirut.

Tras los golpes contundentes contra Hezbolá, ¿puede dejar de hablarse de El Líbano como un Estado inexistente? El mero hecho de que no sea evidente una respuesta negativa significa una ganancia. Con fuertes presiones externas se logró, después de dos años, designar un presidente, que debe ser cristiano maronita. Curioso Estado que no se atreve a hacer un censo desde 1932.

¿Cumplirán los Estados Unidos de Trump y la Francia debilitada de Macron su compromiso de fortalecer las Fuerzas Armadas Libanesas, el ejército oficial? ¿Tendrá estas Fuerzas la capacidad de sostener el monopolio de las armas, como se obligan mediante el compromiso, no con Max Weber, sino con la Resolución 1701? Difícil.

La situación de El Líbano-Estado sigue siendo incierta.

Irán

El conocido analista John Mearsheimer vaticinó a mediados de 2024 que el ganador de esta guerra sería Irán. 

Pero ahora Irán se perfila como uno de los grandes perdedores.: tras la destrucción de buena parte de su defensa antiaérea y los nulos resultados de sus ataques a Israel, Teherán ha tenido que optar por un lenguaje menos belicoso, se declara dispuesto a hablar con Trump sobre su programa nuclear, y Trump parece haberlo aceptado.

Mientras el gobierno de Israel insiste en que su principal riesgo de existencia son las armas nucleares en manos de un régimen que desde 1979 se ha propuesto abiertamente la destrucción del Estado judío, el ayatolá Jamenei se echa para atrás. 

El vicepresidente de Asuntos Estratégicos declara que Hamás, los Hutíes, Hezbolá, las milicias en Irak y Siria no han sido “proxis” de Irán. La retirada táctica de Irán es evidente, su esfuerzo ahora es reducir las sanciones económicas de Trump y alejar el peligro de una acción bélica contra sus instalaciones nucleares.

Siria

Cosas importantes han sucedido desde que el tema se trató  en esta revista.

El líder visible (no se puede decir que indiscutible) del movimiento respaldado por Turquía, que se perfila para reemplazar a Irán en la cruzada religiosa contra Israel, ha logrado esperanzar a }líderes de Europa Occidental y los Estados Unidos, pero su propósito de consolidar una fuerza armada cuando las facciones están tan divididas se ve extremadamente difícil. Sería un hito histórico monumental.

Assad perdió. Pero en este caso no se puede afirmar rotundamente que Irán perdió, o que Rusia perdió, o que Israel ganó. Por ahora, Israel se ha protegido destruyendo el armamento de Siria, y tomando territorio de manera preventiva o para negociar  un futuro tratado sobre el manejo de la zona de frontera, parecido  a aquél firmado por Hafez al Assad en 1974.

Arabia Saudita

Puede ser el principal ganador. Pasaron al olvido el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en la embajada en Estambul y la presunta autorización del príncipe heredero Mohammed bin Salman. 

Los ataques a los hutíes de Yemen y el debilitamiento del eje de Irán benefician a Arabia Saudita. Aplazó por unos meses la apertura de relaciones diplomáticas con Israel, sin arriesgarse a rechazar la guerra iniciada por Hamás. O sea, logró evadir el asunto palestino y poner en primer plano sus intereses. Israel les hizo el trabajo.

Israel en los dos frentes más calientes:

El gran error estratégico de suponer que Hamás y Hezbolá se habían vuelto pacíficos (¡pero armados!) y de que los gazatíes estaban satisfechos con su paz doméstica, dio paso a reconocer el riesgo de una ofensiva conjunta entre Hamás y Hezbolá.

Netanyahu declaró que los objetivos de la guerra en Gaza eran destruir a Hamás, recuperar los secuestrados, garantizar un gobierno sin presencia de Hamás y desradicalizar la sociedad. En el norte la exigencia de Israel fue cumplir la resolución 1701 del Consejo de Seguridad, para que pudieran volver a sus hogares los cerca de 100 mil israelíes desplazados por los bombardeos permanentes desde el sur del Líbano.

En cuanto a Gaza, subsiste la pregunta que qué significa “destruir a Hamás”. Es imposible suprimir el propósito palestino de borrar del mapa a Israel, porque se trata de una idea y las ideas no pueden suprimirse. El propósito real es incapacitar a los grupos radicales dentro de Gaza, durante algunos años, para cumplir su promesa de repetir varios sietes de octubre.

Mediante la presión militar y aceptando el chantaje, Israel ha conseguido el intercambio de rehenes por presos —no la liberación de los rehenes —. Hamas liberará 33 rehenes en la primera fase de 6 semanas a cambio de la liberación de 730 prisioneros en cárceles israelíes. Algunos medios han descrito esto como “intercambio de prisioneros”. El mundo vio a las 4 jóvenes israelíes del primer intercambio; por el otro lado el 91% de los presos liberados por Israel eran hombres y el 9% mujeres; no hay niños, aunque el 3% son menores de 17 años. El 83% fueron apresados por actos violentos y el 17% por ofensas como “pertenecer a grupos terroristas”. El 83% son convictos, el 17% están en detención administrativa. Crímenes violentos, que tanto la Autoridad Palestina como Hamás llaman “acciones de resistencia”, por los cuales estaban condenados algunos liberados: atentados suicidas donde murieron 40 personas; artefactos explosivos e intentos de asesinato, atentado en una piscina donde murieron 15 personas …

En el norte está otra vez el compromiso de las partes: el monopolio de las armas en manos de las Fuerzas Armadas del Líbano, el despeje por parte de Hezbolá de la zona entre la frontera y el río Litani y el aporte de los Estados Unidos de Biden y la Francia de Macron a esas Fuerzas Armadas. 

Profundos cambios geopolíticos

Los éxitos militares de los israelíes han sido contundentes. Sorprendieron a todos, difícil saber si a ellos mismos. La transformación geopolítica en curso no estaba en el cálculo de la respuesta por el simulacro de genocidio (éste sí) que sufrió Israel en octubre.

Entre las alternativas de desenlace en la región, algunos analistas no descartan un orden más pacífico, aunque sea por poco tiempo.

Sin embargo, en Israel se siente un clima de derrota. El impacto del 7 de octubre con sus 1200 víctimas equivaldría al atentado de las Torres Gemelas en Nueva York con un saldo de 50 mil muertos. El número de soldados muertos, heridos o traumatizados por la guerra es muy alto para un país pequeño. La fractura política sigue viva: Benjamín Netanyahu regresó a juicio, y se reunirá en Washington con otra personalidad que bien podría estar en la cárcel. No ver a Ben-Gvir en el gabinete produce alivio en muchos.

Los israelíes entienden su riesgo existencial y por ello están integrados con sus fuerzas de seguridad. Paradójicamente, la política va por otro lado. Una anécdota: cuando Sadat fue preguntado por sus asesores, en 1975, de dónde sacaba la idea contraevidente de que la guerra de Yom Kipur de 1973 había sido una victoria egipcia, respondió: “lean lo que dicen los diarios de Israel”.

Las victorias, entonces, dejan a Israel, recomponiéndose para la próxima guerra. ¿Es eso una derrota?
Le recomendamos: Israel y la decisión de la Corte Penal Internacional

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