La reinauguración de la ‘guerra civil’ en Siria
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La reinauguración de la ‘guerra civil’ en Siria

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La situación en Siria cambia con una rapidez sorprendente. Aquí podemos enterarnos de cuáles han sido las fuerzas en pugna y cómo se han reconvertido

La guerra en Siria reapareció para la opinión pública internacional con las acciones militares que algunos grupos opositores al régimen de la República Árabe de Siria, llamado el «régimen de Bashar al-Assad», iniciaron a partir del 28 de noviembre de 2024. 

No solo para la opinión pública: para muchos gobiernos el problema sirio había dejado de ser tal. Bashar al-Assad había iniciado acercamientos diplomáticos más allá de sus aliados claves, Irán y Rusia, para mantenerse en el poder tras los años de combate. Buscó ser readmitido en el mundo árabe; lo logró en la Liga Árabe muy recientemente, en mayo de 2023. Mantenía conversaciones abiertas con las instancias de toma de decisiones de la Unión Europea, y con Estados específicos como Italia, usando como moneda de cambio el problema de los refugiados sirios allí.

Incierta alianza

Este último ataque, exitoso militarmente hasta el momento en que estas palabras se escriben, es el resultado de una alianza táctica establecida entre algunos grupos principales, y otros que se han ido incorporando por su cuenta a los combates y el reposicionamiento de fuerzas armadas sobre diferentes territorios.

Los dos grupos principales son el conocido Ejército Nacional Sirio, que recibe apoyo militar, político y económico de Turquía, y el grupo islamista conocido como Hayat Tahrir al Sham, que hoy sorprendentemente se presenta ante la sociedad como parte de una concepción islamista moderada, para diferenciarse de lo que en su momento fue el Estado Islámico. Así consta en diversos reportajes que desde 2020 han venido publicando diferentes medios de comunicación occidentales. 

Es necesario puntualizar que las agrupaciones islamistas armadas contrarias al gobierno de Damasco son, en general, de confesión sunita. Como dejó en evidencia, el Estado Islámico (llamado ISIS en inglés: “Islamic State of Iraq and Syria”) con brutalidad había realizado su decisión de combatir, e incluso eliminar, a miembros del islam chiíta y de las diversas minorías identificadas con esta corriente del islam. 

A pesar de una moderación de boca para afuera y en los actos iniciales de la reanudación de la guerra civil, se mantiene una de las características de la guerra en Siria: su carácter religioso intraislámico, que en ciertos momentos también había tenido un serio carácter anticristiano. Este anticristianismo explica que Irán haya dado entrenamiento y armamento a milicias cristianas que apoyan al régimen de Al Assad, toda vez que se sienten más protegidas por esteque por los rebeldes sunitas.

El aparente fin de la guerra civil

Tras la batalla de Baguz en 2019 se dio por finalizada la aventura del Estado Islámico. El régimen de al-Assad logró consolidarse, apoyado por unidades de combate rusas -fuerza aérea, infantería, la marina desde la base de Tartús- y por Irán no con sus tropas, sino con Hezbolá, parte de lo que ellos llaman el Eje de la Resistencia y los israelíes el Eje del Mal.

En medio de la euforia del resultado de la batalla por Damasco había llegado la hora de declarar un final de las principales acciones de combate, garantizado por el repliegue de las fuerzas islamistas, aunque hacia el nororiente del país debía seguir aceptando el despliegue de las fuerzas kurdas, apoyadas por Estados Unidos, que habían sido esenciales para la derrota de Abubakar al-Bagdadí y su Estado Islámico. Otra dimensión de la guerra ‘civil’ Siria: era también una guerra internacional, no solo porque estaba estrechamente imbricada con lo que sucedía en Irak, sino porque los principales poderes tomaban parte en las diferentes facetas de su guerra interna: Rusia, Irán, Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudita, Catar y otros más. 

Sin renunciar al uso intenso de la represión y la coerción directa sobre los sectores de su población que veía como proclives a un alzamiento, con aspiraciones al derrocamiento del gobierno. Entre 2020 y 2024 al-Assad, inició una lenta retoma del territorio sirio. Dentro de sus planes era imprescindible la consolidación del gobierno en las ciudades de Alepo y Hama.

En la primera las fuerzas rusas mantenían posiciones destacadas, pero el 1 de diciembre pasado huyeron, Solo ejecutaron algunas rondas de bombardeos con pocos aviones de la fuerza aérea destacados en el área. Lejos habían quedado las prácticas de la “doctrina Grozny”. Bajo el principio de guerra urbana total las fuerzas rusas arrasaron en ese entonces la ciudad de Homs con el propósito de derrotar a los rebeldes anti-Assad. 

Adicional al apoyo directo de rusos e iraníes al esfuerzo bélico de las tropas leales a al-Assad, unidades de combatientes de la milicia/partido chiita Hezbolá participaron de forma destacada combatiendo a los diversos grupos sunitas: unidades de Al Qaeda, el Estado Islámico y otras agrupaciones islamistas menos conocidas en Occidente.

Para el gobierno de Turquía esta dimensión internacional e islámica legitimó sus operaciones contra los kurdos, y contra otras agrupaciones a las que acusa de mantener actividades terroristas en su territorio, y específicamente combatir a la guerrilla kurda que actúa en territorio turco. Y aquí se conforma la tercera característica del conflicto sirio: ha sido un laboratorio y centro de prácticas militares, terroristas y antiterroristas. Para los rusos fue un escenario de entrenamiento en tácticas que luego llevó a cabo en la invasión a Ucrania. 

Foto: Wikimedia Commons Situación del conflicto el 6 de diciembre

El momento para reiniciar

Ante la debilidad manifiesta de los aliados de al-Assad: Rusia enfrascada en una “operación especial” que no fue tal, con un alto costo en vidas, en capacidades militares e incluso en su economía; Irán golpeada directamente y a través de su Eje de la Resistencia por Israel, junto con  la lectura que al parecer hizo Ankara del momento, se presentó la oportunidad de relanzar la guerra, con una coalición que tiene el objetivo de llegar a Damasco, derrocar a al Assad e instaurar un nuevo Estado sirio.

Sin embargo, ni el objetivo es todavía alcanzable sin que ello suponga decenas de miles de muertos más. A pesar de la desbandada de las alianzas y de las fuerzas que mantuvieron la apariencia de consolidado para Bashar al-Assad, aún no es claro que se den por derrotadas. Y se harán visibles los intereses particulares de los integrantes de la alianza circunstancial.

Para Turquía es la oportunidad de evitar la consolidación de los kurdos, y este es el momento, antes de la posesión de Donald Trump, quien ha afirmado reiteradamente que retirará el apoyo militar, político y económico a los kurdos, que al fin y al cabo no son un Estado de pleno reconocimiento. Para los países árabes, a pesar de la reciente readmisión de Siria en la Liga Árabe, es una nueva oportunidad de apoyar a las milicias sunitas revolucionarias, y eliminar un régimen proiraní como el de Damasco. Para Rusia e Irán el problema es mayor: para Rusia significa perder un aliado incondicional, que le proporciona diferentes beneficios, entre ellos uno geoestratégico, el mantenimiento de la base de Tartús, que data del período soviético. Para Irán es perder un aliado que le proporciona una dimensión estatal que las milicias del Eje de la Resistencia no le pueden otorgar. 

¿Y Siria?

La caída de al-Assad no resolverá el conflicto sirio, al que el término guerra ‘civil’ no le es apropiado, pues ello supone una guerra abierta entre fuerzas islamistas de diferente cuño e ideario político, y fuerzas laicas, que no solo tienen diversos idearios políticos, sino también diferentes apoyos geopolíticos, muchos en contraposición a los que proporcionan los países árabes. Empieza una nueva fase de una guerra compleja y brutal, que ahora se inscribe en un entramado global de conflictos. 

Le recomendamos: Israel y la decisión de la Corte Penal Internacional

Acerca del autor

Carlos Patiño
CPatino@razonpublica.org | + posts

* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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* Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia.

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