
De sobremesa: Los ríos de hace más de cien años: Viaje por Colombia en 1912, de Carl H.
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La editorial de la Universidad de los Andes y de la Universidad del Norte acaban de publicar el libro Viaje por Colombia en 1912, del ictiólogo germano-estadounidense Carl H. Eigenmann.
El libro es una primicia tanto en inglés como en español, pues no se había publicado antes en ninguna de las dos lenguas. Bellamente editado, con la traducción del inglés, presentación y rigurosa edición de Daniel Gutiérrez Ardila, este libro de viaje viene a nutrir, de una manera insospechada, la rica literatura de viajeros extranjeros a la Colombia en su primer siglo republicano. Es sabido: la identidad es relacional. Conocer cómo hemos sido vistos es parte de entender cómo nos narramos.
Poesía fluvial
Viaje por Colombia en 1912 viene acompañado de los textos críticos de reputados biólogos latinoamericanos como Carlos Andrés Lasso Alcalá, Jorge García Melo, Carlos Donascimiento y Francisco A. Villa Navavarro. Acompañan los textos bellísimas fotografías a color de las musas de Eigenmann: los peces de agua dulce de los ríos Magdalena, Cauca, Bogotá, San Juan y Atrato. El libro solo valdría por las bellas descripciones que hace Eigenmann de los peces. Son poesía fluvial que describe su movimiento bajo el agua, uno invisible para nosotros. Sobre el Astroblepus –el bagre, príncipe del río Magdalena– dice: “tiene anchas bocas diseñadas para succionar y con ellas se aferra a las rocas. Como adaptación de este hábito, el agua que respiran es tomada por la esquina superior de la cavidad branquial y expulsada más abajo” (71). Así hay muchas otras descripciones.
Musa y poeta alternan. La edición también viene con fotografías de Eigenmann, algunas de ellas de su viaje a Colombia. El libro pertenece a la nueva colección Magno de la Facultad de Ciencias de la Universidad de los Andes y constituye por ello la materialización de un poderoso esfuerzo interdisciplinario entre la historia y la biología. Gracias a esa colaboración ilumina, por una parte, los procesos y redes por medio de los cuales se hizo ciencia hace cien años y, por otra, la representación de una Colombia empobrecida y en paz emergida de la Guerra de los Mil Días y para la cual la pérdida de Panamá era todavía una herida viva.
Viajero de los sentidos
Eigenmann no es el típico viajero científico. Al cruzar las montañas de Quindío, un paso monumentalizado por Humboldt y luego trasegado por otros fieles seguidores suyos como Isaac Holton y Edouard André, no cae en los lugares comunes de lo sublime, sino que nos muestra su sensibilidad con humor, sin tomarse su figura de famoso ictiólogo con mucha seriedad. Dice: “Hacia las 10 [de la mañana] sentí como si me hubiera golpeado una bola de nieve, cuando, sorpresivamente, apareció sobre las cordilleras el domo simétrico del nevado del Tolima. ‘La más hermosa montaña del mundo’. ¿A quién podían importarle entonces los pececitos? A mí no”.
Como se ve, Eigenmann es un hombre desenfadado. Prueba de ello es que muestra su propio cuerpo no para hacerse héroe, sino para humanizarse. Y lo hace de una manera literaria: al descubrirnos desde el principio la escena de escritura. Nos cuenta que escribe su viaje desde un hospital en Estados Unidos mientras sufre las secuelas de una enfermedad tropical contraída en Colombia. Es un cuerpo en reposo el que escribe, pero es un cuerpo en movimiento el que leemos. Y no cualquier cuerpo. Eigenmann nos revela con anécdotas llenas de humor que es un hombre grande, alto, de buen peso, con gran apetito, pero que trabaja incansablemente durante horas. Las fotos que acompañan la edición lo confirman. Entre las cuatro paredes de un hospital viaja en la memoria y el lector nota cómo se aviva, gana salud y goza, escapando a un paisaje de torrentosos ríos, altas montañas y calurosos puertos como Istmina, Quibdó, Cartagena, Honda. También sufre con las picaduras, con la ineficiencia burocrática, pero goza, goza teniendo una moneda más fuerte que el peso y un apetito igual de sólido para recrear, mientras lucha por tragar comida de hospital, las maravillas culinarias del trópico. Confiesa que desconoce el plátano en Buenaventura y se maravilla con él: “El alimento básico es el plátano, un enorme banano que crece en racimos sueltos y cuyo número de frutos es mucho menor. Cuando está maduro, el plátano se cocina en una sopa verde, se tuesta como pan o se fríe en tajadas gruesas o delgadas, a la manera de las papas fritas” (100-101). Se nota que Eigenmann ya ha comido en Indiana, en donde vive, el banano que por pocas décadas ya había subido a Estados Unidos e inundado el mercado de la mano de la United Fruit Company. Lo mismo se puede decir de los almidones de la dieta norteamericana, las papas fritas, que se le antojan parecidas al plátano frito. Como buen biólogo, tiene un gran ojo para la diversidad, pero también cómo esta se manifiesta en la cultura. Su ojo se detiene en la versatilidad del plátano para adoptar sabores diferentes dependiendo su maduración y preparación.

Tres observaciones (hay más)
Eigenmann sabe que cuenta con poco tiempo para pescar, catalogar y transportar los peces que le interesan antes de volver a Indiana. A pesar de correr contra el tiempo, o acaso por ello mismo, valora el conocimiento local. Hay múltiples escenas en que se le ve aprendiendo a pescar a la manera, a las horas y en los lugares de los pescadores locales. Si el afán por alcanzar los vapores (que se retrasan o no llegan) o cumplir itinerario son el acicate de buena parte de su viaje, esto no es un escollo para que él comparta, consciente e inconscientemente, apreciaciones y anécdotas muy valiosas para la historiografía y los estudios culturales de nuestro país. Daniel Gutiérrez ya se ha dado cuenta de algunas de estas en su aguda presentación del libro.
Son tres las que veo, a despecho de que haya muchas más por descubrir en una lectura más detallada.
La primera: las maneras como el deshonor republicano de la pérdida de Panamá era sentido por las clases populares colombianas. Hay variadas escenas en que a Eigenmann se lo piensa un espía norteamericano. Hay también situaciones en las que él debe desmarcarse de su nacionalidad y asumir su antigua nacionalidad alemana. De su relato queda claro que las relaciones diplomáticas rotas con Estados Unidos exudaban en el día a día emociones difíciles de tramitar para un biólogo afiliado a la bandera que había sido de Roosevelt. Eigenmann no hablaba bien español, cosa que usó en su beneficio en ocasiones tensas.
Segundo, Eigenmann vive y atestigua una gran tranquilidad, una paz, podríamos decir, que se vive por los caminos, trochas y ríos que cruza, tanto cercanos a pequeñas ciudades como Cartagena en el Caribe y Buenaventura en el Pacífico. Un día, con su habitual desenfado de hombre inteligente, Eigenmann se corta afeitándose y la sangre se vuelve una excusa para reflexionar sobre un viaje sin tropiezo: “Yo pensé que durante el viaje padecería fiebre; sería mordido por una culebra, un pez o un caimán; que me partiría una pierna o ambas, o perecería ahogado, pero nunca imaginé que me que me cortaría yo mismo afeitándome. El incidente no estaba en la lista de percances concebidos por mis amigos y yo”.
Y tercero, el auge del café. Este auge cruza frente a sus ojos bajo la forma de recuas de mulas cargadas de costales que se pierden como “rebaños de ovejas” (83), por los riscos de las montañas. A Eigenmann no le interesa ver el dinero que vuelve tras vender el café y con el cual se hizo la modernización de algunas ciudades, sino el trabajo que hizo posible su recolección y su transporte. Anota en más de una ocasión escenas como esta: “los ajetreos de las bestias, el crujir de las cargas, los gritos de los arrieros (…) cada día, entre Ibagué y Boquía, vimos pasar recuas de mulas y yuntas de bueyes cargadas con café que venían del Valle del Cauca e iban en busca de las embarcaciones del bajo Magdalena” (83).
Dejo de lado otras observaciones fascinantes de Eigenmann y lo hago para que los lectores interesados vayan y se hagan a una copia de este hermoso libro y se deslumbren con los torrentosos ríos colombianos que visitó hace más de cien años. ¡Ríos de 1912 que ya no mojan nuestros pies! Infortunadamente.
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Acerca del autor

Felipe Martínez Pinzón
*Profesor titular de literatura latinoamericana en el departamento de Estudios Hispánicos de Brown University.
1 comentarios





Excelente y muy sentido análisis. Mi reconocimiento y agradecimiento