Bogotá: una mirada de conjunto a la ciudad (Primera parte) - Razón Pública
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Bogotá: una mirada de conjunto a la ciudad (Primera parte)

Escrito por Paul Bromberg
Paul Bromberg

Paul BrombergEl ex alcalde que ha seguido de cerca a la ciudad, sintetiza los cambios demográficos, culturales, económicos, ocupacionales, sociales y del entorno nacional de las últimas décadas. El resultado es un cuadro viviente y a la vez riguroso, novedoso y divertido, que además servirá para juzgar la avalancha de propuestas que escucharemos de los candidatos en los próximos meses.

Paul Bromberg Z.*

BOGOTANi tan, ni tin

Bogotá es una ciudad pobre y segregada en medio de un país que clasificaría en el mundo como estrato 3: “clase media baja”. Eso no lo va a cambiar el próximo alcalde, ni los siguientes dos o tres… Pero cabe preguntarnos si podría crearse una tendencia diferente.

Bogotá nunca fue la peor ciudad del mundo, como nos complacía repetirlo a comienzos de los 90, pero tampoco llegó a competir en las grandes ligas de la calidad de vida urbana, como trataron de pintarla los medios. Los premios y reconocimientos internacionales recibidos están asociados con logros indudables en diferentes aspectos de la oferta pública urbana, pero también se apoyan en la mala costumbre de confundir el buen gobierno con la construcción de algunos hitos financiados con ingresos contingentes.

La máquina y el timón

Usando una metáfora usual entre los comentaristas de ciudades, Bogotá es una máquina inmensa. Esas máquinas se mueven primordialmente por su dinámica socio-demográfica, o sea, por los impulsos que la migración y el simple transcurso del tiempo producen sobre los millones de personas que a diario producen, consumen e interactúan de muchas maneras.

El combustible de la máquina es la producción de los bienes y servicios necesarios para vivir, influida por lo que acontece en su entorno cercano (la región y la Nación) y su entorno lejano (la globalización y su volatilidad).

El gobierno local, tema central de las próximas elecciones, tiene la función de proveer bienes y servicios urbanos puros (aquellos que el mercado no produciría) o meritorios (que el mercado puede producir, pero en condiciones de exclusión o calidad que el sistema político considera inaceptables). Así, el gobierno local es importante, pero dista mucho de hacerlo todo y, como cualquier gobierno, está muy lejos de controlarlo todo.

Este artículo se centra en la evolución de la sociedad bogotana. Otra cosa son sus instituciones de gobierno y la capacidad de éstas para ofrecer los bienes y servicios a los habitantes en sus roles de productores y consumidores, o para actuar como aglutinador de voluntades en uso de su legitimidad, visibilidad y competencia.

Considerar aparte “la sociedad” y “el Estado” es importante para no otorgarle a la voluntad política local más poderes de los que en realidad tiene, y para concentrarnos en aquellos que más claramente corresponden a la gestión del gobierno local. Ahorrar en el discurso también es una forma de ser eficientes, en este caso, en la deliberación pública.

La población: ¿quiénes somos y seremos?

El determinante primordial de la dinámica urbana es su demografía. El coletazo de la primera transición demográfica se junta con lo que podría ser el inicio de una segunda transición.

Lejos está el crecimiento del 7 por ciento anual en los 60s, del moderado 1,7 por ciento actual. Mientras entre 1993 y 2005 Soacha creció un 80 por ciento, Bogotá aumentó su población en apenas 15,3 por ciento y ocupó el puesto 60 entre los centros urbanos del país ordenados según su crecimiento.

Este crecimiento ya resulta principalmente de los nacimientos en la ciudad. Ahora los nativos son una clara y creciente mayoría: el 59 por ciento de los censados en el 2005 declararon haber nacido aquí. A su vez, en números absolutos, Bogotá se ha convertido en la principal fuente de emigrantes: por ejemplo el 17,6 por ciento de los censados en Cundinamarca declararon haber nacido en Bogotá.

La tasa de fecundidad ha disminuido, aunque lo ha hecho en forma desigual: los sectores populares tienen una tasa mayor. La generación de inmigrantes que se esforzó por lograr la inserción económica y cultural a la ciudad a partir de un bajo nivel educativo (el 55 por ciento de mayores de 50 años declararon en 2007 haber completado como máximo la primaria) ha sido remplazada por otra generación más educada y con expectativas más complejas, en alto riesgo de verse frustradas.

El abismo cultural entre padres e hijos nunca había sido tan grande, especialmente entre la generación de inmigrantes del sector popular y sus hijos nacidos aquí. Un desequilibrio amplio entre géneros –300.000 mujeres más que hombres– no es un asunto banal. Finalmente, y sólo para terminar en algún punto, la población comienza a envejecer, y en unos años se presentará un aumento de las personas mayores que no alcanzaron a entrar en el sistema universal de pensiones.

Consumos más democráticos

Indiferente ante los discursos que lo encomian o insultan, el mercado ha hecho su trabajo cambiando a los ciudadanos-consumidores. Desde el punto de vista del acceso a bienes, la sociedad actual es mucho más “democrática” [1]. Muy disímiles clases sociales (clasificadas por ingreso, y sin considerar los extremos) se encuentran en el mismo andén o en el mismo parque, según acostumbra a decir un ex alcalde[2], pero también en esas tiendas que llaman grandes superficies.

Fueron el mercado y la apertura hacia el mercado quienes produjeron una gigantesca democratización de las telecomunicaciones, y ahora el mercado –productos baratos, eficientes, y mecanismos de crédito que comienzan a ampliar su cobertura– aparece con una solución al problema del transporte que aterra a los asustadizos: la motocicleta.

Todas las familias tienen televisor y están cambiando apresuradamente de tecnología. Está muy lejos la época del transistorcidio, a comienzos de los 60s, cuando llevar un radio transistor significaba peligro de muerte: ahora el peligro es andar con un celular, y todos lo tienen.

Los famosos “estratos”

El mercado formal es suficientemente desarrollado para cubrir un espectro amplio de ingresos, lo que se deduce de las cifras de estratificación, esa invención de los colombianos para determinar ingresos sobre la base de la calidad del entorno urbanístico donde viven las familias. El proxy tiene sus mayores problemas en el estrato 3: los ingresos de las familias en este estrato van desde 1,5 hasta 7 salarios mínimos [3].

Las diferencias de ingreso, si se hace el cálculo entre el primer y último deciles, son inmensas, casi vulgares: el Informe de Desarrollo Humano para Bogotá ([4]) calculó un factor de 38,5 entre los dos.

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Fuente: Vox populi

En este cuadro se observa además que el porcentaje de población correspondiente a los estratos 4, 5, 6 es tan pequeño y la de estratos 2 y 3 es tan numerosa, que las tasas e impuestos no alcanzan a conseguir la redistribución entre los primeros y los segundos. Por efecto de la cantidad de población, por ejemplo, la porción del predial que aporta el estrato 3 es mayor que la que aportan los estratos 4, 5 y 6, aunque las tasas sean mayores en estos últimos.

A pesar de mejoras importantes en la provisión de bienes y servicios urbanos, y del esfuerzo en educación y salud, Bogotá tiene índices persistentes de pobreza. No contamos con estudios longitudinales suficientemente certeros como para verificarlo, pero esto tal vez podría explicarse por la llegada de nuevos pobres que reemplazan a los muy pobres que han ido mejorando paulatinamente.

¿Qué hacemos para vivir?

Somos lo que consumimos (“Amigo cuánto vaaales, qué consumes” [5]), pero también somos lo que producimos (“Amigo cuánto vaaales, qué produces”) ¿Haciendo qué se ganan la vida los bogotanos?

El lugar común es afirmar que Bogotá es una ciudad de servicios. Cuando se mira el PIB por grandes agregados, esto resulta dramáticamente cierto:

  • 81 por ciento proviene de servicios, cifra que ha venido creciendo en los últimos años a expensas del PIB de manufacturas, 13 por ciento [6].
  • Algunos servicios son de alto valor agregado, pero en la mayoría de los casos no lo son.
  • El 16 por ciento de las personas ocupadas trabaja en la industria[7]. A pesar de la reciente migración industrial hacia la Sabana y de las consecuencias de la apertura en los 90s, este porcentaje es el nivel histórico bogotano. Esto se debe a que el grueso del empleo industrial produce para el mercado local.

El bajo porcentaje histórico del proletariado bogotano explica que nuestra socialdemocracia, esa que cree que el Consenso de Washington acabó con nuestro Estado de bienestar, buscó respaldo entre los trabajadores del sector público y los pobres de la ciudad, los mismos targets del clientelismo político tradicional, quienes necesitan representación, es cierto, pero están muy lejos de ser la vanguadia de un nuevo orden mundial.

  • 5 por ciento de la población ocupada trabaja en construcción.
  • 7 por ciento en transporte, almacenamiento y comunicaciones.
  • 29 por ciento en comercio, hoteles y restaurantes.
  • 24 por ciento en la clasificación Servicios comunales, sociales y personales, que incluye oficios muy variados:
    • el presidente de la república (1 persona)
    • el servicio doméstico (120.000 personas, el 3,6 por ciento de la fuerza laboral ocupada),
    • los vigilantes (115.000 personas [8]),
    • 60.000 profesores de la educación básica y media [9].
    • Por cuenta propia trabaja el 32 por ciento de la población ocupada (el rebusque, incluyendo las antiguas “profesiones liberales”).
    • 5,3 por ciento son empleados del gobierno [10].
    • 51 por ciento reciben salario bajo las órdenes de un patrón.

Se trata de una estructura económica propia de las grandes ciudades del tercer mundo. Como ellas, y simplemente por el tamaño, Bogotá tiene una oferta muy diversa de bienes y servicios, lo que la hace atractiva.

Aunque la población con ingresos elevados comprende un porcentaje muy pequeño, su número alcanza para estimular la provisión local de productos de consumo que permiten que en fotografías adecuadamente tomadas parezcamos una ciudad del primer mundo.

Vivir de ser capital

Bogotá ha venido aumentando su PIB per cápita desde 3.750 dólares en 2000 a 8.400 en el 2008, lo que querría decir que en ocho años Bogotá más que dobló su riqueza por habitante [11]. ¿En qué se sostiene este crecimiento? Hay discusiones sobre el tema.

Las ciudades (junto con sus regiones) prosperan, se estancan o decaen, dependiendo de la relación con su entorno. La oferta ambiental sostenía una población numerosa antes de la llegada de “los tres guerreros que abrieron tus ojos”, como dice la cuestionable letra de nuestro himno.

En parte por ello, y por razones de localización geográfica, se estableció aquí la administración de una subdivisión del Nuevo Reino, tradición que se ha mantenido a lo largo de los siglos, sin que la ciudad, hasta el siglo XX, fuera relevante como líder de cambios hacia una sociedad moderna. Las dificultades de movilización siguen vigentes, pero las telecomunicaciones y en particular el avión nos sacaron del atolladero. Ahora sí somos en serio un centro de administración y de servicios.

¿Qué exporta primordialmente Bogotá? “Servicios gubernamentales”, y todo lo que viene conexo. El gasto del nivel central del gobierno en Bogotá es alto, en las tres ramas del poder público [12]. Su condición de capital tiene aquí al cuerpo diplomático, y a colombianos de casi todo el país haciendo filas en los consulados de Estados Unidos y de España. Firmas de abogados, economistas, ingenieros y otras profesiones se establecen en Bogotá, porque aquí están las oficinas públicas con las que tienen que dialogar, o vienen por unos días a Bogotá, indudable centro de negocios del país.

Por citar un ejemplo que se suma a otros para producir porcentajes, la supresión del gobernador como agente del presidente de la república tiene a 1.000 alcaldes municipales y sus funcionarios viajando a Bogotá. Nos sirve a nosotros, quién sabe si a ellos. Así se explica en parte por qué según Portafolio entre 2005 y 2010, el 75 por ciento de las licencias de construcción para oficinas aprobadas en el país se localizaron en Bogotá. Lo mismo que en nuestra historia antigua, Bogotá es la ciudad de los especialistas en el régimen.

Bogotá exporta además, entre otras cosas:

  • servicios de salud,
  • servicios culturales (edición de revistas, estudios de televisión, espectáculos públicos que atraen turistas),
  • servicios financieros (las entidades financieras tienen razones para establecer sus sedes matrices aquí),
  • educación, particularmente educación superior y post-secundaria[13],
  • ferias al resto de Colombia y a Latinoamérica,
  • es la sede más importante de convenciones en el país y la sexta en Latinoamérica [14].

Así, históricamente, el carácter de centro administrativo ha sido el combustible de la Bogotá de hoy en día. Lo que ahora nos debemos preguntar es si las condiciones que ha logrado a partir de ese origen pueden emplearse para emprender y sostener un proyecto de ciudad próspera.

Nota: En la segunda parte de este artículo me ocuparé de la oferta urbana y de la calidad de vida en Bogotá.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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