
¿Golpe blando en Colombia?
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Foto: Alcaldía de Bogotá
Las amenazas que viene denunciando el gobierno sobre un posible golpe de Estado no parecen corresponder a la realidad. ¿Qué hay detrás del discurso de Petro?
Ricardo García Duarte*
¿Golpe blando y ruptura institucional?
El foco de las últimas movilizaciones en Colombia fue el supuesto intento de golpe de Estado que el presidente Petro denunció tras hablar de una “ruptura institucional” por la falta de elección de una nueva fiscal por parte de la Corte Suprema de Justicia. Según el mandatario, ese “golpe blando” se debe al hecho de ser el primer gobernante de izquierda en un país de oligarquías seculares.
Pero la “ruptura institucional” no parece ser real. Tampoco el supuesto golpe de Estado. Al menos no en la perspectiva de Juan J. Linz, autor de Quiebra de las democracias. Linz identifica tres condiciones para hablar de un golpe de Estado:
- La ausencia de legitimidad del régimen, particularmente por falta de eficacia en la gestión;
- El descontento de las Fuerzas Armadas con el gobierno o, lo que es lo mismo, el famoso “ruido de sables”, y
- Una polarización extrema entre las bancadas o coaliciones en competencia, que lleva a la deslealtad de la oposición con las propias reglas del sistema imperante, algo que también habría que evaluar en la conducta de las élites económicas y sociales.
Dados estos requisitos, hay que decir que en Colombia (todavía) no existe inestabilidad suficiente como para provocar un golpe de Estado. Podría alegarse que se trata de un “golpe blando”, pero no hay impasse alguno entre el gobierno y el Congreso, ni siquiera entre el gobierno y las Cortes, situación que ocasionaría una crisis de gobernabilidad o la oportunidad para expulsar sin dolor a un gobierno paralizado.
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La mentalidad defensiva
El gobierno insiste en la amenaza que se cierne sobre él, así que la movilización popular se convierte en su única salida. Se trata de un discurso eficaz: puesto que las fuerzas del régimen quieren derrocar a Petro, no queda más remedio que convocar al pueblo para que defienda al “gobierno del cambio”.
La tarea de Petro no es impedir la ruptura institucional o evitar un golpe de Estado, duro o blando, sino resolver la falta de legitimidad de un gobierno ineficaz y muy ambicioso.

De esta manera la operación lingüística genera una actitud defensiva donde el pueblo protege al gobierno del cambio. Esto sucede en dos momentos: el de la consciencia y el de la acción. En el primero, el discurso y la subjetividad se mezclan y dan como resultado la sensibilización de las personas, lo cual tiene como consecuencia la disposición colectiva para oponerse a todos los ataques contra el gobierno, ese agente que supuestamente representa los intereses del pueblo. En el segundo momento se pasa a la movilización, al mitin o a la manifestación, como si con ello el pueblo levantase un muro contra las conspiraciones del enemigo.
Más ideas que hechos
Este discurso de la amenaza ha sido repetido por el presidente Petro en varias ocasiones, sin un respaldo suficiente de la realidad: el dirigente presenta más ideas que hechos y esto lo hace con más palabras que ideas.
El discurso y la ideología llenan los vacíos que deja la ineficacia, justamente porque erosionan la legitimidad, base para la continuidad de cualquier gobierno, siempre necesitado de credibilidad y, sobre todo, de un proyecto histórico que esté a la altura de la responsabilidad de una transformación de Colombia.
La legitimidad es el reconocimiento de valores que se traduce en la obediencia del súbdito y del ciudadano: es el rostro aceptable del poder. Pero tiene un enemigo que maltrata los cimientos: la falta de resultados del gobernante por la escasez de recursos, dado el tamaño de sus promesas.
Petro dispone de algunos recursos financieros, pero sus propuestas de cambio son mucho más costosas, de manera que la brecha es más amplia de lo que suele ser en los gobiernos más convencionales. Además, romper los obstáculos del viejo régimen exige destrezas mayores y una bancada moderna que el gobierno no tiene ni ha querido tener. Gustavo Petro prefirió llegar al poder sin bancada a tener una bancada sin conquistar el poder.
La tarea de Petro no es impedir la ruptura institucional o evitar un golpe de Estado, duro o blando, sino resolver la falta de legitimidad de un gobierno ineficaz y muy ambicioso.
Por eso no es de extrañar que esté pensando en las elecciones de 2026 y en cómo mantener un gobierno progresista para el siguiente mandato. Quizá ya no le teme tanto al fracaso histórico sino a que éste se haga evidente y sea aprovechado por la extrema derecha.
¿Discurso sin mucha movilización?
El presidente mantendrá el hilo argumentativo a propósito de la persecución y de las amenazas de derrocamiento blando. Todo ello en una suerte de pulsión verbal, de una libido que lo impulsa a polemizar, sin que esté asociada con un espíritu fáustico, que es el de ejecutar, crear y emprender obras, algo que no es su fuerte.
Podría alegarse que se trata de un “golpe blando”, pero no hay impasse alguno entre el gobierno y el Congreso, ni siquiera entre el gobierno y las Cortes, situación que ocasionaría una crisis de gobernabilidad o la oportunidad para expulsar sin dolor a un gobierno paralizado.
Solo que las palabras no siempre se convierten en hechos. Tiene que haber una suma de necesidades en la población, de frustraciones y de esperanzas próximas, para que la convocatoria del caudillo sea respondida por la movilización masiva. Pero las frustraciones, nudo del descontento, no se presentan porque el poder ha sido conquistado, aunque parcialmente. De ahí que el llamado a la movilización podría ser efectivo desde fuera del gobierno, pero no desde adentro.
La movilización se ha presentado, pero con alcances muy limitados. Quizás la sostenga FECODE, el sindicato nacional de profesores, pero sin ningún estallido social, el que sería una auténtica movilización popular, pero también un contrasentido, estando Petro en el poder.
De ese modo, no habrá la fuerza emocional suficiente para sostener el imaginario ético del cambio, aunque no faltarán algunas reformas.
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Acerca del autor
Ricardo García Duarte
*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.
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