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La guerra sucia, o la degradación del debate

Escrito por Ricardo García

ricardo garciaLa violencia y las mentiras que amenazan con enturbiar las elecciones son de por sí lo contrario del debate democrático.

Ricardo García Duarte *

Juan Manuel y J.J. 

Juan Manuel Santos, el candidato oficial del Uribismo, relanzó su campaña con otra coloración, con arreglos de fanfarria y con la sonoridad de un nuevo nombre: más familiar, más juvenil, quizá más diáfano; simplemente el de Juan Manuel. Sólo que al mismo tiempo relanzó otro nombre menos aéreo y tal vez más rotundo, el de J.J. Rendón. Y más oscuro en su sonoridad. De las redondeces y la ingravidez de la ele con que termina Juan Manuel, se salta a la brusquedad de Rendón, para luego dejarse arrastrar por las estrategias de subterráneo.

Se lanzó a sí mismo como el anunciado Juan Manuel, el esperado; pero también a J.J. Rendón, su doble, el de las oscuras pulsiones de su propio subconsciente. Presentó, al mismo tiempo, al empeñoso y moderno Doctor Jekyll, el de la novela de R.L. Stevenson, y a su perverso y obsesivo reverso, Mr. Hyde, el que se desliza con su cargamento de miedos por las nocturnas callejuelas. Mejor dicho, a J.J. Rendón.

Rocambolesco promotor de las "clínicas del rumor". Fantomas de comics y a la vez publicista fantasmal, su presencia como asesor del candidato identificado con el gobierno valida -con razón o sin razón- las posibilidades de la guerra sucia en las elecciones. O en la confrontación política en general.

La guerra sucia

Toda suerte de propagandas indebidas ha tenido lugar. También, de controles y vigilancias ilegales. De afirmaciones mentirosas. De ataques y descalificaciones contra las personas. De sustitución o de simulación en el origen de la información. Se han hecho en diversos medios; en el internet y en las vallas publicitarias. Infamias o maledicencias, grandes o pequeñas. Así mismo, descontextualizaciones brutales, que de ese modo se convierten en el falseamiento de una idea.

Así: un Carlos Gaviria, antiguo candidato del Polo, es vigilado y estigmatizado internamente, por el DAS, sólo por ser un personaje de la oposición legal. O un Germán Vargas Lleras, miembro de la propia coalición gobernante, aunque disidente, ha sido sin embargo, muy probablemente blanco de ataques por parte del mismo organismo de seguridad. Y Antanas Mockus, estrella en ascenso electoral, es sometido por esa misma causa al vejamen de vallas en Cali y en Villavicencio, pagadas por particulares que simpatizan con la causa oficial; y es sometido además a campañas de desinformación por el ciberespacio.

Incluso el propio Juan Manuel es blanco de panfletos en Internet donde se mezclan verdades y falsedades. Sólo que él, a diferencia de las otras campañas, parecería validar indirectamente el procedimiento avieso, al incorporar a sus huestes a J.J. Rendón, un asesor político y estratega conocido aquí y en el exterior por su capacidad de ganar elecciones, aunque su reputación se base sobre todo en que le guste valerse de consejas soterradas para descalificar al contendor.

La democracia: entre el combate y el debate

Toda política es, como se sabe, una disputa por el poder. Todo poder entraña la posibilidad de una guerra. Y la política misma no es más que el esfuerzo por desplazar la guerra y reducirla a un estado de latencia contenida.

Es más: la democracia no sólo desplaza la guerra, sino que la reconvierte en una guerra ficticia; en una lid que se resuelve mediante una operación aritmética, la de contar quién recoge más adeptos y por lo tanto tiene más legitimidad para acceder al gobierno. Y esta operación se lleva a cabo de manera sosegada, sin que por eso deje de tener un trasfondo de guerra o de confrontación alrededor de algo que suena como definitivo -es decir, el poder.

Si la democracia electoral es la sublimación de la guerra, la guerra sucia es la degradación de la política.

La competencia electoral representa la doble ventaja de conservar el espíritu agonístico, es decir, el del enfrentamiento, sin que al mismo tiempo se convierta en hechos de guerra. Lo cual significa que conserva el combate, pero sólo traducido en debate.

Si el debate -de ideas, de argumentos, de programas- conserva latente la condición de combate, entonces es siempre susceptible de sufrir deterioro, de experimentar una degeneración. Que se presenta en dos formas. O bien porque regresa a la lógica del combate puro, a la guerra o a la destrucción del adversario. O bien porque, sin llegar a tal extremo, enturbia el cruce de ideas o envenena el intercambio de razones, con la argucias que reemplazan a la argumentación. En otras palabras, el debate siempre es susceptible de sufrir degradación, ora por la violencia que lo interfiere, ora por la mentira que lo envilece.

Violencia y mentira

Las chuzadas del DAS, sus operaciones subterráneas y conspirativas hacen parte de la violencia por el hecho mismo de provenir de una agencia estatal de carácter coercitivo. La "propaganda negra" y la "guerra sucia" – los rumores, los mensajes suplantados o las vallas publicitarias mentirosas- hacen parte de la mentira que distorsiona y rebaja el debate.

Con la violencia se arrinconan las ideas y se empobrece su diversidad. Con la mentira se las tergiversa con la intención de manipular conciencias para lograr un mayor número de votos.

Cuando la mentira se ejerce en forma magnificada y sistemática desde el poder, es fascismo puro. Cuando se la utiliza como parte del debate político la democracia se desvaloriza y se deforma porque se la despoja de su dimensión genuinamente deliberativa para convertirla en una forma de manipulación.

Democracia deliberativa

La democracia deliberativa -es decir, el debate racional y razonable- es la savia que vivifica la política contemporánea. La democracia como simple sistema de mayorías no es más que el dominio mecánico de unas élites que saben capturar el respaldo de una masa mayoritaria; la democracia genuina en cambio necesita estar acompañada por el debate abierto, por la deliberación ordenada para llegar a las grandes decisiones colectivas.

Propiciar tal democracia deliberativa, enriquecerla y ampliarla ha de ser una terea principal y permanente de cada fuerza política y de todo ciudadano. Pero esta forma de la democracia es también una conquista, una reivindicación y una promesa política, que sólo se hacen reales en la medida en que la ciudadanía la exija y la ponga en práctica.  

Reglas para una comunicación democrática

Pero más que en admitir las bondades del debate, el problema radica en construir las reglas  que lo garanticen. Estas reglas no son apenas teóricas, sino que se sedimenten como relaciones normadas dentro de una cultura cívica que profesen y respeten tanto el ciudadano de a pie como las élites políticas -empezando por quienes ejerzan el gobierno, ya que la deliberación abierta es la única manera de no ser  autoritarios.

Una cultura democrática necesariamente contiene la norma de evitar cualquier forma de violencia, de amenaza o de control coercitivo sobre el contradictor ideológico o político.  También incluye la norma de no falsear los hechos ni tergiversar los argumentos -es decir, de no mentir. Estas normas son un compromiso moral de todos los competidores, pero además necesitan traducirse en leyes y en recursos institucionales que garanticen una discusión razonada y donde todos puedan expresarse y ser escuchados sin engaños y sin  manipulación.

Contra la violencia o la amenaza no cabe más que la exigencia decidida para que se aplique la ley; y la movilización de la opinión para la resistencia contra los atropellos.

Contra la mentira, bajo sus diversos ropajes, sólo cabe el esfuerzo denodado por desentrañar y denunciar su utilización como ejercicio de la contienda política.

Esta denuncia, este desentrañamiento de las operaciones de "guerra sucia" se sitúa sin embargo en un horizonte de más largo alcance. El de propiciar social, política y pedagógicamente una cultura cívica del debate enriquecido, de la deliberación argumentada. Sin trampas; sin el envenenamiento de polarizaciones artificiosas; sin el reduccionismo doctrinario que daña la imagen y la idea del contrario.

Una utopía, dirán algunos. Quizá. Pero una utopía, al fin y al cabo de las que no son desastrosas porque fecundan el propio sistema democrático. Avanzar algunos pasos en la dirección de esa cultura del debate razonado, de la deliberación no manipulada, es comenzar a cambiar la sociedad colombiana.

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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