Sobredosis de símbolos para convocar una Consulta Popular en vilo
Foto: Presidencia de Colombia

Sobredosis de símbolos para convocar una Consulta Popular en vilo

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Si el Gobierno coronara la Consulta, dejaría algún legado. Pero si fallara en el intento, tendría un último año de mandato fatal, lo cual significaría un superávit de discurso y simbolización, como una liturgia sin sustancia y, por contraste, un déficit enorme en los alcances del cambio tantas veces postulado.

Frustrado el pobre Petro con los portazos que recibe del Senado, más bien exasperado con esa Comisión séptima, laguna de sargazos que enreda cualquier barcaza, que no deja avanzar ninguna de sus reformas venturosas, tomó la determinación de probar suerte en otro terreno constitucional, el camino vivificante pero incierto de la democracia participativa. Resolvió apelar a una Consulta Popular, para que la ciudadanía decida si le gusta o no la reforma laboral hundida de manera irritante.

Ahora bien, para que los electores se movilicen en las urnas, hace falta galvanizar su voluntad, propósito que se consigue con un esfuerzo especial en la creación de símbolos, con una narrativa de excitación, lo que no es nada fácil, y peor si la expectativa de un cambio social comienza a convertirse en una sombra que flota en un tiempo inmóvil, en una oportunidad que ya no fue.

Resta entonces la esperanza, primer componente de la voluntad, la misma que el caudillo quiere rescatar desde el fondo de la memoria colectiva con un catálogo de símbolos, para tensar las fibras internas de la gente y, con estas, las posibilidades de acción, de modo que el mito llene el vacío del cambio, una palabra que el presidente prácticamente no pronunció ante los simpatizantes y trabajadores.

El coctel de símbolos

Es tanta la ansiedad de llenar ese “no-lugar” del cambio y tanta la necesidad de inflamar las velas de la esperanza, que el Petro-agitador recurrió no a una, sino a varias construcciones imaginarias, en un proceso descentrado de alusiones y referenciaciones simbólicas.

La primera de ellas es la ligazón con el primero de mayo, día de los trabajadores, intención consistente con la defensa de una reforma laboral, apenas la ocasión justa para ensamblar emociones, las que se agitan alrededor de la lucha social. La segunda referencia es la pretendida construcción de un símbolo de fuerza, la mitificación de la espada del padre de la patria, manejo que al mismo tiempo se conecta con la memoria remota del M-19, uno de cuyos primeros actos subversivos –entre juguetón y temerario– fue el robo en la Quinta de Bolívar, de donde un comando sacó el arma para que terminara escondida, ardides de la picaresca, en la casa del poeta León de Greiff. La tercera es un arrebato retórico con resonancias milicianas, disciplina y vocación, como lo es el hecho de que el jefe y los adherentes se declaren soldados de Bolívar, un desliz entre republicano y jesuita con un cierto aliento militar y religioso, al estilo de Ignacio de Loyola. La cuarta es, así mismo, una alusión retórica pero también literaria, la de repetir la tonada melodiosa y desoladora de que marchamos como la estirpe condenada a cien años de soledad, de los que saldremos, sin duda. 

El fetiche

El presidente, apropiado de esa esperanza que quiere despertar en otros, quiso que la presencia central en la manifestación del primero de mayo la ocupara un artefacto, la espada de Bolívar, reliquia que con seguridad se aburría como él en los salones fríos del Palacio. Dio la orden para que ella encabezara una corta procesión como si fuera un personaje a la espera de una intervención milagrosa, y la instaló delante de la multitud, en el proscenio, un santuario improvisado. Quería que tuviera vida propia, una fuerza autónoma que empujara la pulsión colectiva. En el clímax la levantó, reverente, para que irradiara su energía social; lo mismo podría haber sucedido con Excalibur, la legendaria espada del rey Arturo o con la Tizona que, blandida por el Cid, aniquilaba a los invasores y ocupantes de los reinos cristianos. Era una puesta en escena muy parecida a un acto de totemismo o creación de un factor de identidad y pertenencia, espíritu protector que traza los pasos a seguir por los miembros del clan. Con lo cual el caudillo pisaba los terrenos ficticios y encantados del pensamiento mágico, en un ritual de confirmación no ajeno, por lo demás, a los pactos políticos que quiso sellar con las bases populares.

Foto: Flickr: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

El discurso

Estos compromisos entre el líder y la masa –retóricos y espontáneos, pero no exentos de cierto ritualismo– dirigidos a deslegitimar a los congresistas refractarios que insisten en rechazar las reformas tienen como fundamento los principios del constituyente primario y del pueblo soberano, un poder ante el cual tienen que inclinarse obedientes, por igual, el mandatario y el parlamentario; lo dijo como verdad inapelable el orador.

La estrategia de símbolos multiplicados, el fetichismo de objetos arqueológicos y la operación discursiva del poder del pueblo quedan así articulados, un poco forzadamente, hay que reconocerlo, para abrirle paso a la Consulta Popular, destinada a desatar el nudo gordiano de las reformas estancadas, al menos de una de ellas, la que menor oposición debería suscitar por contener reivindicaciones más o menos aceptadas en el mundo moderno.

La teoría de la soberanía popular, una idea fundacional de la modernidad política que, formulada por J. J. Rousseau, radicaba el poder antes que nada en la comunidad de ciudadanos, era la fuente original de la que nacían autoridades e instituciones; en realidad, conformaba el fundamento de “todo lo constituido”, según le explicaba persuasivamente Petro a la muchedumbre clamorosa. Cierto, la comunidad política crea la voluntad general, origen último de las decisiones colectivas, pero no es menos real el hecho de que la comunidad de ciudadanos queda sometida a esa voluntad, una de cuyas variantes decisivas es la norma, como matriz de las leyes que aseguran los derechos y los autocontroles del poder.

En la filosofía de Rousseau, esa voluntad general se confunde con la ley, una categoría que define la misma existencia de la comunidad política: “a la ley deben los hombres la justicia y la libertad” sentenciaba el ginebrino, nada más ni nada menos que en la Enciclopedia.

La ley es la libertad, pero también el control sobre el poder, el límite que conjura los desafueros. Sin esas limitaciones no hay comunidad de ciudadanos. Así que no hay soberanía válida sin el imperio de la ley y sin los controles y contrapesos, por lo que la soberanía popular es una razón fundacional solo si se confunde con la ley, con los límites constitucionales del poder.

La soberanía popular y la democracia participativa

Claro está que esa soberanía popular, la de las decisiones directas del pueblo y la de las revocatorias del mandato, hace falta, ya no para sustituir la tradicional soberanía nacional, la que delega el poder en representantes, sino para su complementación, para que se enriquezcan mutuamente y lo hagan en un modelo que se vierte en mecanismos como el plebiscito, el referendo y la consulta, todos ellos contemplados en la normatividad colombiana, aunque sin la flexibilidad suficiente, por lo que se aplican con alguna frecuencia, pero no con éxito.

La Consulta Popular, propuesta y radicada por Petro, requiere de la mitad más uno de los votos en el Senado, una corporación en la que el Gobierno está lejos de contar con las mayorías. Y si las consiguiera, al sensibilizar y sumar a su causa unos 25 votos independientes, ocurriría que, en el paso subsiguiente, el gobierno estaría obligado a motivar a 13.600.000 votantes para que acudieran a las urnas, lo que tampoco es evidente.

Si el Gobierno coronara la Consulta, dejaría algún legado, pondría una marca en su cuatrienio, lo que le permitiría defender un candidato con un peso considerable en la primera vuelta de las presidenciales de 2026.

Por el contrario, si fallara en el intento, tendría un último año de mandato fatal; no solo sin gobernabilidad, sino sin la confianza para rehacerla, un vacío total en la gestión de cualquier reforma. Lo cual significaría un superávit de discurso y simbolización, como una liturgia sin substancia y, por contraste, un déficit enorme en los alcances del cambio tantas veces postulado.

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Acerca del autor

Ricardo García Duarte
ricardogarcia@razonpublica.org.co | + posts

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

2 comentarios

Ricardo García Duarte

Escrito por:

Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

2 comentarios de “Sobredosis de símbolos para convocar una Consulta Popular en vilo”

  1. Muy buen artículo condensa de manera muy clara «el barroquismo simbólico-escénico» de Petro el 1 de mayo: Yo soy el pueblo, yo soy…y veremos si algo de lo que tanto pretendió: el cambio.

  2. Gustavo Petro Urrego es visto por un buen porcentaje de colombianas y colombianos, no sólo como el Presidente de Colombia, sino también como un amigo, un compañero, un hermano de Ruta en el Camino por la Paz y la Justicia Social. Sabemos que su trabajo no es fácil y que tiene opositores que no solamente son adversarios, sino que asumen el papel de enemigos. Esos y esas opositores siempre han defendido el clasismo y el racismo, tan presentes en la historia reciente de Colombia, por lo menos desde 1940. Que Petro comete errores; por supuesto. Es un ser Humano. Que Gustavo Petro tiene muchos aciertos y ama al Pueblo de Colombia, está comprobado. Abrazo grande desde México, donde Gustavo Petro Urrego tiene muchísimas y muchísimos admiradores.

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