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Hacia una democracia de coalición hegemónica

Escrito por Ricardo García

 Ricardo García DuarteEl sentido hegemónico con el que se pactó la alianza bipartidista del Frente Nacional, resurge ahora con el triunfo de Santos. La oposición tiene no sólo un margen estrecho de acción, sino también mucho qué aprender.

Ricardo García Duarte *

Partidos vs. Individuos

Tal como estaba cantado desde la primera vuelta, Juan Manuel Santos acaba de triunfar en la vuelta definitiva, con una ventaja muy amplia sobre Antanas Mockus, el candidato independiente al que arrolló por más del doble de los votos.

No hay que desconocer, sin embargo, que este último consiguió elevar la marca alcanzada en la primera ronda, pues incrementó su votación a pesar de que  carecía de partido, de organizaciones regionales y de empresas electorales. Sólo apeló a la indignación que despierta la "cultura del atajo" como ejercicio perverso de la política; razón por la cual obtuvo alrededor de 3.600.000 votos, todo un récord para cualquier fuerza independiente en Colombia. Y, de paso, un golpe a la estrategia del Polo (aparentemente digna pero en realidad un tanto mezquina), mediante la cual el PDA le negó su apoyo, apoyo que, con todo, le brindaron muchos de los votantes de Petro, desobedeciendo las órdenes que se les dieron en el sentido de abstenerse.

La victoria de Juan Manuel Santos ha sellado el triunfo de una coalición real de partidos, la de la Unidad Nacional amparada en el uribismo, sobre una coalición intangible de individuos, la Alianza Ciudadana de los verdes.

 

Fuente: Datos Registraduría General de la Nación

Mayorías santistas y recomposición bipartidista

El 69 por ciento de los electores le dio su respaldo al candidato de los partidos en que se ha recompuesto el viejo bipartidismo (la U, el Partido Conservador, Cambio Radical, un sector del Partido Liberal y muy probablemente el PIN). Por contraste, sólo el 27.5 por ciento lo hizo con un candidato que, de alguna manera, construyó su figura como la otra opción; y que en todo caso no provenía de los rangos en que se organizaba el bipartidismo de antaño, al que más bien impugnó por agenciar las formas aviesas a través de las cuales discurren las relaciones entre el Estado y los ciudadanos.

Resultados tan contundentes dejan en claro que aquello que las gentes de izquierda llamaban el sistema (denominado más restrictivamente por los ingleses como el establisment) no sólo asegura con sus recursos materiales la fidelidad de unos 5 millones de votantes, sino que además tiene capacidad para autolegitimarse, es decir, para construir culturalmente la imagen de que son los que mejor pueden gobernar, por lo que cualquiera otra posibilidad es una mera incertidumbre, un experimento innecesario, imagen que le suma otros 4 millones de votantes de opinión.

El sistema asocia su ser con la existencia del poder, como cualquier monarquía, pero dentro de reglas democráticas, de modo que cualquier desafío contra dicho poder, por legal que sea, queda ligado inconscientemente para el votante medio, con una amenaza no ya contra el gobernante sino contra las reglas del propio sistema democrático.

Fuerzas y flaquezas de los movimientos de opinión

Las cifras redondas del resultado electoral dejan ver también la volatilidad de los movimientos de opinión. Están hechos de votantes insuflados por un aliento de cambio, ganados por una idea nueva. Son los más activos pero también los menos fieles, unos porque son independientes, otros porque llegan de distintos horizontes partidistas. No es fácil retenerlos, salvo por la atracción que ejerza un carisma a toda prueba, unido a ideas con fuerza histórica, pero también a la credibilidad que suscite el manejo de los asuntos públicos.

Mockus levantó una idea inspiradora, la de la legalidad democrática, muy eficazmente integrada a su propia persona como figura pública, lo cual le sirvió para conquistar en la primera vuelta la nada despreciable  cifra de más de 3 millones de votos, un poco más del 21 por ciento del electorado total. Pero al mismo tiempo mostró enormes flaquezas -debilidades insoslayables- y más de una inconsistencia en el discurso a través del cual normalmente se exponen los programas, la estrategia de las alianzas, las propuestas de gestión, es decir, todo lo que es propio de la política como sistema material de acción, algo que es ineludible cuando se aspira al gobierno dentro de un Estado más o menos maduro.

Fueron estas debilidades, las que le hicieron perder el apoyo de una franja potencial, compuesta por mucho más de 1 millón de votos en la primera vuelta. Lo peor, sin embargo, estuvo determinado por el hecho de que tales errores le quitaron fuerza de sentido a su imagen de cambio, por lo que resultó difícilmente franqueable el umbral que debía conducir a la recuperación de votantes en un volumen significativo.

Una fuerza alternativa enfrenta -¡manes de la democracia!- un doble problema: está acompañada por una franja volátil y voluble de electores que se le puede escapar en cualquier momento, pero al mismo tiempo está obligada a no cometer errores. La opinión no perdona los errores del candidato que representa la fuerza alternativa; en cambio pasa por alto los que cometa el que esté más identificado con el ejercicio experimentado del poder, por  considerarlos menos "peligrosos" para la estabilidad del gobierno.

Facetas en la competencia política

De cualquier manera ganó Santos, y por un margen muy amplio de votos. Las fuerzas del orden tradicional quedan claramente afianzadas por el respaldo popular dentro de las reglas democráticas. Los riesgos "subversivos" y desestabilizadores de una ética burguesa, puritana y moderna, metida sin miramientos en las aguas domesticadas y rutinarias de la política colombiana, quedan conjurados por el momento.

El apabullante triunfo -sin ilusiones- de Santos y la derrota -llena de entusiasmos- de Mockus, dejan ver dos facetas del sistema político. La primera, el equilibrio entre las opciones partidistas que luchan por el poder; o, mejor, su desequilibrio. La otra, el sistema de coaliciones interpartidistas; el régimen de polarización en el que se inscriben, y el sentido ideológico y político bajo el que se guían.

Democrático y desequilibrado

La victoria de Santos por más del doble de votos sobre su contendor implica que la configuración de alternativas que compiten por el poder es de un desequilibrio monumental; lo que podría causar perplejidad en cualquier democracia moderna en la que aparecieran las mismas disonancias electorales. Si nos atenemos a las cifras de la segunda vuelta (e incluso a las de la primera) hay que decir que en Colombia el juego por el poder es democrático pero enormemente desequilibrado.

Dos fuerzas alternativas separadas por un poco más de 40 puntos porcentuales -9 millones contra casi 3 millones seiscientos- no están inscritas en una pelea situada en los términos de un equilibrio razonable, que le comunique cierto sentido de incertidumbre real a los resultados de dicha competencia. Son resultados que, por el contrario, parecieran previamente inscritos en el destino de un pueblo que se solaza en revalidarlos.

El nuevo desequilibrio que comienza a cimentarse reduce drásticamente el margen de incertidumbre sobre quién debe ser el ganador, aspecto esencial en el funcionamiento de toda democracia electoral.  Mejor dicho, achica severamente el margen para la alternación en el poder, para el juego real de las alternativas en el control sobre el gobierno. En verdad, acaba con la alternación, que determina siempre un juego de posibilidades. En cambio da lugar a una simple sustitución, la que está apoyada apenas en un sentimiento de seguridad.

La seguridad de que los mismos se reemplacen entre ellos desplaza a la posibilidad de que haya cambios, así sea a la manera de un puro efecto de que otras élites -independientes o de oposición- accedan a las instancias centrales del poder institucionalizado.

Las mayorías de Uribe

Con las dos elecciones consecutivas del presidente Uribe Vélez, emergió reconfigurada una mayoría electoral con una magnitud de desequilibrio. Si en la primera ocasión (en el 2002) le ganó en la primera vuelta al Partido Liberal, una fuerza en ese entonces aún competitiva; en la segunda, después de cuatro años de gobierno y con unas mayorías parlamentarias sólidas, prácticamente comenzó a marginalizarla, al reducirla al 11 por ciento de la votación.

En ese momento (la elección del 2006) el candidato Uribe consiguió desde la primera vuelta un 62 por ciento del electorado frente a un sorpresivo pero minoritario 22 por ciento del Polo Democrático, y frente a un descaecido Partido Liberal con el 11 por ciento, hecho que señalaba ya un desequilibrio grande en términos de fuerzas electorales.

Se trata de un desequilibrio en las opciones por el poder que se ha consolidado después de ocho años de gobierno uribista, con la votación de Santos en la primera vuelta (46.5 por ciento) y sobre todo con la de la segunda en la que acaba de alcanzar el 69.1 por ciento.

El afianzamiento de esta desproporción llega ahora, luego de un período de transición (entre 1990 y 2002), cuando el sistema presentó una competitividad de alta incertidumbre en los resultados, a propósito de la lucha entre Samper Pizano y Andrés Pastrana; y después entre éste último y Horacio Serpa. En estas elecciones en las que se presentaron disputas equilibradas, intervinieron factores como los aparatos partidistas y los votos de opinión; aunque la competencia aún pertenecía a la lógica tradicional de la pelea entre liberales y conservadores.

Desequilibrios en el largo plazo

En realidad, estas dos elecciones eran la prolongación del período del post-Frente Nacional, desde 1974 (López Michelsen) hasta 1990 (César Gaviria), en el cual la competitividad se abrió, al tiempo que se equilibraba, sin escapar de los moldes de la lucha bipartidista.

Si se hace abstracción de este post-Frente Nacional, en el largo plazo se confirman los desequilibrios dentro de la competencia electoral por el poder.

Entre 1958 y 1974, los dieciséis años del Frente Nacional significaron una apabullante mayoría del bipartidismo de más o menos el 80 por ciento en promedio, bajo la regla obligatoria de que el candidato oficial tenía que estar respaldado por el Liberalismo y por el Partido Conservador.

Después de 2002, con la era Uribe, sobreviene un cambio en las tendencias que caracterizaron la competencia democrática durante el período del post-Frente Nacional. La lucha tradicional entre liberales y conservadores, es desplazada a un segundo o tercer plano; aunque al mismo tiempo se rompe el equilibrio de fuerzas dentro de la competencia por el poder que venía dándose entre ellos.

Así, en la elección de 2006, Uribe ya no fue ni liberal ni conservador (aunque fue lo uno y lo otro a la vez), mientras que el candidato liberal salió del primer plano de la competencia. Al mismo tiempo, la diferencia entre el candidato ganador y el segundo representó una diferencia desequilibrada que fue del 62 al 22 por ciento; y eso que no hubo segunda vuelta.

 

Fuente: Datos Registraduría General de la Nación

En materia de equilibrios (algo que es un aspecto cuantitativo pero no carente de sustancia política), el triunfo de Santos retoma una línea de competencia muy desequilibrada por el poder, línea en la que la fuerza mayoritaria supera muy ampliamente el 50 por ciento de la participación, mientras la fuerza alternativa, además de ser cambiante, apenas bordea el 25 por ciento, y eso en el mejor de los casos. Muy distante por cierto de umbrales fuertemente competitivos si se la compara con el bloque mayoritario.

Esto hace de Colombia una democracia muy débil en lo que concierne a la correlación de fuerzas, en un sistema que se parece mucho al partidocratismo hegemónico.

Coalición hegemónica

Solo que aunque el fenómeno se le parece, no es exactamente partidocratismo.  En realidad, es coalicionismo hegemónico.

Luego de años de "la violencia", en 1958 las élites políticas escogieron la coalición entre los partidos históricos como una forma de gobernar y de participar en la contienda electoral. Fue un coalicionismo estructural el que despejó los peligros de la inestabilidad en el ejercicio del poder, confiriéndole al mismo tiempo una gobernabilidad al sistema, pero que también incorporó rápidamente el clientelismo como forma de establecer el vínculo entre el Estado, los partidos y el ciudadano.

Es decir, el régimen estable y la democracia clientelista se nuclearon como estructuras alrededor de la coalición tradicional. Un coalicionismo tan arraigado que por momentos daba la impresión de que los partidos se configuraban en un solo bloque hegemónico.

Este coalicionismo de partidos es el que resurge ahora con el triunfo de Santos, reconfigurado después de la era Uribe. Ha experimentado cambios pero mantiene su sentido hegemónico en el largo plazo.

Su geometría interna se ha modificado. Ha incorporado al multipartidismo en su interior, en lugar de la tradicional expresión bicolor. Ha experimentado así mismo un recambio en las fuerzas que lo integran, pues del dominio del liberalismo en el pasado frente nacionalista ha hecho el tránsito al del Partido de la U; sustituto en buena parte del Partido Liberal, al que terminó por reducir casi a su mínima expresión, después de ocho años de gobierno uribista.

La geometría de la coalición ha variado ciertamente en la relación de sus fuerzas internas y en su fraccionamiento; no en el sentido de su naturaleza, que no es otro que el de auto-constituirse en plataforma para el ejercicio del poder, bajo unas estructuras de hegemonía política. Hegemonía en términos del control absorbente sobre el poder central. Hegemonía en términos de la captura mayoritaria que consigue sobre las representaciones propias de la cultura política en los colombianos. Y hegemonía, sobre todo, en el sentido de una conquista de la representación política bajo las condiciones de un desequilibrio desproporcionado entre las mayorías y las minorías; lo que se traduce en niveles bajos de competencia política; y de paso, reconvierte a la democracia colombiana en una democracia muy previsible en lo que se refiere a los bloques de poder.

Democracia sin alternación

Es decir, una democracia con alternación de gobernantes, no de bloques hegemónicos. Una democracia con cambios de presidente, no de coalición gobernante. Lo cual quiere decir que el régimen político, pese a los cambios constitucionales, se rediseña como una democracia más de sustitución que de alternación. Sustitución de gobernantes, que se tramita por las disputas entre los partidos y las facciones que hagan parte del bloque dominante, pero sin alternación real entre opciones diferentes, es decir, entre coaliciones efectivamente alternativas.

Los resultados electorales, desde las parlamentarios de marzo hasta la segunda vuelta presidencial de ayer, con todo su cortejo de alinderamientos, confirman la línea de coalición hegemónica como la forma de poder en una democracia con una alternabilidad absolutamente nula, dentro de lo que podría ser un óptimo político del juego ideal entre gobierno y oposición.

Una democracia, entonces, que proporciona al gobernante respaldos claros (como los 9 millones en favor de Santos); que así mismo permite la competencia entre las propias élites que han gobernado, pero que con la coalición que forman entre ellas, reduce drásticamente cualquiera posibilidad de alternación.

Con el aplastante triunfo de Santos no sólo se consolida sino que también se amplía, la estructura de coalición hegemónica, cuya contrapartida en el sistema político es el margen estrecho para la oposición. Y una democracia sin oposición, o una en la que ésta enfrenta siempre el cerrojo de un régimen que le corta el horizonte del poder, será una democracia estable y gobernable, pero también una democracia sin el derecho a soñar; siendo así que el sueño es una parte nada desestimable de la libertad.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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