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Las elecciones para el Congreso y las consultas del 14 de marzo: un análisis preliminar

Escrito por Ricardo García

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Los resultados iniciales parecen sustentar la hipótesis de que el Uribismo sin Uribe es un multipartidismo de ficción, que sin embargo mantendrá su fuerza.
 

Ricardo García Duarte*

Presidencialismo con dispersión de partidos

En materia electoral, Colombia se caracteriza por la inusual combinación entre un régimen presidencialista acentuado y un régimen electoral que paradójicamente favorece la fragmentación de partidos.

El presidencialismo da lugar a una representación política, moral e imaginaria, de carácter concentrado y relativamente homogéneo. Y esto se traduce en la existencia de grandes bloques de opinión.

En cambio el régimen de fragmentación partidista tiende a parcelar la representación, es decir a dispersarla entre múltiples "partidos", "empresas electorales", o fuerzas personalistas, todos ellos medianamente capaces de fabricar identidades colectivas y de lograr intermediaciones eficaces con el Estado.

Entre estas dos grandes influencias se mueve la participación electoral, tanto la presidencial, sometida al mecanismo centralizador de la doble vuelta, como la que cobra vida en las parlamentarias.

Las elecciones presidenciales inducen una reintegración del electorado; lo reconducen por encima de sus adscripciones de grupo o de facción, y de esa forma liberan parcialmente el voto de opinión.

En cambio las elecciones parlamentarias afirman la pertenencia al grupo, la adhesión a la "empresa" política, y de contera, reubican el voto de opinión dentro de la maquinaria partidista -si no es que lo obligan a mantenerse dentro de la abstención.

Con un sistema electoral favorable a la fragmentación de los partidos, la elección para Congreso frena el voto de opinión y su potencial como voto independiente. Y además le abre el paso a estrategias altamente oportunistas de reciclaje o de migración de un campo partidista al otro- al transfuguismo o al "voltiarepismo" que tanto se debatió hace algún tiempo- y que se produce una vez que los políticos del caso han sacado provecho o se han camuflado bajo el lenguaje emotivo e integrador que ofrece la elección de un Presidente de la República.

Voto de opinión, voto independiente y elecciones para Congreso

En las elecciones para Congreso el voto de opinión tiende a sufrir una fuerte  retracción. Como el voto de opinión es la materia prima para el voto independiente, los movimientos nuevos o alternativos tienden a no lograr representación parlamentaria, como le acaba de ocurrir a la opción de Sergio Fajardo (una derrota que reduce sus posibilidades presidenciales, pese a que su perfil le auguraba mejor suerte en la carrera). El partido de los "tres tenores", sin embargo, ha logrado superar este efecto de retracción de manera modesta pero simbólicamente significativa.

Del bipartidismo al multipartidismo

Por su lado las fuerzas del statu quo tienden a resultar favorecidas por la fragmentación parlamentaria. En efecto, bajo este sistema en el Congreso se presenta un mosaico de expresiones políticas donde se mezclan la razón social de un partido con la suma de empresas electorales personalizadas que se cobijan bajo el aval del partido.

En las legislaturas que iban, por ejemplo, de 2006 a 2010, hubo un conjunto de más o menos trece partidos, que por la extinción de unos tres o cuatro, quedó en unos nueve agrupamientos, muchos de ellos hechos con el agregado de diversas baronías electorales, como se les decía antes, y de empresarios políticos de mediano tamaño.

En esta recomposición del Congreso pasamos, en el lapso de tres décadas, de un apabullante (aunque no disciplinado) bipartidismo a una fragmentación multipartidista relativamente elevada, donde el partido que más senadores ha conseguido no sobrepasa el 20% del total de curules.

El punto intermedio de aquel proceso fue el de una relativa atomización de la representación parlamentaria en el año 2002, cuando más de veinte partidos hicieron presencia en el Senado y cuando más del 30% de sus miembros estaba distribuido en partidos con uno o dos senadores a lo sumo. Tal  dispersión exagerada fue corregida parcialmente por el mecanismo del umbral.

Las transformaciones anteriores han obedecido a tres causas principales, a saber: (1) La adopción de reformas constitucionales y legales  favorables al multipartidismo, incluido el tarjetón; (2) La persistencia, desde mucho antes, del sistema de escrutinio proporcional, y (3) La crisis en la identidad partidista de los electores.

Los tres factores han contribuido a la aparición de nuevos agentes en el mercado político o en la disputa por la conquista de los electores. Pero  estos nuevos actores no necesariamente representan alternativas ideológicas o funcionales respecto de los partidos o facciones pre-existentes.

Fragmentación cuantitativa y no cualitativa en el sistema de partidos

En realidad, el multipartidismo parlamentario surgió para reemplazar al viejo bipartidismo en la disputa por el mismo mercado electoral, es decir, por un conjunto muy similar de votantes, aunque ahora más claramente segmentado por las identidades que establecen las empresas políticas respectivas.

La única diferencia consiste en que desde 1991 la oposición de izquierda ha conseguido, con altibajos, hacerse a un 10% de la representación en el Senado, lo cual le alcanza para los debates de control político pero no para pesar en la correlación de fuerzas.

Por lo demás, lo que lograron la Constitución del 91 y las normas electorales subsiguientes fue el reemplazo del viejo bipartidismo por un sistema fragmentado de partidos que se superpuso a una misma orientación ideológica o de sentido electoral. En otras palabras, lo que ha venido a reemplazar el bipartidismo es un multipartidismo parlamentario de carácter cuantitativo pero no cualitativo.

En teoría al menos, la competencia entre partidos debe ser a la vez  cuantitativa y de sentido. Lo primero habla del número; lo segundo, de su dimensión ideológica y moral, de su reflejar la polarización entre alternativas auténticamente diferenciadas. En tal sentido podría presentarse un multipartidismo cuantitativo, pero sin alternativas diferenciadas, lo que lo convertiría de hecho en un monopartidismo cualitativo.

Sustitución sin alternación

Durante los últimos cuatro años, aunque fraccionada en por lo menos nueve partidos al comienzo, la coalición mayoritaria ha dispuesto del 70% del Senado, algo que por cierto indica unos muy bajos índices de equilibrio en el sistema de partidos. ¡Y eso que el Partido Liberal, acostumbrado a 50 años en el control del poder, se decidió a lanzarse a la oposición parlamentaria!

Gracias a esta última circunstancia, la intensidad en la polarización y el porcentaje en el equilibrio de fuerzas, los dos materiales con que está diseñada la posibilidad de alternación en el poder, permitieron subir el nivel de fuerza en la oposición a un 30%, lo que de todas maneras es muy bajo, comparado con democracias modernas.

Lo que se ha operado entonces, en el Congreso y en las elecciones parlamentarias durante las últimas décadas, es un efecto de sustitución sin alternación. Nuevos movimientos han surgido por el fraccionamiento de los viejos partidos, sobre todo el Liberal, y por la migración de sus caciques o de sus cuadros hacia las nuevas expresiones partidistas, las que sin embargo se mantienen en el mismo horizonte de sentido no alternativo y no necesariamente moderno.

Las presidenciales y el re-agrupamiento de las tendencias de opinión

De las filas del propio bipartidismo tradicional surgieron figuras disidentes que consiguieron cautivar un electorado cada vez más independiente, sobre todo si se trata de elecciones presidenciales. Hundido en una crisis de credibilidad, el bipartidismo mutante supo así sobrevivirse a sí mismo, aunque bajo la doble modalidad de un multipartidismo en el Congreso y de un caudillismo de opinión desde la Presidencia.

La elección presidencial permitía reanudar el vínculo con el electorado de opinión. Al mismo tiempo, las campañas por fuera de los partidos tradicionales o con un aliento suprapartidista conseguían recuperar la confianza perdida del elector.

Ya en el poder, el gobernante, al tiempo que alimentaba el respaldo de la opinión, conseguía fácilmente componer una coalición con los fragmentos de un multipartidismo apenas cuantitativo, cada una de cuyas piezas se veía impelida por la necesidad de gravitar en torno del poder y del control sobre la administración pública, razón básica de su ser, pues cada una de ellas se constituye para entrar en la disputa por la conquista de una representación parlamentaria, signada por esa finalidad.

En el futuro Congreso, el binomio de centro-derecha, conformado por el Partido de la "U" y  el Partido Conservador atraerá sin duda a la versión degradada del Uribismo, representada por el PIN, cuyos ocho o nueve senadores asegurarían unas amplias mayorías para el "Uribismo sin Uribe".

La disputa por un liderazgo mayor (por la herencia) en el seno de este "Uribismo sin Uribe", radicará en la competencia entre Juan Manuel Santos y el candidato conservador, ambos en disposición de aparatos fuertes de partidos dentro del establecimiento; y ambos deseosos de pasar a la segunda vuelta presidencial, pero temerosos de que entre ellos se neutralicen y permitan la llegada de un tercero.

En la otra orilla, el Partido Liberal tropieza con el drama de su estancamiento, el cual continuará mientras el Uribismo se mantenga arriba. En la izquierda (el Polo) y en los movimientos independientes de carácter alternativo hay -además de la posible descolgada de Fajardo- la disputa por el mismo electorado entre el Polo (lesionado por las desventuras de sus propios errores y de su faceta clientelista) y el renovador Partido Verde, con su muy atractivo trío de "tenores" (algo así como el rostro humano de la izquierda). Se sabe que de la amable competencia entre ellos ha surgido como candidato presidencial Antanas Mockus, una figura que podría servir como catalizador de una respetable corriente de opinión que agrupara el electorado de centro y de izquierda, de cara a las presidenciales, horizonte éste en el que podría consolidarse como una alternativa.

El influjo del Uribismo en el poder

Ahora bien, ocho años en el poder y el mantenimiento prolongado de una opinión favorable a la figura del Presidente Uribe, junto con la maquinaria bien aceitada de un partido (la U), eran condiciones todas ellas que hacían prever el sostenimiento de las mayorías parlamentarias por parte del Uribismo, aún sin la perspectiva de un nuevo gobierno de Uribe Vélez.

Era cierto que sin Uribe en el poder, se descongelaba la competencia entre los partidos, volviéndose ésta más heterogénea y fluida lo que abría todas las posibilidades para las diferentes opciones políticas. Pero también lo era que el impulso del Uribismo alcanzaba para que los partidos, que sostenías la coalición mayoritaria en el Congreso, se sostuvieran confiadamente en la fuerza que consiguieron hace  cuatro años; e, incluso, que la incrementaran con nuevas curules; mientras que los dos principales partidos de oposición se sintieran con una satisfacción de rasguño si alcanzaban a mantener la fuerza que tenían, ante el riesgo cierto de verla disminuir, algo que finalmente le ha acontecido al Polo.

El problema residía en que, después de Uribe, la competencia se abriría con mayor fluidez, si al mismo tiempo en el seno del Uribismo se desencadenaban con éxito las tendencias interesadas con mayor ahínco en proyectarse como alternativas con agenda y con liderazgo propios en la inmediata disputa por la Presidencia, cosa que se confirmaría finalmente, si llegara a ganar Noemí Sanín la consulta interna. Quienes encarnaban esta aspiración en el Uribismo eran manifiestamente la misma Noemí, mutada en pre-candidata del conservatismo, y Germán Vargas Lleras, candidato de Cambio Radical, su propio partido. Juan Manuel Santos y Andrés Felipe Arias, mantenían por el contrario la opción cerrada de defender la re-elección, de asegurar previamente la coalición mayoritaria y de jugar la carta de la "absoluta lealtad" frente al jefe máximo.

En esas condiciones, los buenos resultados electorales para Congreso en este 14 de marzo, por parte de la "U" (que aumenta su caudal electoral y mantiene el 20% o 21% de representación en el Congreso) y los del Partido Conservador, que probablemente alcance dos curules más, después de disponer de 20 en la pasada legislatura, son todos ellos hechos que auguran sólidas mayorías del Uribismo en el Congreso, como base para el respaldo a un eventual gobierno de esta orientación. Situación a la que de sumarse un eventual triunfo del ex ministro Arias, en la consulta conservadora a expensas de Noemí; dejaría, en lo que se refiere al Uribismo "no leal", a un Vargas Lleras solitario, lleno de un ímpetu forzado pero debilitado por un resultado electoral poco estimulante, que simplemente confirma la condición (unos ocho senadores) en que lo dejó la captura que el Uribismo hizo de parte de sus huestes.

Las cartas en juego para las presidenciales

En el futuro Congreso, el binomio de centro-derecha, conformado por el Partido de la "U" y  el Partido Conservador atraerá sin duda a la versión degradada del Uribismo, representada por el PIN, cuyos ocho o nueve senadores asegurarían unas amplias mayorías para el "Uribismo sin Uribe".

La disputa por un liderazgo mayor (por la herencia) en el seno de este "Uribismo sin Uribe", radicará en la competencia entre Juan Manuel Santos y el candidato conservador, ambos en disposición de aparatos fuertes de partidos dentro del establecimiento; y ambos deseosos de pasar a la segunda vuelta presidencial, pero temerosos de que entre ellos se neutralicen y permitan la llegada de un tercero.

En la otra orilla, el Partido Liberal tropieza con el drama de su estancamiento, el cual continuará mientras el Uribismo se mantenga arriba. En la izquierda (el Polo) y en los movimientos independientes de carácter alternativo hay -además de la posible descolgada de Fajardo- la disputa por el mismo electorado entre el Polo (lesionado por las desventuras de sus propios errores y de su faceta clientelista) y el renovador Partido Verde, con su muy atractivo trío de "tenores" (algo así como el rostro humano de la izquierda). Se sabe que de la amable competencia entre ellos ha surgido como candidato presidencial Antanas Mockus, una figura que podría servir como catalizador de una respetable corriente de opinión que agrupara el electorado de centro y de izquierda, de cara a las presidenciales, horizonte éste en el que podría consolidarse como una alternativa.

 *Miembro fundador Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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