Los acertijos de la reelección y el sistema de partidos - Razón Pública

Los acertijos de la reelección y el sistema de partidos

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ricardo garcia

Las cosas que Uribe dice sobre su reelección parecen juguetones acertijos pero en realidad reflejan una crisis de fondo en el sistema de partidos, incluido el uribismo.

Ricardo García Duarte

Entre dudas y charadas  

¡No me lanzo si se unen¡ les dijo – con generosidad condicionada –  el Presidente a sus amigos uribistas. Así titularon los medios su última oferta en materia de reelección inmediata. En caso de que los partidos que lo apoyan se pongan de acuerdo para presentar un candidato único que lo suceda, él "se haría a un costado", según le hizo saber al senador Hernán Andrade. Y sin embargo de acuerdo con otro senador, Javier Cáceres,  el único "opcionado" para lograr el respaldo de los miembros de su coalición es el propio Álvaro Uribe.  

Así pues, la declaración del Presidente viene a ser el más reciente eslabón en su cadena de acertijos acerca de la segunda reelección, soltados siempre al desgaire y en un tono de sincera convicción. Cada acertijo comienza por sugerir que Álvaro Uribe no está interesado en una segunda reelección, pero cada vez la condición o la fórmula propuesta acaba por implicar que la única candidatura posible es la del mismo Uribe. En efecto:

Primero fue el acertijo de la "hecatombe", en el sentido de que sólo si llegare a suceder una desgracia de grandes proporciones habría una tercera candidatura del presidente Uribe. Pero la desproporción de la metáfora la hacía poco creíble y esa hipérbole se prestó a caricaturas. Aún así, más de un observador la tomó en serio, y entonces surgió la hipótesis de que "la hecatombe" podría consistir, ora en la división del uribismo, ora (o además) en la  descontinuación de la seguridad democrática: y el único remedio para estas calamidades era la segunda reelección.

Tiempo después se produjo un segundo acertijo: "Por voluntad del Presidente de la República, el debate parlamentario sobre la reforma constitucional del Referendo debe ser sacrificado en aras de dar prioridad a la Reforma Política y a la Reforma de la Justicia" – según comunicado de la Casa de Nariño.

Sólo que en el entretanto, el partido de la U ("U" de "Uribe") había adelantado la operación masiva de recolectar más de cuatro millones de firmas pidiendo el referendo. Firmas  que fueron radicadas en el Congreso, sin que nadie en el Gobierno se opusiera, y a sabiendas  de que una iniciativa popular tiene que tramitarse con carácter de urgencia y con antelación a cualquier otro proyecto de ley o de acto legislativo.   

Después de que el referendo comenzó a tramitarse en el Congreso han salido a flote otros dos acertijos emparentados. El primero consiste en decir que, si se aprueba el referendo, el Presidente no se presentaría en el 2010 sino en el 2014. El segundo consiste en condicionar esta pausa de cuatro años a que el uribismo encuentre un candidato único, que asegure la continuidad en "la seguridad democrática y la confianza de los inversionistas en Colombia". 

Una herencia en disputa

Pero ni la pausa de cuatro años ni el candidato de unidad parecen ser factibles. El Ministro Juan Manuel Santos, del Partido de la U, el senador Germán Vargas, de Cambio Radical, la embajadora Nohemí Sanín y el candidato que surja del Partido Conservador, para no hablar  del Vicepresidente Francisco Santos, tienen ambiciones declaradas, opuestas, ancladas en partidos o en estructuras de poder diferentes, y más o menos igualmente fuertes.    

Se trata de ambiciones suspendidas  en favor de la figura de Álvaro Uribe Vélez. Pero no necesariamente por convicción, sino por el interés que cada aspirante tiene en no verse marginado de la aplastante corriente de opinión que acompaña al Presidente. Para ser el heredero o heredera de Uribe, a cada quien le es útil jugar la carta de la lealtad plena. Sólo que si el jefe decidiera no ser el candidato, cada uno de aquellos aspirantes haría su propio juego para lograr el apoyo de las "maquinarias"  u  organizaciones electorales de carácter regional y para quedarse con el voto de opinión susceptible de serle transferido desde Uribe.

En su competencia por el poder, los tres o cuatro más fuertes aspirantes a la herencia muy probablemente se excluirían entre sí, poniendo en riesgo la propia sucesión. La conclusión, dentro de una hipotética matriz de juego entre actores con intereses contradictorios, sería muy sencilla: "compitiendo entre nosotros – se dirían– corremos el riesgo de que perdamos todos. En cambio, si sumamos fuerzas – y la única forma de hacerlo es apoyando de nuevo al Presidente – perdemos el premio mayor pero ganamos bastante porque tendremos la certeza de seguir participando en el poder".

Aún si se dividieran, sería bien posible que alguno de los varios candidatos uribistas resultara elegido Presidente para el próximo período. Esta posibilidad por supuesto alimenta  la tentación de lanzarse a una competencia abierta, lo cual sin embargo crearía confusión y  desorden entre los electores uribistas. Y paradójicamente, la sola probabilidad de que se de una guerra entre los coroneles, induce la intervención de una figura con más recursos y poder que todos ellos: el  Presidente Uribe. Caso en el cual estaríamos asistiendo a  la  crónica de un desenlace anunciado: el regreso inevitable a la persona de Álvaro Uribe.

Hasta aquí el enigma apunta apenas a la habilidad o a la astucia de un  personaje político que mueve sus fichas con grandísimo tino: sin cerrarse en apariencia a otras alternativas, deja abierta la puerta para la opción que más lo favorece, y de manera que ésta emerja sin dar la impresión de estar manipulando ni parecer ambicioso en demasía.

El Uribismo como fenómeno coyuntural

El éxito de Uribe Vélez es el producto de la crisis de unos partidos tradicionales consumidos y petrificados en la captura clientelista del Estado. Dicha crisis, más la re-ingeniería institucional puesta en marcha por la Constitución de 1991, llevaron al surgimiento de una franja creciente de votantes de opinión. El paisaje se transformó así, de  un bipartidismo esclerótico (aunque con facciones internas) a una proliferación de  partidos autónomos, que sin embargo pueden compartir el mismo proyecto político, ideológico y  doctrinario – como  es el caso de los distintos "partidos" o "movimientos" de orientación uribista.

Ese fraccionamiento se ha venido dando al calor de las circunstancias, de los personalismos y de los giros en la opinión pública, sin que falten las volteretas y el trasteo de empresas electorales.

En las elecciones del 2002, cuando Uribe fue elegido Presidente, el Partido Liberal, sin embargo, consiguió una votación no muy distante de sus niveles históricos y logró retener a la mayoría de sus caciques regionales. Pero en las elecciones del 2006 la situación cambió de modo radical: El Presidente se había disparado en las encuestas, sin descender – como era lo habitual- hacia el final de su primer periodo. Este boom de opinión produjo el realineamiento de un buen número de caciques y de empresas electorales que antes pertenecían al Partido Liberal.

Entre las aguas de las dos corrientes que fluían en la misma dirección – la de los votantes de opinión y la de los caciques y empresas electorales – se dio la aparición de nuevos aparatos partidistas que buscaban asiento en el Congreso. De ese modo se fundaron el Partido de la U, Alas Equipo Colombia, Colombia Democrática, Colombia Viva e incluso Cambio Radical y Convergencia Ciudadana, aunque estos dos obedecían además a una pre-candidatura o un propósito específico. Se trata de organizaciones surgidas al calor de la coyuntura, con base en deserciones provenientes de un partido histórico como el liberalismo, con caciques y cuadros atraídos por el fenómeno de opinión y de poder que encarna el Presidente de la República.

Son partidos y movimientos de coyuntura, en principio de corta duración, episódicos, o mejor, nacidos para cabalgar sobre una coyuntura que se llama Álvaro Uribe. Carecen de sedimentación histórica, aunque en últimas se apoyen en el especioso sedimento que les proporciona la mentalidad bipartidista. No tendrían porqué existir  mas allá de la vigencia  que tengan sus respectivos fundadores. Por eso podrían o reciclarse en otros movimientos y liderazgos, o regresar a su partido de origen, o podrían disolverse en  discrepancias intestinas. Su sostenibilidad dependerá, con mucho, del soplo animador que les provea la coyuntura; y esto implica que, si no quieren fenecer, no pueden distanciarse de Álvaro Uribe Vélez.

Así, la reelección se inscribe en la necesidad de mantener un conjunto de partidos y  movimientos cuya suerte está atada al uribismo y que podrían desaparecer o sufrir graves derrotas si alguien distinto de Uribe fuera electo presidente de aquí a 18 meses. 

La transición congelada

Es común que en un sistema político convivan los partidos duraderos, enraizados en la historia y en la cultura del electorado, con movimientos o partidos de coyuntura, que resultan del cruce de factores existentes en un momento dado.

El actual sistema de partidos en Colombia se caracteriza por el debilitamiento, o en todo caso por el estancamiento de los partidos de larga duración, y al mismo tiempo por la fluidez con que aparecen movimientos de coyuntura, cuya expresión más fuerte y organizada es el uribismo. 

El uribismo sin duda está dotado de un liderazgo hábil y experimentado y de una bien estructurada base de empresas electorales. Pero estos recursos, tan considerables, no lo han llevado a convertirse en un partido unificado y con vocación de permanencia duradera. De ahí que necesite en alto grado del poder y de la imagen del Jefe de Gobierno para mantenerse como un instrumento eficaz de movilización política y de hacerse elegir para el Congreso.

La aparición de un fenómeno coyuntural es casi siempre la promesa de una transición política; es decir, del tránsito hacia el sistema que resulte de la cristalización del proceso emergente. El uribismo sin embargo no parece encaminarse, por falta de voluntad o de capacidad, hacia un partido duradero; su prolongación como proyecto de representación política se parece más a la reproducción de una transición sin puerto de llegada que a la solidificación de un nuevo sistema de partidos.

Ante la imposibilidad de reinventarse como un proyecto unificado y permanente, los partidos  uribistas se dedican a prolongarse a sí mismos como parte de un movimiento de mera coyuntura, que al mismo tiempo congela el proceso de transición hacia un sistema político más democrático y pluralista.

La transición política congelada y el movimiento de coyuntura que se alimenta de si mismo explican porqué no hay interés en una Reforma Política para institucionalizar el multipartidismo que refleje, como debe, los distintos proyectos de país, o para impulsar la democratización y modernización de los actuales partidos. También explica porqué las charadas con sentido de enigma o las reales incertidumbres presidenciales acerca de la reforma constitucional que autorizaría su nueva reelección, se resuelven una y otra vez en el sentido de aprobar la reelección, en cuya  ausencia cundiría el temor de que el uribismo se desintegrara en medio de sus propias presiones centrífugas.

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Ricardo García Duarte
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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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