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Uribe en la oposición: el síndrome del twitterazo

Escrito por Ricardo García
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ricardo garciaLa extraña relación política entre Santos y Uribe acaba de tener un punto de inflexión. El botín en juego: el control del ejecutivo y de la clase política. ¿Para asegurar la reelección de quién?

Ricardo García Duarte*

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Uribe advierte: “¡espere le pongo otro twitterazo!”.    Foto: Tomado de Youtube.

Amenaza orquestada

El personaje se deja pillar por una cámara que lo toma, muy informal él, mientras interrumpe una entrevista para la televisión: es Álvaro Uribe Vélez el ex presidente, ahora opositor número uno de Santos, su antiguo protegido, a quien ayudó a elegir. Ufano y lleno de malicia como gato que se relame, advierte a la entrevistadora: “¡espere le pongo otro twitterazo!”

El aumentativo, irónico pero aplastante, más el tonito pendenciero, produce cierta resonancia parecida, no digamos ya a balazo, pues no hay que exagerar, pero sí a batazo, es decir, a un golpe sorpresivo que aturde al destinatario. Un “twitterazo” es un neologismo con metáfora incorporada: una crítica feroz aunada a la acción; en este caso, desde la oposición.

No era de extrañar entonces que casi en seguida hiciera su entrada en escena la parodia de unos militares retirados incitando a remover al presidente de la República. Y que el propio Londoño Hoyos, apenas repuesto del desgraciado atentado de que fuera víctima, como invocando al más allá, expresara la esperanza de que apareciese pronto un dirigente en condiciones de sustituir a Juan Manuel Santos, ya presuntamente sin el control de las cosas bajo su mando.

Carga de profundidad

Un twitterazo mayor fue disparado el propio día del atentado. En caliente. Dentro de una sola cápsula envenenada de 140 caracteres, Uribe había clavado al gobierno puyazos hirientes que equivalieron a lo que en el argot judicial se denomina un auto–cabeza de proceso:

  • Implícitamente, lo señaló como indolente frente al terrorismo y como incurso en abuso de autoridad por la presión ejercida contra el Congreso.
  • Explícitamente, lo acusó de clientelista y de propiciar la futura impunidad para los guerrilleros.

¡Casi nada! Por cosas menos graves, la Sala Penal de la Corte ordena encarcelar a los parlamentarios.

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Uribe implícitamente señaló a Santos como indolente frente al terrorismo y como incurso en abuso de autoridad por la presión ejercida contra el Congreso.

Foto: Presidencia

Las declaraciones últimas, transmitidas por las redes sociales o expuestas ante los medios, señalan sin más el punto de ruptura entre Uribe y Santos, los dirigentes de mayor influencia en el país y jefes naturales del partido de la U, el grupo parlamentario con mayor representación en el Congreso.

El catálogo de sindicaciones señala los posibles campos de enfrentamiento, que no parecen reducirse a diferencias ideológicas. Al revés, son más bien una disputa de intereses entre facciones políticas, que pugnan por el control de los resortes claves del Estado.

Las diferencias programáticas

La fractura de fondo pasa por el meridiano del conflicto armado, o para decirlo en clave uribista, de la Seguridad Democrática. Simétricamente hablando, todo aquello que el presidente Santos defiende como tenaz conservación de dicha política, el ex presidente Uribe lo critica como abandono y falta de firmeza. De tal núcleo se derivan otras contradicciones colaterales: el fuero militar, el marco para la paz, la ley de víctimas… incluso Venezuela.

Son ejes temáticos donde Santos, representante quizá de un centro–derecha moderado, quisiera apostar a una combinación virtuosa de formas de lucha: la militar, pero también la legal y la social, estas últimas referidas al tema de las amnistías, las tierras y los acuerdos de paz.

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Uribe y Santos, los dirigentes de mayor influencia en el país y jefes naturales del partido de la U, el grupo parlamentario con mayor representación en el Congreso.

Foto: Presidencia

Algo que para Uribe no pasa de ser una flagrante inconsistencia, que atenta contra la Seguridad, de modo que el resultado no podría ser sino el debilitamiento del Estado. En donde Santos ve la posibilidad de una amnistía, para destacar un solo ejemplo, Uribe no ve más que impunidad para los guerrilleros.

Ahora bien, el encono y el tono exagerado de las discrepancias —un tono que desde el uribismo se agudiza más y más con gestos propios de una extrema derecha amiga de la “acción intrépida” o en todo caso de la intención desestabilizadora, como también lo ha hecho notar Salomón Kalmanovitz— no se corresponde paradójicamente con la realidad de unas diferencias que, en su alcance práctico, no son ni tan grandes ni tan sonoras como los gritos que las acompañan.

Ni Santos es tan flojo como dice el uribismo, ni Uribe fue tan irreductiblemente duro en el gobierno, como ahora quiere aparecer desde la oposición. Los ejemplos sobran: el presidente actual acabó efectivamente con el Mono Jojoy y con Alfonso Cano, mientras que las FARC se vienen recargando ya no de ahora, sino desde los tiempos de Uribe. Sin olvidar que fue bajo el gobierno de este último cuando se disminuyó el fuero militar, por el que ahora tanto aboga para granjearse el apoyo de los militares.

La pugna por el gobierno y la clase política

No siendo materialmente tan profundas las diferencias entre Uribe y Santos, salvo que éste avanzara seriamente en la ejecución de la ley de víctimas y de tierras, la ruptura radical a la que ahora se aventura Uribe es una lucha entre facciones por el control de dos centros de poder y de capital simbólico, a saber: el gobierno, base de decisión y de reclutamiento burocrático; y la clase política, fuente de representación y de intermediación.

Sabiéndose Uribe dueño del favor que le dispensa una opinión mayoritaria, presiente sin embargo el riesgo de su propia futilidad, separado como quedaría del poder, por la imposibilidad de llegar otra vez a la presidencia.

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Donde Santos ve la posibilidad de una amnistía, para destacar un solo ejemplo, Uribe  no ve  más que impunidad para los guerrilleros.     Foto: Presidencia

La reelección que él mismo talló a su medida, ahora favorece paradójicamente a Santos, con lo que éste se vería beneficiado por una especie de imán durante ocho años para atraer a una clase política que Uribe impulsó, pero a la que ahora se dirige “como si fuera a las paredes”, según su propia expresión desolada: lo escuchan, le dan su asentimiento con la cabeza, pero solo le obedecen al presidente.

En consecuencia, lo que deja entrever el segundo aniversario ya próximo del gobierno de Santos es el partidor para lanzar la competencia entre dos pesos pesados que van a forcejear por el control de ese indudable capital simbólico y material, que constituyen el gobierno y la clase política.

 

El nuevo mejor enemigo

Un forcejeo que traerá consigo las siguientes consecuencias:

  1. Abrirá campos de diferenciación que —aún siendo estrechos ideológicamente hablando— son fabricados sobre todo como referentes de legitimación por parte de cada uno de los contendientes.
  2. Posiblemente rompa la coalición gobernante, mediante la aparición de una nueva facción independiente, la del uribismo, situada al extremo de la derecha; si esta última tiene éxito, se reemplazaría la modosidad hegemónica de la Unidad Nacional por un mayor pluralismo en el espectro de los partidos, con una polarización jalonada hacia la derecha, como si se tratara de un agujero negro;
  3. Condicionará la agenda nacional; la puja entre ambas facciones, el santismo y el uribismo, se superpondrá a las fronteras partidistas, provocando realinderamientos dentro de los partidos existentes.

Todo indica que la estrategia del uribismo estribará en polarizar para crear marcas de identidad y abrir el camino a un movimiento capaz de disputar el manejo de una amplia bancada parlamentaria en 2014.

Muchos congresistas, elegidos hoy con la ayuda de Uribe, comenzarán a temblar ante la posibilidad de ser sustituidos por un nuevo personal político más afín a la empresa de choque del expresidente.

Se presentarán desde luego propuestas de lado y lado sobre los temas de la coyuntura. Pero también, desde un extremo seguirá esparciéndose la llamada mermelada del gobierno, o sea, el manejo y distribución de recursos. Mientras tanto, desde el extremo contrario, las proposiciones discursivas se mezclarán con una retórica a veces extremista, tocada por pinceladas de demagogia, las del nuevo mejor enemigo.

En forma simplificada e incluso caricaturizada, pero indiscutible, quedan así caracterizadas las dos ofertas políticas. Al vaivén del influjo que desde el poder ejerza Santos y de la atracción del discurso de Uribe, por fuerza ideologizado, se moverá oscilante un sector amplio de la clase política de cara a las próximas elecciones.

Del sentido y la amplitud que adopten estas oscilaciones, es decir, de cómo le vaya al uribismo en los comicios, dependerá poco o mucho la suerte de la agenda de Santos en la eventualidad de un segundo mandato. Y sobre todo, la suerte de la paz. 

Ricardo_Garcia_by_Anyelik* El perfil del autor lo encuentra en este link.

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