Ricardo García Duarte, autor en Razón Pública
Foto: Facebook: Gustavo Petro

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Una vez más el presidente se tomó las calles con un discurso de rebeldía contra el poder. Pero a Petro se le olvida que él mismo es el poder.

Ricardo García Duarte*

Contramarcha 

Dando muestras de una enorme capacidad de reacción ante los malos momentos, el presidente Petro se “montó” en la marcha del 1 de mayo, a la que por lo demás le sumó simpatizantes propios, espontaneidad y frescura. 

Con esto quería contrarrestar la voluminosa concentración del 21 de abril, promovida por una oposición que parece bailar al ritmo del irritante “Fuera Petro”, como si con ello los marchantes quisieran sacarlo a empellones del poder.

El núcleo expresivo de la concentración pasó a ser el discurso presidencial, una pieza fluida y sintonizada emocionalmente con la militancia de izquierda que ondeaba sus banderas al viento, en la plaza y en las calles adyacentes. 

Claro está que simultáneamente era una vuelta de tuerca retórica, un regreso al mundo congelado de la ideología revolucionaria; por cierto, en una coyuntura en la que la agenda estratégica de las reformas se ha quedado entrampada entre los propios errores de la gestión oficial y la resistencia de las fuerzas tradicionales.

Ante esa especie de atoramiento del que se resiente la gobernabilidad y que solivianta al conservadurismo irreductible y reactivo, quiso Gustavo Petro ser a la vez oposición y gobierno; revolución y poder; rebeldía y statu-quo. Todo lo cual terminó en un gesto simbólico, al mismo tiempo ingenuo, patético y levantisco. En algún instante, agitó ante la multitud fervorosa una bandera de Colombia, injertada con la del M-19, cuando la primera es un signo un tanto ajeno a la izquierda internacionalista, más propia de un nacionalismo anacrónico; y la segunda, un fetichismo pequeño-burgués, según se decía antes, asociado con el romanticismo armado.

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Revolución e ideología

La inspiración revolucionaria fue una señal que el presidente Petro se encargó de reiterar como una marca lingüística que saturó su enjundioso discurso de plaza pública. Sostuvo que no tenía por qué abandonar esa condición. El tono mismo ponía de presente la insumisión frente a lo establecido con toda su carga de injusticias. Era el horizonte que quería fijar para darle sentido a su misión como gobernante; asociada por supuesto con la idea trepidante del cambio.

Incluso, con cierto aire mesiánico afirmó, bajo el arrebato de sus palabras, que ese cambio inexorable había llegado para quedarse, sin que fuera posible echar marcha atrás, por más que así lo desearan los agentes sobrevivientes del pasado, premodernos ellos, los mismos que generación tras generación han provocado la desigualdad y causado la pobreza. Y a los que sindicó sin contener el aliento de ser hijos de los esclavistas que castigaban con el látigo en la mano a los más débiles. En efecto, herederos de los esclavistas, pero igualmente miembros hoy de la oligarquía; aristócratas, a lo mejor disfrazados; pero en todo caso enemigos del cambio. 

En el punto alto de su espiral narrativa se acordó de pronto de que ya no era oposición sino gobierno. Bueno, dijo en primera persona plural, podemos estar en el Estado y seguir siendo revolucionarios.

Foto: Facebook: Presidencia
En el pequeño torrente de invectivas, palpitaba ansiosa la vieja concepción de la lucha de clases, la de los inicios del capitalismo; válida para denunciar injusticias quizá, pero que escondía a menudo la pretensión de reemplazar una explotación humillante por un régimen asfixiante y totalitario, como si la historia así lo ordenara. Y que, en las circunstancias actuales, no deja de representar una deriva ideológica, un vicio doctrinario, útil para asegurar lealtades del izquierdista tradicional, pero no para aclarar las crisis económicas y culturales del presente. 

Una dudosa teoría económica 

En casi toda distorsión ideológica, ya se sabe, reposa subyacente algún sedimento teórico: pues el presidente-orador también le ofreció un nicho a la ciencia económica, para refutar a Uribe y defender la reforma laboral. Argumentó sin decirlo, que no hay que pensar en la prolongación del tiempo de trabajo sin pago para la producción de la riqueza y las ganancias, pues con menos horas también se alcanzan éstas y por cierto en mayor volumen.

Basta con una mayor productividad, mediante la incorporación de nuevas tecnologías, de modo que aumente el producto en la misma unidad de tiempo, una tesis enteramente plausible. Solo que ese desarrollo debe ser sostenido y variado para que se abran otros frentes de trabajo que capturen la mano de obra flotante, desplazada por efecto de las tecnologías, proceso que hace aumentar el desempleo; éste sí un problema acuciante hoy en Colombia (11,3%), frente al cual no sería nada malo que el gobierno impulsara un vigoroso plan de inversiones.

La estigmatización

En el hilo de sus simplismos ideológicos, de su reduccionismo doctrinario, identificó sin ningún filtro, a los esclavistas y aristócratas del ayer, con los opositores a sus reformas del presente, los mismos que marcharon para gritarle sin recato y sin justicia que se fuera, que no lo querían, un desafuero que obviamente lo indignó en un grado suficiente como para que sus deslices ideológicos dieran paso a la tentación del estigma, a la que cedió, cuando descalificó a la manifestación de la oposición como la Marcha de la Muerte.

Aprovechó, para etiquetarla de ese modo funerario, la bufonada de algunos anti petristas que empujaban un ataúd, en un performance nefasto y ridículo, con el que seguramente le deseaban la peor de las suertes al presidente de la República, la de su muerte. 

En vez de detenerse en este resbalón, no se resistió al regusto de ponerles un potencial INRI a sus propios ministros, entre los cuales habría quizá algunos paralizados por el miedo, tal vez una pequeña fronda de acobardados, que harían muy bien en dar un paso al costado, una auténtica falta de consideración con el equipo de sus colaboradores.

El recurso de “el perseguido”

El reverso de la acción de estigmatizar es la de auto victimizarse. En su discurso el presidente recordó el hecho de que lo quieren matar; sobre todo, la amenaza de defenestración que lo acecha. Acto seguido, revivió la recurrente narrativa de un golpe de Estado blando, esta vez con ocasión de la investigación en el Consejo Electoral por presunta violación de los topes en la financiación. Evocó las posibles conjuras como si él mismo encarnara a un héroe asediado por los peligros en el mar azaroso de su propia dimensión épica, antes de culminar su tarea existencial; ahí sí, el momento desde el cual cabría la iniciación del retorno.

agitó ante la multitud fervorosa una bandera de Colombia, injertada con la del M-19, cuando la primera es un signo un tanto ajeno a la izquierda internacionalista, más propia de un nacionalismo anacrónico; y la segunda, un fetichismo pequeño-burgués, según se decía antes, asociado con el romanticismo armado.

Es la situación incierta y quizá sombría desde la que traza su horizonte narrativo en dos vías que luego se encuentran, la de la presencia del pueblo que acudirá en su apoyo; y la del triunfo de la vida, una evocación freudiana, no muy disimulada, de la lucha eterna entre Tánatos, la muerte; y Bios, la vida; esta última la vencedora ineludible, de la que el presidente se erige en representante.

De ahí que en un lance retórico haya cerrado su vuelo discursivo, señalando que la marcha de sus contrincantes era una especie de cortejo mortuorio, mientras la suya era la de la vida, unos señalamientos que rubricó al evocar a las víctimas de los falsos positivos y de la represión en el estallido social.

El descenso en el ritmo y en la intensidad

En el punto alto de su espiral narrativa se acordó de pronto de que ya no era oposición sino gobierno. Bueno, dijo en primera persona plural, podemos estar en el Estado y seguir siendo revolucionarios. Como si pudiera seguir derrumbando a los ídolos del poder y ser él mismo el poder. 

El problema es que ese reconocimiento no le es muy útil para romper el nudo gordiano que enfrenta como conductor de una causa: es el adalid del cambio, pero no es capaz de gestionarlo. 

Él se ha encontrado con un poder al que no puede controlar como el medio para la transformación. Más bien, se le revela como el no-lugar de la acción, un espacio vacío en el que pierde aire la gobernabilidad. 

En esas condiciones, lo que emerge en escena es un drama en el que los hechos son mudos, mientras resuenan las palabras; una pequeña tragedia política donde el pantano se extiende, al tiempo que se afina la elocuencia; solo que la elocuencia no hace la historia, apenas refrenda la impotencia… 

Entonces el orador de fuego descendió a un epílogo tibio para advertir que no estaba apelando a la confrontación violenta. Y rápidamente pasó a reconocer la necesidad de un acuerdo nacional; un acuerdo con condiciones, pero sin convicciones.

Lea en Razón Pública: Marchas y contramarchas: ¿quién domina las calles?

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Ricardo García Duarte

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Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

Foto: Alcaldía de Bogotá

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Las amenazas que viene denunciando el gobierno sobre un posible golpe de Estado no parecen corresponder a la realidad. ¿Qué hay detrás del discurso de Petro?

Ricardo García Duarte*

¿Golpe blando y ruptura institucional?

El foco de las últimas movilizaciones en Colombia fue el supuesto intento de golpe de Estado que el presidente Petro denunció tras hablar de una “ruptura institucional” por la falta de elección de una nueva fiscal por parte de la Corte Suprema de Justicia. Según el mandatario, ese “golpe blando” se debe al hecho de ser el primer gobernante de izquierda en un país de oligarquías seculares.

Pero la “ruptura institucional” no parece ser real. Tampoco el supuesto golpe de Estado. Al menos no en la perspectiva de Juan J. Linz, autor de Quiebra de las democracias. Linz identifica tres condiciones para hablar de un golpe de Estado:

  1. La ausencia de legitimidad del régimen, particularmente por falta de eficacia en la gestión;
  2. El descontento de las Fuerzas Armadas con el gobierno o, lo que es lo mismo, el famoso “ruido de sables”, y
  3. Una polarización extrema entre las bancadas o coaliciones en competencia, que lleva a la deslealtad de la oposición con las propias reglas del sistema imperante, algo que también habría que evaluar en la conducta de las élites económicas y sociales.

Dados estos requisitos, hay que decir que en Colombia (todavía) no existe inestabilidad suficiente como para provocar un golpe de Estado. Podría alegarse que se trata de un “golpe blando”, pero no hay impasse alguno entre el gobierno y el Congreso, ni siquiera entre el gobierno y las Cortes, situación que ocasionaría una crisis de gobernabilidad o la oportunidad para expulsar sin dolor a un gobierno paralizado.

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La mentalidad defensiva

El gobierno insiste en la amenaza que se cierne sobre él, así que la movilización popular se convierte en su única salida. Se trata de un discurso eficaz: puesto que las fuerzas del régimen quieren derrocar a Petro, no queda más remedio que convocar al pueblo para que defienda al “gobierno del cambio”.

La tarea de Petro no es impedir la ruptura institucional o evitar un golpe de Estado, duro o blando, sino resolver la falta de legitimidad de un gobierno ineficaz y muy ambicioso.

Foto: Presidencia de la República - Aunque el presidente Petro cuenta con algunos recursos financieros, las perspectivas de cambio que quiere alcanzar tienen un costo mayor, por lo cual la brecha es más amplia.
En la literatura académica y política es frecuente asociar la izquierda con la paranoia colectiva, más que la paranoia de un solo individuo. El delirio de persecución, propio de esta dolencia, se contagia entre los militantes y las bases, a partir del discurso hábil del dirigente, que se transmite entre las mentes predispuestas, apoyado por hechos y dichos reales de los enemigos, base factual para justificar la auto-victimización.

De esta manera la operación lingüística genera una actitud defensiva donde el pueblo protege al gobierno del cambio. Esto sucede en dos momentos: el de la consciencia y el de la acción. En el primero, el discurso y la subjetividad se mezclan y dan como resultado la sensibilización de las personas, lo cual tiene como consecuencia la disposición colectiva para oponerse a todos los ataques contra el gobierno, ese agente que supuestamente representa los intereses del pueblo. En el segundo momento se pasa a la movilización, al mitin o a la manifestación, como si con ello el pueblo levantase un muro contra las conspiraciones del enemigo.

Más ideas que hechos

Este discurso de la amenaza ha sido repetido por el presidente Petro en varias ocasiones, sin un respaldo suficiente de la realidad: el dirigente presenta más ideas que hechos y esto lo hace con más palabras que ideas.

El discurso y la ideología llenan los vacíos que deja la ineficacia, justamente porque erosionan la legitimidad, base para la continuidad de cualquier gobierno, siempre necesitado de credibilidad y, sobre todo, de un proyecto histórico que esté a la altura de la responsabilidad de una transformación de Colombia.

La legitimidad es el reconocimiento de valores que se traduce en la obediencia del súbdito y del ciudadano: es el rostro aceptable del poder. Pero tiene un enemigo que maltrata los cimientos: la falta de resultados del gobernante por la escasez de recursos, dado el tamaño de sus promesas.

Petro dispone de algunos recursos financieros, pero sus propuestas de cambio son mucho más costosas, de manera que la brecha es más amplia de lo que suele ser en los gobiernos más convencionales. Además, romper los obstáculos del viejo régimen exige destrezas mayores y una bancada moderna que el gobierno no tiene ni ha querido tener. Gustavo Petro prefirió llegar al poder sin bancada a tener una bancada sin conquistar el poder.

La tarea de Petro no es impedir la ruptura institucional o evitar un golpe de Estado, duro o blando, sino resolver la falta de legitimidad de un gobierno ineficaz y muy ambicioso.

Por eso no es de extrañar que esté pensando en las elecciones de 2026 y en cómo mantener un gobierno progresista para el siguiente mandato. Quizá ya no le teme tanto al fracaso histórico sino a que éste se haga evidente y sea aprovechado por la extrema derecha.

¿Discurso sin mucha movilización?

El presidente mantendrá el hilo argumentativo a propósito de la persecución y de las amenazas de derrocamiento blando. Todo ello en una suerte de pulsión verbal, de una libido que lo impulsa a polemizar, sin que esté asociada con un espíritu fáustico, que es el de ejecutar, crear y emprender obras, algo que no es su fuerte.

Podría alegarse que se trata de un “golpe blando”, pero no hay impasse alguno entre el gobierno y el Congreso, ni siquiera entre el gobierno y las Cortes, situación que ocasionaría una crisis de gobernabilidad o la oportunidad para expulsar sin dolor a un gobierno paralizado.

Este es el efecto ilusorio de un discurso y de una fábrica de opiniones que deben traducirse en movilización popular, esa varita mágica contra la derecha, contra la sosería de la burocracia y contra la oposición mañosa de la oligarquía. El lenguaje, además de crear significados, crea realidades. Así lo pensaba un filósofo como Kant: de ahí que los poderosos y los influyentes piensen a menudo que basta la palabra para que las cosas se vuelvan realidad.

Solo que las palabras no siempre se convierten en hechos. Tiene que haber una suma de necesidades en la población, de frustraciones y de esperanzas próximas, para que la convocatoria del caudillo sea respondida por la movilización masiva. Pero las frustraciones, nudo del descontento, no se presentan porque el poder ha sido conquistado, aunque parcialmente. De ahí que el llamado a la movilización podría ser efectivo desde fuera del gobierno, pero no desde adentro.

La movilización se ha presentado, pero con alcances muy limitados. Quizás la sostenga FECODE, el sindicato nacional de profesores, pero sin ningún estallido social, el que sería una auténtica movilización popular, pero también un contrasentido, estando Petro en el poder.

De ese modo, no habrá la fuerza emocional suficiente para sostener el imaginario ético del cambio, aunque no faltarán algunas reformas.

Puede Leer: Qué nos dicen las movilizaciones de Petro y de la oposición

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Ricardo García Duarte

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Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

Foto: Facebook: Nicolás Petro

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El caso de Nicolás Petro refleja dos problemas profundos de Colombia: la ambición personal por encima de las normas y el altísimo costo de las campañas políticas.

Ricardo García Duarte*

Reo y testigo

En el proceso penal abierto contra Nicolás Petro, el hijo mayor del presidente, el sindicado es a la vez reo y testigo:

  • Reo por los dos delitos que cometió, el de enriquecimiento ilícito y el de lavado de activos.
  • Testigo porque, a cambio de beneficios, ha pedido un principio de oportunidad a fin de delatar actos de financiación ilegal en beneficio de la campaña de Gustavo Petro, sin que todavía haya aportado prueba alguna contra este último.

Se trata de dos delitos y un escándalo: con los primeros lesiona a la sociedad y degrada la política. Con el segundo, ya convertido en testigo, pone a prueba la gobernabilidad de su padre y las posibilidades del programa del cambio.

Sacan a la luz un desarreglo social de carácter estructural y una crisis política con graves implicaciones para el presente y el futuro de Colombia.

Las patologías

Estas imputaciones no son menores; son delitos o conductas dolosas, dañosas y endémicas, cuya ocurrencia ha implicado la desintegración social y la descomposición política.

Se convirtieron en patologías, identificadas con los negocios sucios, con la corrupción, con la violencia y con toda suerte de dineros mal habidos. Sacan a la luz un desarreglo social de carácter estructural y una crisis política con graves implicaciones para el presente y el futuro de Colombia.

La recepción de dineros y obsequios de oscura procedencia, la vinculación con redes de solidaridad y de amistad, de la cuales participan personajes dueños de capitales de dudosa procedencia, y la inclinación por la riqueza fácil son actitudes que significan la solución mañosa e interesada de una tensión presente en la sociedad.

Foto: Facebook: Nicolás Petro - Las conductas pueden volverse gelatinosas y los individuos obedecen a sus pulsiones, atraídas por la fortuna, el poder y la fuerza, sin que la conciencia haga oposición.

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La anomia

El sociólogo Robert K. Merton describió este problema como una contradicción entre los deseos de cada individuo y las normas sociales. En este caso, por un lado, están la riqueza y el ascenso social. Por el otro, las normas sociales —como decir la honestidad o el respeto de la ley— que definen los principios rectores de las instituciones y precisan los límites que deben respetar todas las personas.

Entre los objetivos personales y las normas sociales se produce, según Merton, un proceso de adaptación lleno de tensiones. Esto puede significar que las normas –entiéndase los valores interiorizados– se mantengan firmes y no dejen descarriar los comportamientos en la búsqueda de un objetivo: es la consistencia en las conductas.

Las conductas dejan de ser consistentes y se vuelven gelatinosas cuando el individuo manipula las normas en favor de las metas. Los objetivos acaban por imponerse en un ejercicio cínico donde las normas son ignoradas o modificadas, de modo que ninguna oposición surge en la conciencia de los individuos contra sus propias pulsiones, atraídas por la fortuna, el poder y la fuerza.

Cuando son muchos los individuos que anteponen sus deseos al respeto por las normas, llegamos a un estado de anomia –ausencia de normas– donde imperan las conductas desviadas y la inestabilidad normativa. Un estado en el que, por lo demás, se desencadena en algunos individuos la ambición desmesurada, como en la época de los magnates del robo en Estados Unidos o como ha sucedido en Colombia con los narcos, los traquetos y los ladrones de cuello blanco.

De todo esto Nicolás Petro es una imagen fiel, como el retrato de Dorian Gray, descrito por Oscar Wilde, que sufre una desintegración al ritmo de sus pecados y ambiciones, como si le hubiera vendido el alma al diablo. El diputado del Atlántico ya admitió haber recibido dineros de Santander Lopesierra, el hombre Marlboro, y del Turco Hilsaca, recursos que utilizó para vivir como un nuevo rico aprovechando su condición de nuevo político profesional con poder y su parentesco con el jefe de Estado.

El sobrecosto de las campañas

La política es representación, forja de identidades, construcción de ciudadanía y también comunidad originaria que garantiza el orden.

Es todo eso, pero también un mercado —dimensión que cobra vida con particular intensidad en las elecciones— un ejercicio comandado por la ley de la oferta y de la demanda. La mercancía está conformada por las promesas electorales, una suerte de orden similar al económico, en el que los candidatos y los votantes se encuentran a través de sus intercambios: mi promesa de programa a cambio de su voto.

Es un orden de vendedores y compradores con costes de producción, que se generan en el hecho de formar gobierno y crear representación. Pero también implica unos costes de transacción, todo ese lastre con el que cargan los actores políticos en razón de los conflictos y la polarización, debido a la falta de información o a los gastos de las campañas, entre otros fenómenos.

También las inversiones excesivas en las actividades que implican la contienda política y su financiación ilegal representan costes de transacción con un sobrepeso frente a los costes de producción. Por ejemplo, la muy probable financiación que hizo Odebrecht de la campaña de Oscar Iván Zuluaga, o los más de 1600 millones que el hombre Marlboro y el hijo del Turco Hilsaca dieron a Nicolás Petro: una sobrecarga conflictiva y fraudulenta de costes que desvalorizan las reglas orientadoras del mundo político.

Y que encierran, según el nobel Oliver Williamson, un factor de oportunismo que afecta negativamente la competencia en el mercado; o sea, la negociación y la lucha pacífica por el poder, propias de la democracia.

El desgaste de las instituciones

Los estados de anomia, con su cortejo de enriquecimientos, de capitalismo aventurero y de trampas, a impulsos de una ambición sin tasa ni medida, más las inclinaciones irrefrenables hacia el negocio turbio y el robo, echan a un lado normas y fundamentos éticos; así mismo, las disposiciones legales. Dejan sin vigor ese conjunto axiológico en el mundo de las relaciones sociales.

Cuando son muchos los individuos que anteponen sus deseos al respeto por las normas, llegamos a un estado de anomia –ausencia de normas– donde imperan las conductas desviadas y la inestabilidad normativa.

Además de desgastar y agotar la competencia democrática, el fenómeno de la sobrecarga de costes de transacción vuelve nugatorios los procedimientos con los que el Estado intenta equilibrar el sistema; sin tantas ventajas para los avispados, los poderosos y los granujas.

El perjuicio normativo es enorme cuando el enriquecimiento ilícito es el factor que se infiltra e interviene en la competencia democrática. La estructura institucional se desvencija simbólicamente, como si de ella solo se mantuviera en pie el cascarón, un paisaje en ruinas con el cual el país convive. Y cuya vigencia, con todo, podría experimentar una recuperación parcial mediante un proceso judicial bien llevado, ecuánime e independiente, sin sesgos y al mismo tiempo severo.

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Ricardo García Duarte

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Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

Foto: Facebook: Presidencia de la República

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Análisis del discurso del presidente Gustavo Petro y lo que muestra sobre su visión del mundo, su manera de ver la política, sus estrategias, sus ambigüedades, sus limitaciones y su aterrizaje en la realidad.

Ricardo García Duarte*

Un giro de tuerca

El presidente Petro, después de 8 meses, optó por un giro radical: cambiar casi la totalidad del gabinete ministerial. Él argumenta que quiere un gabinete más homogéneo y a la vez desea hacer un llamado a las masas para que se movilicen a respaldar su programa.

Lo que espera el presidente es afianzar la bandera del cambio y, en ese sentido, centrar el poder. Sin embargo, en Colombia el poder es esquivo, dividido en ramas y no centralizado.

Desde la campaña hasta el ejercicio de gobernar, el mandatario mantiene un hilo conductor en el discurso: el del cambio. Se trata de una construcción ideológica e intelectual que resume las pocas posibilidades del país.

El presidente dio un discurso el primero de mayo desde una ventana en la Plaza de Armas, el cual contiene cuatro elementos: el de la identidad política, el del relato construido y sus imaginarios, el estratégico y el de la realidad:

  • El primero tiene que ver con el cambio y las reformas,
  • El segundo con la sociedad de los privilegios y sus artilugios,
  • El tercero con la movilización del pueblo como motor de las transformaciones, y
  • El cuarto con el polo a tierra, al mencionar la necesidad del diálogo y los acuerdos en política.

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Foto: Facebook: Presidencia de la República - En el discurso del presidente Petro del pasado primero de mayo hay un carácter performativo, en el que se espera que la palabra sea acción.

La identidad y el cambio

Desde la campaña hasta el ejercicio de gobernar, el mandatario mantiene un hilo conductor en el discurso: el del cambio. Se trata de una construcción ideológica e intelectual que resume las pocas posibilidades del país.

La triste realidad es hasta ofensiva. En Colombia ocurrió que el ideal del cambio tuvo tanta fuerza que legitimó cualquier horizonte distinto de cualquier tipo de gobernanza anterior. Por eso, Petro busca con ahínco los cambios a través de las reformas.

Lo curioso es que el presidente piensa que el Congreso debería ratificarlas todas solo porque fueron “aprobadas” con los votos que lo llevaron a la presidencia. Una idea ingenua que desconoce el Estado de derecho y el equilibrio de poderes.

De todas maneras, Petro logró construir la identidad de su figura asociada con la idea del cambio. Ahora se empeña en rematar lo que prometió. El presidente dice: “Prometí el cambio y ahí están las reformas”.

Y, aunque parece razonable, es indiscutible que las reformas necesitan ajustes, a pesar que el presidente no lo crea. Hay que entender que los cambios son complejos, con tecnicismos y detalles, por lo que deben ser estudiadas con rigor.

Los imaginarios, el relato y la conjetura

Petro tiende a incorporar creaciones imaginarias para afinar un relato que penetre tanto en la lógica racional como en la zona emocional.

Él atribuye las dificultades de sus reformas a las acciones  de otros: “Los liberales, que se habían comprometido a luchar por las reformas sociales, se echaron para atrás, porque los dueños del capital presionaron a uno de sus mayores voceros, el expresidente Gaviria”.

En este caso, el discurso se torna conjetural y al mismo tiempo no reniega de un sesgo conspirativo. Las cosas suceden como si hubiese una presencia no pública, más bien fantasmal, de fuerzas incontrolables que se oponen al cambio. Claro, al relato imaginado no le faltan visos de verosimilitud, hay que admitirlo. Al menos por la naturaleza que exhiben los dueños de las EPS, muy vinculados al gran capital.

Aunque hay que reconocer que la acusación no resulta muy coherente con el hecho de que ese mismo capitalismo egoísta y reactivo aceptó la reforma tributaria, sin conspirar, a pesar de que lo castigaba.

Al final, ese relato construido ensancha su marco de influencia, con las referencias negativas que el presidente hace a los “privilegiados”, a los “herederos del régimen esclavista”, dos expresiones reiteradas en el discurso.

Señalamientos que superponen el pasado donde el poder se heredaba de generación en generación y el presente donde solo unos privilegiados tienen voz real. De esta manera el presidente pide con un halo de romanticismo revolucionario y un dejo de orfandad: “no nos dejen solos ante la jauría de privilegiados”.

La movilización del pueblo

Si los privilegiados conspiran contra las reformas, si los políticos tradicionales se dejan presionar, no le queda otra salida al mandatario que la de apelar al pueblo. La convocatoria, es decir, citar públicamente a las masas, incluye una estrategia argumentativa, una simbólica y otra destinada a traducirse en acción práctica.

Cuando Petro habla de la presencia del pueblo y lo cita al pie del balcón presidencial, espera que su palabra, al mismo tiempo, sea acción. Es algo que pondría en evidencia lo afirmado por Austin, quien destacaba el carácter performativo del lenguaje, aspecto revelador por el que una palabra o una fórmula verbal es a la vez un hecho.

Pero, al mismo tiempo, el mitin o la manifestación son el momento ideal para promover una estrategia política, la de la movilización en la calle: “el pueblo no puede dormirse. No basta con ganar en las urnas, el cambio implica una lucha permanente”.

Petro se deja llevar por el vuelo de sus palabras, de modo que, tratándose de una movilización, no le son ajenos aquellos ecos del caudillo Gaitán, los que sugieren arrojo en la actitud, pero también comunicación íntima con la masa: “llegaremos hasta donde las decisiones populares quieran; si quieren ir más allá, llegaremos más allá”.

Pero, en ese vuelo inspirado, no olvida dejar consignadas las limitaciones del pueblo, o de él junto al pueblo: “no iremos un metro más, ni un metro menos de lo que el pueblo quiera”.

Al final Petro llama con cierto arrebato a que el pueblo trabajador se configure como “la primera línea de la lucha por las transformaciones”.

Pero el pueblo no se moviliza con el entusiasmo y la amplitud que él espera, una circunstancia que parece devolverlo a la cruda realidad, a la pesadez cotidiana de la política.

El principio de la realidad

Como las movilizaciones no van a llegar, al menos no en la magnitud esperada, y como una revolución tampoco se vislumbra en el horizonte, al gobernante le toca lidiar con los obstáculos que impone un sistema aletargado y con las limitaciones propias de la división de poderes.

Está obligado a entenderse con los congresistas, a ese juego en el que intervienen bancadas y grupos portadores de intereses y perspectivas disímiles.

Es el mundo concreto de la política en el que hay que construir acuerdos, después de recorridos complicados, de procesos tan dispendiosos que hacen exclamar al gobernante, como lo ha hecho Petro, entre conformista y enervado: “nunca pensé que el cambio fuera tan difícil”.

Después de insistir en la movilización, acabó por admitir que “no hemos dejado la bandera de la concertación. No estamos alejados del diálogo, porque éste es lo único que distingue al ser humano del animal”.

Como las movilizaciones no van a llegar, al menos no en la magnitud esperada, y como una revolución tampoco se vislumbra en el horizonte, al gobernante le toca lidiar con los obstáculos que impone un sistema aletargado y con las limitaciones propias de la división de poderes.

Un diálogo que no solo es encuentro de ideas, sino posibilidad de consensos, para avanzar en transformaciones que sean compartidas por actores que cediendo algo, también propongan ganancias para el conjunto.

En los momentos de un viraje en el gobierno, el orador político introduce conjeturas y exageraciones, imaginarios y simplificaciones, al lado del razonamiento lógico y lo hace sobre todo para consolidar adhesiones y confirmar sus propias verdades.

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Ricardo García Duarte

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Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

Foto: Alcaldía de Bogotá

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Petro convocó marchas para defender sus reformas y en respuesta a las marchas convocadas por la oposición. Para qué sirven las marchas y cuáles son sus virtudes y sus riesgos en nuestra sociedad polarizada.

Ricardo García Duarte*

Un escenario tenso

El presidente Petro convocó una manifestación popular en los próximos días para defender las reformas que el gobierno quiere poner en marcha, como la de salud o la laboral.

El anuncio se hizo sobre la base de que los proyectos de ley deben discutirse en espacios abiertos, de cara al público, aunque no estén cerca las elecciones del Congreso, órgano que debe decidir sobre las reformas.

La llamada de Petro parece entonces ser parte de una estrategia participativa y movilizadora, una nueva forma de gobernar y de movilizar a la ciudadanía para que apoye sus decisiones.

Por su parte, la oposición, cercana al viejo uribismo, había realizado varias marchas de protesta contra un gobierno recién instalado, no cumplidos aún los cien primeros días después de la posesión presidencial.

En medio de este clima político cada vez más caliente, ambas manifestaciones, la del gobierno y la de la oposición, serán una arena para descubrir la capacidad de convocatoria de cada uno, así como los discursos y consignas correspondientes, sin que ninguno de los dos grupos convenza al otro.

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Reivindicación o identidad colectiva

La movilización en la calle y en las plazas tiene tanto de lucha como de conciencia, de reivindicación y de identidad. Sirve para conquistar algo, pero también para afirmar la existencia del sujeto colectivo. La gente se moviliza para reivindicar algo y, así mismo, para construir su identidad, para ganar en cohesión y educación.

En ambos bandos, las movilizaciones integran un factor de lealtades políticas. Además tienen un componente instrumental y estratégico: el desgaste del gobierno es el propósito de la oposición. Mientras tanto, la voluntad del presidente es la de allanarle el camino a su proyecto sin muchas trabas, las que son propias del debate y los trámites democráticos.

Ambas dimensiones coexisten aunque sean diferentes y aunque a veces una se imponga sobre la otra. Una movilización multitudinaria puede ser reivindicatoria, tal como sucede hoy en Francia, en la pelea de los sindicatos contra la reforma de las pensiones. Otra puede servir para afirmar colectivamente la libertad de la escogencia de género, como sucede con la celebración anual del orgullo gay.

En las tradiciones teóricas, la idea de movilización de masas encaja más con las luchas reivindicativas y las manifestaciones políticas. Al contrario, el concepto de acción colectiva se aplica preferentemente a los movimientos que forjan las identidades basadas en los llamados valores inmateriales, como el género y el medio ambiente.

Entre la movilización de masas y la acción colectiva, se mueve el poder, ya no como soberanía estatal, sino como la capacidad para cambiar una situación dañina para una comunidad, como un sistema que criminalice la homosexualidad, un régimen laboral que prohíba las horas extras o un aparato educativo privado de recursos financieros. Esta es una capacidad de cambiar situaciones mediante la presión que ejerce la movilización.

En otras palabras, dicha movilización o esa acción colectiva obra como medio de presión para conseguir que se modifique una situación dada. Claramente, es un poder que dependerá de la amplitud y de la duración del movimiento y de las destrezas estratégicas de los dirigentes.

Ahora bien, como lo hacía notar el historiador Charles Tilly, esta durabilidad depende mucho de la fijación de un interés, lo que se convierte en una reivindicación bien sentida por la masa movilizable. Además, depende de que sea recibida con simpatía por los otros sectores de la sociedad —la posible periferia del movimiento—.

Interés y factores en la movilización

En las movilizaciones convocadas por el gobierno no aparece una reivindicación bien precisa. Pero las marchas que promovió la oposición de la derecha en los cuatro primeros meses de la administración Petro tampoco tenían una reivindicación clara. Únicamente, dejaron ver un ánimo de protesta contra un gobierno que apenas entraba en funciones, una suerte de prolongación de la campaña electoral.

Incluso, en alguna de esas marchas, el episodio más negativamente llamativo fue el de la declaración de una manifestante cargada de odio, racismo y discriminación contra la vicepresidenta Francia Márquez. Este suceso prácticamente deslegitimó a los marchantes opositores.

En ambos bandos, las movilizaciones integran un factor de lealtades políticas.  Además tienen un componente instrumental y estratégico: el desgaste del gobierno es el propósito de la oposición. Mientras tanto, la voluntad del presidente es la de allanarle el camino a su proyecto sin muchas trabas, las que son propias del debate y los trámites democráticos.

Por otra parte, el anuncio del gobierno para convocar su marcha está cargada con un gran componente emocional: “Acompáñame el 14 de febrero… Llegó el cambio y sus reformas”, tuiteó el presidente.

No obstante, tales reformas tropiezan con objeciones y críticas que no son del todo insensatas, ni puramente reaccionarias. En la democracia, el debate razonado y las transacciones inteligentes son fundamentales para mejorar los proyectos de ley para que se amplíe la justicia redistributiva y que no cause un daño irreparable a las instituciones que garantizan el cumplimiento de los derechos sociales, como la salud.

En un principio, que se asocie la defensa de las reformas con la idea del cambio en medio de una movilización puede darle un impulso pasional nada reprochable a la deliberación. Pero, también puede enturbiar esa operación pública que procura los consensos y finalmente confiere un mayor reconocimiento a las normas y reglas aprobadas.

Estrategias y discurso en la convocatoria

Es evidente que las contradicciones dentro de la coalición que respalda al gobierno pueden dificultar o hacer imposible la aprobación de buena parte de la agenda legislativa, eventualidad que se convertiría en una pesadilla para un gobierno nuevo. Si se le escapara el control de las mayorías parlamentarias, sería casi una tragedia para su gestión y su gobernabilidad.

La posibilidad de una crisis en la coalición mayoritaria y las consiguientes dificultades en el control de la gestión gubernamental son quizá las causas más próximas para la emergencia de esta nueva arena en la competencia política, la de la calle y la movilización de las multitudes.

Cabe la posibilidad de que el gobierno quiera:

  1. Conjurar cualquier riesgo de alejamiento de los jóvenes que protagonizaron el estallido social entre 2019 y 2021, muchos de los cuales alimentaron la esperanza de un cambio y votaron por Petro, aunque pueden desencantarse, con los aplazamientos sin término de lo soñado.
  2. Asegurar las bases populares ideológicamente más cercanas, dispuestas a la movilización, ante el argumento de que existen sectores empeñados en impedir la misión del progreso.
  3. Presionar a los aliados políticos, a las bancadas de la coalición, con la firme intención de que aprueben los proyectos de ley sin afectarles su contenido.

Sin embargo, el quid del asunto está en el efecto contrario, en que, por ejemplo, la reforma de la salud no devuelva las cosas a un control excesivo y clientelista por parte del Estado, en que la reforma política no perpetúe el mismo personal en el Congreso o que, finalmente, se evite que se corten los contratos de exploración petrolera prematuramente, sacrificando la economía.

Foto: Facebook: Gustavo Petro - El gobierno ha convocado movilizaciones para respaldar sus reformas en un contexto en el que estas reciben objeciones y críticas.

La posibilidad de una crisis en la coalición mayoritaria y las consiguientes dificultades en el control de la gestión gubernamental son quizá las causas más próximas para la emergencia de esta nueva arena en la competencia política, la de la calle y la movilización de las multitudes.

Es decir, la clave para desenredar el ovillo está en reformar las reformas en un sentido progresista y técnicamente impecable, que nazca de la discusión argumentada y de los consensos transparentes. Esto —dicho sea de paso— no desvirtúa para nada el mandato popular nacido de las urnas. Más bien lo desarrolla a través del equilibrio de poderes.

En esa perspectiva sería enriquecedora la movilización en la calle, como espacio complementario de la deliberación y la construcción de acuerdos, no como un escenario tenso y hostil.

Le recomendamos: Las prioridades legislativas de Petro en 2023

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Ricardo García Duarte

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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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