Elecciones locales: entre los acuerdos de caciques y los movimientos de opinión - Razón Pública
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Elecciones locales: entre los acuerdos de caciques y los movimientos de opinión

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Ricardo GarcíaAbundarán los matrimonios de conveniencia, los candidatos buscarán el poder por el poder, y los movimientos alternativos corren el riesgo de caer en la rutina. Pero es en las ciudades y en las regiones donde más fuerza tiene nuestra democracia. 

Ricardo García Duarte *

Alianzas inesperadas

Amago de candidaturas, insinuación de piruetas, alianzas que se avizoran; una carta que se pone sobre la mesa, otra que se esconde. Estos gestos son las avanzadas del año electoral que se abre y que remata con la jornada de octubre, cuando los colombianos eligen a sus concejales y diputados, a sus alcaldes y gobernadores.

En materia de pactos políticos o de "acuerdos para la gobernabilidad", las urgencias electorales parecerían admitirlo todo. Matrimonios a la carta, divorcios a granel; es lo que podría presentarse en los prolegómenos de esta campaña:

  • Uribe, tal vez acompañando a Enrique Peñalosa, que es verde. Pero Antanas Mockus en competencia contra el codirector de su propio partido, quizás para evitar que el uribismo se quede del todo con el gestor de Transmilenio.
  • Fajardo, que no es menos verde, intentando un "enroque paisa" con Aníbal Gaviria, que es liberal, a fin de que ambos partidos los apoyen: uno para la Gobernación y el otro para  la Alcaldía.
  • Gina Parodi, que era uribista y del Partido de la U, reservándose como candidata del presidente Santos, que es uribista, pero sin pedir el apoyo de Uribe, quien seguramente es más uribista todavía que Santos.
  • Bueno, y el propio Álvaro Uribe, jefe del Partido de la U, en plan de organizar los "talleres democráticos", una herramienta aún más claramente electoral que los Consejos Comunitarios, destinados a promover los programas y los candidatos del Partido de la U y del Conservador pero por fuera de uno y otro partido.

En el caso de la U, es como si esta agrupación quisiera hacerlo con Uribe pero sin Uribe. Es decir, con Uribe pero sin Santos, que también es jefe de la U aunque entre bambalinas,   pero es también el Presidente de la República, lo que no es cosa de poca monta.

Con tan extraños matrimonios, con tan inverosímiles divorcios, no es posible trazar líneas de separación política o definir campos de coherencia ideológica. El único referente de coherencia son las puertas abiertas para todas las incoherencias posibles. Y al lado, un único principio legitimador, que no es un principio sino un interés; a saber, la conquista del poder local, para lo cual vale la sumatoria de votos, no la alianza de las ideas.

Coaliciones versus identidad

Las líneas de separación ideológica o las del enfrentamiento interpartidista son inestables, corredizas y parecerían inscribirse dentro de un "coalicionismo" múltiple, superpuesto y un tanto confuso. En realidad, este "coalicionismo" heterodoxo, versátil, sin principios formales de polaridad ideológica, representa un rasgo acentuado en las elecciones locales de muy distintos países.

En efecto, la competencia local resulta más bien propicia para el "coalicionismo" extremo y diverso. En estas votaciones tiende a predominar una lógica de buscar el poder por el poder, más allá de la reivindicación de intereses sociales o de razones ideológicas. Algo parecido al "patronaje" del que hablaba Max Weber, por oposición a la representación de intereses o a la lucha entre doctrinas.

Diversas fuerzas y facciones, con distinto origen político y social, se asocian alrededor de una figura con cierto impacto en la ciudad o en la región, para competir por la alcaldía o la gobernación respectiva. Esas dos instancias de gobierno, sobre todo las alcaldías, concentran el poder suficiente para desatar todo tipo de aspiraciones entre los políticos, pero no tanto, ni de manera tan definitiva, como para que cada partido o movimiento se presente por su cuenta a fin de exhibir su propia identidad.

Lo contrario sucede con el poder presidencial, tan decisivo que obliga a retener la propia identidad de los partidos cuando cada uno de ellos se presenta en la justa electoral. El mecanismo de la doble vuelta sin duda ayuda a ello, porque en primera ronda todos los partidos tienen la oportunidad de presentar sus propios candidatos.  

Dos tendencias 

A la sombra de tal "coalicionismo competitivo" (y no hegemónico, como el del nivel nacional) conformado mediante múltiples geometrías de configuración política -una aquí, allá la contraria- se esconden sin embargo algunas tendencias de comportamiento electoral. Al menos dos me parecen discernibles:

  • Una es la de los simples acuerdos entre caciques o entre "empresas políticas" dotadas de anclaje regional y que habitualmente sirven de base a los partidos nacionales. Sin importar el color político de cada socio, son acuerdos orientados a asegurar hegemonías tradicionales que confían en la movilización de sus redes de apoyo, sin excluir por eso el voto independiente cuando el candidato tiene el perfil adecuado para ello.
  • La otra tendencia es la de los movimientos de opinión; algunos de ellos con un perfil muy coyuntural y otros nacidos alrededor de figuras que en el imaginario popular expresan virtudes cívicas como la pulcritud ética, la competencia profesional y la capacidad de renovación frente a las prácticas clientelistas, tan arraigadas en el orden local y regional. Son movimientos coyunturales y candidaturas alternativas, en cuyo seno caben desde luego apoyos originados en las facciones tradicionales de la política.  

Más democracia en lo local

Si los acuerdos entre caciques representan la reproducción en escala reducida de las tendencias históricas en la política clientelizada, características del orden nacional, la irrupción de candidaturas de opinión en la escala local ha significado un fenómeno nuevo, una real ampliación del pluralismo dentro de la democracia colombiana.

No porque tales movimientos de opinión carezcan de presencia en el orden nacional, sino  porque en este nivel han sido minoritarios. En el plano local en cambio han surgido con potencia suficiente para competir y conquistar el poder, como en efecto ha sucedido en muchas grandes o pequeñas ciudades.

Con la posibilidad de conquista del gobierno por parte de movimientos emergentes, la democracia colombiana ha avanzado hacia un nivel más elevado, el de la "alternabilidad", que ha de sumarse a la existencia de elección libres y al pluralismo partidista para que una democracia sea completa. Sin una "alternabilidad" efectiva es decir, donde exista oposición o al menos proyectos alternativos independientes que estén en condiciones de acceder al poder, la democracia en realidad es recortada.  

Y así, la apertura de nuevos espacios de democracia electoral, representada por la elección de gobernadores y alcaldes, creó las condiciones para que por fin pudiese existir la alternación en el sistema  político colombiano. No todavía en el nivel nacional, pero sí en el nivel local.

A lo largo de las últimas dos décadas el surgimiento de franjas independientes de votantes a nivel nacional se tradujo en la aparición de alternativas independientes a nivel local, apoyadas por organizaciones sociales o simplemente por la opinión ciudadana. El resultado ha sido que algunas de ellas lleguen al poder y ganen experiencia de gobierno en el nivel municipal. Primero fue en Barranquilla, después en Bogotá y finalmente en Medellín.

Más tarde apareció otro fenómeno, aún más inesperado: la oposición de izquierda, normalmente marginal, al conectarse con los procesos de opinión, logró ganar nada menos que el gobierno de la ciudad capital.  

Los movimientos nuevos -creíbles, competitivos y hasta cierto punto renovadores- han cimentado una opinión independiente que en algunas de las ciudades principales logró  ampliar el pluralismo y hacer que el panorama del poder sea más diverso y democrático.

Renovación rutinaria

Han conseguido que se haga realidad, en esa escala, la alternabilidad dentro del régimen político. Aún más, parecerían haberse instalado en forma duradera en Bogotá, de tal modo que movimientos independientes o de izquierda han accedido repetidamente al control del gobierno distrital. Así lo confirman dos administraciones de Antanas Mockus y una de Enrique Peñaloza, de una parte; y dos del Polo Democrático Alternativo (PDA), de la otra.

Sin embargo, la consolidación de este proceso trae también su "rutinización", para bien y para mal.

  • Los electores se acostumbran a votar por dichos movimientos sin desconfianza (rutinización positiva).
  • Pero los movimientos de opinión entran en la costumbre de gobernar; se aproximan a los vicios de la política; hasta cierto punto se hacen tradicionales y sucumben a los vaivenes del desgaste en el uso y el abuso del poder (rutinización negativa).

Eso es lo que probablemente esté sucediendo en Bogotá con la experiencia de Polo Democrático bajo la administración de Samuel Moreno, una experiencia que le puede significar el alejamiento de muchos de los electores que le confiaron su voto en las elecciones de 2007.

¿Se agota lo alternativo?

En tales condiciones, lo que está en juego en materia de tendencias es la de si las elecciones que se avecinan van a entrañar o no un cierto agotamiento de las candidaturas independientes e innovadoras. Estas candidaturas han significado una ampliación refrescante de la democracia, pero pueden consumirse en las rutinas descritas, lo cual haría que el régimen político retrocediera a las lógicas clientelistas de siempre. Salvo, claro está, que facciones de los partidos tradicionales introdujeran lógicas renovadoras en el nivel local.

No hay que olvidar que Barranquilla, primera gran ciudad donde triunfó un movimiento de opinión alternativo, vio cómo este se echaba a perder por el mal uso del poder.

Algo similar podría suceder en Bogotá, salvo que surja una tercera opción alternativa. En otras palabras, la caída del PDA podría encontrar como relevo la emergencia de una candidatura de los verdes, si estos dan prueba de una mínima sensatez y de una gran energía estratégica, lo que no es evidente.

Haciendo cábalas

Queda claro que las dos lógicas que imperarán en estas lecciones son, en primer término, la de los acuerdos entre facciones tradicionales; y, en segundo término, la de la emergencia de movimientos de opinión independientes. La pregunta consiste en si la primera absorberá completamente a la segunda.

Esta apuesta parece darse con mayor claridad en los casos de Bogotá y de Medellín. Factores de recambio y de estrategia dentro del campo de los movimientos más o menos renovadores permitirían mantener en estas dos ciudades los fenómenos de una opinión ciudadana independiente, capaz de asegurar el triunfo electoral:

En Bogotá, tal eventualidad estaría representada por una candidatura proveniente de los verdes, que supiese atraer el voto desencantado con la actual Administración y que estuviese en condición de impedir su migración a otras opciones más afines con las fuerzas tradicionales.

En Medellín, la opción estaría representada por un eje Fajardo-Aníbal Gaviria, capaz de consolidar las nuevas tendencias del electorado independiente.

Un fracaso de aquellas opciones entrañaría la disgregación de sus electorados y una menor "alternatividad" para el sistema político, además de reducir el margen para que los movimientos de opinión  independientes de raíz local lleguen a ser alguna vez la base de una opción creíble en el plano nacional.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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Ricardo García Duarte

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Ricardo García Duarte

*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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