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El lío diplomático de Colombia y la nueva estrategia de Estados Unidos

Escrito por Ricardo García

ricardo garcia

Cambiar una base en Ecuador por siete bases en Colombia significa pasar de una guerra local contra la droga a una estrategia de contención eventual ante un subcontinente que estaba distanciándose de Washington. Y esto cambia de modo radical el papel de Colombia en América Latina.

Ricardo García Duarte

Algo de fondo está cambiando

Son tantos, tan inusitados y tan desapacibles los hechos que se suceden en esa reyerta entre Colombia y sus principales vecinos. Y por otra parte son tan estrechas las relaciones militares de nuestro país con Estados Unidos, que

– Quizás cada pronunciamiento, cada denuncia, cada ataque verbal, cada ruptura diplomática o cada nuevo convenio con un país aliado, no se explique por sus causas inmediatas o por la sensibilidad de unos actores que se aferran a la "soberanía" como un pretexto; ni sólo por las diferencias ideológicas; ni por la paranoia que hace ver agrandada la amenaza contra la "seguridad nacional" de cada quien.

– Y quizás hay que entender, no ya cada hecho aislado sino el conjunto de ellos -su encadenamiento- como expresión de re-acomodamientos internacionales de mayor alcance:   un re-acomodamiento  de carácter político y diplomático en América Latina, y de carácter geoestratégico en el caso de Estados Unidos.

Que los acontecimientos son inusitados, cuando no inéditos, lo muestra el hecho de que hoy sean muy poco comunes en el mundo las rupturas diplomáticas y los conflictos encendidos entre democracias vecinas y relativamente estables. También lo indicaría la doble circunstancia de que la Andina no ha sido una región particularmente explosiva. Además, Colombia ha carecido de un alto perfil internacional. Pero ahora se ve envuelta en pactos militares que pueden tener efectos regionales y en controversias fuertes con los países limítrofes.

Claro está que los problemas con el vecindario precedieron al nuevo acuerdo militar con Estados Unidos. Más de un observador incluso podría opinar que se trata de hechos desconectados, que el acuerdo de las bases nada tiene que ver con los conflictos externos de Colombia. Esto podría ser verdad en apariencia, pero es falaz si se mira al contexto de las tendencias internacionales.

La crisis diplomática

Con motivo de la denuncia colombiana contra Chávez a raíz de los tres lanzacohetes M136-AT4 incautados a la FARC que habían pertenecido al ejército venezolano, el Presidente de Venezuela congeló de nuevo las relaciones con Colombia. Por su parte la ruptura de relaciones decretada por el presidente Correa continúa un año y medio después de que tuviera lugar, sin solución alguna, aunque ahora haya mensajes de parte y parte que descargan la atmósfera enrarecida. Para decirlo brevemente, Colombia ha dejado caer en una aguda crisis las relaciones con sus dos vecinos comercial y socialmente más importantes.

Las bases prestadas a los norteamericanos

Con sus crisis simultáneas en dos fronteras que suman más de 1.200 kilómetros, Colombia – la nación que por su ensimismamiento secular de páramos y neblinas fuera llamada el "Tibet Suramericano"- optó además por asumir un papel estratégico-militar novedoso y problemático. Este papel resulta del compromiso de proporcionar siete bases a las Fuerzas Militares de Estados Unidos, con el objetivo anunciado de luchar "contra el narcotráfico, el terrorismo y otras amenazas".

¡Siete bases, a falta de una, para reemplazar la base de Manta en Ecuador, que operaba solo sobre el Pacífico y cuyo cierre fue dispuesto por  Correa en virtud de su anunciada política independentista! ¡Siete bases colombianas, facilitadas al personal militar y civil norteamericano, después de que hace un año el entonces Ministro de Defensa afirmara con toque sibilino que en Colombia no se instalaría ninguna base "de" Estados Unidos! Y en efecto no hay una base norteamericana: hay siete bases colombianas al servicio de Estados Unidos. Es el encuentro afortunado – casi "luminoso" dirían quienes mistifican todo lo que proviene del poder establecido-  entre el sutil formalismo legal de la élite colombiana y la política dura, la realpolitik, del Pentágono.

Es verdad que la región donde está situada Colombia hoy por hoy no constituye una prioridad estratégica para Estados Unidos. En otras partes del mundo las bazas geoestratégicas son muchísimo mayores, o bien hay vacíos de control que implican mayores riesgos para la superpotencia. En esas regiones la vigilancia tiene que ser más estrecha, y para eso se requieren bases propiamente norteamericanas, situadas con "proximidad de alcance táctico", para decirlo  en términos militares.

Un gran leño de más para este fuego

Colombia, entonces, agrega un factor de perturbación a las  turbulencias que han sacudido desde hace más de dos años las relaciones con sus dos vecinos principales. Estas turbulencias se habían derivado del conflicto "interno" de Colombia, cuyo gobierno se enfrenta a una guerrilla que él califica como "terrorista", pero que ambos gobiernos vecinos ven como una fuerza armada de carácter político. Las lecturas de Chávez y Correa, en distinta proporción, comparten ingredientes como el populismo, el nacionalismo y el discurso izquierdista de reivindicación social.

El caso es que el acuerdo militar sobre las bases re-contextualiza las crisis diplomáticas de la región que se habían derivado de nuestro conflicto "interno". Re-sitúa las tensiones internacionales de Colombia y las ubica en un marco estratégico de alcance continental. Con razón o sin ella, los roces o los choques abiertos con el vecindario comienzan entonces a justificarse, desde la mirada de uno u otro actor – y ya no por las razones inmediatas de sus intereses, sino por el aliento estratégico donde estarían inscritas las bases militares en Colombia.

Para Uribe estas bases pueden ser un elemento de solución de los conflictos  que azotan a Colombia, pero para vecinos como Venezuela, Brasil y Ecuador pueden ser, por el contrario, un principio, si no de conflicto, al menos de competencia en el sensible campo del equilibrio estratégico-militar.

Con seguridad el conflicto interno de Colombia no dejará de ofrecer motivos de disputa en la escala regional. Pero además surge otra fuente de hostilidad potencial, la reacción nacionalista que provoca la presencia militar de la nación hegemónica, en un sub-continente donde esa presencia no era habitual.  

La muy opaca América del Sur

En términos de geopolítica, América del Sur ha sido una realidad opaca para la mirada estratégica de Estados Unidos. Claro está que en 1961 la administración Kennedy formuló  la Alianza para el Progreso, único momento cuando la potencia del Norte ensayó una "línea" de alto perfil, generalizada, cooperativa e integradora para América Latina. Pero esta "línea" languideció en poco tiempo, confirmando el hecho de que Estados Unidos ha encajado (y encajonado) las relaciones con América del Sur en un nivel completamente subalterno desde el fin de la II Guerra Mundial. Su agenda de "seguridad nacional" se ha reducido a las interferencias y el intervencionismo latente que por muchos años concertó el Comando Sur.

Esto no significa por supuesto que el sub-continente haya estado "suelto" en el juego estratégico mundial. Por el contrario: en las confrontaciones de alcance global, América del Sur ha estado unida inextricablemente a Estados Unidos. Presencia opaca, tratamiento subalterno y alianza estrecha han sido los componentes de la relación del sub-continente con los Estados Unidos. 

Desde la II Guerra Mundial y durante varias décadas, Estados Unidos sostenía -como potencia mundial- equilibrios globales y diferencias esenciales con la URSS. En cambio, como potencia continental, sus relaciones con el Sur eran de un enorme desequilibrio en su favor  y de una gran coincidencia en intereses y en líneas de conducta. Lo cual se traducía por supuesto en subordinación estrecha de los países de América del Sur, a punto tal que sin tener con ellos contigüidad territorial, los tenía por limítrofes pues su "frontera" efectiva se prolongaba hasta el Canal de Panamá. En términos del espacio estratégico, América Central y El Caribe venían a ser "parte" de Estados Unidos, mientras que a América del Sur se la miraba como al "país vecino": Un vecino que tenía que ser fiel, pero dentro del margen de libertad que resultaba de no tener en él una presencia militar directa.

Estados Unidos mantenía su estrecha relación con Suramérica mediante la adhesión ideológica y política que recibía de las élites latinoamericanas, fueran ellas civiles o militares, y todas ellas unidas en su adhesión a Washington. Durante cinco décadas, tanto las élites civiles pertenecientes a partidos de corte tradicional y oligárquico, como las élites militares que ejercieron dictaduras, aseguraron la fidelidad de sus naciones hacia la superpotencia norteamericana.

Esta alianza de subordinación con las élites de cada país no requería una atención particularmente intensa por parte de Washington, y por ende operaba con "bajo perfil" (low profile). Y la alianza vino a ser reforzada por el fantasma de Cuba y "el peligro" de otra revolución marxista en el hemisferio, peligro que era invocado incesantemente y a una voz, por las administraciones americanas y por las élites nativas para prolongar la Guerra Fría en esta parte del mundo y para implantar la doctrina de "Seguridad Nacional" con la instauración de regímenes autoritarios entre 1964 y 1982 y en no pocos países de América Latina.

Colombia llegó a ser el epítome de esa particular combinación entre bajo perfil lealtad incondicional con el aliado hegemónico. Sin un régimen militar (rara avis en la Suramérica de los años 70) la democracia civil (aunque restringida) de Colombia optó por ser un país  cohibido en lo internacional, por no buscar liderazgos ni confrontaciones, y en vez de eso esconderse, sin muchos riesgos, entre los rangos más o menos anónimos que siguen con disciplina las directrices de una potencia superior.

Re-democratización y "vacío de Imperio"

Los años 80 conocen el colapso del Bloque Soviético y la re-democratización de América del Sur, como si la implosión del comunismo soviético hubiese traído, bajo el efecto de algún impulso oculto, el acompasamiento en los ritmos de distensión en el mundo y en el sub-continente americano.

Ocurrió sin embargo que la re-democratización de Suramérica no hizo más que poner en evidencia la crisis profunda que atravesaban los sistemas políticos de entonces, fueran estos los "autoritarismos burocráticos" o las hegemonías de partidos tradicionales.  Así que el péndulo de la re-democratización no se detuvo sino que siguió su curso hasta implicar la llegada de gobiernos de izquierda, en una ola que creció desde mediados de los 90 y fue impulsada por las herencias de corrupción y de impotencia para satisfacer las urgencias de una población excluida en medio de un desarrollo poco integrador.

En la "aldea global", por otra parte, se habían dado el fin de la Guerra Fría y el comienzo de lo que en 1991 Bush padre llamara un "Nuevo Orden Internacional". El "Nuevo Orden", sin embargo no cambiaba la mirada opaca de Estados Unidos sobre sus vecinos; de hecho, la opacidad y el lugar secundario que ocupa Suramérica en la agenda de Washington se harían más notorios, más fuertes si se quiere, durante la post-guerra fría esto es, con los gobiernos de Bush padre, de Bill Clinton, e incluso de Bush hijo.

En realidad, lo que hubo en medio de la euforia de la post-guerra fría – que dejó a Estados Unidos como única superpotencia aunque también como único gendarme del planeta- fue una especie de vacío de imperio en varias partes del mundo. Una de esas partes fue América del Sur, a la que Washington desde hacía mucho tiempo había visto como el "patio trasero" o en todo caso, como un bloque de aliados y  a la vez subordinados que no necesitaban de atención especial.

Colombia, la excepción

El impulso pendular hacia la izquierda suramericana y el vacío imperial norteamericano; he ahí las dos tendencias que se cruzan para definir la nueva geopolítica entre la superpotencia y su tradicional "patio trasero".

En este cruce de coyunturas, la mayoría de los países de América del Sur han intentado tomar su propio vuelo (y esto constituye una primicia, aunque mucho de ello se limite al discurso y a la diplomacia de Cumbres). Colombia en cambio -la Colombia de Uribe y  la mayor parte de la clase dirigente- mantiene a toda costa la vieja lealtad con la superpotencia: ahora la incrementa.

Colombia fue uno de los pocos países que se libró de dictaduras militares en los años sombríos del 60 y 70. Hoy es también uno de los pocos que no ha vivido el "giro" hacia un nacionalismo más autónomo o menos incondicional; ha preferido mantener su "low profile" y su completa subordinación ante Estados Unidos, la potencia continental.

Intereses recíprocos y pesos asimétricos

Y sin embargo, en la post-guerra fría, Colombia es punto obligado de atención internacional por otra razón obvia: el narcotráfico. Para Estados Unidos, éste es uno de los "nuevos problemas de seguridad nacional" que tiene connotaciones "estratégicas" donde es preciso derrotar a un "enemigo". Y es en este contexto, aparentemente "apolítico" o apenas judicial, donde se inscribiría el reemplazo de la base de Manta en el Pacífico ecuatoriano por las siete bases colombianas con presencia militar de los Estados Unidos.

Comprometida en la lucha contra el narcotráfico, Bogotá mantiene y prolonga su estrecha alianza con Washington. Esto le reporta una ayuda económica cuantiosa a través del Plan Colombia, y esto de paso le sirve de coartada para legitimar su nuevo pacto militar con la potencia del Norte.

Ahora bien, Colombia es también la sede de un conflicto de "baja intensidad", sin los alcances de una guerra civil, pero fatigosamente interminable. De este conflicto es parte una guerrilla rural de orientación comunista y a la cual el Estado no ha podido derrotar, aunque le haya restado poder táctico-ofensivo y le haya propinado duros golpes, con una  ayuda inmensa de Estados Unidos. Si bien esa guerrilla tiene vagos objetivos políticos,  desde hace unos 15 años participa en el tráfico de drogas y con ello ha aumentado su potencia militar. Más aún, la guerrilla no se sustrae de la tentación terrorista, o en todo caso violenta de modo sistemático los derechos humanos con actos como secuestros o asesinatos de no combatientes.

Desde ese cruce siniestro entre el narcotráfico- que es blanco de un combate cuasi-estratégico por parte de Estados Unidos- y una guerrilla comunista, enemigo estratégico del Estado Colombiano, Colombia emerge -un poco a tropezones -como un teatro internacional de mediana importancia estratégica. Surge a la vez como escenario de operaciones estratégicas y como una pieza al menos eventual en el tablero de las alianzas de seguridad dentro de un sub-continente que ya no es tan leal con la potencia norteamericana.

¿Una nueva geoestrategia para América del Sur?

En su empeño de acabar con la guerrilla, el gobierno colombiano trata de que las FARC sean vistas como parte del "terrorismo internacional" de alcances estratégicos, cuando es sabido que esta guerrilla – aunque ejecuta acciones terroristas y aunque comete crímenes horrendos- no es en efecto un grupo internacional de terroristas ni constituye un peligro para la seguridad de los Estados Unidos o de otro país del continente.

Así, jugando con la ambigüedad del lenguaje (como Gómez Buendía lo ha explicado en Razón Pública) el gobierno de Colombia ha logrado involucrar más y más al de Estados Unidos en su  propia guerra contra la guerrilla. Y este logro es tanto más notable si se piensa en la lección que Washington ha podido  aprender de Vietnam y ahora de Irak – de Afganistán o Pakistán.

En Colombia sin embargo y por supuesto, la cuestión se facilita porque las FARC son una organización comunista, vinculada al narcotráfico, responsable de crímenes atroces y a la cual el Departamento de Estado desde hace tiempo considera como un grupo "terrorista".

Para el gobierno de Colombia se trata de que Washington nos ayude a derrotar a las FARC, y para Washington se trata de combatir el narcotráfico en cabeza de las FARC. Bajo estos términos de interés recíproco, el acuerdo de las bases sería apenas una alianza de orden técnico-militar, tan asimétrica como quiera decirse, pero apenas un pacto de mutua conveniencia y sin ningún alcance estratégico más allá de los países firmantes.

Esa, con todo, es sólo la versión presentable de un acuerdo que en realidad tiene todas las trazas de una alianza geoestratégica que trasciende las fronteras de Colombia. En esta alianza Colombia comenzaría a servir como una especie de plataforma de vigilancia de alta tecnología militar por parte de Estados Unidos sobre la zona norte de Suramérica. En esta zona ciertamente existen rutas del narcotráfico. Pero también están la enorme Hoya Amazónica, de gran importancia eco-estratégica para el futuro de la humanidad, y la Faja del Orinoco, dotada de valiosísimas reservas petroleras.  

Dicho en términos geopolíticos: la alianza cubre una región bifronte -amazónica y  andina- donde varios Estados han empezado a cambiar de rumbo, quizás echando los cimientos para una diplomacia más autónoma y para "modelos" económicos menos funcionales para Estados Unidos. En estas circunstancias, la alianza atrás descrita podría estar haciendo de Colombia una pieza regional en el engranaje de las proyecciones estratégicas para la información y las respuestas ágiles de Estados Unidos en diversas partes del mundo.

Las prioridades estratégicas globales y América del Sur

No hay duda alguna: entre las prioridades estratégicas o militares de Estados Unidos no figuran la zona andina ni la zona amazónica, ni los gobiernos del sub-continente, por más izquierdistas que aparezcan.

En el primer rango de prioridades están la afirmación y fortaleza disuasiva de la OTAN;  está por supuesto el Medio Oriente; están Afganistán e Irán; incluso, Corea del Norte; e igualmente, está el desafío económico que representará China. En cada uno de estos focos Estados Unidos necesita capacidad de respuesta ágil que se traduzca eventualmente en una opción creíble de intervención militar  (como podría ocurrir con Irán) o en un poder de disuasión creíble en otros casos como el Mar de China. Semejante capacidad implica una  tecnología de información de punta y  armas de máxima velocidad y contundencia, a más de mantener control del ciberespacio y bases de operación desde los cuatro puntos cardinales.

El nuevo papel traumático de Colombia

Que América del Sur no figure entre las prioridades de Estados Unidos no significa que Estados Unidos no tenga intereses estratégicos en esta parte del mundo. Los aviones y navíos norteamericanos que utilicen las bases de Colombia estarán por supuesto al servicio de aquellos intereses. No importa si se dice que el objetivo es luchar contra el narcotráfico y que no habrá operaciones que afecten a terceros. El solo peso de Estados Unidos en esta alianza asimétrica, no menos que la tecnología sofisticada y en muchos casos secreta que utilizan sus fuerzas militares, bastan para apreciar lo difícil que será limitar el alcance de los operativos que inicien en Colombia. Menos aún cuando Estados Unidos ha dado muestras claras de querer llenar el "vacío de imperio" que durante las dos décadas pasadas facilitó (aunque, desde luego, no determinó) los cambios políticos y diplomáticos en América Latina.

Son planes estratégicos a los cuales Colombia se presta con la excusa razonable pero también ingenuamente interesada, de combatir al narcotráfico y a la guerrilla bajo una vía de solución puramente armada del conflicto interno. En todo caso se trata de planes de estrategia militar de alcance regional por parte de Estados Unidos que quizá no solucionen el conflicto interno colombiano y ni siquiera el tráfico de drogas (apenas los limitarán dentro de cierta escala) pero que en cambio pueden modificar el cuadro de relaciones estratégicas y diplomáticas en América del Sur, elevando traumáticamente el perfil estratégico de Colombia en la región. Y anulando al mismo tiempo los intentos de autonomía diplomático-militar que pretendería el sub-continente americano.

 

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