La Operación Plomo Fundido, o la escalada de la muerte en Gaza - Razón Pública
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La Operación Plomo Fundido, o la escalada de la muerte en Gaza

Escrito por Ricardo García

ricardo garcia

La existencia de Israel y también la de Hamas se fundamentan en negar la posibilidad de un Estado para el pueblo enemigo, y a esto se debe esta guerra sin salida. 

Ricardo García Duarte

Hamas, el grupo integrista de resistencia palestina, dio por terminada la precaria tregua de seis meses pactada con Israel y rompió unilateralmente el cese al fuego. Sus militantes en la Franja de Gaza obtuvieron así la luz verde para dedicarse a lanzar los misiles Gried contra zonas pobladas del Estado hebreo, próximas a la frontera.

La respuesta no se hizo esperar. Después de una preparación meticulosa que había iniciado  con varios meses de anterioridad, el gobierno sionista lanzó una ofensiva militar de carácter destructivo, que pretende ser aplastante, mortífera: de hecho, en los primeros raids aéreos las fuerzas armadas mataron a más de 400 palestinos – y en la invasión terrestre han sumado hasta ahora otros 500-. Algunos de los muertos eran milicianos, pero otros muchos eran civiles inermes, sin excluir a niños y mujeres.

Provocación y retaliación

Lo que hace Hamas es un ejercicio de provocación política, absurdo, casi gratuito. Lo que ejecuta Israel es la puesta en práctica de una acción letal, retaliatoria, dirigida contra blancos militares definidos, pero también contra la población de manera indiscriminada con propósitos de escarmiento. No ya por negligencia en evitar el sufrimiento de la población civil, sino mas bien buscándolo calculadamente.

Hamas provoca, Israel se venga. Provocación de un lado, retaliación del otro: un juego de necesidades mutuas, una dinámica de justificaciones recíprocas. Cuando Hamas dispara sus cohetes artesanales sobre el territorio enemigo quisiera causar daño, desde luego; pero ante todo lo que desea es lanzar una amenaza: tirar morteros que vayan empacados con la incertidumbre para el Estado de Israel. No porque pongan en peligro la seguridad de este Estado, sino porque así transmiten la idea de que por más débiles que sean, los palestinos constituyen un desafío para Israel, aunque sea por el hecho de que maten, con un atentado terrorista, a un solo colono judío. Los de Hamas atentan, no para poner en peligro efectivo la seguridad de Israel -misión imposible- sino para decir que esa es una posibilidad, si bien remota, siempre latente.

Israel, que ha hecho de la pulsión defensiva un factor constituyente de su identidad y la plataforma fácil de todas sus ofensivas y contraofensivas militares, responde con un ataque en regla, despiadado y no selectivo, y con el cual – aunque también quiera causar daños precisos (de mayor magnitud sin duda que los que recibe) – aspira sobre todo a afirmar esa identidad de organismo defensivo que se prolonga a sí mismo, desdoblándose en potencia dominante y en fuerza de ocupación frente a sus adversarios inmediatos.

Cuando los de Hamas dejan caer sus misiles sobre la cercana ciudad de Ashkelon, lo hacen como mera provocación (sin excluir el riesgo efectivo de la muerte) porque el potencial táctico o estratégico de esta lluvia de cohetes es deleznable. Se disparan como portadores   del miedo entre la población del otro lado de la frontera, pero sobre todo como mensajeros cuyo destino es despertar la rabia y la indignación en el enemigo. Un enemigo que, como bien se sabe, no soporta con paciencia ataque alguno, por pequeño que parezca. Israel espera la provocación, la acepta, casi la desea, para desplegar su furia vengadora, la cual pretende justificar como un medio de legítima defensa.

Aun si el Estado de Israel ejerce su soberanía interna a través de reglas democráticas, la externa la ejerce básicamente a través de un estado de guerra; y no de manera virtual como cualquier otro Estado, sino de facto. El ejercicio de su soberanía es un acto de coerción permanente. Si hacia adentro  su soberanía implica la sujeción de la fuerza a la ley, hacia afuera implica el sometimiento de la ley a la fuerza. Es el desprecio de aquella. Así es, por los orígenes del Estado de Israel, por la consolidación de su soberanía, por la expansión de su control territorial, nada de lo cual ha tenido lugar sin el sacrificio de una soberanía nunca obtenida y sin el despojo territorial de sus vecinos más próximos, los palestinos, condenados al desplazamiento dentro de su propio territorio y propietarios históricos de él.

La trampa anhelada

Todo ello es causa de la tensión, en tanto forma de existencia del Estado hebreo, tensión que necesita fluir siempre en forma de acción coercitiva precisamente contra ese vecino ocupado y usurpado. El fin no es otro que el de extraer de la confrontación militar el fundamento de su existencia soberana. Por eso mismo, Israel necesita el despliegue de su acción violenta, dado que esa es la forma de materializar tal soberanía externa en las condiciones en que ha nacido y se ha mantenido.

Por eso necesita las provocaciones de su enemigo. Porque le urge el pretexto para poner en acción su soberanía a través de la vía armada, bajo las condiciones de un conflicto no resuelto que mientras se prolongue la pone en entredicho.

En un artículo que publicara Amos Oz, comentado en la prensa internacional, el escritor advertía sobre los riesgos políticos que para Israel entrañaría una acción militar masiva y una invasión del territorio palestino. Sería una verdadera trampa, según él, que debería evitarse, pero hacia la cual el gobierno y las fuerzas armadas marchaban otra vez de modo inexorable. Con la inevitable consecuencia, por cierto, de que Israel se haría nuevamente acreedor al rechazo de la opinión mundial y de la diplomacia internacional, pues terminaría jugando sin remedio el papel de victimario como si su tragedia consistiera en su incapacidad para eludir ese destino.

Pero este entrampamiento al que se aboca Israel, más que un obstáculo evitable es, de cierta manera, una meta buscada. Es la suerte deseada, a la que conduce la lógica política y militar del Estado de Israel, cuyo interés pareciera radicar en no permitir que un marco de negociaciones y de acercamiento pacífico se consolide, tal como lo mostró la política provocadora y endurecida de Ariel Sharon cuando, al pasearse por la explanada de las mezquitas y al defender la construcción de el muro,  dejó en claro, antes del 2006, que no estaba dispuesto a ninguna concesión frente a una Autoridad palestina, ya en disposición de aceptar sin ambages la existencia del Estado de Israel. O como cuando, en el 2004 y el 2005, el gobierno de Israel se dedicó a cazar, literalmente, mediante rockets y misiles a los dirigentes de Al Fatah, el partido de Arafat, a quien Sharon nunca bajó de terrorista. Ya representando el ala moderada de los palestinos, mientras ostentaba el liderazgo histórico, algo que podría haber sido útil a un proceso serio de negociación, Arafat y Al Fatah no pudieron sustraerse a la embestida violenta del ejército de Israel.

El belicismo y la marcha hacia atrás en la paz

Han sido todas ellas acciones constitutivas de una línea con la cual el Estado hebreo quisiera hacer regresar siempre al punto cero los acuerdos y las negociaciones de paz. La consecuencia debiera ser -como lo ha sido hasta ahora- la de los estancamientos y retrocesos en un desarrollo de las negociaciones marcado por acercamientos precarios. Entre estos cabe recordar los acuerdos de Oslo, el encuentro de Rabin y Arafat bajo los auspicios de Clinton, o la confección de la Hoja de Ruta, y más recientemente la fracasada reunión de Annapolis, bajo el patrocinio de la administración Bush. Ninguno de estos acuerdos se consolidó. Al contrario, siempre experimentaron fuertes retrocesos, al tiempo que eran interferidos por enfrentamientos armados de alcance mayor y por al menos dos invasiones militares de Israel sobre el territorio palestino, la de 2005 y la de este invierno del 2008 – 2009.

Con estas intervenciones militares de gran calado y con las operaciones de castigo que ellas entrañan, Israel reactualiza una regresión que se repite hacia su lugar fundante; a saber, aquel que dicta que tiene que defenderse frente a quienes ponen en peligro su existencia como Estado y como Nación.

El hecho de que se cohesione y se reproduzca sólo como grupo obligado a pelear porque su existencia está real o presuntamente amenazada, lo lleva como Estado a ser, por el contrario, una amenaza real para aquellos a quines considera sus enemigos; y a entender que los ataques que le hacen éstos constituyen una atentado contra su seguridad; y sobre todo a ver que la paz potencial con sus enemigos pueda convertirse así mismo en un riesgo para su existencia. De ahí que la desconfianza defensiva que emana de su ethos colectivo necesite del ejercicio de sus operaciones militares y de sus impulsos guerreristas periódicamente repetidos. El hecho de que este ejercicio bélico encuentre un motivo cierto en las provocaciones o en las acciones terroristas de sus enemigos, no oculta las necesidades más profundas surgidas del origen del Estado de Israel, nacido más como un acto político-burocrático externo, que como una evolución histórica interna (lo cual no desconoce el hecho cierto de que el pueblo judío necesitaba una reivindicación política, cultural y territorial, después de la campaña de exterminio sufrida a manos de la barbarie nazi).

Si Israel se plebiscita a sí mismo como nación sólo manteniéndose en guerra frente a quienes eventualmente ponen en peligro su seguridad como Estado, entonces el nacimiento de un Estado independiente para los palestinos será siempre percibido como el mayor peligro para la pervivencia del propio Israel; por lo que de esa manera cualquier proceso de paz que pudiese aproximar esa posibilidad siempre sería visto, al través de un prisma paranoico, como una ruta riesgosa que conduciría a ese terreno incierto  donde, como  afirman algunos comentaristas favorables a Israel, éste quedaría abandonado a la suerte que le impongan sus enemigos, es decir a su destrucción, figura negativa mayor de su imaginario colectivo.

De ahí entonces que, al lanzar un ataque tan invasivo y tan mortífero como el que ha desplegado ahora en Gaza, Israel no hace más que activar un dispositivo instalado en lo más profundo de su ser colectivo, en tanto ente político. Se trata del dispositivo que pone en vigencia su principio constitutivo de hacer la guerra para asegurar su existencia; y de paso para retrasar la posibilidad de que haya un Estado de los palestinos.

Declarando amenazada su existencia futura, Israel se valida a sí mismo para negar el derecho a la existencia nacional del pueblo palestino, algo que necesita confirmar en cada guerra, en cada intervención militar.

Los extremos contra una solución razonable

De esta manera, cuando los terroristas islámicos de la resistencia palestina arman sus provocaciones con los misiles de munición casera, no se trata de una táctica militar jugada al albur de una falta de reacción por parte de los israelíes. Al contrario, lo que quieren es despertar su cólera y su reacción desproporcionada, la que además, muy probablemente será indiscriminada. Así justifican el hecho de que la reivindicación nacional de los palestinos es incompatible con la existencia de Israel; y que por consiguiente la demanda de la nación palestina de dotarse de un Estado soberano pasa obligatoriamente por la desaparición de Israel. Lo cual hace regresar el imaginario ético-nacionalista de los palestinos a su fondo mas irreductible y atávico, el de la eliminación de Israel como Estado independiente.

La provocación terrorista de Hamas y la reacción destructiva e implacable de Israel, alimentándose mutuamente, no hacen más que actualizar salvajemente las posiciones más extremas en cada uno de los lados del conflicto. De una parte, la de que la eliminación de Israel debe ser una reivindicación palestina, según Hamas, y de otra parte, la de que negar el derecho nacional a un Estado palestino es una necesidad para la seguridad de Israel.

Confirmados estos extremos por el lenguaje de las armas -lenguaje a la vez brutal y subliminal, a la vez directo y sesgado- el horizonte de una solución se aleja, se difumina, se pierde. Sin horizonte de solución, la crisis se desata para justificarse por sí misma, no para acercar alguna solución; la guerra se vuelve un remolino que de tanto en tanto da vueltas en torno de sí misma. Y los muertos que ella arroja, aún con todo el desgarramiento y el dolor con los que arrastran, no son para Hamas o para Israel la terminación abrupta de cada existencia humana, no son la violación última del derecho a vivir de una persona. No son portadores de un aliento trascendental, por mucho que cada uno de los contendientes envuelva sus pretensiones con un halo religioso. Son, por el contrario, sujertos convertidos en objetos, personas cosificadas, por la vía de la eliminación violenta y llamados a representar una despreciable simbolización funcional; es decir, llamados a materializar la simbolización repudiable de cada una de las posiciones de esas políticas inflexibles. Los cuatro ciudadanos israelíes asesinados por los cohetes de Hamas significan para éste la afirmación de que Israel debe desaparecer. Los casi 1000 palestinos asesinados por Israel al día de hoy (incluido más de un centenar de niños) solo serán el decorado terrible con el que tal Estado hace significar el hecho de que los palestinos (a través de la figura de Hamas) siguen siendo un peligro al que hay que reducir.

La funcionalidad simbólica de esta guerra, mediante la ocupación de Gaza, es la de confirmar esa especie de regreso recurrente a las posiciones extremas, que no facilitan un acuerdo razonable. Su funcionalidad práctica es la de debilitar cualquier esquema de negociación que implique concesiones serias entre ambas partes.

Acabar con Hamas, dimensión estratégica y material

Los golpes devastadores de Israel no son desde luego un puro ejercicio simbólico. Son también procedimientos de guerra para golpear a Hamas, debilitándolo militarmente.

Pero esa dimensión estratégica y cierta es apenas el sustrato material del lenguaje simbólico de guerra, cuyo sentido principal es el de afirmar el desconocimiento de los derechos fundamentales del pueblo palestino.

Ocurre, por otra parte, que Hamas ha conseguido un ascendiente fuerte entre la población de Gaza, a pesar de su integrismo religioso y de su radicalismo político, o quizá debido tanto al uno como al otro, en razón de la siempre endurecida actitud que encuentran en el otro lado de la frontera, es decir, en las autoridades israelíes, actitud ésta cuyo efecto perverso es el de debilitar precisamente a las facciones moderadas de los palestinos, sobre todo a Al Fatah, mientras fortalece a los radicales como Hamas.

En tales condiciones, a Israel no le basta con golpear militarmente a Hamas, pues la población le da su apoyo a este grupo, legitimado además por un triunfo amplio en las elecciones. En ese orden de ideas, a Israel le haría falta golpear entonces a la propia población. De hecho, esa es la razón por la cual también la castiga severamente, haciéndola sufrir con la violencia militar. Alienta de esa forma la esperanza -quizá vana- de que así las gentes terminen a causa del miedo y del dolor por retirarle el apoyo al grupo islámico. Lo más probable, sin embargo, es que los palestinos sólo vean que quienes los matan y los hacen padecer son directa y materialmente los israelíes, ya no porque ellas apoyen a Hamas (como pretende Israel) sino simplemente porque son palestinos, razón suficiente para que crezca eventualmente el apoyo a Hamas en  vez de disminuir.

Con esas limitaciones, Israel tendría que ir más allá y provocar una expulsión masiva de los habitantes de la Franja, lo que ciertamente es muy improbable, ante la presión que en sentido contrario suscitaría entre los principales actores internacionales, incluidos los propios Estados Unidos, su principal apoyo.

Las anteriores, son las razones que llevan a pensar que la guerra desplegada por Israel, con su ocupación militar, no es otra cosa que la forma violenta de configurar y transmitir un mensaje: el de alejar cada vez más cualquier solución de fondo que pudiese implicar la aceptación de las reivindicaciones nacionales de los palestinos.

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