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Ecuador, el presidente se quita la camisa

Escrito por Ricardo García

Ricardo García Duarte Detrás del melodrama que vivió Ecuador se agazapa el conflicto que resulta de un empate no resuelto entre sectores opuestos de la elite y entre las instituciones del Estado.

Ricardo García Duarte *

¿Huelga con armas?

ecuadorEl jueves, muy temprano, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, marchó decidido y solitario hasta las instalaciones del primer cuartel de la Policía en Quito. Los policías estaban alborotados, en plan de protesta, eso sí, sin abandonar sus instrumentos de combate. De hecho, era una huelga en armas al interior del aparato del Estado. Habían cerrado el aeropuerto, y en desorden se ofuscaban rechazando una ley que eliminaba algunos de sus beneficios, en materia de pensiones y de bonificaciones económicas.

Una huelga -una protesta social-, sin abandonar las armas, es en cualquier parte del mundo un principio de revuelta armada. Y aunque no esté concebida con el propósito de dar un golpe de Estado no es improbable que desemboque en una interrupción violenta del mandato democrático que le ha sido dado al gobierno. Más aún si se trata de Ecuador, país en donde no han sido escasos los golpes de Estado al igual que la defenestración de los gobernantes de turno, quienes suelen verse obligados a abandonar su cargo por una presión incontrolable proveniente de dentro del Estado o de fuera de él.

Entre el drama y el melodrama

En el lugar, el ambiente era espeso; la tensión, cortante. La actitud de los insubordinados, lejos de ser pasiva, era casi ofensiva. El drama de la confrontación estaba servido. Una confrontación entre dos actores que forzosamente debían estar unidos pero que en ese instante se separaban. Había armas de por medio, aunque éstas solo permanecieran como una silenciosa amenaza. En tales circunstancias, una tragedia podría sobrevenir de modo irreparable.

Pero el drama real empezó a ser respondido con el melodrama, sin que por esa causa el primero deviniese tragedia. En la atmósfera tensa, en medio de la confusión, Rafael Correa, enhiesto, se quitó la camisa y mostrándoles el pecho inerme les espetó a los vociferantes alzados: "si quieren matar al Presidente, aquí estoy: ¡mátenme si no son cobardes!"

Nadie le disparó. Tampoco ningún policía belicoso lo amarró. Solo insultos e irrespeto; y, claro, bombazos de gas que también hieren y agraden, aunque nunca hubo una acción intencional directamente destinada a acabar con el Presidente, un "actor" que en medio de la tensión irresoluble, a causa de la desobediencia, se la jugó con un gesto melodramático. Un gesto con el cual el actor llevaba de una vez la tensión dramática a un punto límite: o bien, los insubordinados franqueaban un umbral de muerte y lo eliminaban, o lo aprisionaban desatando la tragedia; o, por el contrario, aceptaban la parálisis sin solución del conflicto, para resignarse más tarde o más temprano a la reversión del drama.

Con su gesto melodramático, de héroe inerme en medio de una crisis, el presidente Correa pudo percibir que la escena se desenvolvería en su favor. Que su contraparte, por más que estuviera armada, carecía del poder o del querer para llevar las cosas más allá: hacia un derrocamiento, por ejemplo. El melodrama comenzaba a ganarle la partida al drama real.

Este último se prolongó, desde luego, durante las horas en las que Correa, lastimado en una rodilla, hubo de permanecer recluido, y retenido de hecho, por los grupos policiales, aún en plan de protesta y de rebeldía. Luego, sólo podía venir la movilización civil de los partidarios del Presidente y la operación de rescate, efectuada por las fuerzas militares frente a unos captores, vociferantes y ofuscados pero sin una aparente organización; y ya desprovistos, aún en mayor grado, del ánimo y la capacidad para un enfrentamiento militar.

La tragedia se disuelve y el melodrama se impone

El riesgo de tragedia se había disuelto. Las Fuerzas Armadas, dando pruebas de lealtad, rescataron al Presidente. Entonces, el epílogo lo selló de nuevo el melodrama, esta vez triunfante: Rafael Correa se asomó al balcón de Carondolet, el palacio presidencial; desanudó su corbata con impulso arrebatado y declaró con voz llena y tono prolongado, casi trémulo, que ese día era el más triste de su vida. A continuación, con ese mismo tono, un tanto quebrado, sin dejar de ser prolongado, como cuando se quiere tocar la fibra de la emoción, proclamó rotundamente sentencioso, que no habría perdón ni olvido para los "vende patrias" que participaron en la revuelta.

El melodrama pudo más que la tragedia. Sólo que el drama permanece latente. Es el drama de la crisis política en Ecuador. Mejor dicho: de su amenaza de siempre. Ella ha sido una constante en la historia del país. Es una crisis que se revela por los golpes de Estado o por las reiteradas interrupciones forzosas de los mandatos democráticos.

Historia y crisis política

La vida política del Ecuador ha estado saturada por el fenómeno de los altibajos críticos o de los momentos que interrumpen la marcha normal del régimen político. Tales "momentos críticos" suelen manifestarse a través de choques irresolubles entre las instituciones del Estado. Es como si este nunca terminara por diseñar bien sus estructuras internas. Hay Estado pero no una adecuada arquitectura institucional que se acomode a su marcha normal. Todo un drama en la construcción del poder político: un Estado sin armonía institucional. Ese desajuste viene a ser la madre de las crisis políticas recurrentes.

La huelga de los policías armados no llegó a ser, desde luego, un golpe de Estado, aunque pudo ser, es verdad, el inicio de un conflicto cuyo desenlace final se convirtiera en un pronunciamiento militar o en el quiebre de un régimen democrático. Y representa de todas maneras la misma propensión histórica al choque irreconciliable entre las instituciones del Estado, que puede darse en una orientación vertical o en un sentido horizontal. Horizontal, si toma curso entre los distintos órganos del poder, entre la Corte y el gobierno, por ejemplo. Y vertical, si el conflicto surge entre un aparato armado y el poder civil, al cual el primero tiene que estar subordinado.

Crisis institucional y crisis de hegemonía

El choque entre instituciones refleja las crisis de hegemonía que se encuentran detrás; las mismas crisis donde distintas élites o grupos sociales hacen valer su fuerza, sin que una de ellas logre imponer un modelo de sistema y de poder  aceptable para los demás.

Lo que parece ocurrir cíclicamente en Ecuador es que las distintas élites o los distintos factores de poder, sin un sistema de hegemonía claramente establecido, se entregan a sus juegos de fuerza por medio de las instituciones, en las que se apertrechan haciéndolas saltar por los aires o de un modo en el que paralizan por completo la gobernabilidad, pues reducen notablemente el espacio para la toma de decisiones.

Un Estado moderno diseña sus instituciones para que dentro de ellas las tensiones entre los grupos de poder o entre quienes compiten por este último circulen normativamente -si se quiere bajo la decisión de un árbitro-, de modo que tales tensiones cedan un tanto y no exploten en conflictos sin solución.

El por qué de las crisis

Un Estado funciona si la lógica en que se inscribe cada institución se impone sobre las lógicas y los intereses particulares de los grupos de fuerza que se disputan el poder. Si, por el contrario, las élites fraccionadas imponen su orientación y su fuerza dentro de las instituciones, quiebran o desvían su lógica y las convierten en la arena para el combate contra otras élites o contra opuestos factores de poder. De ese modo, las crisis políticas siempre sobrevendrán, lo cual se refleja en la inestabilidad política, la ingobernabilidad y en la debilidad de las instituciones que suelen polarizarse entre sí.

La marcha de un régimen depende de que el Estado consiga, como aparato abstracto que es, imponer su lógica, digamos impersonal, a los particularismos, a las fuerzas concretas de quienes participan en el poder o de quienes se lo disputan. En consecuencia, la lucha entre opositores debe desplegarse dentro de la lógica de las instituciones; sin que estas últimas se subordinen a las fuerzas particulares.

Crisis recurrentes de carácter interinstitucional

El caso de unas instituciones débiles sin la suficiente articulación con la soberanía abstracta del Estado, parece ser la causa de las recurrentes crisis de inestabilidad en Ecuador.

En cada crisis, los agentes reales del poder -militares, partidos o gremios- distorsionan con sus manifestaciones de fuerza la lógica propia de cada institución, sea ésta el órgano legislativo o la Corte Suprema o las fuerzas armadas o el gobierno, con lo que provocan interferencias políticas y alteraciones en la marcha de cada una de ellas. El resultado es que en los últimos tres lustros el promedio en la duración de un gobernante no llega siquiera a dos años.

El reto de Rafael Correa no se limita, por lo tanto, al castigo efectivo de los insubordinados. Su reto mayor, como presidente elegido democráticamente y caudillo de un movimiento de renovación, es el de dotar al Ecuador de un nuevo sistema de hegemonía política, social y cultural; un verdadero proyecto democrático de Estado donde quepan tanto las transformaciones como los consensos generalizados para que todos acepten las reglas fundamentales del juego y las propias transformaciones básicas.

Es un reto mayor. Para ese designio, le podrían ser útiles la energía y la decisión mostradas en su "revolución ciudadana", y el proceso constituyente que impulsó con la participación de la opinión pública. Pero no le serán útiles su espíritu de confrontación y su sobreactuado estilo de héroe de melodrama latinoamericano.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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