
La marcha de las canas, el discurso de las ganas
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Las manifestaciones convocadas por el gobierno tienen el propósito de apoyar sus reformas y de advertir a los supuestos golpistas que Petro ha denunciado recientemente. ¿Qué tan efectiva es esta maniobra?
La marcha de las canas
La reciente movilización del petrismo del 19 de septiembre, bautizada la marcha de las canas, equilibró la reivindicación social y la identidad épica, es decir, la lucha por la reforma pensional y la solidaridad con un presidente perseguido por las sombras de un golpe de Estado.
Diez mil ciudadanos, al menos en Bogotá, se congregaron en la Plaza Mayor para hacerle una solicitud a la Corte Constitucional en el lenguaje formal y respetuoso de las oficinas y las magistraturas para que no se le ocurriera descabalgar inmerecidamente la nueva ley de pensiones, después de tantos esfuerzos para hacerla realidad.
Pero también le enviaron un mensaje a los potenciales golpistas de que “no pasarán” de ningún modo. En realidad, una parodia del grito republicano en España contra los falangistas y los pérfidos militares del franquismo, futuros carceleros de la democracia.
El resultado de esto fue una mezcla forzada de dos factores de naturaleza distinta: la aspiración con sabor sindical y la autovictimización moral. Ambos, lanzados al mismo tiempo para avivar sentimientos de apoyo a un gobernante que ve cómo la oportunidad histórica de su gestión enfrenta el grave riesgo de desvanecerse, pues los tiempos bíblicos de su mandato pasan sin dejar un legado duradero.
¿Se cae la reforma pensional?
La reforma pensional, única aprobada de la agenda social del gobierno Petro, tropieza con un escollo delicado que es una Corte Constitucional que ha recibido una multitud de demandas que la contradicen o que la quieren devorar como pirañas, lo que tampoco es extraño en un Estado de derecho.
La circunstancia de que la Cámara de Representantes se haya acogido en su momento al texto del Senado, apremiada como estaba por las fechas inaplazables de la aprobación y en cambio no diera margen a su propio debate, hace que la ley sea vulnerable a ser inexequible por errores formales no subsanables.
Esta circunstancia es más riesgosa cuando se considera que el escrutinio constitucional está a cargo de una Corte cada vez más formalista y sin embargo menos rigurosa en el examen material del contexto. En ese sentido, puede estar inclinada a devolver el proyecto para su deliberación en la Cámara, eventualidad que supondría un revés para el gobierno y que lo obligaría a retomar un sendero azaroso, poblado de retrasos y dilaciones en manos de una oposición especialmente refractaria al progreso social.

¿Un golpe imaginario?
El otro componente de la protesta está fabricado con un material diferente o, más bien, inmaterial. Se trataría de un golpe de Estado bajo un manto de legalidad, un golpe blando no precedido por el ruido de sables, sino por alguna votación espuria en el Congreso, según lo denuncia el propio jefe de Estado quien tampoco ha descartado la posibilidad de un asesinato, cuyo plan ya estaría en marcha.
Sin embargo, nadie ha mostrado una prueba sólida ni indicios bien perfilados de ello. Ninguna indagación ha puesto al descubierto a un grupo que esté fraguando o maquinando un magnicidio en secreto.
Claro está que la historia de Colombia está sembrada de muchos antecedentes nefastos en el campo de los asesinatos de carácter político y siempre hay la posibilidad de un atentado. Pero en este caso, todo indica que lo que está en curso es, más bien, una operación de mitificación, llamada ficcionalización. En otras palabras, se trata de la construcción de un relato con eficacia simbólica, destinado a despertar la adhesión a una causa y a su líder, encuentro emocional entre la masa y el caudillo. Es una forma de compensar la erosión que destruye el humus de la legitimidad, que reseca la credibilidad del gobernante.
En esta deslegitimación obra también un factor que no es ideológico o moral: la ineficacia, medida en el incumplimiento de las promesas, en los bajos resultados o en el derrumbe de las expectativas de la que nace la frustración.
En todo ello interviene naturalmente la incapacidad del gobierno, pero también la falta de cooperación del opositor, que extraerá del boicot y de la insolidaridad, el abono tóxico para el fracaso de quien está en el poder. Es un comportamiento habitual en muchas bancadas y facciones que, por otra parte, obliga al gobernante a usar su inteligencia estratégica, aguzar su sentido de la oportunidad y armar consensos. En suma, a hacer de la política “el arte de lo posible”.
En la figura de cualquier gobernante se suman la gestión y el discurso, una aleación de metales en la personalidad, de la que debe resultar la legitimidad que sustente su proyecto.
En la gestión discurren las acciones que se traducen en políticas y en transformaciones reales. En el discurso transita la razón para justificar el poder, para darle sentido, lo mismo que las imágenes y metáforas ficcionales para atrapar la pasión. Si la gestión decae, es probable que se intensifique el discurso. Además, es posible que lo haga con su doble composición, a saber: la excesiva racionalización justificadora y la imaginación épica.
El mejor eco-sistema para el discurso y el relato, el de la ancestral oralidad, es la reunión de gentes, la concentración de masas. De ahí que el presidente Petro haya aprovechado la ocasión en la plaza de Bolívar para convocar al pueblo a una movilización generalizada. La manifestación permanente no deja de evocar risueñamente el viejo estribillo doctrinario de la Revolución permanente.
Solo que la prolongación incesante de las manifestaciones callejeras es una táctica que envuelve el peligro del desgaste, sometida como está a las mismas leyes de la guerra, las del flujo y el reflujo, ese ciclo inapelable del auge y la caída, dinámica en la que después de la cresta de la ola aparece el agotamiento, una fase que también sobreviene en el relato ficticio que, si es exagerado y repetitivo, pierde eficacia simbólica, algo que sin embargo en el caso de Gustavo Petro no necesariamente borrará la lealtad de sus bases más firmes.
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Acerca del autor
Ricardo García Duarte
*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.
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Seguiremos marchando firmes por el primer gobierno popular de la historia,el 2026 será la elección multitudinaria para tener mayorías en el congreso y terminar de hacer historia de nuestro pueblo soberano,no más violencia,queremos vivir en paz y con justicia social