El primer año de Obama: ¿La ilusión hecha realidad, o el naufragio de un sueño? - Razón Pública
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El primer año de Obama: ¿La ilusión hecha realidad, o el naufragio de un sueño?

Escrito por Ricardo García
ricardo garcia

ricardo garciaLa esperanza que despertó Obama parecía resumir el sentido de progreso en la historia y por eso sus realizaciones inconclusas amenazan con hacer trizas esas ilusiones. Un balance que mira mucho más allá de lo anecdótico.

Ricardo García Duarte *

Dos noticias muy buenas

En diciembre, un mes antes de cumplir su primer año en el gobierno, el presidente de Estados Unidos recibió dos regalos de navidad espléndidos:

  • Uno, si se quiere formal, fue el Premio Nobel de la Paz, concedido por la Academia Noruega, como si se tratara de la tentativa por atar simbólicamente el agraciado a la suerte de su propio discurso. Ese discurso que habla en favor de la diplomacia como ejercicio sustitutivo de la guerra en los conflictos internacionales.
  • El otro, más real y cargado de contenidos políticos y sociales, fue la aprobación de la ley que por fin reformará el sistema de salud y permitirá extender la cobertura a los millones de norteamericanos hoy desprotegidos -uno de los propósitos programáticos más relevantes del nuevo presidente.  

Estos dos premios eran el reconocimiento a sus políticas, la externa y la interna; pero el primero entrañaba una contradicción difícilmente presentable, y el segundo implicaba una limitación para nada desdeñable:

  • El Presidente Obama recibió el rutilante nobel de la paz  -como un trofeo que con seguridad le quemaba las manos-, apenas unos días antes de que autorizara el envío de 30.000 soldados más a Afganistán, con el fin de consolidar una ocupación militar que no termina por infligir golpes definitivos a El Talibán.
  • A su turno, la anhelada aprobación de la reforma del sistema de salud, siendo plenamente coherente con su promesa de cobijar a los desprotegidos, no dejaba de exhibir severos recortes tanto en cobertura como en su contenido con respecto al proyecto inicial; más ambicioso, más comprehensivo, que lo finalmente aceptado por los congresistas.

Contradicciones y ambivalencias

En las contradicciones internas de cada política, en la limitación práctica de sus alcances; brevemente, en una suerte de bache insuperable entre lo que se dice y lo que se hace; en esa tensión insoluble entre la promesa política y su realidad material, parece residir el signo que enmarcó la gestión del presidente Obama durante su primer año.

Así lo han constatado la mayor parte de los observadores y analistas más autorizados del mundo académico y del establecimiento mediático. Para The Economist, por ejemplo, se trató de un año paradójico y ambivalente donde las formulaciones ideológicas y las directrices políticas se mezclaban, sin mucho concierto, aunque también sin mucha interferencia mutua.

Así ocurrió desde el primer momento. Al posesionarse el nuevo Presidente trazó con nitidez su línea de ruptura con el gobierno Bush pues rechazó "como falso el dilema entre nuestra seguridad y nuestros ideales". Sin embargo, una semana después su gobierno ordenó el asesinato de terroristas y emitió la directiva de atentar contra Baitullah  Mehsud, un líder Talibán de Pakistán mediante ataques teledirigidos que de paso cobraron cientos de víctimas civiles inocentes, incluidos niños. Es decir: los "ideales" se sacrificaron en aras de la "seguridad" prácticamente al otro día de haber dicho lo contrario.    

Una presidencia para cambiar la historia

Desde el comienzo, Obama le imprimió a su discurso un sello de connotaciones históricas. Con el apoyo que le acababa de brindar el pueblo norteamericano, según él, "tensaba el arco de la historia orientándolo una vez más hacia la esperanza de un futuro mejor".

En realidad, el Presidente parecía ubicarse en un lugar elevado (confluencia de tiempo, de espacio y de poder), desde donde podía otear las posibilidades ´kantianas´ de un paso adelante en la marcha de la historia. De una historia que incorpora la racionalidad, ya no sólo la de los actores reales, sino la que de modo oculto e impersonal – al transitar por los subterráneos y los entresijos de la sociedad – termina por enderezar los acontecimientos variopintos y dispares de la realidad en un sentido de encuentro con ella misma; es decir, de encuentro con el progreso.

Ese paso adelante en la historia, quizá viable ahora después de tantos cambios en el mundo, podría hacer coincidir dos coordenadas del mundo político; la una interna, la otra externa; vale decir, el constitucionalismo liberal, de una parte, y la diplomacia, de la otra; en vez de esa incoherencia moderna en la que se juntan el constitucionalismo interno y el imperialismo externo. 

La astucia oculta de la historia parecía coincidir por fin con la racionalidad concreta del actor que estaba en condiciones de tirar del tren; esto es, el actor más poderoso, el de la gran potencia, capaz de pronto de pensar que son posibles y existen alternativas más allá de la guerra o de la imposición. Así Estados Unidos podría transformarse ("reinventarse", como alguien dijo en su momento) y pasar a ejercer un liderazgo sutil, y no brutal donde- si no la "paz perpetua" que imaginaba Kant- al menos prevaleciera la negociación sobre las hegemonías duras que se apoyan en la fuerza.

Tal era la conexión interna que pudo haberse alojado en el subconsciente colectivo, en forma de esperanza ilusoria, cuando hace un año Obama, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, recibió un alto respaldo de los electores y despertó la simpatía del mundo entero. Todos a una con los corazones latiendo al ritmo de la consigna sonora, clara e ilustrada del candidato demócrata: la consigna del cambio (change).

Eslogan éste, de inequívocas pretensiones históricas, que recibía además el soporte de otro, igualmente concreto, pero además movilizador y contundente, con esa contundencia que nace de la voluntad agregada a la racionalidad; el eslogan del  sí podemos (¡Yes, We can!).

El sí podemos expresaba la racionalidad y el deseo del actor concreto y particular, ubicado  en un momento de la historia. Por otra parte, la necesidad del cambio podría parecer, más bien, el sentido oculto, el camino invisible, de la racionalidad histórica.

Coyunturas históricas e imaginarios colectivos

Por la magia que revisten ciertos momentos (hechos de esperanzas, de fabricaciones ilusorias pero también de fenómenos reales), algunas racionalidades que no están necesariamente articuladas, rebrotan ensambladas, compactas, en el imaginario colectivo, dando lugar por ejemplo a una ilusión generalizada o a unas esperanzas en cadena. No importa si las condiciones desfavorecen su pronto cumplimiento o si los actores que las desatan carecen en efecto de la completa voluntad para materializarlas.

En realidad, Obama surgió como la síntesis que reunía en un manojo la voluntad y la razón concretas de un lado, con la posible racionalidad de la historia, del otro. De ahí que despertara, con sus promesas de cambio, una razonable ilusión colectiva. ¡La ilusión Obama!

Ilusiones erosionadas

Al cabo de un año, sin embargo, su Administración no consigue materializar algunas de sus ofertas, o las realiza a medias, o toma decisiones en un sentido contrario al de su proyecto; o si las lleva a término, su cumplimiento parece infortunadamente perder impacto, en medio de los otros tropiezos. Lo cual desemboca en una especie de estado de inacabamiento; de camino que no lleva a la meta esperada.

La consecuencia política no podía hacerse esperar: la ilusión colectiva se erosiona para dar paso a la descomposición de unos sueños que comienzan a truncarse. Son simplemente el reflejo, en el espejo de la opinión pública, de la fragmentación que experimenta a su turno la política de la nueva Administración, en medio de lógicas que son contradictorias. Aquellas del Estado y las de los poderes privados, en función de los equilibrios sociales; las de la mano imperial y las del consenso en la recomposición del orden internacional; las de la fuerza y las de la diplomacia en la solución de los conflictos.

En medio de estas lógicas encontradas, la utopía Obama discurre a través de un pesado y complicado engranaje, donde intervienen poderes efectivos, inscritos en correlaciones de fuerza, que no por estar institucionalizados, cuentan menos.

¿Cambio sin confrontación?

Poderes que el propio Obama no quiere doblegar, ni siquiera disminuir, y con los que por el contrario quiere contar. Lo cual explica por qué en eso que podríamos llamar el sueño de Obama no hay lugar para el ataque directo o la confrontación radical contra cualquier poder o contra fuerza alguna que dentro del propio campo del capitalismo, se oponga al cambio. Al contrario, se trata de un sueño que ha encontrado su legitimación en la ausencia de confrontación.

¡El cambio sin confrontación! Es un proyecto que desde el principio corría el riesgo de quedarse sin la confrontación, pero también sin el cambio. Además, sin que tampoco se logre evitar que haya confrontación; como lo demuestran la polarización intensa que transmiten los medios y la radicalización de la derecha política, algunos de cuyos ejemplos son la creación del Tea Party Movement, las patéticas arengas en Fox News y en algunas estaciones de radio, lo mismo que el racismo poco disimulado en marchas y mítines callejeros.  

La pretensión de un cambio sin confrontación con los poderes establecidos, sólo admite como salida, ese camino de en medio que se abre con el pragmatismo, muy enraizado en la cultura social y religiosa de los Estados Unidos, en los procesos de decisión característicos del aparato político, y en una dimensión de la personalidad del propio Presidente Obama. Se trata de perseguir lo que sea útil; y dentro de lo útil, de alcanzar lo que sea apenas posible, dadas unas condiciones reales.

Que es la vía por la que cautelosamente ha optado el Presidente en todas sus decisiones, tanto en política interna como en los asuntos exteriores. Con cálculo y con tino pero sin ninguna audacia, hay que reconocerlo. De ese modo ha procedido tanto en Afganistán e Irak, aunque en direcciones muy distintas, como en el caso de la prisión de Guantánamo; tanto en la reforma al sistema de salud como en el salvamento de las empresas en quiebra.

El problema del pragmatismo en medio de coyunturas críticas es que consigue reproducir las condiciones existentes pero no logra el cambio. Salva al gobierno pero no a los sueños. Estos últimos regresan al mundo pedregoso del presente, donde son resecados arenosamente por las tácitas o explícitas transacciones entre los poderes existentes, en vez de representar vivamente la superación de éstos.

Kant, la contingencia histórica y los logros de Obama

Kant, que era tan dado al reconocimiento de los universales, admitió sin embargo la existencia de la otra cara del mismo ser social, de la misma historia; es decir, la de la contingencia o el de la indeterminación histórica. En su célebre ensayo sobre la Ilustración (es decir sobre la modernidad) Kant admitió esa cara de la historia que transcurre como choques de fuerzas o encuentros de poderes que abren toda suerte de posibilidades: las del cambio, las de la regresión, o las de simple reproducción de lo existente.

La contingencia histórica, la de los poderes reales, obliga a que la ilusión Obama transite, apoyada en la ortopedia política de su pragmatismo, por entre una maquinaria sin cambios, de la cual sorprendentemente se espera que salga un cambio histórico. En ese tránsito desapacible por la maquinaria inmodificada del sistema, el proyecto de Obama consiguió, con todo, en el primer año de su Administración, empujar la economía para que revirtiera su caída; y también ampliar el sistema de salud con una reforma que ninguna Administración conquistó, ni de lejos, en los últimos 35 años.

Avanzó, por otra parte, en la reformulación doctrinaria de una política internacional, reorientando las coordenadas del orden mundial y de la conducta exterior de Estados Unidos. De lo cual se desprenden sus acercamientos útiles con tres poderes de nivel estratégico, como son Europa, China y Rusia. Pero deja aún sin ninguna hoja de ruta clara su intervención inevitable en tres conflictos claves, a saber: el de Afganistán; el de Israel y Palestina, origen de la desazón islámica; y el de Irán y sus ambiciones nucleares.

La operación de salvamento económico, lo mismo que la ampliación del sistema público de salud, aún con sus limitaciones, fueron dos hechos que consiguieron reposicionar al Estado como referente ineludible en los propósitos de equilibrio social.

De otra parte, el discurso de Praga sobre un mundo sin armas nucleares; el de El Cairo, sobre un diálogo comprensivo con la cultura islámica; y el de Beijing, sobre la necesidad de la asociación económica con potencias emergentes, de distinto signo ideológico; son todos  gestos con los que se han levantado referentes -entre ideológicos y pragmáticos- en la concepción de un orden internacional, orientado en función de la diplomacia y de la negociación; no en función del miedo, de la violación de los derechos civiles o de la guerra.

Limitaciones en los logros

Sin embargo, ninguno de estos avances ha terminado por impulsar progresos efectivos en la terminación de las guerras y de las ocupaciones militares en las que ha estado comprometida la superpotencia norteamericana. Tampoco ha logrado consolidar su posición de liderazgo en la solución pacífica del conflicto entre Israel y Palestina, o en el arreglo con Irán; o en el juzgamiento y detención conforme a una ley (sea nacional o internacional) para los prisioneros en Guantánamo. Se trata de unos avances que tampoco impidieron que el gobierno enviara más tropas a Afganistán, en una guerra que no sólo tiene todas las trazas de extenderse con una desestabilización de Pakistán, sino que no da muestras de una solución militar en el mediano plazo, como con optimismo lo prevén el Pentágono y la propia administración federal en Washington.

La formulación de nuevos y alentadores planteamientos, de inequívocos acentos liberales (progresistas); y su discordancia con los alcances prácticos que ellos consiguen; incluso, con decisiones que contradicen el sentido que los alienta, son cosas que ofrecen el efecto de caída desde el lúcido replanteamiento doctrinario hasta el cumplimiento fallido de la promesa. Es un efecto que llevó a los editores de Newsweek a presentar el titular de carátula más sintéticamente sugestivo en su calificación del primer año de Obama: "Yes He Can (But He Sure Hasn´t Yet ")- Él sí puede (pero sin duda no lo ha hecho todavía).  

Para poder hacerlo, tendría que empezar desde ya a reconducir las esperanzas despertadas por su proyecto hacia el terreno de la audacia política. Es lo que sostiene Zbigniew Brzezinski, alto gurú dentro de las filas del Partido Demócrata, en materia de política internacional. En un ensayo publicado en la influyente Foreign Affairs, sostiene  que lo que tiene por delante el Presidente Obama es el reto de la Audacia, a fin de trascender el discurso esperanzador en hechos de cambio histórico.

¿Esperanza sin audacia?

El problema es que, por lo visto en el primer año, lo que entraña la propuesta política de Obama es el aliento de la esperanza, pero quizá, sin la fuerza de la audacia. Lo cual es, en cualquier parte, una contradicción insostenible. Que puede terminar en resultados poco estimulantes, como lo enseñan todas las experiencias de frustración colectiva.

Después del primer año de cautelosa experimentación, el gobierno de Obama está obligado a recuperar la energía de la ciudadanía nueva, que ha cifrado en él sus esperanzas. Y lo debe hacer con movimientos audaces, traducidos en reformas internas como la de la educación y como la depuración del sistema financiero; al igual que en la materialización efectiva de su reformulación doctrinaria sobre el orden internacional, de modo que la fuerza de gran potencia sea puesta al servicio de una diplomacia dinámica y creativa -no al contrario.

La otra opción -no necesariamente ineficaz- que le queda, es la de encontrarle un lugar más creíble a su pragmatismo, con el que pudiere negociar algunas mínimas reformas internas, al costo de ejecutar hechos de hegemonía tradicional y de intervencionismo en el frente externo. Tal como lo han tenido que hacer otras administraciones demócratas, pues ese era el expediente que les permitía disponer de un margen suficiente para implementar algunas políticas económicas y sociales en el frente interno. En tal evento, no conseguiría ya mantener despiertas las nuevas energías ciudadanas, sino más bien neutralizar algunas franjas moderadas de la oposición conservadora. Ya no pensando desde luego en la historia, sino en la siguiente elección.

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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