Inicio TemasConflicto, Drogas y Paz Entre la tentación del fusil y la lealtad a la paz

Entre la tentación del fusil y la lealtad a la paz

Escrito por Ricardo García
La teoría monetaria moderna plantea soluciones distintas a las de las corrientes económicas ortodoxas

ricardo garcia duarte¿Hay lugar en estos tiempos para una “Segunda Marquetalia”? Sobre el llamado al rearme de Iván Márquez y el compromiso con la paz de los demás excomandantes de las FARC.

Ricardo García Duarte*

Símbolos que no encajan

Nada pesaroso o resignado se mostró Iván Márquez en su primer video proclamando su regreso a la selva. Y en el segundo video, su boina de desfile militar ni siquiera se desacomodó mientras explicaba las bases del nuevo “movimiento bolivariano”.

En uno y otro video, el excomandante desmovilizado de las FARC apareció como si recogiera los ecos de una noticia bíblica: el advenimiento ya no de otra Jerusalén, sino de una Segunda Marquetalia.

Solo que en estos tiempos no parece haber lugar para eso. Ya no existen las circunstancias que hicieron posible la primera Marquetalia. Por ejemplo,

  • Ha disminuido el flujo de campesinos que se asientan en pequeñas colonias de auto-subsistencia en las faldas de las cordilleras, y
  • Ya no corren con la misma intensidad las luchas agrarias, ni la resistencia frente a la persecución oficial de otras épocas.

Ese es justamente el problema con el discurso de Márquez: que desconoce la historia. Su mensaje se apropia de símbolos pasados para adquirir legitimidad, sentido histórico y procurar que el rearme no parezca como un acto arbitrario.

Pero como el símbolo no encaja en el contexto del posacuerdo, la metáfora de una Segunda Marquetalia pierde eficacia para justificar la guerra y queda al desnudo el intento de manipular o instrumentalizar un símbolo que para algunos significó mucho.

Lea en Razón Pública: Marquetalia II en el Inírida.

Lo preocupante

Al “proyecto” de Márquez y asociados le faltan la razón histórica y los nutrientes simbólicos, pero esto no necesariamente le impediría alcanzar algunos de sus objetivos.

El nuevo despropósito armado podría encontrar recursos que lo alimenten, y esto es lo más preocupante.

Verdad que las antiguas FARC enarbolaban reivindicaciones agrarias y metas políticas, pero no hay que olvidar que su notorio crecimiento entre 1982 y 2002 se debió al haberse aprovechado de las economías ilegales y las bonanzas locales en los territorios del conflicto. Estas fueron una fuente de riqueza susceptible de invertirse en un ejército subversivo, con el potencial de una mayor presencia en una sociedad periférica, inestable y fragmentada.

El problema con el discurso de Márquez: que desconoce la historia.

¿Sería posible repetir esa experiencia?

  • La fragmentación y la exclusión social persisten, a pesar de que en conjunto la pobreza se redujo del 40 por ciento en el 2009 al 30 por ciento en 2013.
  • Por otra parte, siguen siendo elevados los niveles de producción y circulación de recursos ilegales, particularmente los del narcotráfico. Actualmente tenemos 200.000 hectáreas sembradas de coca.

La movilización de recursos ilegales y las débiles y dispersas estructuras sociales —que fueron motor del antiguo crecimiento guerrillero— podrían permitir que las disidencias armadas mantuvieran sus acciones, aunque ya sin la convicción de encontrar un horizonte politico para su rebeldía.

grafica-ricardo-garcia.jpg - 104.74 kB

Elaboración a partir de: Fernández (2019), Restrepo (2019), FIP (2018) y UNODC y Gobierno de Colombia (2019).

La paz y su legitimidad

Al contrario de lo que pasa con el proyecto de rearme, el proyecto de la paz sí tiene un sentido histórico: se trata de abrir la posibilidad a quienes fueron guerreros de participar, así sea de manera limitada, en la reconstrucción del orden político. Es un espacio para la disputa por el poder sin el uso de la violencia, que puede desintegrarlo. Es una finalidad opuesta a la guerra.

Además, hay que decir que es un compromiso político y moral que sigue manteniendo la inmensa mayoría de los exguerrilleros de las FARC —bases, cuadros intermedios y dirigentes—.

  • De los 13.500 que dejaron la lucha armada después del pacto firmado con el gobierno, siguen firmes unos 11.000 excombatientes en su incorporación a la legalidad.
  • Apenas 2.500 han regresado a las armas, aunque de manera fraccionada, es decir, bajo la forma de diferentes disidencias.
  • Del antiguo Estado Mayor, no más de doce unidades han sucumbido a la tentación de los combates.

De los combatientes que se desarmaron, más del 80 por ciento sigue el curso de su integración a la vida civil y, de ese contigente, 3.220 viven aún en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincoporación. Dentro de estos espacios se siguen adelantando operaciones de reinserción más o menos exitosas por sus proyectos productivos, de modo que cada uno de ellos podría asimilarse, ahí sí, a una segunda Marquetalia, si se quisieran hacer comparaciones cargadas de simbolismo.

Finalmente, del Secretariado, máxima instancia de las FARC, unicamente Iván Márquez ha roto por entero con el acuerdo, mientras que los otros seis —Timochenko, Pablo Catatumbo, Mauricio Jaramillo, Pastor Alape, Carlos Antonio Lozada y Joaquín Gómez— permanecen fieles a la paz. El último lo hace sin renunciar a sus críticas sobre al proceso, pero sin apartarse del partido heredero de las FARC al que se consagra en su trabajo de Pondores en la Guajira.

Las vuelta a la guerra de Márquez fractura pero no aniquila el acuerdo de paz ni la voluntad de otros de continuar con el proceso.

Foto: Embajada de Colombia en India
Las vuelta a la guerra de Márquez fractura pero no aniquila el acuerdo de paz ni la voluntad de otros de continuar con el proceso.

Le recomendamos: 50 años de las FARC: de Marquetalia a la Habana.

Los intereses particulares y los retrocesos hacia la guerra

Tal vez el exjefe negociador Iván Márquez hubiese conservado una posición similar —la de criticar pero sin salirse del partido político— de no ser por la “trampa” tendida por Marlon Marín —su sobrino y colaborador de la DEA— en la que cayó fácilmente alias Jesús Santrich cuando apareció en un video involucrándose en negocios ilegales. Esta situación embarazosa expuso de nuevo a Santrich, a Márquez y a otros ex jefes guerrilleros a la amenaza de una extradición.

Ese fue el motivo inmediato para alejarse de la JEP y quedar en trance de regresar “al monte”, hasta cuando decidió, junto con Santrich, declarar su regreso a las acciones armadas.

Del Secretariado, máxima instancia de las FARC, unicamente Iván Márquez ha roto por entero con el acuerdo.

Por algo alias Timochenko, el jefe de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido recién creado, ha señalado que las disidencias parecen responder a intereses individuales. Y Sergio Jaramillo, el antiguo negociador del gobierno, ve en esa “deserción” frente a la paz un impulso malsano proveniente de la megalomanía de Jesús Santrich.

Ineficacia política y desconfianza

La construcción de la paz, la reinserción a la vida civil y la justicia transicional están cargadas de mucho mayor sentido histórico que el rebuscado y traumático retroceso a la guerra.

Pero no necesariamente están dotadas de una mayor eficacia política. A partir del nuevo grito de guerra de la facción disidente, la paz se desenvolverá entre la perturbación que surge de los focos revividos de conflicto y la azarosa consolidación de unos acuerdos que no dejan de resentirse por el lastre de desconfianza que arrastran los exjefes guerrilleros.

Esa desconfianza surge, desafortunadamente, de las sombras de relativa impunidad. O, dicho de otro modo, de las reservas frente a una justicia necesariamente flexible y que a los ojos de muchos resulta un costo muy alto por la demovilización de los exguerrilleros de las FARC.

En otras palabras, la disidencia de Iván Márquez puede encontrar los recursos materiales para su operación de guerra, pero no el sentido ni el capital simbólico para un objetivo revolucionario. Al contrario, la fidelidad a la paz de Timochenko puede hallar el significado histórico de su compromiso, pero no necesariamente inventarse los recursos ideológicos, discursivos y políticos que salven su legitimidad para encajar con las expectativas de la opinión democrática.

El juego que se descompone

Puede decirse que la dejación de las armas por parte de los guerrilleros fue el momento culminante de un juego de colaboración mutua entre dos enemigos. A través de la negociación se llegó a un pacto, sellado en el Teatro Colón de Bogotá, para que los adversarios —FARC y gobierno de Colombia— pudieran cooperar.

Más del 80 por ciento de los combatientes que se desarmaron siguen su curso hacia el reintegro a la vida civil.

Foto: Facebook: Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común
Más del 80 por ciento de los combatientes que se desarmaron siguen su curso hacia el reintegro a la vida civil.

La declaración de guerra de Iván Márquez y de Jesús Santrich no borra esa línea de cooperación, pero la fractura. Esto hace que el juego, ya en los marcos del posacuerdo, sea aún más contradictorio. A la lógica de la colaboración se agrega ahora la de la confrontación. Este hecho puede además enervar a los halcones dentro del establecimiento es decir, la línea de los que quisieran, por ejemplo, debilitar la JEP hasta hacerla inútil.

En este juego, ya no solo de cooperación, sino además de divisón y conflicto, aparte de la influencia saludable y democrática de una opinión pública vigorosa en favor de la política sin armas, las claves podrían estar en el manejo y la conducción del gobierno, si se decide a:

  • Sostener sin vacilación todos los acuerdos de paz;
  • Controlar la mano dura dentro del establecimiento;
  • Reunir consensos amplios alrededor del cumplimiento de lo pactado; y
  • Conseguir avances nítidos en el control militar sobre los nuevos focos armados.

*Cofundador de Razón Pública. Par ver el perfil del autor, haga clic aquí.

 

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad