
Gustavo Petro y la bandera del M-19
Compartir:
El presidente insiste en revivir la bandera del M19. Qué hay detrás de este gesto repetido, qué nos está diciendo sobre el proyecto político de Petro y qué tanta resonancia podrá tener este símbolo entre los colombianos.
Un símbolo en desuso
Gustavo Petro insiste en revivir la bandera del M-19.
El turno le correspondió ahora a un municipio caluroso del Tolima, Chicoral, donde hace 50 años los poderosos firmaron un acuerdo que puso fin al proceso de la reforma agraria que había sido impulsado por los presidentes liberales bajo el Frente Nacional (Ley 135 de 1961).
La tentativa reiterada del presidente es revalorizar un instrumento de adhesión sentimental, la bandera de una guerrilla del pasado, cuando ya no hay rastros de ese “pueblo en armas”.
Con este aliento de romanticismo sobrecargado, Petro pretende transmitir un sentido de revelación casi bíblica a una tela tricolor —la del azul, blanco y rojo— que pudo ser expresión del viaje mítico de los héroes, en la marcha por la liberación, pero que, pasados los acontecimientos, ofrece ahora su insípida desnudez como significante.
Ocurre lo mismo con mucho material simbólico ante la mala suerte de sufrir un vaciamiento, como depósito de significados.
Simbología política y cultural
Toda bandera es un símbolo y todo símbolo es una aglomeración de significados, plasmados en imágenes o en sonidos simplificados. Signo y símbolo son a veces considerados como la misma cosa; pero el segundo es una alta densificación de los significados, de manera que en la unidad mínima de representación se recoge una masa más grande de componentes. Un ejemplo conocido del símbolo es la cruz, que reúne una gran cantidad de elementos teológicos, históricos y culturales, acerca de lo que es el cristianismo. El símbolo entonces es denso y es complejo, por los sentimientos que mueve, por las ideas que contiene.
Cada bandera es un símbolo que resume los pretendidos orígenes fundacionales del colectivo, pero sobre todo sus aspiraciones; quiere reconocer el pasado y atrapar el futuro; expresar valores y trazar un deseo, la manifestación de una voluntad. Como muchos otros símbolos, la bandera es un referente de representación, de identidad y de emoción, de educación y de movilización:
– De representación, porque a la bandera se transfieren imaginariamente ideas, programas y subjetividades.
– De identidad, porque facilita el reconocimiento y la pertenencia, de los individuos y de los grupos.
– De emoción, porque concentra los sentimientos, permite despertar las pasiones que son combustible de cualquier causa.
– De educación, porque propicia la difusión de ideas, de conocimientos y principios.
– De movilización, porque facilita la agitación y la acción, a partir de las ideas y los sentimientos.
Por ello una bandera necesite una elaboración, a veces compleja y detallada, para encerrar la mayor cantidad de elementos comprensibles dentro de una presentación sencilla. Es el resultado de un trabajo racional donde interviene el cálculo, pero también el esfuerzo estético; y que al llevarse a cabo abre el camino para conseguir la unión entre representación y funcionalidad; mejor dicho, la eficacia simbólica.
Genealogía de los imaginarios
Cuando confeccionaron la bandera francesa —el célebre bleu, blanc, rouge; azul, blanco y rojo— sus promotores pensaron en una idea de conciliación entre la monarquía y la república. Después el Régimen del Terror juzgó, condenó y ejecutó a Luis XVI, y la Asamblea abolió la monarquía; pero la bandera tricolor siguió funcionando como el símbolo de la nación, a pesar de las restauraciones y las revoluciones.
En Colombia también el M-19 fabricó su bandera, casualmente con franjas similares de azul, blanco y rojo, para significar la unión del pueblo liberal y del pueblo conservador alrededor del eje de la paz. Solo que también en torno de la lucha armada representada por un fusil, esencial en el proyecto de un grupo que se proponía hacer la revolución. Por algo el slogan escogido fue: “Con el pueblo, con las armas, al poder”, síntesis de una utopía, la de una pequeña burguesía intelectual radicalizada, que se resumía en: masa, cambio y violencia revolucionaria.
La idea de plasmar el azul conservador y el rojo liberal pretendía recuperar la tradición de la Alianza Nacional Popular (ANAPO), movimiento fundado por Rojas Pinilla que había sabido movilizar ese pueblo bicolor, pero al que le robaron el triunfo electoral en 1970. La consigna mencionada también iba en la misma dirección: el pueblo lo proporcionaría la ANAPO; las armas las aportaría el grupo vanguardista.
Al comienzo de los 70, Jaime Bateman, hombre de extraordinaria imaginación, promovía reuniones discretas donde hablaba de su experiencia en las FARC, como asistente y consejero de Tirofijo y Jacobo Arenas, a quienes consideraba guerrilleros astutos, incluso sabios, pero cuya visión y paciencia los llevaría a quedarse en el monte sin llegar a tomarse el poder. Los respetaba sin duda, pero él quería una guerrilla más urbana, más ágil e imaginativa, capaz de dar golpes que aceleraran el tiempo histórico.
Bateman no hablaba de la ANAPO. Su tradición intelectual provenía del marxismo, circunstancia que no le impedía apropiarse de un lenguaje ajeno a la jerga de los comunistas. Su encuentro con Carlos Toledo Plata, médico y anapista de izquierda, probablemente lo llevó a utilizar como pretexto el robo de las elecciones, para reivindicar al pueblo movilizado por Rojas Pinilla.
Este propósito motivó el universo simbólico y discursivo de una guerrilla joven que empezó mostrando su capacidad para las operaciones militares de impacto publicitario. Con todo, la retórica, entre anacrónica y populista, de raigambre anapista, no parecía rendir muchos frutos. Era una estrategia de simbolización demasiado artificiosa para ser efectiva. La bandera y la consigna se quedaron sin substancia histórica.

Revitalización y decadencia de los símbolos
Ya sin conexión con sus orígenes heroicos, los símbolos se resecan como las “hojas muertas”, evocadas melancólicamente por Ives Montand. Solo que no necesariamente se mantienen indiferentes ante los acontecimientos que afectan la conciencia colectiva; de esta manera puede producirse un proceso de resignificación al incorporar giros o incorporar nuevos significados, en razón de la huella que dejan las coyunturas históricas.
El Arco del Triunfo en Paris, de haber sido levantado como símbolo imperial, pasó a tener un valor republicano, después del funeral del poeta Victor Hugo. El himno La Marsellesa, eclipsado y asociado con el Terror, revivió espontáneamente en los teatros donde el público entonaba sus acordes, para anunciar la nueva ola de alzamientos republicanos en el siglo XIX. Son datos que se encuentran en los estudios sobre Los Lugares de la Memoria, la obra colectiva dirigida por el gran Pierre Nora. Así, revitalización y resignificación pueden ir de la mano, en los cambios, experimentados por los símbolos, sin que estos modifiquen su apariencia.
Con la desaparición del grupo armado, su simbología perdió toda vigencia. Su conversión en partido resultaba incompatible con su emblema sobre el uso de las armas; además, la bandera nunca se pudo sostener con suficiente fuerza simbólica para representar la realidad de la paz. A pesar de éxitos políticos tan notorios, como la Constituyente del 91, la bandera se fue quedando un poco huérfana, sin alma propia en el nuevo contexto.
Texto y contexto
En los intercambios lingüísticos, en todo ese entramado de signos, es casi imposible separar el texto del contexto. El primero es lo que se escribe o se dice, con una cierta estructura lógica y gramatical. El contexto, por su parte, son las circunstancias lingüísticas, históricas y sociales que hacen comprensible el texto.
Ese contexto es fundamental para la interpretación. Si es cierto que todos somos intérpretes, como dice Gadamer, corremos el riesgo de quedarnos incomunicados o, peor aún, fragmentados sin la comprensión del contexto. Así acontece con los símbolos que son ante todo artefactos de comunicación.
Lo que ocurrió con la bandera del M-19 es que perdió su fuerza simbólica al modificarse el contexto; un estado de guerra se transformó en un marco de paz. Simplemente el susodicho símbolo se descontextualizó. Se desvaneció por la ausencia del agente social que lo sostenía.
En esas condiciones, corría el riesgo de convertirse en simple reliquia o de otro modo en mero fetiche que, para sobrevivir, encuentra el alma de los nostálgicos, de la cual nutrirse, un destino más bien reaccionario en el mundo de los sueños postergados. A no ser que encuentre vida en un nuevo contexto.
Recontextualización y riesgos de la inanidad
Después de 32 años de que el M-19 negociara la paz y de que sus símbolos se extraviaran entre el olvido y la marginalidad, uno de sus militantes, Gustavo Petro, ha conquistado el poder, por la vía de las urnas, un hecho insólito en un país donde los partidos tradicionales han dominado el espacio de la competencia política y la representación popular.
Un gobierno del cambio representa de hecho una reconfiguración, donde el gobierno y la oposición intercambian sus papeles; es un nuevo contexto para la acción y para el discurso. Petro no ha vacilado en poblar el imaginario colectivo con el cambio social y con el señalamiento a las élites de siempre, como esclavistas, seguramente con el propósito de forjar un bloque duradero de apoyo popular; es una empresa en la que finalmente también cedió a la tentación de batir en algunas manifestaciones de masas la bandera del antiguo grupo armado, esa guerrilla de sus querencias.
Un acto de añoranza que en un político como Petro, fogoso y corajudo en sus tiempos de parlamentario, puede ser la búsqueda inconsciente del refugio sicológico, frente a las incertidumbres banales pero desapacibles del poder. Algo parecido a lo que hace el toro que, otrora bravo, de pronto se aquerencia con las tablas a las que lo encamina la memoria secreta del corral.
Claro está que Petro, con la bandera y los símbolos del pasado, quiere ligar los antiguos ideales de la lucha armada y las negociaciones de paz, con el proyecto del cambio. Se trata de experimentar con la recontextualización de un símbolo, a fin de reanimar un proyecto de gobierno, solo que se encuentra con la oposición inercial que provocan las memorias equívocas de la lucha armada y también los recuerdos de los desvaríos de una aventura.
Con esas limitaciones, este esfuerzo de recontextualización simbólica por parte del presidente, aún si reinscribe los artefactos del pasado en la búsqueda de la paz y el cambio, muy seguramente terminará en la más absoluta inanidad política, esa reiteración de algo sin ninguna transformación, un abismo pando, pero que es la perdición.
Le recomendamos: Caleidoscopio Petrificado: ¿Una mirada cuántica a la política colombiana?
Acerca del autor
Ricardo García Duarte
*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.
2 comentarios





Profesor García: Conocí a Petro en su apartamento en las Torres del Parque hace años. Nos citaron a un grupo de académicos a las ocho de la noche en punto. Petro se apareció dos, tres horas tarde. Recordar eso puede ser simplemente anecdótico pero…
Interesante artículo. Desde México un saludo de paz y bendiciones, mientras las Comunidades Musulmanas celebran aquí también el Mes de Ramadán. Volviendo al tema de Colombia, en México y Costa Rica el Movimiento 19 de Abril (M19) tuvo una significativa presencia y apoyo. No olvidamos el intenso trabajo promovido por Rafael Vergara en los Años 80 del siglo pasado, el XX, para conseguir aquí la unidad, primero del exilio político y también de las y los Colombianos, en general, para promover Paz y Justicia Social. Me agrada que nuestro compañero presidente Gustavo Petro recuerde la bandera y a las y los combatientes del M19. Atentamente, Fernando Acosta Riveros, Colombiano-Mexicano simpatizante de la Integración de Nuestra América