Obama y las tendencias electorales en Estados Unidos - Razón Pública

Obama y las tendencias electorales en Estados Unidos

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ricardo garcia

La personalidad de los candidatos, las lealtades partidistas y los hechos de coyuntura explican los cambios en las encuestas electorales, pero esta vez en Estados Unidos se está consolidando una “nueva mayoría”.

Ricardo García Duarte

Si las encuestas no mienten, si ellas describen una tendencia sostenida, el ganador en los comicios de este 4 de noviembre será Barack Obama, el candidato afrodescendiente y mestizo, cuya presencia le ha dado una intensidad y un atractivo especiales a las elecciones de 2008.

Lo que muestran las encuestas

Una vez que Hillary Clinton reconoció la derrota y que la Convención del Partido Demócrata lo proclamó su candidato oficial, Barak Obama se ubicó por encima del republicano John McCain en las encuestas de opinión. Poco después las distancias se acortaron, en un movimiento de oscilación natural para un país cuya opinión es claramente bipartidista. Vino luego el "efecto Palin", la fórmula  vicepresidencial de McCain que revivió el fervor republicano y lo puso a encabezar por un momento las encuestas, pero el péndulo fue regresando a la que parecería ser la tendencia general durante toda la campaña: el triunfo del candidato demócrata sobre el republicano, tendencia que en las últimas semanas se ha ido consolidando al aumentar la ventaja de Obama desde unos tres o cuatro puntos porcentuales a alrededor de diez puntos en la encuestas de este fin de semana.

Los cambios de la opinión

Las variaciones registradas en esa suerte de electrocardiograma que son los sondeos permanentes se han producido bajo la influencia de al menos tres factores, a saber: el impacto de cada candidatura, las tendencias generales de adscripción partidista  y la incidencia de la coyuntura.

Así, el atractivo que rodeaba a la precandidata Hillary Clinton, cuando aún estaba lejos  el 4 de noviembre, la impulsaba a encabezar los sondeos de opinión, a lo cual se sumaba un elemento de la coyuntura, que empujaba hacia arriba su crédito político: el descrédito  de la Administración Bush.

Un tiempo después, cuando el Partido Republicano dirimió la disputa en las primarias a favor de McCain, la fuerza de retención  partidista obró para evitar que el péndulo se desplazara hacia el Partido Demócrata, cuya intensa competencia interna lo hacía por entonces más atractivo. En efecto, a raíz del desprestigio que rodeó al Gobierno Demócrata de Carter y la victoria arrolladora de Reagan, durante las tres últimas décadas había venido en ascenso electoral el Republicanismo conservador – aunque el Demócrata  Clinton obtuvo dos reñidas victorias en los años 90. 

De ese modo,  la tendencia Republicana mayoritaria contrarrestaba la caída que por otro lado provocaba el tremendo desgaste de la presidencia de George W. Bush; por lo que los innegables atributos de Hillary y de Barack Obama no alcanzaban a constituir un arrastre   suficiente para que uno u otro se "despegara" de McCain en las encuestas.

Por fin llegaron las Convenciones. Inmensos rituales de consagración, donde cada partido unge a su candidato en una especie de misa solemne laica, y  de paso  concentra la atención pública sobre la figura y el discurso del candidato, en un ambiente de celebración y exaltación que debe reflejarse en un ascenso en las encuestas. Esta vez el efecto para Obama no fue muy notable, pero sin duda lo fue para McCain.

El primero daba la impresión de haber llegado a su techo y además estaba sufriendo la resistencia de muchos de los partidarios de Hillary, su rival de la víspera, resistencia que provenía sobre todo del voto femenino dentro de las filas Demócratas.

Al mismo tiempo y desde la otra orilla, McCain logró introducir un elemento de sorpresa con su fórmula  vicepresidencial  al escoger, él sí, a una mujer, la gobernadora de Alaska Sarah Palin, fórmula  con la cual  -en ese juego de imágenes falseadas que son las competencias electorales-  conseguía enviar el mensaje de que el candidato Republicano efectivamente representaba el cambio porque había escogida a una mujer.  En esa misma jugada, McCain envió el mensaje inverso,  un mensaje tranquilizador para la franja más  refractaria al cambio dentro de su partido, dadas las ideas ultraconservadoras de la candidata a Vicepresidente.

Este golpe de imagen, ya sólo por serlo, se convertiría en un hecho político, pues en las competencias electorales dentro de las democracias modernas, aquellas tienden a resolverse en la sola perspectiva instrumental de la imagen; de la imagen en sí misma;  aquella que queda vacía de contenido o que se divorcia del contenido real propio de las exigencias que impone la coyuntura o que plantean las necesidades históricas de una nación.

En todo caso, con la carta de Sarah Palin puesta sobre la mesa, la que además aportaba la sencillez y la frescura necesarias para atrapar la simpatía del ciudadano normal, McCain supo atraer la atención de los medios de comunicación y encaramarse en las encuestas como si de ese modo hubiese conseguido reagrupar las corrientes ideológicas y sociales que desde los tiempos de Reagan habían dado tendencialmente el predominio al Partido Republicano, dentro incluida, en varias ocasiones, la franja más moderada y conservadora de los votantes Demócratas.  En esas condiciones, tomaron la largada los dos candidatos para enfrentar los tres meses intensos de campaña, propiamente dicha.

El evento decisivo

Estos tres meses -agosto, septiembre y octubre – debían ser lo suficientemente largos para que Obama pudiese remontar la tendencia favorable a los Republicanos. Pero simultáneamente tenían que ser muy cortos para McCain por la razón contraria: evitar que cualquier acontecimiento detuviera el aliento que había recibido su candidatura, aliento momentáneo, que seguramente conducía a reunir en una misma dirección de simpatía a los Republicanos moderados y a los ultramontanos.

El tiempo cronológico ha sido por supuesto igual para ambos candidatos. Lo diferente fue el tiempo social, pues un suceso sacudió a los Estados Unidos y afectó de modo muy distinto las dos candidaturas.  Este suceso por supuesto fue la crisis surgida de las hipotecas tóxicas que hicieron estallar la burbuja de la especulación financiera.

La crisis produjo en el público un efecto de asociación negativa  entre los hechos y los protagonistas; en este caso, entre la propia crisis y la Administración Bush, a la vez que hacia ineludible la relación entre esta última y la candidatura del Republicano  McCain, por más que éste pretendiera distanciarse de aquella.

En consecuencia, un "efecto de coyuntura" vino a modificar en la sensibilidad pública  la ecuación de que el mayoritario conservadurismo de la opinión ciudadana sumado al rechazo prejuicioso contra la novedad de un afrodescendiente en la Casa Blanca, serían factores que terminarían por afianzar el triunfo del candidato Republicano.

La crisis, rodeada de facetas claramente recesivas, provocó en un sentido inverso una asociación positiva entre el momento difícil y el personaje que puede hacerle frente; es decir, entre la necesidad de salir de aquella y la candidatura de Obama.  Este no tuvo más que en adelante agregar a su retórica inteligente y bien estructurada, una línea de actitudes  que mostrara su capacidad reflexiva para la toma de decisiones.

Sociología y mapas electorales

Manteniéndose en esa línea  de actuación, Obama consiguió hacerse creíble como estadista y, en consecuencia, creíble como producto electoral, que ya no es solo imagen atractiva pero vacía,  sino imagen que recupera una conexión de sentido con el contenido real de la coyuntura política y social.

La sintonía de Obama con la ciudadanía mayoritaria, mostrada en las encuestas de modo persistente durante los dos últimos meses de campaña, podría estar significando, además de la mera posibilidad de un triunfo, la recomposición del mapa electoral, tanto geográfico como social.

La carta geográfica estaría a punto de sufrir una fuerte alteración, puesto que algunos de los Estados que tradicionalmente votan republicano o que en todo caso votaron por Bush, se inclinarían ahora por Obama. Este hecho representaría, si no un cambio duradero de adscripción política, al menos una afirmación de las deslealtades partidistas en el campo Republicano, deslealtades que un líder carismático pero centrista como el candidato Demócrata podría reconducir en el mediano plazo en favor de sus propias opciones, si consiguiera llegar a la presidencia y ejercerla con cierta eficacia. 

Los Estados  que podrían materializar este desplazamiento en las tendencias electorales son Colorado, Ohio, Iowa, Nevada y Virginia.  Incluso, un bastión conservador como Carolina del Norte, residencia de muchos militares retirados, en las encuestas  ha mostrado una clara intención de pasarse a las filas de Obama, lo que reflejaría un profundo descontento de los ciudadanos con la forma como se ha orientado la política oficial de Estados Unidos, tanto interna como internacionalmente.

Se trata del comportamiento que asumen los segmentos de electores adscritos a un mismo partido, pero con adscripciones sociales distintas o con identidades culturales y actitudes políticas específicas y diferenciadas entre sí. Son franjas de electores cuya perspectiva en las escogencias que hacen en elecciones pueden sufrir cambios a través de los ciclos que experimenta la marcha de la política norteamericana.

Así, el discurso de recuperación de la grandeza de los Estados Unidos a comienzos de los años 80, junto con la atmosfera del conservadurismo renovado que se propagó entonces, fueron factores que no solo se tradujeron en esa especie de "revolución conservadora" del orden político y del desorden económico, representada por Ronald Reagan, sino que además obraron en favor de que la figura de este presidente y su doctrina sustrajeran de la influencia del partido Demócrata a muchos de sus electores pertenecientes a las clases medias, lo mismo que a muchos Demócratas conservadores de los Estados del Sur.

Ahora tendría lugar un movimiento pendular en el sentido inverso, con un Barack Obama representando, desde las filas Demócratas, al progresismo en términos de la vida cultural y al centrismo en el campo político.  Por lo pronto, el candidato ya levantó el ánimo colectivo que era indispensable para atraerse a los votantes más moderados o conservadores de su propio partido, neutralizando su fuga hacia un McCain, que por su parte aparecía ajeno a la derecha extrema del Republicanismo.  Lo que los sondeos han mostrado finalmente es la unidad sin fisuras entre moderados y liberales dentro del partido Demócrata.

Adicionalmente, el candidato mestizo, egresado de la Escuela de Leyes de Harvard, supo ganarse la adhesión  de varios millones de jóvenes, en cuyas representaciones mentales consiguió vincular el imaginario de renovación y cambio con su propia figura de senador joven, recién llegado a la arena electoral y capaz de representar la etérea condición de challenger frente al establishment político.  Mientras cautivaba a ese ejército de jóvenes electores, impidió, por último, que las mujeres votantes que apoyaron a Hillary se fueran finalmente hacia McCain, atrayéndolas de nuevo  hacia el redil Demócrata. 

Finalmente, a la luz de lo que indican los sondeos en diferentes Estados, pudo conquistar la intención de voto de algunas franjas de republicanos moderados o de electores independientes, lo cual podría facilitarle el diseño de una nueva coalición de segmentos electorales que, en el terreno de los enraizamientos sociales, en el de las identidades culturales y en el de las  actitudes políticas, suponga una extensión del campo del Partido Demócrata, partido que se vería ayudado por una coyuntura que puso de manifiesto las consecuencias desastrosas de un modelo, en el que el poder político mostraba demasiada liberalidad con respecto a la especulación del capital financiero; y en el que, al decir de Paul Krugman, flamante nuevo premio Nobel de economía, las clases medias sufrían el deterioro de sus condiciones económicas, mientras los grupos más altos en la pirámide social se hacían más ricos.

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Ricardo García Duarte
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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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