Las marchas indígenas del Cauca: del mito a la realidad - Razón Pública
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Las marchas indígenas del Cauca: del mito a la realidad

Escrito por Carl Langebaek
Carl Henrik Langebaek

Carl Henrik LangebaekEl tratamiento de las marchas indígenas por parte del Gobierno y de los medios dice más sobre la cultura y la democracia colombianas que sobre los indígenas, según el analista y decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes.

Carl Henrik Langebaek *

Una leyenda urbana

Durante las últimas semanas el país ha presenciado paros o amenazas de paro por parte de los corteros de caña, los trabajadores de la rama judicial, los funcionarios de la DIAN y los de la Registraduría Nacional del Estado Civil, para sólo mencionar los principales.  Pero ningún conflicto social ha despertado tanto interés nacional e internacional como la protesta de los indígenas del Cauca, que produjo movilizaciones masivas, bloqueo de carreteras, enfrentamientos con la Fuerza Pública y la muerte de tres indígenas, antes de  que el Presidente de la República finalmente dialogara con ellos en Piendamó y llegara al acuerdo de seguir dialogando.        

En un análisis reciente para Razón Pública, Ricardo Bonilla encuentra que "en la huelga judicial, en la de los cañeros y en general en asuntos laborales, el Gobierno no ha actuado como empleador ni como mediador, sino como adversario de los trabajadores; se trata de desconocer a la contraparte y, más aún, de convertirla en enemigo del Estado". Esto se dio también en el caso de los indígenas, y tanto que la primera reacción del Presidente y su Ministro de Protección Social fue declarar que las marchas del Cauca habían sido instigadas por la oposición para "desestabilizar" al Gobierno y que el movimiento estaba "infiltrado por los terroristas".

Pero en el caso de los indígenas se añade un elemento de discriminación por parte de las autoridades y de buena parte de los medios de comunicación: se llegó por ejemplo a decir que los corteros de caña son "empresarios" y privilegiados, pero nadie escribió que estuviera cansado de ellos ni a nadie se le ocurrió criticar sus costumbres y su cultura. Ningún columnista destacado escribió, por ejemplo, que "son dos las cosas que no me aguanto del tema indígena. Una, la defensa a ultranza que hacemos desde la civilización para impedir, con la disculpa de preservar intocables las raíces étnicas, sociales y culturales de nuestros aborígenes, que superen sus más puros niveles de atraso y así continúen saciando nuestras ilusiones paisajistas…. La segunda cosa que no me aguanto es la cara opuesta: la impunidad con la que actúan amparados en su condición de minoría étnica. Como son indígenas, pueden prohibir que en sus tierras se explore en busca del petróleo que necesita explotar el país. Como es indígena, nadie puede impedir que una madre que ha parido gemelos los bote a su suerte bajo un árbol para ahuyentar los malos espíritus. Y como son indígenas, hay que permitir que asuman la justicia por su propia mano, castigando a los suyos a punta de cepo y latigazos. La semana pasada resolvieron bloquear la carretera Panamericana y defenderse de los intentos de desalojo de la Fuerza Pública con bombas molotov y papas explosivas…[1]  pretendiendo una impunidad a la cual supuestamente les da derecho la misma circunstancia: es que son indígenas."[2]

Según la opinión predominante en el gobierno y en los medios de comunicación, estamos pues ante una protesta injustificada y abusiva, cuando no subversiva, por parte de quienes pretenden abrogarse derechos que no tienen los demás colombianos.

Las dos versiones

Colombia se representa a sí misma -y quiere ser vista por el mundo- como un país culturalmente diverso y orgulloso de su diversidad, con leyes progresistas y con una Constitución de avanzada. Pero las marchas del Cauca y su tratamiento por parte del Gobierno y de los medios parecen demostrar que el problema  indígena sigue vivo y que la sociedad acepta fácilmente la estigmatización de sus minorías étnicas. ¿Cuál de las dos visiones corresponde mejor a nuestra realidad?

Privilegios de los indígenas    

Comencemos por aceptar que la Constitución del 1991 otorgó derechos especiales a los pueblos indígenas, por encima de los afrocolombianos y muy especialmente de  los campesinos mestizos, quienes por supuesto forman el grueso de la población rural. Es más: en el plano simbólico,  los campesinos y trabajadores corrientes pasaron a un segundo plano, después de años en los cuales tratamos de construir una "identidad colombiana" a partir de la figura del mestizo.

Con la nueva Constitución, los indígenas ratificaron derechos sobre la tierra y adquirieron herramientas que les fueron negadas a otros grupos marginados. Incluso es cierto que muchos intelectuales miran con indiferencia a los cientos de mestizos -colonos y campesinos- que han perdido sus tierras a manos de las oscuras fuerzas paramilitares -e inclusive a manos de programas de "saneamiento de resguardos"-. Y no faltan académicos que ignoren el problema campesino o que los pinten como destructores de la naturaleza y por tanto como ciudadanos de segunda, con menos dignidad  o derechos que los pueblos indígenas. Esta es una cara de la moneda.

Las tierras de los indígenas

Pero la moneda tiene otra cara. Si bien, sobre el papel, los indígenas son dueños de amplias extensiones de tierra, en la mayoría de los casos no ejercen un control efectivo sobre ellas. En unos casos el control lo ejercen fuerzas irregulares, especialmente los paramilitares, que en situaciones como la de El Darién tienen poder sobre lo divino y lo humano. En otros casos se trata de reservas naturales que les fueron otorgadas a los nativos con la idea de que ellos eran "guardianes de la naturaleza", pero donde las actividades económicas son controladas por el Estado.

Y lo que viene a ser más importante: una proporción enorme de las tierras "indígenas" no es apta para la agricultura porque se encuentra en la región amazónica o en las vertientes andinas erosionadas. Por tanto miles de familias indígenas en diversas partes del país tienen aún carencias de tierras e incluso serios problemas para atender sus necesidades de alimentación más elementales.  A pesar de los textos legales y de las promesas reiteradas por sucesivos gobiernos, la mayoría de los pueblos indígenas sigue pues sin resolver sus problemas de propiedad, tenencia y uso económico de la tierra.

El desastre y el conflicto

Aquel incumplimiento contrasta con medidas tan dudosas como la "Ley Páez", que otorgó generosas exenciones tributarias para beneficio de grandes empresarios con la disculpa de un desastre natural cuyas principales víctimas – mayoritariamente indígenas del Cauca- siguen viviendo en las mismas condiciones de miseria que antes de desbordarse el río Páez.

Para no añadir que los indígenas del Cauca también han sido víctimas de otro  desastre social, el del conflicto armado: durante décadas han sufrido la violencia de diversas corrientes guerrilleras y grupos de paramilitares, como también los abusos de agentes del Estado. A pesar de la retórica constitucional, los indígenas siguen siendo un sector de población altamente "vulnerable" o – para decirlo sin el eufemismo- un grupo  francamente vulnerado de la población colombiana.  

Todos en la cama

Pero la cosa puede llevarse más lejos. La disparidad de derechos entre indígenas y    campesinos no debe prestarse a la conclusión de que los primeros deban ser desmejorados sino, por el contrario, de que es hora de reivindicar los derechos de los segundos: independientemente de su etnicidad, los indígenas y los mestizos del campo y de la ciudad necesitan y merecen mejorar sus condiciones de vida.

Mientras eso no sea así,  la reivindicación étnica seguirá siendo una de las pocas vías – una vía, por cierto, de gran fuerza simbólica- para que al menos una parte de los excluidos intente defender sus derechos.

Creer en la democracia

Un gobierno democrático no puede insistir en negarles o en recortarles a los desfavorecidos aquel  derecho a reclamar sus derechos. Esta es la base y la esencia de la democracia. Y al contrario: el desconocimiento de las minorías étnicas  es una marca distintiva y corrosiva de los regímenes totalitarios, como enseña la historia de la Unión Soviética.

La legitimidad de las protestas indígenas en el Cauca no puede ser negada con el argumento – aún si fuera cierto- de que ellas le sirven a la oposición y de que fueron  infiltradas por la guerrilla (un argumento que, de paso y sin prueba alguna, insinúa que entre oposición y guerrilla hay cercanía). Recordemos que la izquierda colombiana por muchos años consideró a  los pueblos indígenas como reductos inútiles de "modos de producción" ya superados, y repitamos que las comunidades indígenas han sido víctimas recurrentes – y no beneficiarias- de las guerrillas.

Verdad que a lo largo de la historia los movimientos indígenas han sido manipulados  por políticos de todos los estilos y de todas las tendencias. Pero precisamente esto demuestra que el fortalecimiento de las causas y organizaciones indígenas redundará en su mayor independencia, como de hecho ha venido sucediendo en los últimos años. Desconocerles esa autonomía es regresar al tiempo en que los indígenas eran tenidos por menores de edad.

Un malestar cultural

La reacción predominante del gobierno y de los medios de comunicación muestra la gran dificultad que tiene Colombia para manejar el tema de la diferencia cultural. Desde tiempos de La Conquista y hasta el día de hoy, los políticos e intelectuales han acuñado toda suerte de imaginarios acerca de los indígenas. La mayoría de los estereotipos son     negativos, como decir que se trata de "pueblos atrasados" o que los "indios" son caníbales, o que son perezosos. Algunos otros imaginarios son positivos, al menos en el estilo del "buen salvaje": que los indígenas no conocen la violencia, o que siempre cuidan de la naturaleza.

Pero estas retóricas positivas e idealizadas parecen sospechosas, desde cuando Bolívar y San Martín decían en sus proclamas que los nativos eran auténticos "compatriotas" y dechados de virtud, pero en su correspondencia privada los despreciaran profundamente. Desde entonces "el indio" ha generado una reacción contradictoria: retóricamente se le acepta o se le idealiza, mientras en la práctica se les explota o se les discrimina.

Es hora de que las retóricas y las idealizaciones, así como las estigmatizaciones y las reducciones, no sólo con respecto a los indígenas, sino a cualquier grupo humano, den paso a los hechos concretos y que otros sectores marginados de la sociedad puedan movilizarse pacífica pero enfáticamente a favor de una sociedad más equitativa.

 

* Antropólogo de la Universidad de los Andes con doctorado de la Universidad de Pittsburgh. Trabaja con especial énfasis en arqueología de Colombia, historia del pensamiento antropológico y la etnohistoria del siglo XVI, especialmente sobre los muiscas y taironas.

– La foto del artículo fue tomada del archivo de la Organización Nacional Indígena de Colombia ONIC.

 

Notas de pie de página


[1] En realidad -y aunque el señor Presidente lo negó en un principio – la aparición de un video obligó a reconocer que la Fuerza Pública había disparado contra los marchantes. 

[2] María I. Rueda, "Lo que no  aguanto del tema indígena", El Tiempo, Octubre 19, 2008.

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