Conmemoración, discurso de despedida y balance de gobierno - Razón Pública
Foto: Fotografía oficial de la Presidencia de Colombia

Conmemoración, discurso de despedida y balance de gobierno

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El 20 de julio, conmemoración de la Independencia e inauguración del nuevo Congreso, fue aprovechado por el presidente saliente para hacer el balance del gobierno que termina.

El 20 de julio es conmemoración repetida de un republicanismo temprano pero ambiguo. Claro que también es fecha inaugural, la de un nuevo Congreso, expresión de la democracia representativa. Es pasado y porvenir. Así mismo, momento de balances, los del gobierno que termina: a falta de empalme, un ritual para pasar revista al estado de la Nación y mostrar las condiciones en que ésta queda para quien se haga cargo del gobierno que llega. En ese anudamiento entre el pasado inmediato y el futuro que aterriza, se sitúa el discurso de Petro, el presidente saliente. Una suerte de disertación ante los congresistas entrantes. Pieza con la cual ha querido dibujar un horizonte optimista, quizá venturoso, apalancado obviamente en las realizaciones de su Administración. Lo ha hecho así, frente a los trazos apocalípticos con los que una oposición reactiva y conservadora justifica la promesa de un “renacimiento” después de la debacle propiciada por el petrismo en el poder.

Pero el país, lejos de caminar por el borde del precipicio como con saña repite la derecha, no ha hecho más que avanzar en el campo social; en el bienestar del pueblo, que es lo que importa. Ha sido ésta la idea escogida por Petro para defender su gestión cuando se alista para dirigir la oposición contra el todavía impredecible Abelardo, el presidente electo que, apertrechado con una envenenada munición, encuentra como blanco a la izquierda, el acuerdo de paz y, sobre todo, al mismísimo mandatario del Pacto Histórico.

La construcción discursiva de Petro

Sobre tres líneas, el presidente-orador forja su lenguaje discursivo. En primer término, es la desmesura o el uso de la metáfora llevada a sus extremos; por ejemplo, el cosmos como el ámbito en el que debe resonar su palabra; así mismo, algunas imágenes como el país de la belleza, y la potencia de la vida. En segundo lugar, es la confrontación, o sea el ataque contra el que presunta o realmente le haga daño al pueblo; allí caben los esclavistas, los fascistas y los codiciosos. Finalmente, es la explicación, el conjunto de las ideas puestas en orden; es la argumentación, un ejercicio que se ilustra con alertas frente al cambio climático o la necesidad de redistribuir los ingresos, mientras se incrementan impuestos a los más ricos. Son todas ellas líneas de despliegue lingüístico que suponen roles distintos en el sujeto que comunica. Como cuando se trata de un simple agitador o de un avezado propagandista político o, incluso, de un versado académico. Solo que en este caso el orador-presidente integra esos diversos roles en su relato, los enlaza y los alterna.

Con la primera línea, el orador convertido en agitador pretende despertar un sentido escatológico de horizonte, un ánimo de futuro, para despertar las ilusiones. Con la segunda, el político construye al enemigo, a fin de asegurar la cohesión y la disciplina en sus propias filas. Y con la tercera, ya como expositor, transmite el mensaje, lo hace comprensible, para organizar la acción y para legitimarla.

En algunas ocasiones, la exageración o también la confrontación, cada una por su lado, erosionan la narrativa, disminuyen la eficacia de la comunicación. Pero la argumentación proporciona un anclaje en la realidad. Las tres líneas integradas acaban por salvar en un grado importante la eficacia simbólica del discurso, la cual queda sellada con dos complementos, la emoción y el heroísmo, que remiten al orden pasional, y la lógica, que remite al orden racional. Es evidente que el entrelazamiento de esos tres roles y de sus finalidades –racionalidades y escapismos, sensateces y paranoias, todo incluido— le ha permitido al Petro-orador mantener finalmente unas cotas de popularidad cercanas al 50%, nada despreciables en Colombia.

¿Inclinación final por la línea de la argumentación?

En su despedida ante los congresistas, el presidente escogió la línea de la explicación, en la que se imponen el tratamiento ordenado de los temas, la sustentación racional y las cifras; claro, sin olvidar el lenguaje impresionista y cierta evocación heroica para conjurar los miedos y mostrar coraje frente a la persecución con la que el nuevo poder quiere amedrentarlo, ese poder instrumental de un Abelardo que ha levantado la amenaza de extraditar a Gustavo Petro por supuestos acercamientos con criminales mafiosos, cuando el propio De la Espriella se ha dedicado por mucho tiempo a ganar dinero asesorando a narcotraficantes en Miami, para su entrega a la DEA y a los fiscales de distrito, bajo el esquema de información a cambio de rebajas de pena, todo ello según las denuncias del New York Times.

EL núcleo del discurso presidencial fue el de la mejora en las condiciones de los más débiles; dicho de otro modo, de los “últimos”, los mismos que bíblicamente deberían ser los primeros. Ya no los “nadies” de Francia Márquez, tampoco los “nunca” de Abelardo. A trabajar en favor de los “últimos”, los más vulnerables, se aplicó su proyecto político, la única tarea que da sentido a un gobierno de izquierda, sostuvo Petro en su exposición.

Hizo efectivamente descender la pobreza monetaria al 28%, diez puntos menos, y la absoluta al 9,6%, cifra de un solo dígito, progreso notable. Con lo cual sacó a casi cuatro millones de la penuria. Además, subió el salario mínimo en términos reales en 17%, sin provocar la inflación en proporciones equivalentes, factor que probablemente ha mantenido el crecimiento del PIB por la vía del consumo. Un PIB que crece, es verdad, pero que lo hace con tasas nada espectaculares, más bien mediocres, tan solo el 2,6% en 2025… aunque, bueno, es porcentaje similar al de Chile, un país comparable.

¿Y las debilidades macroeconómicas?

No se refirió Petro a otros problemas decisivos de la coyuntura económica que, de no enfrentarse pronto, pueden desembocar en fenómenos peligrosos de estanflación, una mezcla perversa de recesión e inflación.

Son problemas como el déficit fiscal, que ha alcanzado la cifra del 7,8% del PIB, una barbaridad. Y así mismo, la deuda pública, que llega al 60% con respecto a ese mismo PIB, un nivel de vértigo. Son dos indicadores que continuarán retroalimentándose, en una perspectiva cíclica de degradación económica, si al mismo tiempo no llega un crecimiento económico apreciable, el que entrañe mayores ingresos del Estado por recaudo tributario.

Si el déficit primario no baja, entonces crece como compensación la deuda, cuyos costos se pueden disparar, como ya sucede, por la degradación crediticia que certifican las calificadoras internacionales. Déficit abultado y pago de intereses traen la inflación. Mientras tanto, los altos intereses que debe mantener el Banco de la República para neutralizar las tendencias inflacionarias encarecen el crédito e implican contracción económica.

Ambivalencias en los resultados

El presidente en su discurso realzó los frutos de su gestión social, lo que es apenas normal, pero calló las grandes fallas macroeconómicas, las del déficit y la deuda, material combustible del discurso de una oposición antipetrista que, en cambio, desconoce los avances contra la pobreza. El silencio calculado y la exageración son parte de las estrategias discursivas entre quienes se disputan ya no el saber, sino el poder.

En la pelea entre unos y otros, solo se ven los yerros del contrario y los aciertos propios, no al contrario, por lo que la autocrítica es una práctica extraña. De ahí que en las contradicciones políticas –guerras o elecciones– hay siempre el riesgo de un vacío interno, el de la verdad, que no encuentra asidero firme. Es una dificultad superable, por supuesto, pero solo con el debate y con el tiempo. El debate proporciona la argumentación, de donde afloran ciertas verdades de consenso. El tiempo aporta la mirada para poner en perspectiva las verdades y las mentiras de cada contrincante, para redimensionarlas y darles otro sentido.

Foto: Radio Nacional de Colombia

Las cosas en perspectiva

Bajo el cobijo del tiempo consiguen su duración los seres y las cosas. La duración los resitúa y las resignifica. Al comienzo pueden parecer grandiosos y luego normalizados o empequeñecidos. Es la perspectiva de los que actúan necesariamente en esa línea del tiempo. Cada político, cada caudillo, quiere inaugurar un mundo, pero de pronto queda atrapado en una simple etapa, dentro de una evolución social sin sobresaltos, sin especiales cambios cualitativos; y, por cierto, termina compartiendo muchas de las ejecuciones gubernamentales de sus propios adversarios, limitados como están por las estructuras del régimen en el que conviven. En esa línea del tiempo, los acontecimientos y las decisiones se reconfiguran y toman una dimensión distinta.

En el mundo etéreo de la retórica, las fallas del adversario son infernales; maravillosos son los triunfos propios. Pero ocurre que a menudo la historia se vuelve rutinaria y la vida “tibia”, por contraste con la hipérbole ideológica, de radicalizados contrastes.

El cuatrienio Petro no es tan catastrófico como lo pinta Abelardo, tampoco tan luminoso como lo defiende el presidente que termina. Es cierto que hay menos pobres y más empleo, pero la informalidad golpea fuertemente y el indicador GINI sigue prácticamente igual. El país no ha bajado del rango vergonzoso de las tres naciones más desiguales del planeta. Ciertamente no se produjo el cambio social, pero tampoco sobrevino un estancamiento calamitoso en el desarrollo de mediano alcance.

Hubo, por el contrario, un cambio en el orden político, en el mundo de la representación. Petro consiguió modificar la ecuación de este último, con la conformación de un movimiento de izquierda que, en términos de opinión, hoy representa a la mitad del país, lo que significa un avance en la alternancia del poder, una rotación en sentido fuerte —entre distintos, no entre iguales—, factor decisivo en el pluralismo democrático. 

Le recomendamos: Del empalme a la polarización: prueba de fuego para la democracia colombiana

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Ricardo García Duarte
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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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