
Polarización, sí, pero también fragmentación
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La campaña avanza entre insultos y descalificaciones, pero el país no está dividido en dos mitades: detrás del ruido polarizado persiste un sistema fragmentado que limita cualquier hegemonía.
Lenguaje de guerra
A medida que avanza la campaña, los dardos van y vienen, como en el preludio de una guerra; vuelan los insultos entre unos y otros; políticos que se prodigan frases sin filtro, ataques ofensivos; incluso injuriosos, que podrían dar lugar a procesos judiciales.
- Paloma Valencia arrancó su precandidatura, en una escena de mal teatro griego, implorándole a Iván Cepeda que no la “fuera mandar a matar”, haciendo creer que el candidato de izquierda era un matón oscuro, determinador de crímenes seleccionados y no un defensor de las víctimas.
- Abelardo, rotundo e inmisericorde, dejó caer por su parte la sentencia de que a la “izquierda había que destriparla”.
- Por último, Uribe Vélez, el expresidente, le suelta al mismo Cepeda, candidato del Pacto Histórico, el calificativo de “bandido”, nada más y nada menos; de representante del “narcoterrorismo”, como si se tratara de un auto cabeza de proceso contra un criminal mafioso, ni siquiera contra un guerrillero, además sin exhibir una sola prueba. Puro lenguaje camorrero y espíritu revanchista; así mismo, ánimo de exclusión en política, lo que Carl Schmitt podría tipificar como lógica del “enemigo”, lejos de la competencia entre “adversarios”.
- A su turno, Iván Cepeda le recuerda al expresidente Uribe Vélez el hecho de que ha desarrollado su carrera política desde en cercanía con paramilitares, clanes mafiosos y bandas armadas de derecha, un señalamiento reiterado al que no responde y para el que no ofrece una claridad inequívoca, agrega el representante de la izquierda.
En otras palabras, “narcoguerrilleros” de un lado; “paracos” del otro; es el ping-pong de las sindicaciones mutuas, ataques descalificadores, bajo esa sombra de murciélago, la del conflicto armado interno, que aletea siempre envolvente; sombra densa, perturbadora del orden legal y origen de estigmatizaciones.
Fantasmas
Ocurre sin embargo que ya no están los paramilitares de antes o no los que se agrupaban en las siniestras AUC. Por otro lado, las FARC se integraron a la vida civil. Ninguno de esos terribles actores existe como en el pasado; a Carlos Castaño hace mucho tiempo lo mandó a matar Vicente, su propio hermano, muerto a su vez por otro compinche; y Mancuso ha llegado a ser un discreto gestor de paz. Mientras tanto, Timochenko se ha convertido en pacífico exguerrillero que pasa sus días con la familia en una solariega finca del Quindío.
En verdad, los ataques han escalado en una inquietante espiral, lo que sin duda traza una polarización, una marcha hacia los extremos. No son desavenencias, aflora una auténtica hostilidad, que acarrea potencialmente la voluntad de aniquilar al “otro”, así se desenvuelva por ahora en el plano verbal, una hostilidad irreversible —moral e ideológica, un tráfago de ofensas, referidas al conflicto armado.
En efecto, se trata de una profunda línea divisoria, una grieta peligrosa; por supuesto, de carácter espectral; pero una polarización, al fin y al cabo; en la que se convocan los fantasmas violentos, referentes de un período escabroso, el que va de 1982 a 2016. Se apela a ellos para deslegitimar un presente en el que la izquierda petrista “llegó para quedarse”, justamente porque el país superó ese pasado inmediato de violencias cruzadas.
¿Por la hegemonía política?
Este encono atravesado no es sustancia; pertenece por el contrario al orden de un discurso instrumental, el de hacer prevalecer la desinformación y la descalificación, sin una ética del lenguaje y sin el esfuerzo por una argumentación razonable.
Se inscribe más bien en la búsqueda de una hegemonía, un poder decisivo e influyente, entre las dos fuerzas políticas que han emergido durante los últimos 25 años y que no terminan por universalizarse en la representación política, aunque suelen dominar la agenda pública, además de poner los candidatos.
Son los dos “ismos” más fidelizados, marcas reconocibles en el “mercado político”, el petrismo y el uribismo, claramente ubicados dentro de la división derecha-izquierda; capaces de atraer al mismo tiempo otras líneas de diferenciación, al menos de intentarlo, las que tienen que ver con el poder y la sociedad civil, con la guerra y la paz, la identidad de género y la diversidad cultural; atrapables por esa fractura histórica, promotora todavía de fijaciones simbólicas.
Son, además, proyectos ideológicos, dueños de recursos eficaces para capturar simpatías y ganar adhesiones: el discurso, los imaginarios, la organización y el liderazgo; todo lo cual asegura un enraizamiento en la sociedad y la promesa de una durabilidad, por encima de los errores en el ejercicio del gobierno, más allá de las vacilaciones en una empresa política que, por otra parte, asume los retos de futuro; un colectivo en formación que por cierto entraña un espíritu de rebaño, con solidaridades internas, mezcla del interés y la pasión; a prueba de las fugas que trae el tiempo, con sus accidentes y contingencias.
La disputa entre alternativas contradictorias
Uribismo y petrismo invocan los fantasmas de la violencia narcoparamilitar y narcoguerrillera, precisamente porque ambos movimientos han surgido en cierta forma de esa misma fuente, como respuestas a ese destino trágico que todo lo contagia, el del conflicto interno, múltiple y virulento; por supuesto, desde diferentes perspectivas, cada uno bajo signos distintos.
Uribe creció y creció porque existían las FARC, a las que enfrentó, debilitándolas finalmente. Y el petrismo irrumpió como un fenómeno de masas porque el Acuerdo de Paz con la guerrilla campesina despejó el camino para que las clases medias urbanas, los profesionales y muchos sectores subalternos en las regiones se atrevieran a votar por quienes reivindicaban el cambio, sin que fueran identificados con la lucha armada y con el maximalismo de la revolución socialista.
Mientras se erosionaban sin remedio las lealtades partidistas, emergieron como sustitutos, el uribismo y el petrismo; el primero para apropiarse del discurso de la seguridad, en una nación sembrada de violencias; el segundo para reivindicar la equidad y las reformas, en un país campeón de la desigualdad social. En el conflicto armado y la inseguridad busca su justificación el uribismo; en la inequidad y la pobreza, en su solución, se valida el petrismo.
En el orden político, los viejos partidos se vieron de pronto huérfanos de proyecto y divorciados de las esperanzas ciudadanas. En el orden social, cierto crecimiento económico, con un leve ascenso social, abrió un abanico de expectativas de bienestar.
Por otro lado, los territorios y la periferia se volvieron el escenario de las rentas ilegales y del control geográfico por medio de la violencia. En la lucha ilegal por los recursos y el territorio, halló eco el llamado del uribismo, su invocación a la seguridad. En la revolución de las expectativas, sobre todo la de los jóvenes, ha encontrado respuesta positiva el llamado progresista del petrismo.

Ascenso y límites
Por los tiempos en que expiraba el mandato de Andrés Pastrana, Uribe Vélez, el ex – gobernador de Antioquia, ya convertido en candidato, contaba apenas con el 3% en las encuestas, mientras llegaban los ecos quebradizos de un Caguán sin salida, una experiencia de negociación, cuyo fracaso terminó por catapultar al candidato antioqueño.
Uribe tuvo la doble fortuna de engancharse en la guerra contra unas FARC que habían llegado al tope de sus ambiciones estratégicas; y, además, de lanzarse por fuera de un partido Liberal ya desgastado. De modo que con su triunfo en el 2002 comenzó a labrar una triple hegemonía desde la trinchera derechista: gobierno, congreso y opinión pública.
Consolidó su dominio de la escena política mediante la construcción de una coalición hegemónica que, sin embargo, alcanzó sus límites cuando la Corte no le permitió un tercer período y cuando Santos, el sucesor, se decidió por una paz razonable, un contexto nuevo en medio del cual, Uribe quiso insistir extemporáneamente en la guerra (en el NO a la paz), lo que terminó estancándolo como otra minoría más, aunque con una influencia que le permite hoy aspirar a regresar al poder a través de la candidata que apadrina.
El abandono de las armas por las FARC, ese divorcio entre la política y la violencia, abrió las posibilidades para el despegue de una izquierda que siempre se mantuvo en el 4% o 5%, exactamente en los bordes de la marginalidad; pero que en 2018 consiguió en la elección presidencial más del 40% de los votos, los mismos que respaldaron a Petro.
Después del estallido social o revolución de las expectativas en clave de resistencia, la izquierda alcanzó un sonoro triunfo, con el 51% de los votos depositados por ese mismo candidato. Petro se convirtió en un presidente cuya gestión ha contado sin embargo con débil gobernabilidad y una escasa formación de consensos. Pero estsa limitaciones no ha cancelado el proceso de expectativas, lo que le brinda a la izquierda nuevas posibilidades de llegar al poder en este 2026.
Hoy, en el sistema fragmentado de partidos, la derecha uribista y la izquierda petrista son los partidos más fuertes, aunque ninguno de los dos consigue una mayoría absoluta. El Pacto Histórico reúne el 23% de la votación, mientras más abajo el Centro Democrático consigue apenas el 15%.
Así, la izquierda se instala como un actor influyente y permanente en la escena política; y sin siquiera llegar a su techo; mientras la derecha uribista recupera algo de su representación y juega como la segunda fuerza, aferrada a sus banderas de la guerra y del anticomunismo, con la raída ilusión de que la supervivencia de clanes armados y guerrilleros irredimibles reconfigure en el reino de los temores la mala fantasía de que aun existen las FARC, lo que siempre le dará votos.
Las dos fuerzas, en efecto, son las más grandes, pero no dejan de pertenecer a un mosaico de minorías, el formato real del multipartidismo colombiano; y ni siquiera entre las dos superan el 40% de las fuerzas partidistas; apenas lo alcanzan con dificultad. Con lo cual no consiguen construir una centralidad divisoria; no dividen al país político en dos mitades simétricamente equivalentes.
Por fuera de su bipolaridad existe aun el 60%, o más, de la representación política que escapa al foco de intensa polarización, algo que obliga a los dos opuestos principales, la derecha y la izquierda, a radicalizar sus narrativas diferenciadoras, sus discursos de exclusión y de distanciamiento ideológico; todo ello a fin de cerrar su déficit de representación y con el objetivo de llenar los faltantes de legitimación, desde su condición de minorías.
Las narrativas de exclusión y los discursos de estigmatización pueden comprometer a las bases más radicalizadas de cada partido y movilizar a los votantes más fieles, pero difícilmente garantizan una nueva hegemonía, como fue el caso de los partidos tradicionales. Menos aún en un escenario de fragmentación parlamentaria, lo cual implica más bien la mezcla de una bipolaridad radical con un multipartidismo sin norte.
Polarización y fragmentación. Por cierto, una yuxtaposición difícil para la gobernabilidad democrática.
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Acerca del autor
Ricardo García Duarte
*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.
1 comentarios




Un artículo muy lúcido. Es interesante cómo la polarización mediática intenta vender una narrativa de dos mitades, pero el congreso real funciona de manera fragmentada. Esta paranoia constante en el discurso político actual parece una partida de Among Us, donde todos sospechan de todos y la supervivencia depende de armar alianzas temporales. La gobernabilidad democrática hoy en día exige superar esa lógica de exclusión y enfocarse en la construcción de verdaderos consensos.