Obama, una dura apuesta - Razón Pública

Obama, una dura apuesta

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César Gonzalez

Un presidente Obama exitoso, reelegible, duradero en la vida pública, muy probablemente no será ni el héroe ni el villano con el que sueñan o se asustan ambos extremos del espectro ideológico.

César González Muñoz*

Barack Obama llega a la Casa Blanca en un ambiente de euforia sin precedentes. Euforia, claro, de quienes creen que este Presidente gringo encarna la oportunidad de reformar y relanzar a los Estados Unidos como una sociedad democrática, igualitaria y dirigida por un sistema capitalista exento de brutalidad y de ceguera. Este "partido" tiene adeptos en todo el mundo, y cree -correctamente – que los vientos del cambio en Estados Unidos llegarían a todas las regiones del planeta. 

En la otra ribera están los escépticos, los miembros de la derecha política y los fanáticos sionistas, islámicos, cristianos…. Para ellos, Obama podría ser el ángel anunciador de una época aciaga. No obstante, la euforia y el optimismo se imponen.  La toma del juramento del 20 de enero será uno de los acontecimientos más exitosos de los "mass media" en todo el globo.

Pero, como suele ocurrir con estos episodios históricos, el asunto está lleno de grises. Un presidente Obama exitoso, reelegible, duradero en la vida pública, muy probablemente no será ni el héroe ni el villano con el que sueñan o se asustan ambos extremos del espectro ideológico. Podría llegar a ser, sí, una figura imprescindible para la comprensión de la historia de Estados Unidos  de aquí a mediados del siglo 21. En todo caso, este presidente llega al poder ejecutivo en medio de una fanfarria sin precedentes. El riesgo de una frustración es evidente.

El mundo tiene muy altas expectativas frente a la nueva estrategia exterior de Estados Unidos después de la tenebrosa era de GW Bush. A pesar de ello, la máquina de la burocracia federal estará mirando hacia adentro, por lo menos en las primeras etapas de la nueva administración.  El programa interno de Obama es de marca mayor: Va desde la política anticíclica contra la peor recesión económica en sesenta años, hasta cambiar las reglas de producción y consumo de energía, pasando por un aseguramiento universal en salud.  

La política de estímulo macroeconómico es de por sí un reto sin precedentes para los hacedores de la política económica y para el Congreso. El número de puestos de trabajo no agropecuarios disminuyó en 524,000 entre noviembre y diciembre pasados. En el 2008 la baja fue de 2.6 millones (en términos absolutos la más grande en un periodo anual desde finales de los cuarenta). Hace sólo dos años la tasa de desempleo fue 4.4% y en diciembre ya estaba en 7.2%. Analistas bien reputados han llegado a predecir que, antes de comenzar a bajar, este número podría alcanzar el 10%  en el 2010. El empujón fiscal que Obama le propondrá al Congreso podría costar entre 800,000 mil millones y un billón de dólares y llevaría la deuda del gobierno federal a cifras que provocarían el envío de una misión especial del FMI a cualquier otro país.

Para un presidente llegado con menos fanfarria,  el sólo problema fiscal ya sería un premio de montaña fuera de categoría: La semana pasada la Oficina Presupuestal del Congreso proyectó que en el año fiscal hasta septiembre de 2009 el déficit federal llegará a 1.2 billones de dólares, o sea el 8.3% del PIB. Aquí no se incluye el costo del programa de estímulo fiscal, y además las proyecciones son optimistas en cuanto al aumento del recaudo tributario por la vía de la terminación de las rebajas de impuestos de la era Bush.

Pero este es un momento de expectativas ampliadas. Por ahora, el déficit pasó de ser un demonio a un rufián corregible.  Dependiendo de las reacciones de "los mercados" y del resto del mundo, el desencanto podría ser colosal.

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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