
Cinco retos para el nuevo Papa
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Una mirada crítica pero esperanzada sobre la deuda histórica de la Iglesia Católica: la modernidad, la mujer, los pobres, la unidad cristiana y el respeto por los pueblos del mundo son retos de cuya superación depende la supervivencia de esta institución milenaria.
Foto: Plaza vaticano, PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR El dilema La elección del sucesor de Benedicto XVI planteaba a la Iglesia Católica una opción fundamental acerca de su misión en el siglo XXI y del papa que esta misión va a requerir:
¿La Iglesia Católica aspira a ser una fuerza decisiva en el siglo XXI, o prefiere asumir el riesgo de quedarse atrás ante la global accountability que caracteriza hoy a nuestro mundo?
¿Va a convertirse en la iglesia abierta de Hans Küng y de Edward Schillebeeckx, o seguirá siendo la iglesia obscurantista de una curia liderada por figuras como Alfonso López Trujillo y Darío Castrillón? No solo se trata de cumplir su mandato de evangelizar es decir, de optar por una pastoral centrífuga de diálogo humilde con el mundo moderno (Gaudium et Spes) en vez de una actitud centrípeta de control disciplinario (Concilio Vaticano I). Se trata también de ganar un mínimo sentido de realidad en un mundo donde incluso Arabia Saudita le lleva ventaja, al haber incluido a una mujer en su gabinete. Esta opción supone cerrar cinco brechas o deudas históricas, que fueron agravadas durante los reinados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, con: i. el mundo moderno; ii. la mujer; iii. los pobres; iv. las otras denominaciones cristianas; v. los pueblos del mundo, particularmente del Tercer Mundo, abandonando su eurocentrismo. Confrontación con la modernidad ¿Tiene algún sentido que la Iglesia prolongue su pelea perdida con la modernidad — a la cual debería agradecer la bendición de su pérdida del poder terrenal y de haber hecho realidad algunos de sus propios valores-? ¿Tiene sentido seguir en contravía del racionalismo científico, de la secularización, de los derechos humanos incluidos los de la mujer, en vez de dialogar sobre la base del universalismo paulino, los derechos humanos, la democracia liberal, el Estado solidario de bienestar socialdemócrata, la transparencia y la accountability? ¿Quién quiere regresar a la premodernidad, a la inquisición ilustrada hoy por la sharia islámica en Irán, Afganistán y Pakistán? Pero la gran oportunidad — la que habría permitido recuperar siquiera un siglo de los dos de atraso de que habla Martini — fue la vertiente progresista del Concilio Vaticano II, aplastada por Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, junto con la curia vaticana. Tras la fase integrista de confrontación con la modernidad de los Píos, Juan XXIII lanzó el Concilio Vaticano II para dejar atrás la actitud dogmática de confrontación del Concilio Vaticano I. Pero infinidad de pronunciamientos y de nombramientos papales mantuvieron anclada la Iglesia Católica un siglo atrás. De ello no hay mejores ejemplos que dos prelados colombianos:
Posición con respecto a la mujer y al sexo La jerarquía católica (junto con el Islam) figura entre los culpables más recalcitrantes de la deuda de la historia universal con la mujer, al negarse a leer este signo apabullante de los tiempos, a pesar de gestos efectistas como la petición de perdón por parte de Juan Pablo II.
Pero esto no es solo una herencia de la cultura premoderna: la cultura eclesiástica ha asimilado, institucionalizado y canonizado una actitud defensiva frente al sexo, con consecuencias desastrosas en su actitud con respecto de la mujer y en su visión del matrimonio y de la procreación. Este es un problema de enorme complejidad sicoanalítica y sociológica, que simplificado hasta lo caricaturesco podría enunciarse así: diversas influencias, incluidos el monaquismo oriental y algunos textos bíblicos, permeados por la tradición misógina judía, que combinaban la ascesis de la negación del sexo con la misoginia, llevaron a que la iglesia de Occidente impusiera el celibato sacerdotal –siendo que el evangelio veía el celibato como una opción carismática esto es, excepcional- ligando disciplinariamente sacerdocio y celibato. La imposición de esta norma a sacerdotes que la aceptan por razones disciplinarias – y no por haber recibido aquel carisma— se tradujo en un mecanismo psicodinámico clásico de proyección en el otro y de empoderamiento de lo negado en sí mismo. El culto a la virginidad y el rechazo del sexo alcanzaron así dimensiones cuasi–patológicas en la cultura eclesiástica, una de cuyas manifestaciones fue la condena de los medios anticonceptivos por decisión de Paulo VI — instigada por Wojtyla — que desconocía el concepto favorable de la Comisión Pontificia. Esta supuesta defensa de la dignidad de la mujer al reducirla al funcionamiento “natural” de su aparato reproductivo en Humanae Vitae — producto de una antropología obsoleta basada en la ley natural, que omite toda su realidad como ser humano en desarrollo — va de la mano, en la dinámica psicológica descrita, con la exclusión de la mujer del poder católico y el rechazo a la ordenación femenina en las denominaciones protestantes. La Iglesia y los pobres La alianza histórica del poder jerárquico con los ricos y poderosos resulta de una acrobacia que tergiversa el Evangelio y la vida de Jesús, dada su clara predilección por los pobres: define su misión como traerles las buenas noticias, los llama bienaventurados y los exalta en la inversión de la estructura de poder del Magníficat. Esta distorsión se expresó, por ejemplo, en la persecución de la iglesia popular de América Latina que llevó a cabo Juan Pablo II y fue aplicada por López Trujillo. Este Papa confundió su confrontación con el stalinismo en Europa del Este con el conflicto social en América Latina — al que polonizó, haciéndose funcional para Reagan y la CIA — con enormes costos para la región (y no apenas para Nicaragua). Otro gran pecado ha sido el silencio sobre la tragedia de los palestinos, que contrasta con la solidaridad del World Council of Churches — la confederación mundial de iglesias protestantes — manifiesta en su resistencia al apartheid impuesto por Israel en contra de la población palestina. Es algo similar al sospechoso silencio católico frente al holocausto, silencio que contrasta con el martirio de Dietrich Bonhoeffer, pastor y teólogo luterano que resistió heroicamente en contra del nazismo. La institución que dice ser inspirada por la verdad que libera (Veritas liberabit vos) no ha demostrado el despego suficiente de las instituciones del poder civil ni ha salido en defensa de las propuestas liberadoras en lo político, como se seguiría naturalmente de la denuncia evangélica acerca del culto al poder político como idolatría. Al contrario. La preocupación eclesial por el poder la ha llevado a canonizar regímenes opresivos con los que se ha aliado y a perseguir a quienes intentan desarrollar el profetismo evangélico en contra de esos regímenes. Los cismas de Oriente y de Occidente: escándalo contra la unidad La incapacidad para superar los cismas debido al autoritarismo papal — la autoridad jurisdiccional suprema del obispo de Roma y la declaración de infalibilidad — refleja nuevamente una distorsión de valores. ¿Qué será más importante: la unidad de los cristianos o ese autoritarismo (o el celibato sacerdotal o la exclusión de la mujer del ministerio)? Pero ¿para qué es la Iglesia? Nadie puede pretender haber sido llamado para sí, ni Israel, ni la Iglesia, nadie: la Iglesia es para el mundo, el instrumento para anunciar al mundo la buena nueva. ¿Podrá la Iglesia Católica curar en sábado (dar prioridad a su servicio pastoral)? ¿O seguirá pensando que el hombre se hizo para el sábado (y no el sábado para el hombre), es decir, que la iglesia en su sentido jerárquico–jurídico debe prevalecer sobre la iglesia en su sentido de comunidad? En este sentido, ¿el precepto canónico del celibato — establecido tardía y polémicamente — seguirá siendo más importante que atender a decenas de millones de fieles por intermedio de decenas de miles de laicos cualificados, casados, hombres y mujeres? ¿Es necesario sostener a toda costa la visión del sexo y de la mujer que la Iglesia heredó del judaísmo y del monaquismo, desconociendo asimismo las raíces psicológicas e institucionales del escándalo de la pedofilia, en conexión directa con la confusión disciplinaria del ministerio y el carisma celibatario? Eurocentrismo contra la catolicidad ¿Puede llamarse católica — es decir, universal — a una institución cuyo colegio electoral conserva una proporción de cuatro veces más europeos que latinoamericanos, siendo que América Latina duplica a Europa en su número de fieles? La elección de Francisco constituye sin duda un avance, pero queda mucho camino por recorrer. Esperanza para el siglo XXI Pero sobre Iglesia, a pesar de todo, no podemos sino ser optimistas, como es testimoniado por incontables vidas de servicio -tales como monseñor Salah en Riohacha o las Lauritas en la Sierra Nevada, y por mentes libres como Bonhoeffer, Barth, Congar, Chenu, Küng, Schillebeeckx, Moltman, Rahner, Metz y Boff. Nuestra generación vió una luz de esperanza en Medellín, en obispos como Hélder Camara, Eduardo Pironio y Gerardo Valencia Cano, en la teología política de Moltman, Metz, y Schillebeeckx, en la Teología de la Liberación, antes de que Juan Pablo II la ocultara, y sigue viendo en todos ellos, es decir en el espíritu de Gaudium et Spes y de desempoderamiento de Bonhoeffer la Iglesia para el mundo que necesita el siglo XXI.
* Director del Centro de Estudios Asiáticos UAM. PhD y M Phill en Economía, y Diploma en Desarrollo, de la Universidad de Cambridge. Profesor de las universidades de Los Andes, Javeriana y Cambridge e investigador del CEDE y Fedesarrollo. Consultor de la ONU, Banco Mundial y asesor de agencias gubernamentales; investigador y conferencista en las Universidades de Oxford y Goettingen, y del Instituto de las Economías en Desarrollo (Tokio-Bangkok).
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Acerca del autor

Ricardo Chica
*Ph. D., M.Phil. en Economía y Diploma en Desarrollo de la Universidad de Cambridge. Columnista en múltiples medios y ha sido Profesor de las universidades de Los Andes, Javeriana y Cambridge e investigador del CEDE y Fedesarrollo.
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