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Sri Lanka: Barbas colombianas en Remojo

Escrito por César González

César gonzalez

La mano dura en Sri Lanka plantea preguntas para Colombia.

César González Muñoz *

La mano dura para pacificar el conflicto interno en Sri Lanka, no puede dejar de generar algunas preguntas en el caso colombiano.

Los portugueses llamaron a Sri Lanka, la vieja Ceilán, "la perla del océano índico"; La isla tiene un ambiente tropical, se produce buen té y las variadas especias que allí se dan fueron el impulso y la fascinación  de Colón en su delirante búsqueda de "Las Indias"; separada del continente indio por un estrecho de 29 kilómetros, tiene un territorio equivalente al  6% del área continental de Colombia. Son 66 mil  kilómetros cuadrados de un territorio que registra una de las historias más viejas de la tierra. Sus 20 millones de habitantes han vivido, por décadas, uno de los más agudos conflictos armados étnico – políticos de hoy.

El conflicto armado en Sri Lanka adquirió gran violencia en las dos últimas décadas. Los Tigres Tamiles, una poderosa organización político – militar tienen – o tenían, según las noticias – una agenda separatista: Reclamaban una Patria para la comunidad Tamil (originaria de la India), en las regiones norteñas y orientales de Sri Lanka. El problema es sumamente complejo, y envuelve asuntos históricos, religiosos, étnicos, culturales.

La prensa internacional pública en estos días la crónica de la victoria militar del ejército sobre la guerrilla: Una victoria, como todas las gestas de esta clase, cubierta de sangre de combatientes y de población civil.

La evolución de los hechos en Sri Lanka en los últimos siete años divide la opinión de la ciudadanía de Sri Lanka – y de la comunidad internacional – entre quienes creen que la carnicería de las batallas finales entre los Tigres Tamiles y el ejército era el costo necesario de la pacificación del territorio, y quienes piensan que el triunfo militar del gobierno es otro punto más en la ecuación de la crueldad humana.

En 2002 las partes militares en conflicto acordaron un cese al fuego como trasfondo de un proceso de paz negociada; una paz que podría implicar la creación de un estado federal y el reconocimiento de dos culturas en el mismo territorio: La de los Tamiles y la de la mayoría Cingalesa.

Desde 2004, los dos sucesivos gobiernos de Sri Lanka hicieron todo lo posible por deshacerse de los acuerdos de cese al fuego. El actual presidente de Sri Lanka, Mahinda Rajapakse prometió una paz justa; pero su discurso era contundente: La solución militar es la única opción  para liberar a los propios tamiles de la opresión de la guerrilla, y para proteger la integridad de la nación.    

Y así ha procedido el gobierno. En el último y trágico episodio de la guerra, que ha llevado a la muerte a toda la dirigencia guerrillera y a un desmantelamiento efectivo de la organización, miles de civiles han perdido la vida o han sido desplazados en condiciones muy crueles tratando de escapar de la lluvia de plomo. Los Tigres, siguiendo su propia tradición, utilizaron en la batalla final a la población civil como carne de cañón o como trabajadores forzados. Las fuerzas armadas de Sri Lanka han sido acusadas de ejecutar graves violaciones de los derechos humanos.

En el frenesí bélico de los últimos meses, el gobierno buscó silenciar las voces disidentes. Muchos defensores de los derechos humanos, periodistas u observadores, que planteaban un manejo diferente o que criticaban las acciones o las políticas gubernamentales, fueron acusados de ser protectores, amigos o simpatizantes de los Tigres, con todas sus implicaciones judiciales y (sobre todo) extrajudiciales.

Todo indica que el conflicto de Sri Lanka, al menos en esta etapa  de la historia, ha terminado con un alto costo humano y en el estrépito de gozosos gritos de victoria. Como para poner las barbas colombianas en remojo.

 

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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