Continúa la saga del dólar - Razón Pública
Inicio TemasEconomía y Sociedad Continúa la saga del dólar

Continúa la saga del dólar

Escrito por César González

César gonzalez

La acelerada pérdida de valor del dólar tiene al mundo ante una disyuntiva: organizar una salida concertada –para la que falta una autoridad macroeconómica global–, o pagar el alto costo de dejar que se corrijan de manera abrupta los desequilibrios globales

César González Muñoz*

El dólar es la divisa predominante. En primer lugar, es la moneda de facturación y de cuenta más usada en las transacciones internacionales.

En segundo lugar, el grueso de la deuda externa pública se denomina en dólares. Igual cosa ocurre con la deuda que emiten las empresas privadas en los mercados internacionales.

En tercer lugar, el dólar es la moneda más transada en los mercados cambiarios del mundo[1].  Para propósitos comerciales y financieros – incluyendo la especulación y el cubrimiento de riesgos cambiarios –  las compras y ventas de dólares son, de lejos, las transacciones más importantes en esos mercados.

En cuarto lugar, el dólar es la principal moneda usada por los bancos centrales para mantener sus reservas internacionales. Éstas conforman el “respaldo” para el pago de importaciones y para el servicio de las deudas externas, y además constituyen el arsenal para intervenir en las tasas de cambio de las monedas locales. Por eso, más de la tercera parte de los activos internacionales poseídos en el resto del mundo corresponde a inversiones en Títulos del Tesoro de Estados Unidos (2,6 trillones de dólares).

El privilegio del Príncipe….

Puesto que su banco central es el emisor de la moneda internacional, desde mediados del siglo XX Estados Unidos ejerce un privilegio señorial: Sus agentes económicos gastan en el exterior en exceso de sus ingresos, y el resto del mundo ha aceptado, en parte de pago, acumular de manera incesante activos financieros denominados en dólares.

Esto es lo mismo que decir que en Estados Unidos el ahorro privado es extremadamente bajo, de manera que este país depende mucho del financiamiento externo para efectuar sus gastos de consumo y de inversión. Ninguna economía, distinta  de la gringa, podría mantener cifras de ahorro privado tan reducidas por tan largo tiempo, y sostener sus niveles históricos de consumo y de inversión.

Estados Unidos derrama grandes volúmenes de dólares en los mercados internacionales para financiar su déficit externo; durante los últimos cinco años, por ejemplo, la economía norteamericana ha acumulado pasivos internacionales por más de dos mil millones de dólares diarios (contando domingos y fiestas) para pagar por el exceso de egresos sobre ingresos internacionales.

Estados Unidos se ha beneficiado de la aceptación extranjera a acumular activos en dólares. Ello le ha permitido tener un nivel de consumo muy superior a la capacidad de producción de su economía, “vivir más allá de sus medios” y endeudarse masivamente y a bajo costo con el resto del mundo.

Pero el tono ha cambiado. Hace cincuenta o sesenta años, el mundo recibía complacido la moneda norteamericana, para ampliar sus reservas de medios de pago internacionales, muy escasas entonces. Durante las últimas dos décadas, sin embargo, muchos países han pasado de la complacencia a la tolerancia.

…y es porque el Príncipe abusa

Durante las últimas décadas el promedio del ahorro privado en Estados Unidos con relación a su Producto Interno Bruto ha sido de sólo el 2.6 por ciento. Así, el principal motor de esta economía no es la inversión financiada con ahorro doméstico, sino el consumo de bienes y servicios financiado gracias al “privilegio del Príncipe”. Y como Estados Unidos ha sido el principal caballo de tiro de la economía global durante los últimos veinte años, es natural que los ojos de los observadores estén puestos en el comportamiento de los consumidores norteamericanos.

El boom del consumo que tuvo lugar durante la última década explica las buenas cifras de la  economía estadounidense. Pero hay un problema: El deterioro de las finanzas de los consumidores -causado por el incremento de las deudas tomadas para financiar el gasto-. Los consumidores están altamente endeudados con instituciones financieras que ahora se sienten agobiadas por el riesgo de insolvencia de sus clientes. La crisis de las llamadas hipotecas subóptimas, que estremece al sistema financiero de Estados Unidos y que ha tenido fuertes repercusiones globales, es apenas una de las expresiones de este desequilibrio.

Estados Unidos, principal accionista del Fondo Monetario Internacional (FMI), tiene problemas fiscales y de balanza de pagos que, comparados con los de un buen número de países pobres, son verdaderamente abismales:

  • El déficit externo corriente anual de Estados Unidos, de  ochocientos mil millones de dólares al año, es cercano al 7 por ciento del PIB.
  • El déficit federal entre 2005 y 2009 será superior a los dos trillones de dólares, según la propia Oficina Federal de Presupuesto.

En estas condiciones, los pasivos internacionales de Estados Unidos ya equivalen al 40 por ciento de su PIB. Este hecho ha presionado hacia abajo la cotización del dólar, especialmente porque el déficit en su balanza de pagos es el resultado de bajos niveles de ahorro y no de altos volúmenes de inversión en los Estados Unidos.

Y así, durante los últimos seis años, el valor del euro aumentó en un 60 por ciento en términos del dólar. En el mismo periodo, un índice construido con una canasta de las principales divisas[2] muestra que el dólar se depreció en un 34 por ciento (alrededor del 30 por ciento, descontando las variaciones de precios). A comienzos de la década, economistas de gran influencia académica en la “corriente principal” como Maurice Obstfeld y Kenneth Rogoff[3]  planteaban “la necesidad” de una depreciación del dólar de entre el 35 y  el 50 por ciento en términos reales, frente al conjunto de las principales divisas.

Desde la perspectiva de los propietarios extranjeros de activos denominados en dólares, si Estados Unidos no defiende su divisa, de hecho estará  reduciendo unilateralmente el valor real de sus deudas. La devaluación del dólar es una manera de evitar el pago íntegro de las deudas norteamericanas –públicas y privadas – con el resto del mundo.

El FMI ha advertido repetidamente sobre las consecuencias previsibles del deterioro de los principales números macroeconómicos de la economía estadounidense.  Pero ese país no es prestatario de fondos multilaterales y por lo tanto no está sometido a las reglas de comportamiento ni a las condicionalidades del FMI. Nadie espera que el ceño fruncido del Fondo vaya a tener impacto alguno en la política económica de Estados Unidos. Ello es cierto bajo la administración G.W. Bush, y lo será en los próximos años, bajo gobiernos republicanos o demócratas.

Si bien el emisor de la divisa de reserva goza de importantes beneficios, también debería tener responsabilidades. Estaría obligado a ejercer sus privilegios dentro de límites bien definidos. Su principal responsabilidad consiste en mantener el valor de la moneda.

Realpolitik o aterrizaje forzoso

En diversos escenarios, los europeos y los asiáticos culpan a Estados Unidos por su falta de acción frente a los grandes déficits “gemelos”, el fiscal y el de la balanza de pagos, que son vistos como las causas principales de la pérdida de valor del billete verde.

La cúpula de la Unión Europea ha insistido reiteradamente en que “las naciones” deben adelantar las políticas económicas apropiadas para reducir los desequilibrios con impacto global. Los gobiernos europeos, especialmente los de Francia y Alemania, utilizan un lenguaje cada vez más fuerte contra el encarecimiento del euro. La tasa de cambio golpea, sin duda, el desempeño económico europeo. El Presidente Sarkozy de Francia, por ejemplo, ha dicho que la zona del euro “no debiera ser la única área en el mundo donde la moneda no se pone al servicio del crecimiento”. El líder francés quiere una intervención cambiaria del Banco Central Europeo, en busca de ganar competitividad frente al resto del mundo. El Presidente del BCE le ha recordado al presidente francés que esa institución es independiente de los gobiernos, pero a su vez hizo saber que le preocupaba grandemente la revaluación del euro.

Donde corresponde, Estados Unidos y Europa dicen en coro: Los asiáticos deben dejar revaluar sus monedas para reducir sus grandes superávit comerciales con Estados Unidos. Los países asiáticos responden: El culpable del desorden es el gran desajuste fiscal de los Estados Unidos. Los faltantes fiscales estadounidenses que, como se ha visto, no se financian con ahorros internos, inevitablemente se traducen en un déficit de la balanza de pagos de Estados Unidos. Los europeos se quejan: La falta de acuerdos entre los otros dos actores principales genera una excesiva apreciación del euro.

La situación actual es muy parecida a la que vivió el mundo a mediados de los ochenta. En ese entonces, Alemania, Japón y Estados Unidos suscribieron el llamado Acuerdo del (Hotel) Plaza, mediante el cual se impidió el colapso del dólar y se negoció un sistema de “sacrificios” compartidos. En las circunstancias de hoy, un acuerdo de esa clase implicaría una acción coordinada con varios elementos:

  • Primero, una reducción de la demanda interna en Estados Unidos, que implica una fuerte reforma fiscal y un aumento de impuestos.
  • Segundo, un aumento del consumo en Asia y el Medio Oriente, mediante políticas fiscales y crediticias adecuadas.
  • Tercero, la revaluación del yuan y la flexibilización del régimen cambiario chino.
  • Cuarto, un empujón de la demanda interna en la zona del euro, mediante una política fiscal expansiva en las mayores naciones europeas.

Se esperaría que así se produzca una devaluación ordenada del dólar, lo que significa “sisar suavemente” o sea disminuir poco a poco el valor real de la deuda externa de Estados Unidos; ello no sería otra cosa que la expresión del poder hegemónico del Príncipe.

La escena está puesta: Es muy probable que la resolución de los nuevos líos en que se ha metido la moneda hegemónica se produzca mediante la realpolitik, el ejercicio del poder a escala global. ¿Llegó la hora de los políticos?

El problema es que este gran ejercicio de coordinación macroeconómica exigiría una autoridad mundial – hoy inexistente –  o un mecanismo de coordinación multilateral como el G 7 – huérfano de legitimidad y representatividad – o,  por lo menos  un sentido de urgencia y riesgo máximo que todavía no está en la mente de los gobernantes.

La alternativa, claro, es dejar que los desequilibrios globales se corrijan de manera abrupta, con costos muy elevados para la economía mundial.  Por ahora, parte del ajuste lo están haciendo los aumentos de los precios relativos de los alimentos y el petróleo, y una posible alza del nivel general de precios en algunas de las llamadas economías emergentes, entre las cuales podremos contar la economía colombiana. Pero eso ha de dejarse para una discusión posterior.

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.   

Notas de pie de página


[1] Bank For International Settlements, BIS, (2005) Triennial Central Bank Survey: Foreign Exchange and Derivative Market Activity in 2004. Basel.

[2] http://www.federalreserve.gov/releases/h10/Summary/  julio 01 de 2008

[3] Obstfeld, M. and K. Rogoff (2005). "Global Current Account Imbalances and Exchange Rate Adjustments", Brookings Papers on Economics 1, 67-123

 

Artículos Relacionados

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies

Conoce la galería de obra gráfica de Razón Pública

Podrás adquirir obra gráfica de reconocidos artistas latinoamericanos a un excelente precio y ayudarnos a financiar este maravilloso proyecto periodístico