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El Mal Viene de Adentro

Escrito por César González

César gonzalez

La cosa es clara. Para la inmensa mayoría de analistas, observadores y cronistas, para las mesas editoriales y los comentaristas económicos de ocasión, la economía colombiana está pasando por una flojera que se parece a una recesión, por cuenta de la crisis económica mundial.

César González Muñoz*

Esta sentencia, que se convirtió en sabiduría convencional,  les produce alivio al gobierno y a sus áulicos, quienes ven la paja en el ojo ajeno.  Pero esta es una lectura incorrecta de la realidad. El mal viene de adentro y  el shock  global apenas se asoma. Hay que ver, pues, la viga en el ojo propio. Si la gente en el poder y los controladores de la opinión no mejoran su perspectiva y se niegan a considerar las evidencias, será imposible corregir los males propios, "estructurales", de la organización económica de Colombia.

Hasta bien entrada la década del ochenta, la economía colombiana era como una vieja señora, más bien virtuosa pero aburrida: La estabilidad era el signo principal del desempeño macroeconómico. Cero milagros, cero desastres. El crecimiento económico de Colombia se comparaba favorablemente con el de la mayoría de los vecinos. Fue, no obstante, un crecimiento mediocre, insuficiente para golpear duro a la pobreza, que es lo principal.

Vino después la moda  -desde las pasarelas de Washington – de las reformas estructurales, que comenzaron con Barco y se aceleraron con Gaviria; éstas coincidieron con la nueva Constitución, más democrática, moderna, más liberal. Varias de las reformas económicas tenían que pasar por el texto constitucional, como la creación del banco central independiente.

Entre la Constitución y las reformas, el poder presidencial se vio notoriamente disminuido. El Presidente perdió el banco emisor y el crédito de fomento, el manejo discrecional de los aranceles y de las licencias de importación, la administración directa del balance agregado del sistema financiero, la intervención administrativa de las tasas de interés y de la tasa de cambio, etc. La demolición del punto central de comando de la economía colombiana, que pertenecía a una suerte de despotismo ilustrado ejercido desde el palacio presidencial, le abrió el camino a un proceso económico más descentralizado y gobernado por "los mercados".  Por otra parte, la Constitución ordenó que el Estado colombiano creciera en varios campos, y se descentralizara.  Un resultado de este mandato ha sido que el ejecutivo tenga, desde hace casi veinte años, predefinido por ley y por contrato más del 80% del gasto público.

La reducción de la discrecionalidad presidencial y la expansión del gasto estatal han coincidido con un fuerte aumento de la volatilidad del crecimiento; a esta inestabilidad  se le añade que, en promedio, el crecimiento cayó a tasas inferiores a las de las épocas de la vieja señora.

El narcotráfico y la violencia mafiosa, paramilitar y guerrillera le han causado además daños muy profundos al funcionamiento del curioso capitalismo que impera en Colombia. La economía criminal ha aprovechado muy bien las rutas abiertas por el manejo "liberal" de instituciones económicas claves.     

Lejos de mí proponer un regreso al despotismo ilustrado, al poder presidencial concentrado y discrecional mediante algún otro articulito y a la centralización fiscal y administrativa. Preferible, mil veces, la incertidumbre de los pesos y contrapesos de una democracia genuina y descentralizada.  Pero el hecho cierto es que las últimas dos décadas no han dejado ver una economía capaz de crecer alta y sostenidamente. Después de sólo dos años de buenos números, el desempeño económico del último año vuelve a esa tradición.  Colombia no puede seguir brincando de coyuntura en coyuntura sin reconocer sus fallas históricas y echándoles la culpa a los otros.    

 *Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 

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