Pragmatismos y Mesianismos
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Las campañas presidenciales de Santos y de Mockus: dos caminos diferentes hacia el poder.
César González Muñoz *
Hay quienes se dedican tenazmente, como místicos ungidos con los aceites sagrados, a buscar el logro de la cúpula del poder político. Todos los episodios de sus vidas públicas van encaminados en esa dirección; tal ocurre con Juan Manuel Santos. Por supuesto, esta es una empresa personal legítima y merecedora del respeto colectivo, cuando la tenacidad va acompañada de educación sistemática, entrenamiento, acumulación de experiencia como gobernante de oficio. Ello es también cierto en el caso de Santos.
Ahora bien, el valor social e histórico de estas acciones se vuelve dudoso, o definitivamente nocivo, cuando el camino de los buscadores del poder se cubre de reacciones y giros impulsados exclusivamente por el cálculo electoral. Esta forma de andar en política ha sido inherente al funcionamiento de las democracias. El cinismo se viste de habilidad política, se disfraza de pragmatismo: Un pragmatismo sin principios. Colombia no es el peor ejemplo del cinismo con que se maneja la política electoral, pero ciertamente aquí llegamos muy lejos en esa práctica.
En referencia al cinismo que degrada el valor social de la política, Winston Churchill dijo que "hay (personas) que cambian su Partido en defensa de sus principios; otros cambian sus principios en defensa de su Partido". Añado, ante la experiencia local: Muchos cambian sus lealtades políticas al ritmo de las coyunturas electorales, porque los partidos políticos mismos no han sido lucientes estandartes de lealtad ética o política; porque los partidos políticos históricos han sido agentes de un cinismo a veces realmente vergonzoso y han admitido que se cometan actos sumamente reprochables contra el interés público. Y es también cierto que la falta de solidez y pertinencia de los partidos históricos ha permitido que en Colombia aparezcan partidos y organizaciones políticas que no son más que dispositivos de corta vida para recoger una clientela electoral también absolutamente transitoria.
Los candidatos y la candidata, a excepción de Petro, con diferentes dosis de reincidencia se han ido por las veredas donde coyunturalmente están los árboles que dan más sombra. En algunos casos las vueltas y revueltas han sido realmente de vértigo, y con frecuencia éstas han estado signadas por el puro cálculo y no por la promoción de los principios.
Más acá de las discusiones sobre la limpieza de la actual campaña y sobre la "viveza" de los publicistas profesionales, a mí, como ciudadano, me gustaría que Santos estuviera manejando su campaña presidencial bajo otros alares partidistas y sin presentarse esencialmente como el auténtico tomador de la posta uribista.
El ascenso de Mockus en el escenario electoral podría darle un viraje muy fuerte a la historia política de Colombia o, alternativamente, podría ser fuente de una nueva frustración, de la espera de un nuevo Salvador.
Lo que ha ocurrido con Mockus y la joven marca registrada del Partido Verde es expresión de dos características de la sociedad colombiana contemporánea: Por una parte el cansancio de muy amplios sectores sociales con el generalizado abuso de los dispositivos políticos y electorales y con el espectáculo de corrupción y de deterioro de las instituciones políticas. Y por la otra, el predominio de una cultura que percibe al líder como un príncipe mago, como un mesías capaz de derrotar, él, al enemigo, al Otro, al generador de miedo y de tristeza. Así ocurrió con Uribe en 2002. Si este Mesías llegara a ser el Jefe del Estado, tendría que transfigurarse en un líder moderno, incluyente, capaz de dirigir un equipo de gobierno enfrentado a duros desafíos, y no sólo a la promoción del cumplimiento de la Ley. Algunas de sus propuestas me generan agudas contradicciones y me pintan interrogantes en la mente.
Votaré Pardo el domingo 30. La próxima semana explicaré mi voto.
*Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
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César González
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