El proyecto Uribe, o la política en el congelador - Razón Pública
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El proyecto Uribe, o la política en el congelador

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ricardo garciaSe suponía que el Presidente y su equipo iban a renovar la política, pero su proyecto verdadero consiste en que no haya cambio. Y es porque su oferta es la seguridad pero no la esperanza.

Ricardo García Duarte

La paradoja

Contra lo que cabría suponer, el "fenómeno Uribe" no dinamiza la política; más bien la paraliza, deja en suspenso su fluir. Toda una contradicción: la existencia de un proyecto político renovador  que sin embargo no se propone poner en movimiento la política sino, precisamente, lo contrario, congelarla.

Por eso el combustible que alimenta la duradera adhesión popular al Presidente Uribe no es una promesa de futuro, no es el llamado de   la ilusión. Al revés, el apoyo de la opinión al Presidente está basado en la certeza de que no habrá lugar a la ilusión. Las animadas incertidumbres en torno de la esperanza son trocadas por la pedregosa certeza de una seguridad – de la que tampoco se sabe si a la postre resultará ilusoria.

Uribe como anti-fenómeno político

La acción y la representación políticas se nutren de dos materiales fundamentales: el de la esperanza, por un lado, y el de la seguridad, por el otro. Por eso la política es la doble promesa de esperanza y de seguridad para el electorado. La esperanza se asocia con el cambio; la seguridad se cifra en la garantía de conservación de lo existente.

Para que un líder o un proyecto nuevo o emergente lleguen a tener impacto o a constituir un "fenómeno político" se necesita  que tomen una idea y la transformen en un imaginario colectivo insuflado por una pasión; y lo más usual es que tal imaginario se  configure mediante una alta dosis de esperanza. Si hay un proyecto creíble de cambio social, entonces es posible despertar la ilusión que acompaña a la Esperanza. Si se trata, por el contrario, de ofrecer la certeza de la Seguridad, podría haber gestión pero sin ilusión. Digamos: podría haber administración, sin movilización; gobierno pero no fenómeno de masas. Podría haber presente pero no futuro.

Uribe Vélez, el Presidente colombiano, representa a todas luces la reiteración de la Seguridad sin la ilusión del cambio social.

Y, sin embargo, con la sola promesa de la Seguridad, cautiva al ciudadano; sin la necesidad del compromiso con alguna revolución social, cualquiera fuese su signo, neoliberal o socialista. Mejor dicho: es la seducción del electorado sin el sentido real de una utopía; algo parecido a un "fenómeno político", pero en forma invertida. En realidad, no constituye un fenómeno sino un anti-fenómeno político; un suceso parecido a la reproducción clonada sin la emoción del sexo; similar tal vez al éxtasis colectivo que pudiese desatar una monótona homilía de parroquia compuesta premeditadamente por lugares comunes y por mistificadoras advocaciones paternales.

Polarización en lugar de esperanza

En el trabajo político que a diario despliega el Presidente Uribe, en la agenda que adelanta, y en su discurso, hay la confirmación permanente de esa condición de fenómeno político al revés. Centrar todo en la Seguridad, dentro de una sociedad atravesada por conflictos violentos, asegura desde luego la legitimidad.

Al mismo tiempo, hacer constantemente un ejercicio de polarización contra un enemigo que pone en peligro tal seguridad produce el efecto de adhesión, e incluso de movilización en apoyo de quien defiende la Seguridad. Lo cual por otra parte dispensa al gobernante de tener que acudir a cualquier propuesta de cambio social para conseguir, además de la legitimidad, el respaldo activo, expresado en una amplia y consistente opinión favorable. No le hace falta la ilusión, le basta la polarización.

Congelamiento de la vida política

Con esa especie de plebiscito diario de la opinión -marcado por el sentido puramente defensivo y conservador frente al enemigo que acecha- y que por otro lado exonera al gobernante del compromiso de hacer del poder un factor de transformación social, se facilita finalmente un efecto de congelación del proceso político.

El congelamiento no significa que la política en Colombia haya muerto o que esté completamente desaparecida, que ya no exista debate o que la jefatura del Estado sea vitalicia, como ocurría en las viejas monarquías. De esta forma, por ejemplo, Uribe Vélez no elimina las elecciones ni cancela la competencia entre los partidos políticos. Pero en cambio Uribe restringe la alternabilidad; y aunque finalmente no lograra impedirla, cuando menos la habría hecho sumamente difícil y traumática.

Votar sin poder cambiar

Una democracia donde la alternabilidad se ha perdido en realidad ya no es una democracia: sin alternatibilidad pierden sentido la participación electoral y la disputa interpartidista. Estas dos últimas -participación y competencia- se convertirán apenas en un juego de manipulación, en el decorado portátil de un artificio de escena, si se han roto los mecanismos que hacen posibles los cambios en el control del poder.

El proceso político, además de la marcha funcional de las instituciones estatales, está compuesto por el voto, por la competencia entre los partidos, por el cambio de gobierno y por la renovación del personal político, tanto en la representación parlamentaria como en la administración pública. En otras palabras, el proceso político incluye el sistema electoral, el sistema de partidos, la alternabilidad y la renovación de las élites.

El "proyecto Uribe" (si es que hay tal proyecto) o su influencia episódica en la historia política (si es que no lo hay) entraña ciertamente la vigencia del voto, incluso acrecentada, pero también la destitución virtual de la alternabilidad. Voto, pero sin cambio de gobierno. Participación, pero sin alternación.

El referendo

Con la participación electoral surge la apariencia de una nueva dinámica en el proceso político, pero con la ausencia de alternación se congela de hecho la marcha de dicho proceso. Y tanto más cuanto el ejercicio electoral – el referendo reeleccionista en esta caso- está enderezado precisamente a neutralizar cualquier posibilidad de alternación en el poder, no ya siquiera entre gobierno y oposición, sino entre las facciones mismas de la coalición gobernante. Y así, mientras el juego de la alternancia se esteriliza ad-aeternum, el sistema de coaliciones para gobernar se caudilliza en forma simultánea.

El referendo para la nueva reelección del Presidente Uribe es entonces la empresa que articula los dos movimientos contradictorios del proceso político – esto es, al dinamismo y al congelamiento-. El referendo nace de la voluntad popular y daría pié a un certamen de participación electoral, pero sólo para poder evitar los cambios en el gobierno.

Democracia sin eficacia

Ahora bien: los cambios de gobierno constituyen la forma, quizás ilusoria, pero simbólicamente eficaz de que la democracia opere como el método opuesto a la guerra para lograr la conquista del poder. Por esta razón la perpetuación de un gobierno más allá de su período constitucional -y aún con respaldo electoral – conlleva una cierta brutalización de la democracia, una de cuyas significaciones simbólicas más decisivas es la de que siempre es posible el cambio de gobierno, para lo cual se establecen límites muy claros al poder  del gobernante de turno. Y estas limitaciones son aún más necesarias  cuando está en pie un régimen presidencialista como el nuestro.

El espíritu del Frente Nacional

En realidad, Colombia no ha sido ajena a las limitaciones severas en el discurrir del proceso político. Durante varias décadas la Constitución prácticamente eliminó el libre juego de competencia entre el gobierno y la oposición. Bajo el acuerdo del Frente Nacional, la oposición política quedó casi proscrita y legalmente inhabilitada para llegar al poder; como si la oposición – por el sólo hecho de serlo- fuese un actor sospechoso, un sujeto político que actúa fuera del sistema y sin las lealtades que exige el buen funcionamiento de un régimen institucional.

La apertura de 1991

Con la Constitución del 91 se consagró un modelo de mayor apertura, que ya venía imponiéndose en la vida real, más permeable a la fluidez requerida por la puesta en marcha de un sistema democrático. Un modelo, por tanto, sin las ataduras de un régimen que perpetuaba el bipartidismo, fosilizado en el tiempo como un dinosaurio decimonónico, y que desvirtuaba la alternación en el poder, a la manera de una sucesión pre-establecida de gobiernos y de presidentes, parecidos todos ellos entre sí como la imagen que en el espejo devuelve al figura real, sin que a veces se supiera muy bien si al contrario era esta última la que reflejaba la figura que estaba fijada en el espejo.

Uribe, fruto de la apertura que sin embargo cierra la política

La promesa democrática, contenida en la Constitución del 91, abrió las compuertas de una mayor fluidez en el proceso político, fluidez del electorado escapado de las disciplinas partidistas y sobre la que terminó cabalgando finalmente el liderazgo recién surgido que encarna el Presidente Uribe Vélez. Así, el fenómeno que éste representa es hijo de las condiciones creadas por dicha Constitución, o lo que es casi igual, por las condiciones que surgieron a raíz de la crisis de los partidos tradicionales, sobre todo la crisis del Partido Liberal.

Beneficiándose de la apertura política, navegando sobre las nuevas corrientes de la opinión, el fenómeno Uribe Vélez ha acabado finalmente por reintroducir el viejo espíritu del bipartidismo tradicional.

Volvimos al espíritu del Frente Nacional

A la fluidez nueva que inaugura la Constitución del 91, como una suerte de promesa democrática para dejar atrás las rigideces del Frente Nacional, se añade ahora el espíritu redivivo de este último régimen político, el mismo que dejaba sin valor a la oposición y que consagraba el gobierno compartido de las élites de los partidos tradicionales, todo ello apoyado en el soporte partidocrático que le prestaban las clientelas convertidas en empresas políticas.

Las empresas clientelistas, base de los partidos, fueron mantenidas y validadas. El Partido Conservador, que antes era domesticado por el Partido Liberal, ahora lo es por el propio Uribe Vélez. Y el Partido Liberal que antes ejercía el poder hegemónico, ahora sufrió un efecto de fuga enorme, a través de la deserción de muchas liderazgos regionales y nacionales, los cuales se trasmutaron en cauda uribista.

Bajo las actuales condiciones, el Frente Nacional y las viejas empresas electorales se han reconfigurado parcialmente como fuerza política bajo la corriente del uribismo. Y con respaldo en los impulsos que provienen de esta corriente, se introduce otra vez el anatema contra la oposición o contra cualquiera tentativa de opinión independiente, a las que se las asocia con el enemigo interior.

Pero, sobre todo, se promueven los cambios constitucionales para una tercera elección consecutiva del propio Presidente Uribe Vélez, de modo que ahora no sería un presidente parecido a los del Frente Nacional, que se sustituían uno a otro pero con el mismo programa de monopolio del poder. Ahora es el propio presidente quien se sucede a sí mismo y- suponiendo que tuviera éxito en su empresa- seguiría congelando el proceso político en esa dimensión significativa que es la alternabilidad. Y limitando el juego democrático, lo cual termina siempre, funcionalmente hablando, por asegurar la estabilidad del statu quo económico y social, al cual por lo demás no le faltan desequilibrios e inequidades.

Todo lo cual serviría además para explicar por qué se hacen reformas políticas fragmentarias y de corto alcance que dejan intacto el actual paisaje político; y porqué al mismo tiempo se pretende por diversos medios aconductar las altas cortes, dentro de un propósito de cerrar el juego de controles y de contrapesos.

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Ricardo García Duarte
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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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