Santos, la coalición incluyente y la resurrección del liberalismo - Razón Pública
Ricardo García Duarte

Santos, la coalición incluyente y la resurrección del liberalismo

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Ricardo García DuarteTras la tensión creciente entre Santos y Uribe muchos ven grandes cambios en la alineación de las fuerzas políticas. ¿Será eso verdad y será eso posible? 

Ricardo García Duarte *

Un partido envainado

Central_2_-_6_de_Diciembre_de_2010Por estos días se habla mucho de la resurrección del Partido Liberal, ese viejo partido del poder que sin embargo fue apartado de éste por uno de sus propios hijos, Álvaro Uribe Vélez, como jefe de una especie de coalición de centro-derecha de la cual él excluyó al liberalismo.

De esa manera Uribe sometió al Partido Liberal a un doble purgatorio: A estar por fuera del gobierno y de la burocracia, en contravía de sus hábitos inerciales; y a radicalizarse en una oposición con ciertas resonancias de izquierda, forzándolo a ser lo que no le gustaba.

En otras palabras, Uribe le quitó el poder al Partido Liberal y al mismo tiempo lo obligó a ser "de izquierda", con lo cual, aislándolo, lo situó en el camino del eclipse total, impedido como estaba de volverse de veras izquierdista: se lo  impedían su composición interna y su electorado tradicional. ¡Todo un martirio existencial!

De un solo tajo Uribe despojó al Partido Liberal de la derecha y lo aisló del centro, pero sin volverlo completamente izquierdista. Lo obligaba así a encogerse en sus propias dimensiones, sin ayudarlo a resolver, con todo, sus problemas de identidad ideológica.

¿Se levanta el Liberalismo?

También se habla ahora de la sintonía del Partido Liberal con el nuevo Presidente, el cual exhibe, según la opinión de más de uno, un talante liberal, del que su predecesor dio tan pocas muestras.

Por su parte el Partido Liberal se encontraría más cómodo con el Presidente Santos, mientras que el Uribismo se sentiría francamente incómodo, pues no contó con que el candidato a quien llevó al poder escondería, para sacarla de debajo de la manga, una línea de comportamiento conciliadora, cada vez que se trate de enfrentar las tensiones de orden coyuntural. Y también una actitud más proclive al reformismo, cuando quiera que se trate de enfrentar conflictos sociales, como sucede con el tema de tierras y el de reparación de las víctimas.

Para rematar, la unificación de bancadas entre Cambio Radical y el Partido Liberal -la cual llevaría a formar una de las dos más fuertes facciones parlamentarias (24 senadores y 54 representantes)- podría hacer del Liberalismo un polo de atracción competitivo, después de que había caído a la cifra ínfima del 4 por ciento en la última justa electoral. Y a convertirlo así en una fuerza significativa de apoyo al presidente Santos en su eventual distanciamiento de su antecesor.

En opinión de algunos, el país estaría entonces a las puertas de un re-alinderamiento que tendría efectos importantes en el peso y en el lugar que ocupa cada uno de los partidos que pertenecen al establishment político. En tales circunstancias, el Liberalismo podría re-situarse en el centro-derecha, pero con una intensidad menos autoritaria que la del Uribismo, con lo cual seguramente podría disputarle aquel espacio al partido de la "U", creado por Uribe y curiosamente dirigido por el propio Santos.

Opinión, representación y liderazgo

El escenario anterior no debe descartarse, pero las circunstancias no son muy propicias para que llegue a convertirse en realidad. Estas circunstancias tienen que ver con factores de opinión, de representación y de liderazgo, los cuales determinan el peso que un partido político logra tener en cada coyuntura.

La coyuntura actual está marcada por la crisis de identidad, que hizo desaparecer el elemento de adhesión disciplinada de los electores al partido respectivo. Sin esa crisis no hubiese sido posible el fenómeno Uribe, por fuera del Partido Liberal. Tampoco hubiese sido posible, paradójicamente, el nacimiento de un nuevo partido parlamentario tan fuerte como es la "U". No habría "U" sin el fenómeno Uribe y éste no habría ocurrido sin una crisis de identidad partidista, que erosionó sobre todo al Partido Liberal.

Sobre esa erosión devastadora de adhesiones electorales se apoya la aparición de fenómenos de opinión, asociados en cada coyuntura electoral con candidatos o con propuestas no vinculadas con los antiguos partidos que intervenían en las disputas por el poder.

Electorado de opinión y deslealtades partidistas

Este fenómeno de opinión y de indisciplina simultánea se tradujo en la segregación entre dos tipos de electores. Por un parte los que son movilizados por el aparato partidista es decir, por la constelación de cuadros, caciques y empresas electorales. Por otra parte los más volubles, los que no responden a aquellos aparatos sino a los impulsos de la coyuntura y se dejan arrastrar por el candidato del momento. Son los segmentos de la "lealtad identitaria" y el de la "no-lealtad partidaria".

Los dos partidos tradicionales padecen esta fractura interna, y esto se hace evidente en la conducta distinta de sus electores cuando se trate de elegir al Congreso o de votar por el Presidente. En las últimas elecciones de Congreso, el Partido Conservador obtuvo el 22 por ciento de los votos y el Partido Liberal, el 18 por ciento. En la elección presidencial, en cambio, tanto el uno como el otro estuvieron rondando unos porcentajes próximos a la marginalidad política, pues un número enorme de colombianos decidió votar al margen de las lealtades partidistas.

En la votación de la maquinaria (la que todavía funciona para las parlamentarias) el Partido Liberal, aunque disminuido, obtuvo el 18 por ciento de la votación total, algo que le significaba mantenerse como fuerza competitiva. En las presidenciales, sin embargo, apenas pasó rozando la cota mínima del 4 por ciento. Simultáneamente, Juan Manuel Santos -el candidato del Uribismo- obtuvo una abrumadora votación de 9 millones sobre un total de 14, lo cual significa que capturó el voto de opinión; y así mismo, que recogió el "endoso" o  transferencia del voto que venía de la ola uribista.

La moraleja es clara: los fenómenos de opinión electoral y el liderazgo que los encarna (Álvaro Uribe en este caso) se producen por fuera de esas fábricas gastadas de identidad que son los partidos tradicionales, sobre todo el Partido Liberal.

La fácil transferencia desde Uribe hacia Santos en las inclinaciones de ese electorado significa la persistencia de sus actitudes, de sus orientaciones culturales y de su divorcio aún vigente con respecto a la identidad automática que otrora despertaban aquellos partidos.

Es como si una masa enorme de electores fuera capaz de afirmar su conducta dentro de una perspectiva de voto de opinión y al mismo tiempo se mantuviese posicionada en el centro -un centro que reclama seguridad y  orden.

Se trata de un centro que no se articula necesariamente con un partido en especial. Un centro que en todo caso aparece divorciado del Partido Liberal pero que se ha acomodado al liderazgo de Uribe y que con Santos parece sentirse, además de cómodo, más tranquilo.

Este electorado, al tiempo que se "moderniza" -esto es, al tiempo que se disocia de las lealtades primarias de partido- parece sentirse satisfecho con la opción moderada que le ofrecen las élites convencionales, vinculadas además con la defensa del orden y con las reglas democráticas prevalecientes. Pero eso sí, sin que esas elites aparezcan teñidas con la imagen "no-moderna" -clientelista e ineficaz- de los partidos tradicionales que ejercieron el gobierno durante muchas décadas y dejaron una estela de conflictos no resueltos.

¿Cambios culturales no tan circunstanciales?

Así, el divorcio entre el electorado de opinión ubicado en el centro y los partidos tradicionales, en especial el Partido Liberal, podría no ser tan circunstancial. Podría tratarse de un quiebre cultural más duradero aunque menos profundo del que significó la pérdida masiva de lealtad partidista: al   fin y al cabo estos votantes emigraron hacia el liderazgo de Uribe o el de Santos, no demasiado lejanos del partido donde ambos hicieron su carrera.  

En todo caso, esas oleadas de votantes -un tanto modernos, un tanto conservadores, amigos del orden y de la seguridad- permiten liderazgos muy parecidos a este perfil político. Los de Uribe y de Santos por ejemplo.

Pero también se convierten en una limitación o un freno, puesto que más allá de cierta frontera, un candidato arriesga el fracaso. Para ganar una elección presidencial, cada candidato está obligado a reinventarse en los límites de ese perfil, y al mismo tiempo a borrar en lo posible la identificación con cualquiera de los dos partidos tradicionales.

Así ganaron ampliamente sus elecciones Uribe Vélez y Juan Manuel Santos. El primero acentuó dicho perfil durante su doble mandato, moviéndose hacia la derecha, con la promoción de una subcultura del enemigo, de modo que dentro de esta última condición envolvía por igual al subversivo y al opositor. Una vez en el poder, el Presidente Santos ha hecho lo contrario: le ha restituido la condición de adversario al opositor, sin dejar de estigmatizar al enemigo subversivo. Al mismo tiempo ha acentuado su faceta de modernizador social, a propósito del problema agrario.

Lo ha hecho, desde luego con mucha cautela; sin salirse hasta ahora de los límites que le impone ese centro, en tanto espacio social de actitudes y de cultura política. Sobrepasar ciertos límites -intangibles pero reales- le acarrearía dificultades políticas; y tampoco es muy seguro que Santos quiera hacerlo.

El liderazgo de Santos y las posibilidades del Liberalismo

Su propio liderazgo -el del Presidente Santos- sería por lo pronto el único factor en condiciones de recuperar la conexión entre el alicaído Partido Liberal y el electorado independiente de centro. Pero si Santos se identifica con el Partido Liberal correría el riesgo de ver disminuir el apoyo de ese vasto electorado. Se expondría así mismo a distanciarse de la "U" -su propia colectividad- cuyo apoyo, sumado al de los electores de centro, resulta indispensable para su reelección en el 2014.

En tales condiciones, la recuperación del Partido Liberal sería posible si se concreta su acercamiento a Cambio Radical, pero lo sería de un modo muy relativo, por dos razones. Primero porque el centro seguiría en manos del Presidente Santos, respaldado aunque sea en forma tibia por el Uribismo  moderado. Y segundo por la crisis de credibilidad que el Partido Liberal sigue sufriendo ante los electores de clase media y alta: unos porque son moderadamente progresistas y tienden a alejarse hacia opciones independientes, y otras porque son más bien conservadoras y se van tras opciones como las que ofrecen Uribe o Santos.

El nuevo aire del liberalismo, sobre todo como fuerza parlamentaria -y también, aunque mucho menos como fuerza de opinión- lo revalidará como un actor muy influyente dentro de la coalición gobernante y sobre todo, en un probable segundo período de Juan Manuel Santos. Pero ese aire no le alcanzará para convertirse en una alternativa de gobierno.

El Liberalismo dentro de la coalición hegemónica

El régimen político colombiano está hoy por hoy dominado por el juego de coaliciones. Es aquí donde ocurren los cambios de equilibrio entre los distintos partidos, movimientos o facciones. Y en nuestro caso de coaliciones que tienden a ser hegemónicas.

Hegemónicas porque el sistema condena a la oposición alternativa a existir dentro de unos márgenes casi residuales, lo cual reduce severamente las posibilidades de una alternación política. Y se trata de coaliciones, porque siendo pluripartidista el nuevo formato de competencia política, las élites fraccionadas tienden sin embargo a la concertación dentro del poder, con un horror paralelo al ejercicio de la oposición, como si del vacío se tratara.

Es dentro de este esquema de coalición hegemónica donde podrían estar dándose cambios que eventualmente conduzcan a la recuperación del Liberalismo:

Bajo Álvaro Uribe, el modelo de coalición era, paradójicamente, excluyente: sumaba a unos para excluir a otros. El modelo de Santos es incluyente, puesto que intenta acercar a la mayor cantidad posible de fuerzas. El modelo de Uribe era la confrontación, el de Santos es la conciliación.

Los límites entre uno y otro modelo -el del Uribismo y el de la Unidad Nacional- los ha definido el cambio de posición, de peso y de lugar del Partido Liberal que antes estuvo confinado a ser una oposición minoritaria en el Congreso y que hoy está incluido en la coalición de gobierno. Con la perspectiva de crecer como fuerza parlamentaria y quizá más tarde de obtener puestos relevantes en la Administración.

Sus posibilidades están entonces en su crecimiento como miembro de la coalición hegemónica, bajo la versión santista. Pero no necesariamente como alternativa renovada del poder.

 *Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 

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Ricardo García Duarte
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*Politólogo y abogado. Exrector de la Universidad Distrital. Cofundador de Razón Pública.

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