
La Universidad Nacional reaccionaria:
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No es fácil encontrar qué está en juego, ni en los textos de las propuestas de los principales aspirantes que compitieron por la rectoría, ni mucho menos en las acusaciones que hicieron carrera en las redes sociales, las cuales, además, se han ido desvirtuando. Esta es una primera exploración.
Paul Bromberg*
En defensa de la universidad pública
Una afirmación inicial: la Universidad Nacional es, en general, una buena universidad. Se ha mantenido alimentada por su “ethos académico”, condición que le ha permitido sustraerse de la mediocridad que ha contaminado buena parte de las entidades públicas, incluidas algunas universidades públicas y privadas. Por el momento, su autonomía académica es completa y en otras autonomías había logrado minimizar la interferencia de la política partidista.
Espero que esta afirmación me dé licencia para no caer en el aburridor panegírico típico de nuestra discusión interna. En su lugar, ventilaré públicamente algunos lugares comunes, mentiras autocomplacientes cuya aceptación se ha convertido en un mito que le impide a la Universidad Nacional aprovechar las ventajas normativas de las que ha gozado, y que ahora ha demostrado que no merece.
En una de las asambleas “en defensa de la universidad pública”, que interrumpen repetidamente el trabajo docente, un profesor dijo que “la Universidad Nacional es pública, por lo tanto, es de sus profesores y de sus estudiantes”.
Bestialidad que hace pensar que la universidad debe superponer los pensamientos y comportamientos de los empleados públicos y relegar las necesidades de la sociedad. De esta manera, no se protege la formación de conocimiento, sino la estabilidad laboral.
La “comunidad UN” se entusiasma con discursos grandilocuentes que imaginan un glorioso pasado. Recostarse sobre él es la modalidad académica de vivir de la renta.
Alfonso López Pumarejo y la UN
La Universidad Nacional actual debe mucho a Alfonso López Pumarejo (ALP). Se le recuerda inmediatamente por el campus.
En el gobierno de Olaya se había intentado una primera reforma, sin gran empeño. Germán Arciniegas en 1932 presentó al congreso algunas de unas poco gloriosas ideas estudiantiles:
En un manifiesto de 1928, el comité ejecutivo de la Federación de Estudiantes, integrado por Carlos Lleras Restrepo, Diego Luis Córdoba y José Francisco Socarrás consolidaron algunos puntos que reflejan su ideario.
1) Libertad de cátedra.
2) Libertad de asistencia de los alumnos a los cursos.
3) Elaboración de los programas anuales y actualización periódica de ellos.
4) Exámenes orales y escritos ajustados a los programas.
Pero en el gobierno de la revolución en marcha, con el firme propósito de realizar algo y bajo un discurso diferente, aprobó la Ley 68 de 1935, creando la UN en buena parte como se conoce hoy.
Ciertamente, ALP trajo un ideario y comenzó a ejecutarlo. Lo expresó en su discurso de posesión en 1934: “Nuestras universidades son escuelas académicas, desconectadas de los problemas colombianos […]. Perdemos nuestro tiempo elaborando conjeturas… sin que las estadísticas y las ciencias naturales y sociales faciliten nuestro trabajo, que en estas condiciones resulta ineficaz”.
Antes el grupo impulsor no era más que lo de siempre en nuestra historia: filósofos diciendo que este país estaba ya ‘jarto’ de filosofía. Hoy la palabra ‘academia’ está reivindicada, pero lamentablemente se usa también para decir que unas ideas son inútiles: «eso es para la academia». Como si la autonomía universitaria fuera contradictoria con ser útiles.
En ese entonces, lo que el gobierno nacional quería hacer en la educación superior lo hacía especialmente a través de la Universidad Nacional. Esa modalidad duró varias décadas, ampliada a las principales universidades públicas hasta que ocurrieron dos cosas: (1) el sistema político se aburrió del desdén de esas universidades y (2) la explosión demográfica de adolescentes de clase media que aspiraba a estudios universitarios desató la creación de universidades privadas.
ALP no inventó nada nuevo en el mundo, sino en el país. Quería que éste fuera un país moderno, pues aún seguía siendo decimonónico. Veía algo que no podía detenerse, y eso requería una universidad afín a su época.
Hoy no solo conmemoramos, sino celebramos la existencia de este presidente revolucionario. ¿Por qué ALP no es un reaccionario, en cambio Laureano Gómez sí lo es? Laureano Gómez representa una sociedad que se iba desvaneciendo, mientras López representa la sociedad que se iba construyendo. Gómez era reaccionario porque se oponía al cambio, a un cambio que, en todo caso, iba a suceder. López estaba con un cambio que se dio, con la dinámica de la sociedad.
La Universidad Nacional después de ALP
La universidad actual, cuya estructura es verdaderamente moderna, fue producto de las reformas del rector José Félix Patiño en los sesentas y se montó sobre lo que sembró ALP.
Entre otras cosas, esa reforma consolidó la carrera de profesor universitario en las universidades públicas. Logró con buen éxito organizar los departamentos del modelo norteamericano, centrado en disciplinas, en ese momento considerados una de las claves del éxito de la universidad norteamericana. Se transformó el campus, se amplió la planta docente y se comenzó a institucionalizar la investigación.
La financiación de esa reforma para las universidades públicas más importantes del país se hizo principalmente con créditos del Banco Interamericano de Desarrollo.
La ‘comunidad UN’
En 1970, cuando ingresé como estupidiante a la Universidad Nacional, la consigna era impedir la aplicación de todo esto que promovía el gobierno bajo el nombre de Plan Básico. Ni yo ni mis compañeros de lucha sabíamos bien de qué se trataba pero se afirmaba que este plan estaba promovido por el imperialismo norteamericano y aceptamos salir a la calle a gritar que sería la hecatombe.
Nuestro discurso de respuesta ante el ‘despropósito’ de esas políticas que se fundamentaban teóricamente en considerar a la educación superior como líder del cambio de nuestro país y que, en ese momento por última vez optó por hacerse a través de las universidades públicas, fue: «solo cambiando el sistema, cambiará la educación». Para demostrarlo, supongo, debíamos detener el cambio en la educación superior y promover ‘EL CAMBIO’ (una idea difusa, hoy famosa y sobreestimada). En parte importante, lo logramos; pues, bastante destruimos.
A las reformas al sistema universitario que se hicieron en 1980 (Decretos Ley 80 y 82), también, nos opusimos. A las reformas estatutarias del 86, idem. La reforma académica que se conoce como Acuerdo 14/1989 era el paso a seguir y solo fue claramente acogida en donde ya estaba vigente de hecho; en donde, en todo caso, fue desmontándose mediante modificaciones menores. Y de ahí en adelante, a los intentos de reforma académica, se respondió con la crisis de los años 2005 y 2006, y vale la pena analizar si el embate contra los acuerdos de hoy, que modifican los postgrados y la extensión universitaria, combatidos de frente por uno de los aspirantes a la rectoría, es la continuidad de lo mismo.
¿Estos 50 años de oposición abierta o negación a través de dificultades y contrarreformas son un triunfo de las fuerzas progresistas, que han logrado impedir un retroceso? No parece.
Otros temas pequeños dan para Ripley: implantar un mecanismo electrónico para inscripción, matrícula y registro de notas tuvo que enfrentar una tenaz oposición. Impedir que las vacas deambularan por todo el campus, dividido en potreros por la Facultad de Medicina, Veterinaria y Zootecnia, fue considerado un atentado contra los derechos humanos de las vacas. En fin, todo cambio propuesto, grande o pequeño, recibe una tenaz oposición, aderezada con consignas grandilocuentes: «no somos tontos electrónicos»; «defendamos nuestras vacas», «están privatizando la universidad», «Uribe, Palacios, Garzón, esbirros de Bush». Por principio, todo cambio, se supone, debe estar animado por malvados fines y acometido empleando viles medios. ¡Hacen tanta falta los buenos!
¿Estos 50 años de oposición abierta o negación a través de dificultades y contrarreformas son un triunfo de las fuerzas progresistas, que han logrado impedir un retroceso? No parece. No es más que la manifestación de un espíritu reaccionario. Si bien puede argumentarse que es promovido por minorías, tiene suficiente arraigo en la ‘comunidad UN’ como para seguir siendo políticamente viable.
Figura 1. Una majadería de activistas que tuvo buena acogida [Campus en la sede Bogotá]

¿Qué habría dicho ALP?
¿Habría propuesto ALP una universidad que cerrara filas contra la globalización? Me temo que no. Más bien, propondría que nos llenáramos de cursos e investigaciones en comercio exterior, en economía regional, en derecho comercial internacional, en análisis de flujo internacional de capitales.
Esperaría que el banco de su propiedad pudiera contar con toda la “sabiduría-no-académica” producida por la universidad pública. Permitiría, claro está, en nombre de la libertad de cátedra, la existencia de los críticos, porque unos pocos de ellos no son latosos, y realmente previenen y advierten.
Tendríamos la mejor combinación de investigación, docencia y extensión en telecomunicaciones y hardware y software. Promovería start-ups. Profesores y egresados pendientes de los procesos productivos, para producir patentes incluso. Estaríamos en las zonas francas ofreciendo experticia científica y técnica para todo tipo de preguntas y problemas de los fabricantes.
Las glorias de la capacidad de asimilar las corrientes de modernización se deben atribuir a impulsos externos que nos concedieron un lugar especial. Los estudiantes en 1928 no exigieron la presencia de la mujer en la Universidad cuando la lucha por los derechos de la mujer estaba en marcha en otros países. Lo exigió ALP. ¿Cuál es la gloria de la UN-reaccionaria en esto?
Las luchas populares
El 8 de junio de 1929, la Universidad Nacional consiguió lo que puede ser su primer muerto, el estudiante Gustavo Bravo: aporte de la Universidad Nacional en la modalidad de estudiantes como carne de cañón, en buenas y malas causas. A veces reivindicamos este tipo de aporte como gloria de la Universidad Nacional, como en el caso de la caída de la dictadura de Rojas Pinilla, cuando el primer muerto fue Uriel Gutiérrez. Reivindicar estas ‘luchas heroicas contra la dictadura y la opresión’ no está mal, siempre y cuando lo consideremos como un incidente; pues, participar en revueltas no es la función de ninguna universidad. Me atrevo a afirmar que, en el imaginario estudiantil, la idea de que la UN ha jugado un aporte crucial al país está relacionada con esta pretendida participación en luchas populares.
Balance hoy
A partir del lugar especial y de las ventajas que los impulsos externos nos otorgaron, cumplimos bastante bien, porque no hemos perdido la clave: no hemos abandonado el ethos académico por el trabajadero-de-empleados-públicos-docentes.
Pero, ¿vamos aflojando? Se pierde el pudor cuando se reclama un igualitarismo tan contradictorio con el núcleo básico de la cultura académica, cual es: jerarquías basadas en los logros en el empeño del conocimiento o en las artes. El giro demagógico al llamar esto ‘oligarquías académicas’ es como mínimo estrambótico y los aplausos que recibe de los gritones muestran que algunos jóvenes no han superado lo que decía Fernando Savater de los niños: que no saben que no saben. Hoy se los promueve como constituyente primario (chicos y chicas de la Constituyente Universitaria: Carlos Lleras Restrepo el del billete de cien mil, ¿sabéis quién es?).
La ‘comunidad UN’ reaccionaria y la autonomía
La Ley 30/1992 y el Decreto Ley 1210/1993 que de ahí se desprendió mantuvieron un privilegio/obligación históricos de autonomía académica que ninguna otra universidad colombiana tiene. La UN logró demostrar a los tomadores de decisiones, en 1993, que no requeriría ‘inspección y vigilancia’, en el siguiente sentido: sus programas y proyectos académicos son aprobados internamente por una comunidad de conocimiento madura que, por su culto al saber sistemático, garantiza la calidad y la responsabilidad en lo que hace y propone. No requieren el permiso/autorización de ninguna autoridad externa.
La encarnación de esa autonomía está en parte no despreciable en su máxima autoridad: el Consejo Superior Universitario. Todos los gobiernos anteriores habían tenido las más altas consideraciones en el momento de designar a quienes ocuparían esos espacios que la misma universidad sugirió (el Decreto 1210 se hizo en la UN). Como una muestra de que el conocimiento no sirve para nada —la exploración y explotación petrolera no es sino perforar un hueco y meter un pitillo, dijo el presidente Petro— designó como delegadas a dos estudiantes, para ocupar lugares para los que todos los gobiernos anteriores habían seleccionado intelectuales y académicos de primera línea, a los que no les daba órdenes porque daba pena y, además, no hubieran hecho caso.
¿Será que detrás del conflicto, además de las ambiciones de poder inevitables, tenemos otra vez una ofensiva reaccionaria?
No es descartable. El medieval discurso antimercado es palmario y, también, la indiferencia por el ethos académico que es el que justifica la autonomía.
Acerca del autor
Paul Bromberg
* Exalcalde de Bogotá y miembro fundador de Razón Pública.
paul.bromberg.z@gmail.com
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