El patriarca no tiene quien lo lea - Razón Pública
Nicolas Pernett

El patriarca no tiene quien lo lea

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Nicolas PernettEl pretexto de los 85 años de Gabo se presta para una sutil reflexión matizada por la ironía y el pesar en torno a si la obra sobrevivirá al autor. La Colombia de hoy se parece cada vez más a la retratada premonitoriamente por nuestra gloria nacional, que sigue siendo incomprendido por confundir historia con literatura.

Nicolás Pernett *

Funerales anticipados

Hace unos días el premio Nobel colombiano Gabriel García Márquez cumplió 85 años de vida y, como era de esperarse, la fecha no pasó desapercibida. Como si de los funerales de la Mamá Grande se tratara y como se ha vuelto costumbre en cada fecha redonda de su vida o de publicación de alguna de sus obras emblemáticas, personalidades de la política, las artes y la farándula de todo el mundo lo felicitaron profusamente.

Desde presidentes hasta cantantes pop enviaron sus mensajes, y sólo quedó faltando, una vez más, el Sumo Pontífice de Roma, quien sí se había tomado el trabajo de venir hasta una perdida provincia del Caribe al entierro de la “soberana absoluta del reino de Macondo”, en el famoso cuento de 1962.

En esta ocasión, hasta un premio honorífico del presidente de Rusia fue entregado al escritor en la fecha de su cumpleaños, un homenaje con el que ni siquiera la Mamá Grande hubiera podido soñar.

En busca de lectores auténticos

Sin embargo, y a pesar de lo conmovedor que pueden llegar a ser tantas muestras de afecto por un hombre, uno siente que algo hizo falta en medio de toda la rimbombancia y clichés de la celebración: una reivindicación sincera de su obra, que es, después de todo, la razón por la que se le celebra.

Cuando en los medios se refieren a este aspecto de la biografía de García Márquez, la mayoría de ellos lo despacha con una insulsa vindicación del escritor como “el creador del universo de Macondo” o “el padre del realismo mágico”, que no son más que lugares comunes que reducen una obra inmensa a unos cuantos rótulos que no dicen nada.

Pareciera como si no importara lo que el agasajado hubiera escrito, sino que todo el país se ponga de pie para homenajear a una de sus personajes y símbolos más queridos, como podrían hacerlo con el Pibe Valderrama o con Luz Marina Zuluaga. Y al igual que a cualquier celebridad mediática, parecen seguirla más por los chismes que se puedan sacar sobre su estado de salud, con quién se vio o con quién se tomó la foto, que por su trabajo.

Es como si existiera la obligación moral de celebrar al autor que ha vendido millones de copias, ganado el premio Nobel de literatura y aparecido en todas las listas de los colombianos más importantes de la historia; pero, al mismo tiempo, hubiera la íntima seguridad, para muchos de los que alguna vez lo leyeron y los que sin haberlo leído también hablan de él, de que su obra pertenece a un momento del pasado en el que ya no estamos y del que sólo nos queda un recuerdo brumoso y oloroso a platanal, enmarcado entre magia, belleza y doncellas voladoras. Imágenes que han empalagado el gusto de los colombianos hasta que muchos no quieran saber ya nada de Macondos o Aurelianos.

La soledad de la gloria

Así que detrás de los pomposos festejos, tal vez se esconda la tácita aseveración de que su literatura no es más que una gloria del pasado, que los encantos de su pluma no surten efecto en el presente, y que sus novelas no le dicen nada a las nuevas generaciones, es decir, que la suya es una literatura muerta.

De ser así, de una novelística que en su momento deslumbró por su capacidad de síntesis y crítica de la historia colombiana, sólo nos quedaría el orgullo patriotero por los éxitos del autor, mientras sus obras se quedan en el estante de libros no leídos o leídos a la ligera sólo para confirmar los lugares comunes de la crítica simplista.

Sin duda, las cifras de venta de los libros de García Márquez siguen siendo altas, su presencia en el pensum estudiantil es obligatoria y todo el país lo sigue respetando como un gran escritor. Pero ¿es esto suficiente para mantener viva e inspiradora su obra? ¿Se puede decir que la literatura de García Márquez todavía nos sigue hablando con fuerza como lectores individuales o como país? ¿O sucederá con sus novelas lo mismo que le pasó a María, La Vorágine, Frutos de mi tierra y tantas otras que han quedado consagradas como piezas de época, pero mudas para un lector del presente?

Sospecho que hay razones extra-literarias para explicar esta apatía generalizada hacia la literatura de García Márquez, y que muchas voces la niegan como un discurso cuestionador de nuestro presente porque se enfocan preferentemente en la imagen del propio autor, y sobre todo en su posición política, más que en sus letras.

Al parecer, su amistad con Fidel Castro ha condenado su obra a ser vista como un extensión de la anquilosada revolución cubana, y al mismo tiempo sus constantes coqueteos con tantos presidentes han hecho que la lectura crítica de la historia del país que hay en sus novelas le parezca a muchos una farsa viniendo de un hombre que se ha codeado con el poder y el dinero por tanto tiempo. Pero esa posición confunde la obra con el escritor, y en lugar de leerla, la usa para desprestigiar posiciones políticas contrarias tomando como excusa la literatura, lo cual equivale a no leerla en absoluto.

Más actual que nunca

Algunos piensan que su literatura está inextricablemente ligada a una época y a un proyecto de futuro que se gestó en la década de los 60 y 70 y fracasó en 1989, lo que equivaldría a decir que sus libros vinieron con fecha de vencimiento, y que su obra aparecería hoy tan anacrónica como la Guerra Fría, la Sierra Maestra o los automóviles Simca 1000.

Y otros atribuyen su in-actualidad a una supuesta superación del mundo rural en la sociedad de América Latina y el crecimiento complejo de ciudades sofisticadas, en las que la literatura de otros escritores, como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o el mismo Jorge Luis Borges, le hablaría más de cerca al lector contemporáneo que los pueblos polvorientos del escritor de Aracataca.

Pero, ¿estamos realmente tan lejos del mundo trágico-mágico que retrataron las novelas de García Márquez? ¿Es esta Colombia del siglo XXI una cosa totalmente diferente a la que García Márquez conoció y escribió?

Una mirada imparcial sobre el presente nos demostraría que tal vez no, y que los temas neurálgicos de la obra de García Márquez todavía son asuntos con los que tenemos que lidiar como país. Especialmente, cuando dejamos de fijarnos en lo “mágico” de sus novelas y reconocemos el desgarrador realismo que presentan.

No hay que rebuscar mucho para darse cuenta de que todavía están presentes las tensiones sociales producidas por la implantación de modelos explotadores de compañías extranjeras en nuestro país, como en el Macondo de La hojarasca y Cien años de soledad, donde la compañía bananera norteamericana determinaba la vida y la muerte de las comunidades bajo el sino del ansia de recursos.

Y que los mismos trenes que en Cien años de soledad entraban trayendo esperanza de progreso y salían cargando muertos, aparecen hoy todavía como símbolos de la prosperidad siempre postergada, ahora con otros nombres, con otras locomotoras y otros abogados vestidos de negro, pero aún con un inquietante parecido a la guerra. Como si no hubiéramos aprendido nada de la literatura, ni de la historia, y siguiéramos siendo un pueblo feliz en una especie de idiotez sin pasado.

Todavía están las poblaciones acosadas por diferentes bandos y aterrorizadas por anónimos panfletos amenazantes, con la próxima guerra civil siempre a punto de estallar, que aparecen en La mala hora.

Y aún está a la orden del día la combinación degradada de política y violencia de los corregidores, alcaldes y revolucionarios de las novelas de Macondo y del pueblo de mierda en el que se desarrollan las tramas más siniestras de García Márquez.

¿Cuántos despojos de la guerra interna no siguen esperando, entre la ilusión y el resentimiento, una jubilación, una indemnización o una restitución, por parte de un Estado que repite discursos y promesas, como las escuchadas en El coronel no tiene quien le escriba?

¿Cuántos muertos producidos por el cólera de la violencia no siguen bajando por el río otrora vivo de El amor en los tiempos del cólera? ¿Cuántos diluvios bíblicos no sigue padeciendo el país año tras año, mientras las autoridades prometen el festejo muy pronto, cuando acabe de llover? ¿Cuántos secuestros, y peleas políticas, y gamonales con diabetes, y guerras civiles que matan en el campo y decretos que matan en la ciudad no son parte todavía de nuestra realidad? La lista se podría extender muchísimo más, como los rieles de un ferrocarril..

Nuestra historia novelada

Al igual que el tiempo circular de Cien años de soledad o el siglo que pasa para todos menos para nosotros de El amor en los tiempos del cólera, la Colombia del presente no es tan diferente de la misma Colombia que García Márquez vivió, padeció y metaforizó en sus novelas.

La diferencia es que hemos renunciado a desentrañar los manuscritos que, tal vez, nos podrían ayudar a entender nuestra recurrencia en dramas centenarios, no porque todavía no hayan cumplido los cien años, sino porque nos parece que los cumplieron demasiado pronto.

Por eso, siempre es bueno recordar que al García Márquez que festejamos es al que escribió tantas y tan buenas novelas que siguen siendo parte de nuestro equipaje sicológico y social, y no a la vedette del marketing.

Al igual que al Melquíades avejentado, después de írsele la vida en sus garabatos como ropas puestas a secar en un alambre, al mago escritor no se le debería celebrar sólo porque un día puso nuestro pueblo en el mapa del mundo, sino porque escribió nuestra historia novelada. Ésta sigue estando ahí, para leerla y pensarla, si los bombos del jubileo nos lo permiten.
 

* Historiador de la Universidad Nacional, docente universitario y candidato a la Maestría en Literatura y Cultura del Seminario Andrés Bello. Director de la revista www.detihablalahistoria.com

Acerca del autor

Nicolás Pernett
nicolaspernett@razonpublica.org.co | + posts

*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.

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*Historiador. Su más reciente libro es ‘Presidentes sin pedestal. Una historia cínica de los gobernantes de Colombia’, publicado por Ediciones B.

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