Disparar a la pantalla: cuando el arte es el culpable - Razón Pública
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Disparar a la pantalla: cuando el arte es el culpable

Escrito por Nicolás Pernett
Serie de televisión, “El Cartel”.

Nicolas Pernett¿Debe ser un autor juzgado moralmente por las acciones de sus personajes? ¿Se puede desestimar la gravedad de una masacre real porque su representación literaria es hiperbólica? En Colombia todavía discutimos asuntos como estos.

Nicolás Pernett*

La fiebre en las cobijas

Se dice que el primer largometraje hecho en Colombia fue El drama del 15 de octubre, una reconstrucción, entre la ficción y el documental, del asesinato del general Rafael Uribe Uribe, filmada en 1915 por los italianos Francesco y Vicenzo Di Domenico. La película suscitó un gran escándalo en su época, entre otras razones porque en ella salían en pantalla los asesinos reales del caudillo (Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal) en tomas grabadas en el Panóptico donde estaban recluidos por el crimen.

Además, la figura de Uribe Uribe todavía era motivo de grandes disputas simbólicas en este país siempre convulsionado por divisiones políticas, y se cuenta que en una de las pocas funciones de la producción uno de los espectadores no tuvo empacho en descargar el contenido de su revolver sobre el fotograma que mostraba el rostro del general al inicio de la película.

En esta primera experiencia del arte más moderno (el cine) en nuestro país se pueden encontrar muchas pistas acerca de la manera que tenemos de relacionarnos con las creaciones ficcionales. Desde entonces en Colombia parece que no sabemos distinguir la realidad de la ficción y nos seguimos portando como los desubicados espectadores de El drama del 15 de octubre: creemos que la inmerecida representación artística de nuestros enemigos es el blanco al que debemos mandarle nuestros disparos.

Creemos que la inmerecida representación artística de nuestros enemigos es el blanco al que debemos mandarle nuestros disparos.

En nuestros tiempos este estéril debate ha adquirido nuevas formas con motivo del reciente auge de las “narco-novelas”, pues no han faltado mentes bienintencionadas que han asegurado que la causa de que el tráfico de drogas se haya mantenido con fuerza en el país y de que los niños quieran crecer para convertirse en “traquetos” se debe a la perniciosa influencia de estas series. Sin embargo, esto es muy parecido a buscar la fiebre en las cobijas.

Sin duda la sobreoferta de telenovelas sobre carteles de la droga es criticable por muchos motivos, como el hecho de haber copado casi toda la programación nocturna con historias poco imaginativas, muy repetitivas, mediocremente hechas y con el único objetivo de ganar audiencia. Pero es ridículo pensar que el narcotráfico en el país ha tenido su mayor aliciente en los imaginarios creados por la televisión.

Si en el país todavía proliferan ciertos comercios ilícitos es por razones que van desde la ausencia del Estado en las regiones hasta las dificultades del ascenso social legal (entre muchas otras razones que se analizan semanalmente en este portal, por ejemplo). Creer que el problema está en las telenovelas es una de las muchas formas que parecemos tener en Colombia de resolver los problemas solo con el pensamiento (o con leyes) sin traducir nuestros buenos deseos en acciones concretas y efectivas en la realidad.

¿Gabo machista?

Masacre de las Bananeras
Masacre de las Bananeras
Foto: Radio Nacional de Colombia

Recientemente dos prominentes mujeres de la opinión nacional nos dieron nuevos ejemplos de lo peligroso que puede ser atacar las representaciones creativas creyéndolas reales. Y ambas lo hicieron con el único autor que puede suscitar controversias de calibre nacional: Gabriel García Márquez (no porque no haya más, sino porque es el más conocido).

En una columna de El Espectador, Catalina Ruiz Navarro criticó justamente el machismo del campo cultural colombiano y su tendencia a organizar actividades en las que suelen participar más hombres que mujeres. Pero en un momento de su escrito la autora se desvió para atacar al símbolo máximo de las letras del país y lo hizo denunciando las manifestaciones de machismo que se encuentran en sus novelas. Es decir, para acusar al García Márquez de carne y hueso usó a los personajes de sus creaciones literarias.

Juzgar moralmente el arte es muy difícil pues este está precisamente para poner en cuestión los parámetros por los cuales se rige la sociedad, no para darnos modelos de buenas personas. La literatura de todos los tiempos ha estado llena de personajes que salen muy mal librados como ejemplos humanos. Creo que el propio García Márquez era consciente de esto, pues no suele ser muy complaciente el tratamiento que le da en sus libros a personajes como Aureliano Buendía, el patriarca o el Mustio Collado de Memoria de mis putas tristes. Solo porque estos personajes sean los protagonistas de sus libros no quiere decir que sean “buenos” ni que el autor comulgue con sus ideas.

Además, el arte nunca ha estado para dejarnos conformes y tranquilos, sino para cuestionar nuestra vida. Por eso desde Séneca hasta Silvia Plath han reinventado el mito de Medea, una madre que mató a sus propios hijos para vengarse de su marido (y es difícil pensar en un acto más inmoral que este). Dostoievski, por su parte, dedicó su larga novela Crimen y castigo a meditar sobre las razones que pueden justificar matar a otra persona, y lo más perturbador de todo es que los lectores podemos incluso estar de acuerdo con el asesino y entender sus razones mientras leemos las páginas.

Pero escribir sobre estos temas no quiere decir que el autor esté haciendo apología de actos inmorales o esté promoviendo su propagación en la cultura de su tiempo. Más bien todo lo contrario: el arte puede ayudar a analizar ciertos comportamientos para no realizarlos en la vida real.

Incluso se pueden llevar las suposiciones un poco más allá en aras de la discusión. Digamos que algunos autores sí cargan ellos mismos los impulsos criminales sobre los que hablan en sus creaciones. A pesar de esto, ¿no deberían ser juzgados, como todos, por las acciones que realizan y no por los oscuros recovecos de su mente? ¿No descansa nuestro sistema moral precisamente en el hecho de que podamos ser adultos responsables que no damos salida a impulsos antisociales aunque los tengamos?

Tal vez Dostoievski sí creía que había personas que merecían morir y por eso creó un personaje que se convence de tener la superioridad moral necesaria para cumplir con esta sentencia. Pero aunque (hipotéticamente) pensara eso, lo cierto es que entre los muchos problemas que tuvo el autor ruso no encontramos ninguna acusación por homicidio. De la misma manera no se han encontrado cabezas humanas en el congelador de Quentin Tarantino, a pesar de la conocida fascinación de este director por la más execrable violencia. Por eso, ellos y todos los demás artistas que en el mundo han sido deberían ser juzgados como investigadores del alma humana en sus creaciones ficcionales y como ciudadanos sociales en sus actos morales.

Muchos han sido los artistas que han sido juzgados y condenados judicialmente por delitos reales a lo largo de la historia, pero una condena (aunque sea intelectual) por lo que se escribe o se imagina está demasiado cerca de la censura como para dejarla pasar sin crítica.

¿Los sueños sueños son?

Rafael Uribe Uribe.
Rafael Uribe Uribe.
Foto: Wikimedia Commons

Por último, también tuvimos que soportar en días recientes las declaraciones de una congresista que desestimó la gravedad de la masacre de las bananeras porque, según ella, el hecho fue un “mito” creado por Gabriel García Márquez en su obra Cien años de soledad.

Lo peligroso es reemplazar la investigación histórica por la ficción, por bien construida o convincente que sea esta última.

Esta no es la primera vez que algo así sucede con el incidente de las bananeras y su representación literaria. De hecho, la novela sobre Macondo fue usada después de su aparición justamente para lo contrario: para demostrar que en 1928 sí había sucedido una grave masacre en el Magdalena y que esta se había olvidado o escondido. Es decir, la misma fuente que antes fue esgrimida como prueba por sindicatos y partidos de oposición para denunciar la masacre de las bananeras en años recientes ha sido citada por los representantes del poder terrateniente para decir lo contrario: que todo fue un sueño de la literatura.

En este caso lo peligroso es reemplazar la investigación histórica por la ficción, por bien construida o convincente que sea esta última. Cuando nuestra percepción del pasado no está fundada en una narración científicamente construida como la historiografía es fácil llegar a confundir literatura con historia y terminar creyendo que lo grave es la representación y no la violencia que la inspiró. Pero esto parece bastante comprensible en un país que ha eliminado la enseñanza de la historia en la escuela, y en donde se ha aceptado con demasiada facilidad que una buena memoria histórica no se construye buscando lo que más se acerque a la verdad de lo que pasó sino admitiendo todas las voces y versiones del pasado como válidas.

Las confusiones entre la ficción y la realidad son instancias por las que pasan todos los niños en su desarrollo cognitivo. También fueron frecuentes estos sueños despiertos durante los primeros estadios del desarrollo cultural humano, ya que nuestros antepasados de las cavernas creían que con pintar a sus presas en las paredes ya estaba hecha la mitad de la cacería del día siguiente. Esta pueril y endeble forma de entendimiento estuvo bien en esos momentos de nuestro desarrollo. Pero volver a caer en ella a estas alturas no sería más que un lamentable retroceso cultural.

*Historiador @NicoPernett

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