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Donald Trump y el triunfo de la cultura B

Escrito por Nicolás Pernett

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Nicolás PernettA pesar de que muchas estrellas del cine norteamericano se han manifestado en contra de Donald Trump y de sus políticas, es posible que el imaginario creado por Hollywood haya tenido mucho que ver en el triunfo electoral del magnate.

Nicolás Pernett*

Industria a dos bandas

Durante las primeras décadas de auge de la industria cinematográfica de Hollywood se popularizó la producción de películas denominadas “tipo B”. Estas cintas eran producciones con menos presupuesto que aquellas que contaban con grandes estrellas, tenían grandes premieres y eran reseñadas por la crítica especializada. En su mayor parte, este cine de segunda categoría se hacía para rellenar las funciones de los teatros que proyectaban películas todo el día y, aunque no suponía enormes ganancias para los estudios, su relativo bajo costo lo convertía en un excelente negocio.

Para mediados de la década de los cincuenta se empezó a abandonar esta calificación para las producciones de Hollywood. Sin embargo, su espíritu se mantuvo en miles de filmes que los estudios siguieron realizando con bajo presupuesto pero con grandes ganancias en mercados como las tiendas de alquiler, los canales por suscripción y, últimamente, la internet.

Estas películas eran y siguen siendo una apuesta fácil porque no necesitan grandes escritores, directores o actores, sino la repetición de algunas fórmulas comprobadas para mantener al espectador pegado a la pantalla: violencia, sexo, un argumento que diferencie con claridad los buenos de los malos, y algunas risas fáciles por pastelazos en la cara, explícitos humores corporales o la burla de los otros. Todos hemos visto alguna vez películas de este tipo, ya sea en algún interminable viaje por tierra con pésima curaduría cinematográfica o por haber permanecido más tiempo del acostumbrado en una de las paradas de nuestro canaleo.

Desde entonces hasta hoy la industria de Hollywood no se desprendió nunca de esta mina de oro, pero empezó a establecer diferencias entre las categorías de sus producciones. En el primer plano estaban las películas con actores y directores reconocidos, que presentaban historias medianamente complejas y que apelaban a los valores más apreciados por la cultura norteamericana: la capacidad de superación, el amor, la valentía y el esfuerzo por entender al otro. Estas son las películas que se premiarían en galas como los Oscar o los Globos de Oro y que entrarían a hacer parte del panteón del cine estadounidense (Lo que el viento se llevó, Ben hur, Lawrence de Arabia, West Side Story, La lista de Schindler, etc.).

El lado B

Meryl Streep, actriz estadounidense.
Meryl Streep, actriz estadounidense. 
Foto: Afromztoa

Sin embargo, estas cintas no son las que suponen las mayores ganancias para los estudios y en las listas de las recaudaciones en teatros siempre han entrado con más facilidad las cintas de acción, las superproducciones con efectos especiales o, recientemente, las películas infantiles, muchas veces realizadas con los mismos parámetros simplistas del cine B.  

Mientras tanto, premios como los Oscar, los Globo de Oros o los del Sindicato de Actores siguen premiando cada año lo que ellos consideran lo más importante de la producción cinematográfica mundial (estadounidense en su mayoría). Pero la realidad es que las películas ganadoras en estos premios no son las que la gente busca. Para burlarse de esta situación, el comediante Chris Rock, anfitrión de los premios Oscar de 2005, hizo un divertido video en un pequeño teatro de Los Ángeles en el que preguntaba el azar cuáles habían sido las mejores películas del año. Al final, los asistentes comunes y corrientes eligieron películas como Alien vs Depredador o Saw como las mejores en lugar de las nominadas de ese año.

En Colombia es evidente la omnipotencia de las producciones de Dago García.

En premios musicales estadounidenses como los Grammy no se presenta esta dicotomía, pues usualmente los ganadores suelen ser también los que más discos han vendido o han tenido más cubrimiento mediático. Pero en los premio Oscar la desconexión es abismal: mientras los bienpensantes artistas del celuloide se congratulan mutuamente por la realización de cintas humanas y esperanzadoras, la gente en los teatros parece seguir estando feliz con sus dosis de miedo, placer y facilismo.

Algo similar ocurre en nuestro país, donde las revistas culturales reseñan con entusiasmo cada año la aparición de nuevas e interesantes películas que incluso llegan a competir y a ganar grandes premios en el exterior. No obstante, a la hora de revisar las estadísticas de taquilla en Colombia es evidente la omnipotencia de las producciones de Dago García, que han atraído por millones a los espectadores como la luz a las polillas con su repetida fórmula de malentendidos, chistes sexuales y ridiculización de los diferentes.     

Si premios como los Oscar se entregaran a partir de votaciones populares, es muy probable que los títulos ganadores en la categoría de mejor película habría que buscarlas entre cintas como Rápido y furioso, X-men o Legalmente rubia (con la posible participación de El Paseo en la categoría de mejor película extranjera).

Hollywood contra Trump

Premios Óscar, reconocimiento a las mejores producciones cinematográficas.
Premios Óscar, reconocimiento a las mejores producciones cinematográficas. 
Foto: Wikimedia Commons

Con la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos muchos sentimos que se había operado una elección similar: el público había preferido al artista del entretenimiento básico y mentiroso por encina de otras propuestas con mayor sustento y un poco mejor construidas. Aunque Hillary Clinton parecía un thriller corporativo con algunos tintes de drama marital, su propuesta apelaba un poco más a la inteligencia de los norteamericanos a la hora de pensar los problemas de su país. Pero la candidatura de Trump se presentó sin pudor como la guerra sin cuartel de un héroe de celuloide contra la lógica y el buen gusto.

Es posible que detrás de las protestas de Hollywood contra Trump haya, el temor por la pérdida de la valiosa mano de obra inmigrante.

Esta comparación de Trump con un producto cinematográfico se puede llevar un poco más allá pues es sabido que su triunfo estuvo en gran parte sustentado por el trabajo tras bastidores de Steve Bannon, realizador audiovisual y ahora asesor estratégico del nuevo presidente. Bannon ha producido comedias de situaciones (o sitcoms) como Seinfeld y películas como Titus, con Anthony Hopkins; y en los últimos años ha dirigido documentales donde se defienden los valores de la extrema derecha. Es decir, Bannon, que algunos consideran el verdadero poder detrás del poder en Estados Unidos, no solo representa el conservatismo y la xenofobía profundos de las sociedad norteamericana sino el triunfo del cine ideologizado y explícito que parece encantar a los seguidores de Trump.

Así, con Trump no solo se impusieron las noticias falsas sobre las verdaderas o los alaridos irracionales por encima de los análisis irracionales, sino la concepción maniquea y chabacana de las películas tipo B de Hollywood. Y lo que nos espera puede ser peor.

Ante la imposición de Trump y de la cultura que representa algunas figuras del espectáculo que hacen parte del lado más liberal y bienpensante de Hollywood, como Meryl Streep, han respondido con inteligencia y humor en discursos que han circulado en redes por millones. Estas luminarias, representantes de lo que se podría denominar el “lado A” de Hollywood, han expresado preocupaciones válidas en un momento en que todo el mundo teme las consecuencias del nuevo gobierno norteamericano.

Sin embargo, es muy probable que no se hayan parado a pensar hasta qué punto la propia industria que los sustenta ha alimentado a través de sus producciones estelares o subterráneas las actitudes y odios (en un país que recibe su educación intelectual del cine) que llevaron a casi la mitad de Estados Unidos ha apoyar el discurso más retardatario de los últimos tiempos.

Es posible que detrás de las protestas de Hollywood contra Trump haya también, como algunos han asegurado, el temor por la pérdida de la valiosa mano de obra inmigrante que mantiene a flote los estudios en California. Pero en sus palabras se percibe un aire de ingenuidad bien intencionada que no deja de ser incómodo, como si la esposa de un mafioso organizara galas de caridad mientras desconoce los negocios turbios de su marido.

Parece que la cultura B ha llegado para quedarse en Estados Unidos. Y mientras el 26 de febrero en el Dolby Theater de Los Angeles los reflectores brillarán sobre historias que invitan a enamorarse con fondo musical en tiempos oscuros (La la land) o a valorar el trabajo de matemáticas negras en un país racista (Figuras ocultas), no es seguro que el resto de Estados Unidos cante la misma canción. Recordemos que en 2016 los Oscar tuvieron una audiencia de 34 millones de espectadores, mientras el Súper Tazón del mismo año llegó fácilmente a tener casi cuatro veces ese número de espectadores.   

 

* Historiador.   

@NicoPernett

 

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