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La memoria del boom latinoamericano

Escrito por Nicolás Pernett

La escogencia de una fecha u otra para conmemorar el boom, unos de los momentos culturales más importantes del siglo XX en América Latina, nos enfrenta a interpretaciones disímiles y a veces contrarias de lo que este significó. ¿Cómo funciona la memoria selectiva del boom?

Nicolás Pernett*

Una fecha difícil de precisar

Los lectores y estudiosos de la literatura latinoamericana teníamos claro que durante los primeros años de la presente década se conmemorarían varios cincuentenarios de momentos claves en la historia literaria de América Latina que se dieron a principios de la década de 1960 y que ayudaron a fundar el momento literario y cultural conocido como “boom”.

Este fenómeno consistió en un incremento rápido e inesperado de los libros de autores latinoamericanos que eran vendidos y leídos en el mundo entero a mediados de esta década y que tuvo su cúspide en 1967, año en el que el guatemalteco Miguel Ángel Asturias ganó el Premio Nobel de Literatura y el colombiano Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad.   

El momento de inicio de este período dorado de las letras latinoamericanas es difícil de precisar, pues no se trató de un manifiesto firmado por un grupo de escritores con una empresa estética común, ni de la publicación de una novela definitiva que le diera inicio a un movimiento, sino de un fenómeno de coincidencia azarosa de escritores exitosos que fue bautizado como boom solo hasta 1965 por el diario argentino Primera Plana.

Sin negar el indudable papel protagónico que tuvieron España y el escritor peruano en el éxito de la literatura latinoamericana de los años sesenta, la conmemoración del boom del Instituto Cervantes dejó el mal sabor de ser una fiesta organizada por amigos de Vargas Llosa en su honor

Hay muchas interpretaciones sobre el momento en que se pueda dar por iniciado el boom de la literatura latinoamericana. Algunos identifican la consolidación del grupo en el libro Los nuestros, del crítico Luis Harss, de 1966, y otros tantos dicen que la verdadera renovación de la literatura latinoamericana se remonta hasta la década de los cincuenta, en las obras de escritores como Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.  

Algunos han tomado 1962 como el año de inicio, dado que ese fue el momento de la aparición de novelas como La muerte de Artemio Cruz, del mexicano Carlos Fuentes, o El siglo de las luces, del cubano Alejo Carpentier, y otros –entre los que me inscribo- prefieren unir el nacimiento del boom a la publicación de Rayuela, en 1963.

Se podría pensar que da lo mismo conmemorar el boom en 2012 o 2013, pero dependiendo de la fecha que se escoja se puede entender el presente de la cultura latinoamericana, pues todo aniversario –así como toda historia- habla del presente tanto como del pasado.    

El escritor mexicano Juan Rulfo.
Foto: Wikimedia Commons

El boom de 1962

Como se pudo ver en los medios masivos de comunicación, el año 2012 pareció ser elegido por los voceros de la cultura como fecha para conmemorar el cincuentenario del boom. Evidentemente, la muerte de Carlos Fuentes, el 15 de mayo de ese año, hizo mucho porque se iniciaran pronto los festejos del medio siglo de la que él llamo la nueva novela latinoamericana.

Pero sin duda lo que más pesó en darle la primacía a la conmemoración de 1962 fue el congreso “El canon del boom”, organizado por la Acción Cultural Española, la Casa de América y la Cátedra Vagas Llosa del Instituto Cervantes, que fue llevado a cabo en noviembre de 2012 en varias ciudades de España, y que contó con una conferencia inaugural de -como era de esperarse- Mario Vargas Llosa.

En esta celebración el protagonismo se lo llevaron Barcelona, como centro cultural y editorial desde el que se proyectó la intelectualidad de América Latina, y el propio Vargas Llosa -que había sido recientemente coronado con el Premio Nobel de Literatura-, como la figura que inició el movimiento al ganar el Premio Seix Barral por su novela La ciudad y los perros en 1962, cuando solo contaba con 24 años.

Sin negar el indudable papel protagónico que tuvieron España y el escritor peruano en el éxito de la literatura latinoamericana de los años sesenta, la conmemoración del boom del Instituto Cervantes dejó el mal sabor de ser una fiesta organizada por amigos de Vargas Llosa en su honor, con la ayuda de las casas editoriales y las poderosas organizaciones culturales españolas. Es decir, se conmemoró un boom creado por los premios editoriales españoles y cuya figura central es Mario Vargas Llosa.   

El boom de 1963

Justamente contra la idea de que el boom fue el producto de las editoriales se pronunció en varias ocasiones el escritor argentino Julio Cortázar. Para él, el súbito crecimiento de las ventas y el interés en las novelas latinoamericanas fue un producto principalmente de los mismos lectores latinoamericanos, que se habían tornado a leer a los autores de sus propios países. Es decir, el boom había sido de lectores más que de editores.

Ese boom de lectores del que habló Cortázar se puede ubicar con mayor precisión en 1963, año en el que sale a la venta La ciudad y los perros, y, sobre todo, año en el que se publica Rayuela, una de las novelas más queridas de la nueva narrativa latinoamericana.

Rayuela fue un libro que desafió -y aún desafía- los conceptos establecidos de tiempo, de orden cronológico y de razón utilitarista de su tiempo, un libro que se puede leer al derecho o al revés, reinventar infinitamente, y que expresa perfectamente el carácter rebelde de su autor y las aspiraciones revolucionarias –en el amplísimo sentido de la palabra- que tenían los propios escritores del boom.

Si bien La ciudad y los perros se leyó y compró con entusiasmo en su momento, cincuenta años después, esta historia de adolescentes atrapados en un colegio militar palidece ante la desbordante imaginación e innovación del libro-golosa que se inventó el gigante argentino.

Rayuela fue un libro que desafió -y aún desafía- los conceptos establecidos de tiempo, de orden cronológico y de razón utilitarista de su tiempo, un libro que se puede leer al derecho o al revés, reinventar infinitamente, y que expresa perfectamente el carácter rebelde de su autor y las aspiraciones revolucionarias –en el amplísimo sentido de la palabra- que tenían los propios escritores del boom. Cincuenta años después, Rayuela –reeditada este 2013- conserva toda su frescura y su perenne carácter iniciático para tantos jóvenes que se interesan en la literatura en español.

Igualmente, 1963 fue el año en que un colombiano, Manuel Zapata Olivella, ganó por primera vez el Premio Casa de las Américas, creado por la institución cultural cubana del mismo nombre,  la cual tuvo un papel decisivo durante toda la década de los sesenta en la integración de los escritores latinoamericanos.

Hay que recordar que el boom no fue solo una coincidencia de best sellers en las librerías sino un movimiento ideológico renovador que propendía por la madurez política del continente y para el que la Revolución cubana fue un referente fundamental (aunque de esto no se hablara casi, como era de esperarse, en la conmemoración dirigida por Vargas Llosa).

Por eso, el cincuentenario del boom debería ser en 2013, pues fue 1963 el año del boom de los lectores, el año de una novela tan inmortal como Rayuela, y el año de un movimiento cultural cuya capital no fue Barcelona, sino La Habana, México y Buenos Aires.                     

Ángel Rama: crítico de boom

Para terminar quiero dedicar también unas palabras a Ángel Rama, quien murió en un trágico accidente aéreo el 27 de noviembre de 1983 –hace treinta años-, cuando estaba por hacer escala en Madrid en un vuelo de la compañía Avianca que lo llevaría, a él y a su esposa, la crítica argentina-colombiana Marta Traba, hasta Bogotá.

El cincuentenario del boom debería ser en 2013, pues fue 1963 el año del boom de los lectores, el año de una novela tan inmortal como Rayuela, y el año de un movimiento cultural cuya capital no fue Barcelona, sino La Habana, México y Buenos Aires.                     

Rama hizo parte sin duda del movimiento conocido como boom, aunque desde un oficio que estaba lejos de tener las ventas o el renombre de la novela o el cuento: la crítica literaria. Fue uno de los promotores más importantes de la cultura latinoamericana, desde su incansable trabajo en el semanario Marcha, de su natal Uruguay en los cincuenta y sesenta, hasta la numerosísima producción de la colección Biblioteca Ayacucho, iniciada en Venezuela por el presidente Carlos Andrés Pérez y dirigida por él en la década de los setenta. El legado de Ángel Rama se hizo sentir de punta a punta del continente.

El escritor argentino Julio Cortázar.
​Foto: Wikimedia Commons

Su análisis de la literatura y la cultura de América Latina mostraron la profunda relación existente entre las condiciones socioeconómicas de producción de nuestra historia cultural y las manifestaciones de la misma, ya sea en el surgimiento del modernismo, ligado al crecimiento de los periódicos y las ciudades, y analizado en su libro Rubén Darío y el modernismo, o en la continua relación entre alfabetismo, burocracia y poder, que estudio en su póstumo La ciudad letrada.

Como intelectual combativo y contestatario Ángel Rama padeció el exilio y la persecución política, primero en su país de origen, a manos de la dictadura militar, y después en los Estados Unidos de Ronald Reagan en su época de profesor en las universidades norteamericanas. Se radicó en Europa en 1983, después de ser expulsado de los Estados Unidos, y poco después lo sorprendería la muerte en el fatídico vuelo 011. La poca o nula recordación que hubo de su muerte en los días recientes también hace parte de la memoria selectiva del boom latinoamericano.

 

*  Historiador

 

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